Me quedé en esa mesa mucho rato después de que Nathaniel se fuera. El café estaba frío, igual que el aire del restaurante, y la gente alrededor parecía hablar en un idioma que yo ya no entendía. Afuera, el cielo había comenzado a encapotarse más, como si incluso el clima supiera que nada de esto terminaría bien. Vi a Nathaniel desde la ventana. Caminaba por la orilla con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha, como alguien que carga demasiado. Por un instante sentí culpa. No porque el desconocido me hubiera hablado, sino porque en algún punto yo había dejado de tener ganas de correr detrás de Nathaniel cuando se alejaba. Antes lo habría hecho. Antes, mi mayor miedo era perderlo. El viento golpeaba fuerte ahora, arrastrando arena y hojas secas por la orilla. Caminé hasta donde Nathan

