Capítulo 10

2508 Palabras
¿Por qué no puedo sacarlas de mi cabeza? Después de resolver el maldito problema de la obra volví a mi departamento. Papá y Christian ya habían regresado y estaban discutiendo por lo sucedido el día de hoy. —No entiendo tu insistencia en que sea Dani quién trabaje para nosotros, aún no es tiempo para que las cosas se den, hay mucho en juego hijo. —Pero papá, ¿no sería más sencillo decirle la verdad?— pregunta mi hermano y es ahí donde intervengo. —Chris tiene razón, papá. Si tanto problema hay con que queramos estar cerca de nuestra prima, sería mejor dejarles en claro a todos tus amigos cuál es nuestro motivo. —Es que no es tan fácil, hijos. El problema es que debido al proceso de ciudadanía de su prima se ha descubierto una red de trata de blancas y aún no podemos dimensionar todo lo que hay detrás. —Entonces, saquémosla de aquí y listo. — Le dije lo mismo a Adam, pero me hizo ver que hiciéramos lo que hiciéramos podríamos ponerla a ella y a Sarita en peligro. Bufo molesto por toda esta situación, pero por lo que estoy entendiendo, nuestra prima está más segura acá. Además, nosotros no volveríamos en un buen tiempo a Irlanda, eso había quedado claro después de que nuestro padre nos mostrara el proyecto de licitación de la alcaldía de Nueva York. El proyecto se veía ambicioso y combinaba muchos recursos con algo que tanto a mi padre como a nuestra familia le importaba… Ayudar a los más desvalidos. Los días pasaron y debo decir que cada puta noche me la pasaba recordando a esas dos mujeres de ese fin de semana, ¡Hasta soñé que las cogía a las dos al mismo tiempo! ¡Diablos! ¿por qué no podía sacarlas de mi cabeza? Ya mi conteo de espermatozoides había bajado considerablemente por la cantidad de pajas que me había hecho en todos estos días y de verdad era demasiado tortuoso el andar con la bandera en alto de solo pensarlas. Todavía recuerdo el sueño de hoy, uno en que un ángel y un demonio aparecieron vestidas frente a mí, con una lencería que a cualquiera le provocaría un infarto al miocardio. Necesitaba sacarlas de mi sistema y primero partiría por esa tal Queen. Tomé mi teléfono y llamé a la única persona que me podía ayudar. —Tenemos reunión la próxima semana, querido James ¿Para qué me llamas?—contesta Russell con esa risita burlona que tanto me molesta si me lo estoy imaginando en su escritorio con las piernas arriba de él regocijánose de mi tortura. —¿No puedo llamar a un amigo? —Puedes, pero como me estás respondiendo con una pregunta me queda claro que algo quieres. —Russell. —James. Te conozco, me conoces, algo quieres ¿no? —Bueno, no, pero sí, ¡Ash!— digo sin más, era verdad que me conoce—. Necesito ver a Queen. —¡¿Qué?! O sea me imaginé que algo había pasado entre tanta miradita de reojo que se dieron, pero no pensé que fueras tú el que la buscaría primero— lo escucho y la rabia me corroe, o sea ella ni siquiera quiso saber quién era. —¿Puedes o no?— pregunto molesto porque ya me estaba sacando de quicio después de lo que me dijo. —Déjame ver qué puedo hacer y te llamo, Queen no es de las que se deja ver así de fácil, todo se hace como le da la regalada gana. —Sí, me di cuenta—mascullo entre dientes. —Te escuché, James. —¡Mierda! —No te preocupes, algo se me va a ocurrir, pero de que se encuentran, dalo por hecho. Terminé mi llamada y seguí con mis pendientes, estos días han sido rarísimos, es más, entre las discusiones de Chris con Rocío y lo enamorada que se ve mi prima de su marido y viceversa. Además, tenía mucho por digerir y procesar producto de la conversación con el que ahora llamaba cuñado. Con la otra chica era más simple, solo debía preguntarle a la señora Blue, se notaba que la quería mucho y por lo menos era una persona con nombre y apellido. Savannah Lewis... ¿De dónde me sonaba ese nombre? Terminaba el día y todo avanzaba con cierta normalidad, hasta que recibí la llamada de Russell. —Hoy, en dos horas debes estar aquí, deberás llegar puntual angelito y obviamente siguiendo el protocolo del club. —Te refieres a ese maldito antifaz. —Exactamente, es una de las condiciones para entrar y, como todos, debes cumplirla. —Está bien, me imaginaba que podría verla y… —Reglas, son reglas, angelito. Lo tomas o lo dejas— me responde un tanto molesto por mi insistencia y como no me queda de otra, acepto. —Está bien, lo haré. Cuelgo el teléfono y empiezo a ordenar mis cosas para salir de la oficina, hoy particularmente no quería quedarme a ver como ese par se mataba a insultos. Aún no entendía su dinámica, porque Rocío trabajaba muy bien y Chris no es la perfección andando, por lo que creo que mi hermanito se está comportando como un perfecto idiota. Ya era demasiado, los había separado en su discusión espuria por unos cálculos que estaban bien y el muy idiota estaba convencido que estaban errados. Si hasta Daniela les gritó en el medio del pasillo y mi papá tuvo que intervenir. En fin, tomé mi maletín y la chaqueta, me despedí de Rocío y le rogué para que no discutiera con el idiota de mi hermano, ella se lo tomó a broma, pero luego me tranquilizó y me dijo que me fuera bien en mi cita. ¿Habrá notado que estaba tenso por mi cita? No, eso no podía ser cierto, solo debe ser mi imaginación que me está pasando factura. Me subí al auto y enfilé rumbo a mi departamento. Tenía dos horas antes de reunirme con esa diosa de fuego. Aprovecharía de darme una ducha comer algo y prepararme para esa reunión. —Esto será fácil, si la veo y resuelvo esta inquietud me la quitaré del sistema y listo. «Convéncete, James, no te la crees ni ahora, ni nunca» Con suma tranquilidad, había bajado mi nivel de ansiedad al saber que la vería y por fin solucionaría mi tema ¿era eso lo que buscaba no? Me duché y luego preparé un sándwich de pavo que comí acompañado de una gaseosa, con eso sería suficiente, ya me quedaba una hora para vestirme y salir al bendito club de mi amigo. Una vez que terminé, enfilé mis pasos hasta mi habitación y me coloqué ropa cómoda. En eso llega una mensaje a mi celular y es de Russell. “Nada de perfume, a Queen le molestan los aromas fuertes ;)” —Idiota— yo solo iba a conocerla, nada más. Tomé mi perfume y coloqué como si me quisiera bañar en él, ¿Qué se creía con imponerme cosas? Ni que fuera la reina de Inglaterra, Ups, verdad que esa se murió. Tomé mi chaqueta y saqué del cajón el bendito antifaz que debería usar, lo eché al bolsillo de mi chaqueta y salí de mi departamento. Bajé al estacionamiento, pues hoy sí iría en mi auto, ni loco me subía a otro taxi y que pensaran que es un pervertido. Quince minutos antes de mi cita con la diosa de fuego ardiente llegué y estacioné mi auto, ya eran las nueve de la noche, así que nadie se preocupaba por ver a un loco en antifaz en la Quinta y Broadway, lo coloqué en mi cara y al aproximarme a la entrada el guardia me preguntó a qué venía. —Queen, vengo por ella. —La diosa no ha llegado— dijo relamiéndose los labios, lo que me produjo unas ganas de quitarle la sonrisa estúpida de un solo golpe, pero me calmé— , pero ya lo están esperando. Entré al lugar y el guardia algo había dicho por su intercomunicador porque una chica con menos ropa que Eva y su hoja de palma me recibió y tomó mi chaqueta, bueno en realidad me la quitó. Me llevó a un salón del segundo piso y después de abrir la puerta me indicó que entrara. —La señorita Queen debe de estar por llegar, prepárate. Y se largó con una sonrisa burlona. Me quedé mirando la habitación y los ojos casi se salen de mis cuencas, esto se parecía al cuarto rojo de ese Grey (Si, la ví, algo que pasa frecuentemente cuando me quedo los fines de semana con mi hermano y sus gustos terribles por el cine y las series). Había una cama en el centro con dosel, a la derecha un sillón tántrico, yen el costado izquierdo un armario. La curiosidad pudo más y lo abrí, retiro lo dicho, esto parecía una sala de tortura. Había fustas, esposas, dildos de todos los portes y colores, pero lo que más me llamó la atención fueron unas varas con cadena. —¿Dónde mierda te viniste a meter, James? Me cubrí la cara con la mano y estaba a punto de salir cuando la puerta se abrió y ahí estaba ella… Me quedé paralizado, mis ojos se expandieron más de como lo habían hecho al ver las cosas en el armario. Esa diosa de fuego ardiente venía enfundada en un leotardo n***o de cuero, con esas botas exquisitas que la hacían ver unos quince centímetros más alta, su cabellera roja como la sangre estaba suelta con leves ondas que le daban un aire casi demoniaco a esa cara cubierta por el antifaz de plumas que cubría la parte superior de su cara. —Wow, que tremenda sorpresa la que me tenía el Cuervo. ¿No que no te gustaban estás cosas?— dice moviéndose como la víbora que es hasta sentarse en el centro de la cama. —No me gustan, pero necesitaba— se movió nuevamente y en menos de un segundo la tenía frente a mi, cubriendo mis labios con sus dedos. —No es necesario que te expliques, veo que no dejaste de pensar en mí. ¡¿Qué?! No podía ser tan soberbia, bueno sí, es cierto que la tengo metida en mi cabeza, pero eso no era lo que quería decirle. —Cre… creo que no fue lo mejor haber venido aquí. —Aww, ¿Te acobardaste?— no sé que me pasó, pero que ella me retara hizo que mi sangre hirviera y cuando ella se dio la media vuelta, para volver a la cama, la tomé por el brazo para en un solo movimiento apegarla a mi cuerpo y besarla como tanto me había imaginado. Su cuerpo se quedó inmóvil y sus ojos se expandieron por la impresión que le causó mi arrebato, luché por hacerme paso en su boca con mi lengua, pero ella no desistió ni se dejó atacar, con un delicado movimiento abrió su otro brazo y sin más me agarró del cuello y me lanzó como un costal de papas sobre la cama. —Creo que no te enseñaron las reglas del juego, angelito. Aquí la que ataca, sostiene y manda soy yo, si quieres conocerme y saber lo que quiero hacerte y que me hagas, esa es la condición que debes cumplir para entrar en esta habitación, mi habitación. Se subió encima de mí y rozó su dulce coño con mi entrepierna, ¡dios! creo que me voy a venir con ese solo roce, pero la muy desgraciada antes de besar mis labios se levantó frunciendo el ceño, fue hasta la mesa dónde había una cubitera con una botella de champagne, la tomó y la descorchó sin problema, lo que era lógico pues me lanzó como si nada siendo que peso mas de cien kilos, la bebió sin vergüenza alguna de la misma botella y se limpió esa boquita que me desesperaba. Me removí de la cama para enfrentarla, esto no era para nada lo que había imaginado en mis sueño, en ellos la tenía debajo de mí gritando mi nombre con cada estocada que le daba. En cambio, la muy desgraciada se estaba mofando de mí. Se sentó en el sillón tántrico y bajó los tirantes de su leotardo para dejar al aire esos pechos, mierda, esos pechos redondos y turgentes que mis manos querían tocar y cruzó sus piernas cual Sharon Stone en bajos instintos. —Mirar no te saldrá gratis, querido. Mis reglas y puedes disfrutar de todo esto— dice mostrando con sus manos ese cuerpo de diossa que dios le dio. —¿Qué… qué tengo que hacer? Tomó un sobre de su bolsa ¿Cuándo la dejó ahí? Y me lo extendió. En el decía lo siguiente: Contrato de sumisión Las partes A (Queen) y B (sin nombre) extienden el siguiente contrato de sumisión. La parte B se someterá a todo lo que la parte A le pida para satisfacer sus deseos en la habitación dorada. La parte B está obligada a mantener estricto control de su salud física y mental, informando, mientras dure este contrato, con los consecuentes exámenes médicos sobre enfermedades venéreas y … —¿Estás loca? ¡ Jamás firmaré esto! —¡Qué lástima! Pues si solo era para salir de la duda, ya está, lo hiciste. Ahora te puedes ir para que llame a otro que sí querrá firmarlo. Nuevamente me estaba retando y el solo hecho de pensar que otro tendría lo que era mío me hizo moverme rápidamente hasta mi chaqueta y firmar el maldito contrato. —Listo, ¿Contenta? —Mucho, ahora ven aquí. Como un estúpido me acerqué a ella, no sabía lo que me estaba pasando, pero cada paso que daba hacía que mi cuerpo ardiera por esta mujer. » Buen chico, ahora arrodíllate. Como un perro condicionado le hice caso y me arrodillé frente a sus piernas, las que intenté tocar, pero ella de una palmada me detuvo. —Estás jugando con fuego— digo, respirando entrecortado. —Recuerda, angelito. Mi habitación, mis reglas. Tomó mi cara con la misma mano que me había pegado y me acercó a esos labios maravillosos que tenía. Pasó su lengua por los míos y en un acto animal me besó, su boca se apoderó de la mía y esa lengua, diablos, esa maldita lengua me hizo llegar al paraíso. Mis manos picaban por tocarla, pero si lo hacía perdería eso que tanto anhelaba, sin siquiera haberme dado cuenta. Por ahora, solo por ahora la dejaría llevar las riendas de este iluso contrato, sería su sumiso, aprendería todo de ella para que no pueda pensar en nadie más, pero lo prometo aquí y ahora, ella será mía, solo mía, mi futura sumisa... ------------------------------ Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2410107717945
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