Sólo te utilicé

1234 Palabras
POV VALERIA Pasaron unos días, y la verdad es que fueron increíblemente relajantes. Papá me escribía todos los días para mantenerme al tanto de todo lo que sucedía. Eso me daba una tranquilidad enorme, porque sabía que, hasta el momento, nada grave había pasado. Decidí centrarme en mí misma durante esos días. Me creé una rutina que seguí al pie de la letra: vi una serie, limpié todas mis armas y también ordené por completo mi piso. Tener a Daniel y Camila a mi lado ayudaba mucho, así que no me sentía completamente sola. Aun así, podría haberme ofrecido para ir a alguna misión, pero, sinceramente, no tenía ni ganas ni motivación para hacerlo. —¿Y estás segura de que quieres colgar una ristra de luces justo ahí? —preguntó Daniel, observándome con curiosidad. —Sí, completamente segura. Quedará precioso sobre la chimenea —respondí con una sonrisa mientras colgaba las luces de hadas. —¿Diego se ha puesto en contacto contigo hoy? —Sí, esta mañana —asentí, pausando un momento. —¿Crees que lo conseguirán? —Definitivamente. Daniel salió poco después para continuar con sus labores de guardaespaldas. Me quedé sola en la isla de la cocina, sosteniendo un vaso de agua en una mano mientras escribía en el móvil con la otra. Había pensado demasiado en Ethan en los últimos días. Cada vez que miraba el teléfono, sentía una necesidad absurda de saber qué estaba haciendo o cómo estaba. Pero, sin falta, esa voz interna aparecía. Me repetía una y otra vez que era un imbécil. Un traidor. Y, francamente, estaba de acuerdo con ella. Suspiré y dejé el móvil a un lado, mirando al vacío mientras terminaba de beber el agua. Necesitaba distraerme de nuevo. Con rapidez, me cambié de ropa. Elegí un conjunto más arreglado: una camisa negra, zapatos de tacón y un abrigo que combinaba a la perfección. Mientras me maquillaba, las ideas iban tomando forma. Quería salir a la ciudad, comprar algo de ropa y, tal vez, tomar un café para despejarme. —¿Adónde vas? —preguntó Daniel con una sonrisa al verme lista. —A la ciudad. Necesito dar un paseo, hacer unas compras y tomar un café —respondí, ajustándome el abrigo. —¿Quieres que te acompañe? —No, estoy bien. Será mejor que vigiles mi piso —respondí con una sonrisa cómplice. Aquella última frase iba dirigida a todos los guardaespaldas, y no pudimos evitar echarnos a reír. —Pues ve tranquila y disfruta —dijo Daniel con una sonrisa amable. —Eso haré. Hasta luego. Salí del edificio y me puse unas gafas de sol, por seguridad. El aire otoñal era fresco y agradable mientras caminaba hacia mi coche, pero había algo… algo extraño en el ambiente que me hizo detenerme por un instante. Sacudí la cabeza para despejarme y decidí ignorar aquella sensación. Me subí al coche y arranqué. Era momento de dejar las preocupaciones atrás, al menos por un rato. * Al cabo de unas dos horas, ya estaba de vuelta en casa. Aparqué, bajé del coche y entré rápidamente. Nada más al entrar, vi a Daniel abajo, junto a la entrada. Estaba pálido, como si acabara de ver un fantasma. —¿Daniel? ¿Estás bien? —pregunté, preocupada. Él levantó la mirada hacia mí, pero parecía perdido. —Intenté detenerle... —murmuró. Un escalofrío recorrió mi espalda. —¿A quién? Daniel no contestó. Su silencio fue suficiente para saber que algo no iba bien. Mi bolso se deslizó de mis manos y cayó al suelo. Sin esperar más, eché a correr escaleras arriba, subiendo de dos en dos los escalones hasta llegar a mi piso. Cuando abrí la puerta, me detuve en seco. Mi cuerpo entero se paralizó. El corazón dejó de latirme por un instante, y una descarga de frío recorrió mi pecho. —Valeria... —su voz rompió el silencio como un cuchillo. No podía ser. —¿Ethan? —murmuré, incrédula. Allí estaba él, de pie en medio de mi sala, como si nada. El dolor que había intentado enterrar durante semanas volvió a la superficie, y me golpeó. No sabía qué hacer ni qué decir. Solo sabía una cosa: no quería volver a verlo jamás. —¿Qué haces aquí? —pregunté al fin, intentando calmar la cantidad de emociones en mi interior. —Quiero hablar contigo —dijo, con calma —. Quiero explicártelo. —¡No te acerques más! —siseé, dando un paso atrás. —Valeria, por favor... Pero él continuó avanzando, ignorando mis palabras. Sin pensarlo, mi mano se movió hacia mi pistola. La saqué y le apunté directamente al pecho. Ethan levantó las manos lentamente, pero en su rostro apareció una sonrisa desdeñosa. Mi mirada se mantuvo fija, aunque podía sentir las lágrimas formándose en mis ojos. Nunca pensé que volvería a verlo tan pronto. Nunca pensé que dolería tanto. —Vete al carajo —gruñí, quitando lentamente el seguro de mi pistola. —Eso es infantil —se rió, con una burla que encendió aún más mi interior. —No, tú estás siendo infantil. Nos traicionaste... a todos. Ningún hombre de verdad haría eso —respondí, con la voz temblando de rabia. —Eso es lo que quiero explicarte. Hubo un silencio tenso. Finalmente, después de unos minutos, bajé el arma con lentitud, aunque la mantuve firme en mi mano. —Te escucho —le dije. —Para ser sincero... —empezó, en voz baja —. Nunca iba en serio. Me acosté contigo solo para ganarme tu confianza. Sus palabras fueron un cuchillo directo al corazón. Sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Apreté la mandíbula con fuerza, luchando por no mostrar cuánto me dolía. Mi mirada permaneció fija, inquebrantable. —¿Algo más? —pregunté, haciendo un esfuerzo enorme por mantener mi voz neutral. Ethan asintió ligeramente, como si no hubiera terminado de destruirme del todo. —He estado trabajando con Leo y su grupo desde hace mucho tiempo. Ni siquiera mi padre lo sabía. Ninguno de ustedes lo sabía. El matrimonio... —hizo una pausa, y su sonrisa cínica volvió a aparecer— fue una herramienta perfecta. Me permitió mantener el plan más tiempo del que imaginaba. Sentí que mi respiración se volvía errática, pero me obligué a mantenerme de pie. Ahora las lágrimas corrían por mis mejillas, pero no iba a darle el placer de verme rota. Me limpié rápidamente la cara y enderecé la espalda. —¿Y qué ganas ahora? —pregunté con voz quebrada, mi dignidad tambaleándose. —Nada. Solo demuestra lo ingenua que puedes llegar a ser. —Su tono estaba cargado de desprecio. Sus palabras fueron un golpe tras otro, pero lo que más me dolió fue lo que dijo después. —Le has mentido a tu propio padre —susurré, incapaz de comprender cómo alguien podía caer tan bajo. —Créeme, Valeria, esto es solo el principio —respondió con frialdad antes de dar media vuelta y salir por la puerta. Me quedé ahí, inmóvil, viendo cómo desaparecía de mi piso. Finalmente, me derrumbé sobre el sofá. —¡Valeria! —gritó Daniel mientras irrumpía en mi apartamento, con el rostro lleno de preocupación. Lo miré con ojos llenos de rabia y lágrimas. —Quiero vengarme —susurré, con un fuego nuevo encendiéndose dentro de mí. Esta vez, no habría piedad.
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