Mía El pasillo olía a desinfectante y desesperación. Había dejado el quirófano hacía apenas minutos, pero sentía las piernas de gelatina. Caminaba con rapidez, con el cabello recogido a medias y el pulso desbocado, sin saber cómo dar las noticias. Estaba acostumbrada a operar bajo presión, a trabajar con fórmulas, células y mutaciones… pero esto era diferente. Esto era sangre, vida, muerte. Humanidad cruda y feroz. Vi a Thiago antes de que él me viera. Se apoyaba contra la pared como un hombre deshecho, los puños enrojecidos, el rostro contraído por el dolor. Y junto a él, un hombre imponente incluso en el silencio, lo sujetaba por el brazo con una mezcla de contención y dureza. Me acerqué con paso decidido. No podía titubear. —¿Qué le pasa? —preguntó Thiago, frunciendo el ceño con es

