Cuántas veces lloré por él, por su desprecio, ese jueves lo esperé, aunque no le dije a mi padre el motivo por el cual Braulio quería hablar con él, se lo imaginó y me dio varios consejos, a la noche, cuando entendí que no iba a venir y mi padre me preguntó, solo le dije que debió presentarse algún problema, no me llamó, no me escribió, absolutamente nada, tampoco contestó mis llamadas.
Al día siguiente fui al colegio, mis compañeras me rodearon para que les diera detalles, pero solo recibieron mis lágrimas, me consolaron y siguió el día como siempre, solo que estaba ausente, por suerte ningún profesor se dio cuenta, a la tarde cuando iba a mi casa, sabía que debía hacer algo, entré toda molesta, mi madre me recibió y preguntó:
- Hola nenita ¿Qué te pasa?
- Nada mamá, Braulio fue a verme al colegio
- ¿Qué te dijo? ¿Por qué no vino ayer?
- Pues me dijo que no le dio tiempo por su trabajo
- ¿Qué le dijiste?
- Que ni mi padre ni yo somos su burla y terminamos mamá, por favor ya no quiero hablar de él, mejor ahí la dejamos
- ¿Estás segura?
- Sí, es lo mejor, que se vaya a su misión y que le vaya bien mamá
- No me agradaba la idea de que te casaras tan joven hija
- Ay mami, pero si no venía a eso
- Yo creo que sí, pero se acobardó
- Como sea, cada cual por su camino es mejor así
- Sí nena, sigue estudiando y veremos que te depara el destino
- Sí mamita
Después de eso la vida siguió, no volví a saber de Braulio Lerner en los próximos 4 años, como siempre, se lo conté todo a Cristóbal, me dijo que debería estar contenta que no se haya aparecido -te imaginas toda tu vida con un hombre así-, tenía razón, así que seguí mi vida, me gradué y continué con mi proceso vocacional para entender la voluntad de Dios, finalmente me decidí y en un luminoso viernes ingresé a la vida religiosa.
Tres años estuve ahí, pero esa sensación de no pertenecer, de angustia, no me dejaba en paz, sin embargo continué allí, pensé que con el tiempo me acostumbraría, pero luego de terminar los momentos de oración en la soledad de mi cuarto, la idea de que no sea la voluntad de Dios que fuera religiosa me carcomía, veía a mis compañeras, tan seguras de todo, ellas no tenían esa sensación, mi madre maestra me decía que los procesos no son iguales para todas, por eso eran varios años de formación, para ver si esa era la vida a la cual Dios nos llamaba.
Iba a la universidad para convertirme en maestra, la mayoría de mis compañeros eran seminaristas y religiosas con votos provisionales, era un lindo ambiente, pero había alguien, Leandro Suárez, mayor para mí con 7 años, con una mente brillante, cuando sus ojos se encontraban con los míos sentía como si un rayo me recorriera la espalda, sabía que no estaba bien que sintiera eso, se lo dije a mi confesor, fue la primera vez que me dijo que analizara bien si mis sentimientos por él eran más fuertes que mi vocación, pues debía plantearme la posibilidad de que la vida religiosa no fuera para mí, que si mi vida estaba fuera del convento estaba bien, no debía entristecerme, Dios nos quiere felices.
De todas maneras él estaba fuera de mi alcance, no podría interponerme entre él y su vocación, la idea de dejar la vida religiosa cada vez era más real, finalmente decidí consultarlo con mi madre maestra, hablé con ella, le dije mis dudas, aunque no le comenté nada de Leandro, ella se enfadó, me regañó y luego me dijo: “Si ya has pensado en salir, te vas mañana”, me quedé sin habla, a partir de ese momento mis hermanas no podían hablarme, me sentí rechazada, como si tuviera una enfermedad contagiosa, rápidamente me apartaron, me sentí muy mal, a la hora de la cena, nadie me miró, al día siguiente me permitieron asistir a las oraciones matutinas por última vez, luego fui a recoger mis cosas, me sangraba el corazón, habían llamado a mi madre para que me recogiera, estaba lista, salí con mis cosas, pero todas estaban en sus quehaceres, no pude despedirme, la única que me acompañó a la salida fue mi madre maestra, al llegar a la puerta me pidió que me quitara el crucifijo que me dieron cuando entré al noviciado, me lo quité del cuello, fue como arrancarme un pedazo de mi corazón, se lo entregué a la religiosa con mucho dolor, hubiera querido quedarme con él, pero no era posible, cuando la puerta se abrió y vi a mi madre en la puerta me paralicé, una parte de mí quería volver, pero otra sabía que no era mi mundo, caminé muy lentamente, las palabras que me dijo al salir, fueron muy difíciles de digerir, mi madre me abrazó y fuimos a casa.
Al llegar estaban mi papá y Tobías, mi hermano mayor, me dieron un abrazo y salieron al trabajo, me fui a mi cuarto, necesitaba arreglar mis cosas, mamá sabía que necesitaba un tiempo a solas así que se fue al mercado, dijo que tardaría un poco, que me quedara, se lo agradecí tanto, una vez que ella se fue, mis lágrimas pudieron salir con libertad, no fue fácil dejar el noviciado, aunque era lo mejor, mi corazón extrañaba los momentos con su Creador, en realidad hasta el día de hoy lo extraña, eso jamás cambiará.
Todas las personas que alguna vez estuvieron cerca de mí durante ese proceso, dejaron de saludarme, fue un tiempo muy difícil, después de haber estado rodeada de Dios, de su palabra, regresar a la vida mundana, donde hacían un drama por una uña quebrada, me costó mucho, pero debía adaptarme a mi nueva realidad.
Conseguí trabajo de secretaria en una escuela dirigida por religiosas, de alguna manera me sentía cercana a mi vida anterior, no fui más a la universidad dónde conocí a Leandro, no podía estar cerca, si era sincera conmigo misma, me había enamorado de él, pero Leandro, aunque en ese momento estaba fuera del seminario deseaba ser sacerdote, por eso debía mantenerme lejos.
El tiempo pasó, mientras esperaba a que se abrieran las inscripciones de la universidad ayudaba en la iglesia de mi barrio, era feliz estando cerca de esa vida ahora con un poco más de libertad, ya que no estaba dentro de la congregación y no necesitaba permiso de la superiora, pude viajar a seminarios, charlas, convivencias y todo lo relacionado con ese mundo, que sentía era el mío, conocí a mucha gente, cuando una tarde que estaba yendo a una conferencia de un sacerdote, estaba atrasada e iba corriendo, una persona pasó cerca de mí y me saludó, le contesté y seguí corriendo, no le puse atención, salí de la conferencia e iba a tomar un taxi cuando nuevamente escuché un saludo, era la misma persona de hace un momento, esta vez con más calma pude reconocer la voz, me giré para verlo y no podía creer lo que veían mis ojos.
- ¡Braulio!
- Laura, qué gusto volverte a ver, qué ha sido de ti
- Pues estoy muy bien Braulio, soy feliz ¿Y tú?
- Acabo de llegar de mi misión
- Me alegro, espero te haya ido bien, me tengo que ir, que te vaya bien Braulio
- Espera Laura ¿Podemos hablar?
- ¿De qué?
- De nosotros
- ¿Nosotros? No hay un nosotros Braulio
- Por favor Laura, te lo pido
- No, Braulio, no hay nada de qué hablar, lo siento me tengo que ir
Subí al taxi que me estaba esperando y me fui, cerré los ojos, no podía creerlo, que después de casi 4 años me lo haya encontrado, sobre todo que quiera hablar de “nosotros”, cómo podía ser tan cara dura, fui a mi casa, pero no se lo conté a nadie, al día siguiente volví a salir, para mi sorpresa ahí estaba él, nuevamente esperándome.
- ¿Qué quieres Braulio?
- Quiero que hablemos
- No tenemos nada de qué hablar
- Por favor Laura, te lo pido, solo dame 20 minutos
- Es inútil, no tiene caso, para qué remover el pasado
- Solo 20 minutos
- Bueno, te escucho
- Vamos a algún lugar dónde podamos estar tranquilos
- Claro, que tal una cafetería
- Pensaba en mi negocio
- En la vida me voy a quedar a solas contigo Braulio, vamos a la cafetería, sino olvídate de ese asunto
- Bueno Laura, vamos