Estaba en el sillón, abrazando a mamá como cuando era niña. Lloraba con el rostro hundido en su hombro, con el corazón hecho trizas. —No quería perderlo, mamá… yo lo amo —susurré entre sollozos, sintiendo cómo cada palabra me desgarraba por dentro. Ella me acariciaba el cabello con ternura, como si quisiera reconstruirme desde el alma. —Shhh… tranquila, hija. Todo va a estar bien. Si lo amas, lucha por él. Pero recuerda que tú también vales, Mía. No puedes cargar el mundo sola. Asentí con la cabeza, sin fuerzas para hablar. Me sentía culpable. Por todo. Por César, por papá, por haberme ido así… sin decirles nada. Por haber mentido. Mamá no me juzgó. Solo me sostuvo. Su silencio era comprensión. Entonces se abrió la puerta del comedor y Abril entró como un torbellino, sin siquiera dis

