Los días siguientes fueron una sucesión de intentos torpes por parte de Nathaniel. Llegaba antes, preguntaba por mi libro, cocinaba con una concentración casi absurda para alguien que nunca había tenido paciencia para las recetas. Me contaba casos del hospital con un brillo en los ojos que antes me encantaba y que ahora sentía ajeno, como si habláramos de vidas en las que yo no tenía lugar. Yo lo escuchaba. Respondía. Pero era como si hubiera un cristal grueso entre nosotros. Él hablaba del mundo afuera; yo vivía en otro, callado, con grietas que ya no intentaba ocultar. Una noche, mientras cenábamos la pasta que había preparado, él dijo: —Estaba pensando que podríamos hacer un viaje cuando termine esta temporada en el hospital. Ir a la costa, solo nosotros dos. Lo dijo con una espera

