Apenas puse un pie en la acera frente a mi casa, algo dentro de mí se apretó. No por miedo. No por tristeza. Por costumbre. Porque ese lugar siempre ha sido mi punto de partida y, a veces, también mi final. Respiré hondo, le pagué al taxista, tomé mi mochila y avancé hacia la puerta como si no llevara cuatro meses desaparecida sin dar explicaciones. La discusión dentro ya era evidente desde la vereda. —¡Es mi cuerpo, papá! ¡¡Tengo derecho a operarme si quiero!! —era la voz aguda, indignada, de Abril. —¡No mientras vivas bajo mi techo! —le gritó papá, con ese tono que mezcla autoridad con desesperación. Sonreí apenas. Nada había cambiado. Empujé la puerta sin hacer ruido, como si aún fuera la niña que volvía tarde del colegio. Mi casa olía a café y a tensión. Papá estaba de pie junto a

