14 NICK

1388 Palabras
Cuatro días después y seguía sin aparecer por casa. Después de lo que había ocurrido en las carreras no quería ni asomarme por allí. No estaba seguro de cómo iba a reaccionar cuando volviera a encontrarme frente a frente con Noah; una parte de mí quería estrangularla y hacerla pagar por lo que su estúpido jueguecito me había costado: mi coche, mi Ferrari n***o de más de cien mil dólares, y la ruptura definitiva de la tregua que tenía mi banda con la de Ronnie. El muy hijo de puta nos había disparado por la espalda, aún recordaba cómo el corazón casi se me había salido del pecho al escuchar el disparo y el grito de Noah en el asiento trasero. Recuerdo haber temido mirar hacia atrás por miedo a ver lo que me encontraría, recuerdo haber pasado el mayor miedo de mi vida, y todo por una insensatez de una tía incapaz de hacer caso ni una maldita vez a lo que se le decía. Al verla correr me había sentido completamente impotente. Todavía no era capaz de explicarme de dónde había sacado aquella habilidad para poder conducir de aquella forma, pero, joder, cómo le había ganado a aquel imbécil. Una parte de mí admiró su manera de coger aquella segunda curva, ni siquiera yo habría tenido los cojones de arriesgarme como ella lo había hecho, lo que también me aclaraba la falta de instinto de supervivencia que tenía. Y por otra parte no podía quitarme de la cabeza el beso que le había dado y las ganas que tenía de volver a hacerlo. No podía olvidarme de aquellos labios llenos y dulcemente sabrosos, de aquel cuerpo que me volvía loco... Mierda. No podía volver a casa, no sabía cómo iba a actuar: una parte de mí, la más pervertida y la que claramente no pensaba con la cabeza, quería tirarse a esa chica de cabellos rubios y ojos color miel sobre todas las cosas, hacerle de todo y hacerla pagar por haberme hecho perder mi tesoro más preciado; y la otra simplemente quería hacerla temer el simple hecho de estar cerca de mí, conseguir que ni se atreviese a respirar demasiado fuerte a mi lado... Pero, claro, la primera opción tiraba más que la segunda. y me maldecía por ello. Llevaba cuatro días de fiesta en fiesta acostándome a las tantas y levantándome con una chica diferente cada noche. Después de lo que había ocurrido en las carreras la relación entre Ronnie y yo había terminado para siempre y la verdad es que me preocupaba la reacción que pudiera tener si volvíamos a vernos, algo que sucedería más pronto que tarde teniendo en cuenta que nos movíamos por los mismos círculos. Era increíble cómo esa chica había jodido absolutamente todo y en tan poco tiempo, y encima tenía la obligación de verla todas las malditas mañanas. De esa guisa llegué a casa, con el cristal trasero de mi coche ya arreglado y con un humor de perros que estaba a punto de empeorar. Aparqué en mi plaza de aparcamiento, me coloqué mis gafas de sol, ya que la resaca me estaba matando y me encaminé hacia la entrada, deseando desaparecer en mi habitación durante todo el día... Sin embargo, eso fue imposible: en cuanto puse un pie dentro de casa un grito proveniente de la cocina me hizo maldecir internamente y rezar por tener la paciencia que iba a necesitar en aquel momento. Con paso lento entré en la cocina donde mi madrastra, su hija y ¿Jenna? desayunaban frente a la isla. Mis ojos se detuvieron unos segundos de más en mi infierno rubio personal. Noah parecía haberse descompuesto en cuanto entré por la puerta. Me fijé en que su piel estaba tostada por el sol y su cabello más rubio y de más colores que desde la última vez que la había visto. Llevaba un bañador que cubría con una toalla enroscada debajo de los brazos. Su pelo mojado chorreaba agua sobre la encimera en donde desayunaba un cuenco de cereales. A su lado, Jenna estaba más o menos igual, solo que ella iba en biquini y lucía una sonrisa de bienvenida que siempre reservaba para amigos y familiares. ¿Ahora eran amigas? —Por fin vuelves, Nick; tu padre estuvo llamándote durante todo el día de ayer —me dijo Raffaella con amabilidad y con cara de estar despierta hacía mil horas. Al contrario que el aspecto desarreglado de su hija, ella iba de punta en blanco, con su pelo rubio platino recogido en un moño y un traje blanco de lino bien planchado. Joder, que rápido se había convertido en la señora de William Leister. —He estado ocupado —contesté cortante al mismo tiempo que me acercaba a la nevera y sacaba una cerveza. Me importaba una mierda que fueran las diez de la mañana. —¿Qué pasa, Nick, no nos saludas? —habló Jenna volviéndose en su silla para observarme atentamente. La miré con cara de pocos amigos: Jenna sabía perfectamente que no estaba para chorradas. ¿Por qué no hacía como Noah y se quedaba callada mirando su cuenco de cereales? Gruñí un saludo al mismo tiempo que me llevaba la cerveza a los labios y me fijaba en cómo Noah intentaba aparentar que mi presencia allí no le afectaba en absoluto. —Nicholas, tu padre te ha llamado porque esta noche nos vamos a Nueva York —me dijo Raffaella captando mi atención—. Tiene un congreso y quiere que le acompañe. Me gustaría que te quedaras aquí con Noah, no quiero que se quede sola en esta casa tan grande y... —Mamá, ya te he dicho que estoy perfectamente —saltó entonces mi hermanastra fulminándola con la mirada—. Puedo quedarme sola; es más, Jenna se quedará a hacerme compañía, ¿a que sí, Jenna? —le preguntó volviéndose hacia ella. Jenna asintió encogiéndose de hombros y mirándome primero a mí y después a Noah. Esta no quería verme, no quería tenerme cerca... Hum, qué interesante. —Me quedaré —anuncié entonces, sin saber muy bien en dónde me estaba metiendo. Noah dejó a un lado su semblante indiferente para mirarme con sus ojos bien abiertos y con cara de querer estar en cualquier sitio menos allí. —Me quedo mucho más tranquila, gracias, Nick —dijo entonces Raffaella levantándose y dándole un último sorbo a su café—. Me voy a hacer las maletas... Os veo luego antes de irme. —Acto seguido salió por la puerta. —No hace falta que lo hagas, sé cuidarme solita —me soltó Noah en un tono de voz contenido. Me acerqué a ella hasta sentarme en la silla que había a su lado. —Dudo que sepas hacerlo, pero no es por eso por lo que me quedo —le expuse clavando mis ojos en los suyos—. Supongo que te echaba de menos, Pecas. ¿Hoy también tienes intención de hacerme perder cien mil dólares? — le pregunté tomándole el pelo y torturándola con mi semblante serio. Noah respiró hondo varias veces, sus ojos se habían abierto con sorpresa y bochorno y cuando empezó a balbucear una respuesta, decidí poner fin a mi tortura. —Relájate, no lo decía en serio, no podrías pagarlo ni en tus mejores sueños —agregué notando cómo mi enfado crecía al mismo tiempo que el deseo por ella se avivaba en mi interior. Mis ojos se desviaron involuntariamente a su escote mojado por el agua de la piscina y después a su tatuaje, que me volvía completamente loco. —¿Estás diciéndome que vas a olvidar el asunto? —me preguntó con incredulidad. —Supongo que podría cobrármelo de otra manera —dije y al instante me di cuenta de que estaba flirteando con ella, otra vez. Sus ojos parpadearon confusos. Maldita sea. —Mira, volvamos al principio, en donde yo te ignoro, tú me ignoras y todos contentos —le aconsejé poniéndome de pie y rezando para no volver a ponerme en evidencia. Mi mirada topó con la de Jenna, que me observaba intrigada con una sonrisita que afloraba en sus carnosos labios. Les di la espalda y salí al jardín preguntándome por qué diablos el enfado había desaparecido nada más volver a verla.
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