Es ella…
¿Podía haber alguien tanto o más persistente que yo?
Pues sí y se encontraba justo frente a mí.
Me levanté de mi asiento y la miré fijamente a los ojos, de nuevo estábamos en esa posición donde sus labios me llamaban peligrosamente, pero hubo algo. Una sensación extraña que se coló en mi mente al verla a los ojos, esa mirada, sus ojos…
—Savannah, sé que no te soy indiferente, lo sentí cuando respondiste a mi beso, si tienes algo con ese tipo lo entiendo, no soy quién para pedirte que termines con él, pero quiero que sepas algo. Eso no hará que me de por vencido.
Me acerqué a ella y besé su frente, respiré profundo y decidí irme, ya había hecho más de lo que cualquier podía y si ella no me aceptaba, lo entendería. Me levanté con la tranquila de un caracol, pero hecho un manojo de nervios por dentro, le sonreí y me di la media vuelta, cuando comencé a salir, su mano tomó mi muñeca y debo decir que dolió, pero no me permití flaquear.
—James… No te vayas.
—¿Estás segura?— ella solo afirmó moviendo su cabeza y soltar mi mano. Me acerqué nuevamente y la hice que se levantara—¿Y qué hacemos ahora?
—¿Sería mucho pedir que te quedaras conmigo sin nada qué esperar?
—Si quieres que me quede y me lo pides, pues aquí estoy y aquí me quedo.
Me abrazó como si el abrazo a mi torso fuera su tabla de salvación y yo quería ser eso para ella, eso y más.
Como pude, tomé su mentón y la hice mirarme, sus labios estaban entreabiertos y me llamaban a fundirse con los míos, así que la besé.
Este beso era distinto al anterior, teníamos una batalla campal por dominar la lengua del otro y los sonidos que hacían nuestros labios eran maravillosos, con mis manos recorriendo toda su espalda me animé a tomarla de sus precioso trasero para hacerla que cruzara sus piernas en mi cuerpo y sin soltar el beso me moví por su sala hasta llegar a su habitación.
Entramos en el lugar y al ubicar la cama me aproximé a ella y nos lancé como dos adolescentes, ella chilló de la impresión y yo reí porque la cama crujió y juro que pensé que se quebraría.
Seguimos besándonos y riendo como chiquillos, entre beso y beso los suspiros de Savannah y mi respiración entrecortada me hacían entender que esto seguiría a ese otro paso, la deseaba como a nadie, era tangible y verdadera, era mia.
En el medio de esa batalla que tenían nuestros cuerpos por seguir avanzando, mi camisa y la suya, junto a su brasier quedaron dispersas en algún lugar de la habitación. El sudor comenzaba a cubrir mi frente y la necesidad de entrar en su cuerpo me corroía, la necesitaba como si fuera el mismo aire y al parecer ella a mí.
—Házmelo, por favor…
Fue su súplica, una que me dejó helado, pero omití la sensación, la quería tanto como ella a mí, bajé sus shorts y la pequeña braga que cubría su cuerpo y me deleité al verla desnuda frente a mí y que, con avidez, tomaba mi pantalón y hacía el mismo gesto liberando mi m*****o ansioso por ella.
—¡Oh, Vannah!— gemí al posar mi m*****o en sus pliegues.
—Hazlo, no te detengas, por favor.
Entré de una sola estocada y su cuerpo me recibió como si me conociera, comencé a mover mis caderas y ella con sus manos en mis nalgas empezó a manejar nuestro ritmo. Nuestros gemidos y el sonido de nuestros cuerpos era lo único que se escuchaba en el lugar, si seguíamos así no iba a durar mucho, así que bajé mi mano hasta su clítoris y comencé a pellizcar ese pequeño botón. Intensifiqué el ritmo y me dejé llevar por el placer, esto era mil veces mejor que lo que había vivido en mis encuentros con Queen, en este simple acto me estaba entregando por completo y sentía que ella también.
—¡Ah, James! ¡Más! — la miré y en su cara estaba plasmado el placer, sus ojos cerrados y su boca entre abierta buscando aire me decía que estaba llegando e intensifiqué aún mas mis embistes llegando juntos a un orgasmo hermoso que me hizo ver las estrellas.
Mi m*****o se sacudía dentro de ella con los últimos estertores y me permití bajar mi cuerpo sobre el de ella para buscar oxigeno.
—Esto estuvo…
—¿Genial? ¿apoteósico?— dijo y una risita baja salió de su cuerpo que me hizo vibrar.
—Eso y más.
Me levanté despacio y sentí como mi cuerpo se relajaba, me recosté de lado y la quedé viendo como un idiota, ella extendió su brazo e hizo que me aproximara a su cuerpo y acomodara en su pecho, sus latidos iban igual de acelerados que los míos, pero me sentía en paz, en mi hogar.
—¿Estás bien? ¿No fui muy duro contigo?
—No, estuvo perfecto, de verdad no te miento, estuvo genial.
—Pues debo decir que estar contigo es exqusito y…
—James, ¿eres de los que habla después del sexo?
—No lo sé, solo siento que me gusta esta forma en la que estamos y me nace hablar contigo. No quiero despertar y que esto sea un sueño.
—No lo es, soy real, soy Vannah, algodón de azúcar, Moritas o como me quieras decir.
—Me gustaba tu color morado, más que ese rosa chicle y rubia no te ves tan mal.
—¿Tan mal? — mi risa salió demasiado sonora y su cuerpo reaccionó al mío de inmediato, pues su piel se erizó con nuestro contacto —Pues gracias por eso duende irlandés.
—No tengo la olla de oro al final del arcoiris, pero pobre no soy y lo sabes.
Levantó mi cara y beso mis labios, ahora era mas tierno, más cómplice. Busqué sus pliegues húmedos por nuestra reciente interacción y metí uno de mis dedos, haciéndola gemir, mi m*****o ya estaba dispuesto y en posición firme. Creo que después de tanto tiempo sin uso y al conocer todo esto, se había revelado en contra de mí y de mis necesidades de ser quién controla todo, Savannah se levantó un poco y en un suave movimiento se instaló sobre mí, sus pliegues me recibieron nuevamente y volvimos a hacer el amor, ella llevó el control y la dejé hacer conmigo lo que quisiera, se veía tan hermosa montándome como toda una amazona y sus gemidos me tenían vuelto loco.
Tomé sus caderas y comencé a empujar con más fuerza, hasta que nuevamente la sentí liberarse dejándome a mi seguir un poco más hasta acabar.
Se recostó sobre mí y comenzó a besar mi torso, cuello y labios y de la nada la volví a amar. No me cansaba de disfrutar lo que ella me daba y quería que sintiera que podía hacer conmigo lo que quisiera.
Terminamos sudorosos y con la respiración entrecortada, su cuerpo, casi sin fuerzas se acomdó junto a mí y volvió a abrazarme. Solo sentía el suave masaje que hacía en mi cabeza y cerré mis ojos. No sé en qué momento me habré quedado dormido, pero la necesidad física me despertó, aún abrazado a ella. Con cuidado de no despertarla me levanté y fui al baño, mi risa boba no se quitaba de mi cara y después de hacer mis necesidades volví a la habitación, se veía tan hermosa durmiendo que la dejé un momento más, pasaban de las dos de la madrugada y yo que pensé que era más tarde.
Fui a la cocina y comencé a preparar algo para cuando despertase, si yo tenía hambre, me imagino ella cuando despierte.
Escuché que su teléfono sonaba constantemente y lo busqué con la mirada, estaba en la mesada y mi instinto posesivo me hizo tomarlo.
—¿Russell Macalister?— era lo que aparecía en su pantalla ¿Esto no podía ser cierto no? ¿cuántos Russell Macalister habían en Nueva York?
Con manos temblorosas doy aceptar en la llamada y las palabras de mi amigo me dejaron con una sensación de molestia y rabia.
—Queen, ¿Hasta qué hora me tendrás esperando por la respuesta a nuestro angelito? ¿Queen? ¿Qué pasa bonita? ¡Queen!
Corté, no quería seguir escuchando.
Era ella, siempre lo fue…
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