Mei Lin abrazó a cada una de sus amigas, tomándoles el rosto entre sus manos hasta quedar convencida de que se encontraban bien. Algunas se apartaron para encender los faroles que colgaban en las esquinas y Duncan las saludaba respetuosamente con gestos. Todas eran chinas, muy jóvenes y hermosas, de largas cabelleras negras y siluetas delicadas. —Regresé de Francia sin saber lo que había ocurrido —les contó Mei Lin—. Busqué la protección de Xǔ Yú cuando encontré mi casa hecha cenizas. Creí que todas ustedes habían muerto junto con ella… Las mujeres volvieron a llorar, abrazando a la muchacha que también dejó escapar lágrimas. —Milady se aseguró de que tuviéramos un refugio lejos, donde no pudiéramos ser lastimadas —le contestó la mayor de todas que traía un hermoso vestido blanco—, per

