Mía El cuarto olía a sangre, a pánico… y a un amor tan feroz que dolía presenciarlo. Isabella gritaba desgarrada, su cuerpo exhausto, bañado en sudor. Yo intentaba mantener la calma, estabilizarla, hacer todo con lo poco que tenía. No soy obstetra. Ni cirujana. Ni salvadora de mundos imposibles. Pero estaba aquí. Con ella. Por ella. —¡Está sufriendo demasiado! —rugió Thiago, con esa desesperación que nace cuando amas tanto que el miedo te devora—. ¡Haz algo, maldita sea! Levanté la mirada. Estaba empapada, con las manos manchadas de sangre y adrenalina, y aún así tuve fuerzas para gritarle con toda la verdad: —¡No soy obstetra, Thiago! ¡Soy bioquímica! ¡Estoy improvisando con lo que tengo! No puedo anestesiarla sin un control hemodinámico adecuado ni sin saber si hay hemorragia intern

