Diez minutos después, y rodeados de un silencio de lo más incómodo, llegamos a una gasolinera 24 horas.
Lion apagó el motor y se apresuró a abrirle la puerta a Jenna y sacarla para darle un fuerte y apasionado abrazo.
Al mismo tiempo Nick bajó del coche, sin siquiera detenerse un segundo y fue directo hacia la gasolinera. Yo no me moví. No podía, no quería ni mirarlo.
Ahora sí que me sentía culpable, todo lo ocurrido había sido por mi culpa, aquella pelea podría haber acabado diez mil veces peor. No tenía ni idea de qué hacía Ronnie con un arma, pero entonces comprendí perfectamente que aquellas carreras y aquella gente no eran como las que corrían en las carreras que yo había presenciado de pequeña: eran peligrosas, se apostaba muchísimo dinero y quienes participaban eran delincuentes. Y yo había dejado en ridículo al jefe de una de esas bandas y provocado que mi recién adquirido hermanastro se peleara a golpes con él.
La situación había pasado de ser algo normal e irritante a ser la peor situación a la que alguien podía enfrentarse.
Nicholas salió de la gasolinera con una bolsa llena de cosas. Se acercó hacia Jenna y Lion y les tendió vendas, alcohol y analgésicos. Ella se había hecho una brecha en la frente al haber sido golpeada por uno de los que se peleaban a puñetazos y Lion no tardó ni medio segundo en atenderla y asegurarse de que estaba bien.
Nicholas pasó por la parte delantera del coche. Sacó alcohol y una venda esterilizada y se limpió la herida del labio sin siquiera dirigirme una sola mirada. Entonces, después de tirarse agua de una botella por la cabeza y sacudirse el pelo mojado, se acercó hacia donde yo seguía sentada con la puerta cerrada.
La abrió y se me quedó mirando unos segundos. Yo me volví hacia él con la intención de bajarme del coche y curarme yo sola. No me dejó.
—Dame las manos —me ordenó en un tono inexpresivo.
No lo hice, simplemente me quedé mirándolo. Tenía el labio destrozado y un moratón horrible en la mejilla. Y todo eso había sido por mi culpa. Sentí un nudo en el estómago.
—Lo siento —le dije en un susurro tan bajo que no supe si lo oyó o no.
Me ignoró, pero cogió una de mis manos y con delicadeza comenzó a limpiarme la herida manchada de sangre y suciedad.
No sabía qué hacer ni decir. Prefería que me gritara o que me dijera lo estúpida e irritable que era, pero simplemente se ocupó de mis heridas.
Primero de mis manos y después de mis rodillas. Detrás de nosotros, Jenna y Lion se decían palabras cariñosas mientras ella le curaba las heridas a él.
Nicholas me miró solo una vez antes de apartarse y regresar al asiento del conductor. Minutos después regresábamos a la carretera envueltos en un silencio sepulcral. Incluso Jenna y Lion decidieron no decir ni una palabra.
Me di cuenta entonces de que acababa de meter la pata hasta el fondo.