Dulce venganza

1973 Palabras
POV VALERIA A la mañana siguiente, me desperté en mi cama. Apenas abrí los ojos, me senté y miré a mi alrededor, confundida. Bajé las escaleras de un salto, buscando a Ethan, que seguía roncando en el sofá como si no hubiera pasado nada. Suspiré y me fui directo al baño. Me di una ducha rápida y me arreglé lo mejor que pude. Después del maquillaje y el secador, elegí algo simple: unos jeans negros, un suéter gris y zapatillas oscuras. Agarré mi chaqueta y bajé corriendo otra vez. —¿Ethan? —dije, tocándole la cara para que se despertara—. ¡Ethan! —Mmm… ¿qué? —gruñó, medio dormido. —Voy a ver a mi papá. —Anda… —respondió, dándose vuelta y quedándose dormido de nuevo. Agarré las llaves de mi auto y salí disparada. * Después de unos minutos de manejar, llegué a la mansión de mi papá. Aparqué el auto y bajé sin mucho apuro, pero con una sensación incómoda en el pecho. Me acerqué a la entrada y empujé la puerta. —Buenos días, señorita Valeria —me saludó uno de los mayordomos, parado junto a la escalera. Me quedé mirándolo unos segundos, medio desconcertada. —Buenos días… ¿y mi papá? —pregunté. —Aún está en cama —respondió. ¿Cómo? Eso sí que no me lo esperaba. Subí las escaleras a paso acelerado. Esto no tenía sentido. Mi papá era de esos que a las seis de la mañana ya había terminado media jornada, organizando todo en la mansión. Llegué a su cuarto y me detuve frente a la puerta, dudando. Finalmente la abrí despacio y asomé la cabeza. La habitación estaba casi completamente a oscuras. —¿Papá? —pregunté. Desde la cama, giró la cabeza para mirarme. —Valeria, mi amor, ¿qué haces aquí tan temprano? Entré, ignorando su pregunta, y fui directo a subir las persianas. La luz del sol inundó la habitación. Papá se quejó mientras se incorporaba en la cama, frotándose los ojos. Me senté a su lado. —¿Por qué sigues en cama? —pregunté, tratando de ocultar mi preocupación. Papá suspiró, dejándose caer contra el respaldo de la cama. —No me sentía bien esta mañana, nada más. —¿Por lo de Milena? —solté, aunque no necesitaba respuesta. —Valeria… —empezó, pero no lo dejé continuar. Me puse de pie y lo miré fijamente. —Papá, no podemos hacernos los tontos. Esto pasó, y no se puede deshacer. Tenemos que hacer algo, vengarnos. ¿De acuerdo? —Habla más bajo… —murmuró, llevándose una mano a la cabeza. Suspiré y me obligué a calmarme. —Perdón —dije, bajando la mirada. Papá se quedó en silencio unos segundos antes de hablar. —Tienes razón, mi niña. Esto pasó, y no podemos cambiarlo. —Voy a vengarme, papá —dije. —¡Ni se te ocurra! —respondió con una dureza que no esperaba. —Papá… —Valeria, ¿tenés idea de lo peligroso que es esto? —Su voz subió de tono. Estaba realmente molesto. —¡Soy una asesina a sueldo! Me entrenaste toda mi vida para lidiar con este tipo de cosas. Claro que sé que es peligroso, pero eso no importa. Todas mis misiones son igual de arriesgadas. Esto lo hago por Milena. Papá me miró en silencio. Finalmente, se puso de pie. Lo observé, esperando que dijera algo. —Será mejor que dejemos que los guardaespaldas se encarguen. Ellos saben qué hacer. Salió del cuarto con decisión. Yo lo seguí. —¿Estás hablando en serio? —le pregunté, incrédula. —Primero tenemos que obtener información sobre esos asesinos. Después decidiremos. No dije nada, pero por dentro hervía. No podía quedarme de brazos cruzados esperando. Apenas salimos de la casa, me escabullí hacia el jardín, tratando de ordenar mis pensamientos. Crucé los brazos. Todo seguía igual desde la boda. Nadie había limpiado el lugar, y las manchas de sangre seguían ahí, como un recordatorio cruel. Respiré profundo, obligándome a no perder el control, y miré alrededor. Fue entonces cuando lo vi. Algo brillaba junto a la piscina. Me acerqué rápido y me puse en cuclillas para observarlo. Era un cartucho, pequeño, tirado entre el césped. Lo recogí con cuidado y lo examiné. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. —¿Valeria? ¿Se encuentra bien? —preguntó el mayordomo que había venido tras de mí. Sin apartar la vista del cartucho, le dije: —Llamá a mi papá. Ahora. El hombre salió corriendo, y yo me quedé ahí, con el cartucho en la mano. En su superficie estaba grabado un nombre: Mambas. * —Papá, ¿quiénes son esas Mambas? —pregunté, tratando de controlar el temblor en mi voz. Ethan y su papá, Thomas, estaban en la oficina con nosotros. Mi padre no paraba de caminar de un lado al otro. Su rostro decía lo que su boca no se atrevía: conocía bien a esa gente. —Interesante nombre —murmuró Ethan, cruzado de brazos, aunque con el ceño fruncido. Papá soltó un suspiro cargado. —Mierda… esto no es nada bueno. Ya me estaba sacando de quicio su silencio. —¡Papá, contéstame! —le grité, y por fin se detuvo y me miró. —Las Mambas… —empezó a decir. —Es una banda de Santa Monica. Antes eran amigos… ahora, son nuestros enemigos más grandes. Hace años que no sé de ellos. —¿Diego, no me digas que…? —intervino Thomas. —Sí, Thomas, ellos. Exactamente ellos —admitió papá con voz cansada. Thomas dejó caer la cabeza entre las manos, abatido. Ethan y yo nos miramos confundidos, pero fui yo la primera en reaccionar. —¿Quiénes son exactamente? —pregunté, rompiendo el silencio incómodo. Papá se pasó una mano por la frente. —El jefe de esa banda se llama Leo. Está obsesionado con hacernos pagar algo que pasó hace muchos años. Fue mi error. Yo la cagué en su momento. —¿Y dijiste que están en Santa Monica? —pregunté, sintiendo cómo la idea comenzaba a tomar forma en mi cabeza. —Sí. ¿Y qué con eso? —respondió papá, mirándome con sospecha. —Papá, piénsalo. Santa Monica está cerca de Los Ángeles —dije. Papá miró a Ethan y a Thomas, y en ese momento entendí que él también estaba considerando lo mismo. —¿Qué estás sugiriendo, Valeria? —preguntó Ethan. —Bueno, si conseguimos suficiente información, podemos ir allí y acabar con ellos. Limpiar el problema de raíz. —Gran plan, ¿verdad? —solté con sarcasmo. Aunque sabía perfectamente lo que estaba proponiendo. —¡No! Eso está completamente descartado —siseó Ethan, levantándose del sofá y mirándome como si estuviera loca. —En realidad… tiene razón —murmuró papá, inclinándose hacia Ethan. —No, Diego. Eso es un s******o. No voy a dejar que Valeria se meta en algo tan peligroso —dijo Ethan, clavándome la mirada. —Puedo tomar mis propias decisiones, Ethan —respondí. Papá y Thomas intercambiaron miradas y decidieron dejar la conversación ahí. Salieron de la oficina sin decir más. Los miré salir, pero cuando volví mi atención a Ethan, su rostro estaba rojo de ira. —Voy a hacer esto —dije despacio. —No voy a obedecerte, ¿entendiste? Soy una mujer independiente. —¿De verdad te lo crees? —respondió con sarcasmo, apretando los puños. —Oh, claro que sí. Y tú mejor que nadie lo sabe. —Valeria, eres mi esposa. ¿Te queda claro? Tengo derecho a decirte lo que puedes y no puedes hacer. No pude evitar soltar una carcajada desdeñosa. —¡Ja! ¿Esposa? Por favor, en tus sueños, Ethan. Su rostro se endureció aún más. —No vas a hacer eso, ¿me escuchaste? —¿Y si lo hago, qué? ¿Vas a pegarme? —repliqué, cruzándome de brazos, esperando su respuesta. Pero no dijo nada. Sabía que había llegado al límite de su paciencia, y eso me daba cierta satisfacción. —Voy a hacerlo, Ethan. Y no me importa lo que digas —dije, dejando claro que no había marcha atrás. —Valeria… Antes de que pudiera decir algo más, salí del despacho. Pasé junto a papá y Thomas, que me miraron con sorpresa, pero no me detuve. Bajé corriendo las escaleras, con el corazón acelerado y la determinación quemándome por dentro. —¿Valeria? —escuché que mi papá me llamaba desde arriba. No me detuve. Grité con toda la fuerza que tenía: —¡Vamos a hacerlo! * Era el mismo día, pero ya era de noche. El reloj seguía avanzando, pero yo no podía dormir. Estaba en mi departamento, sentada en el sofá frente a las ventanas. A mi lado descansaba una de mis pistolas, una de las grandes. Mis dedos jugaban nerviosos con el borde del cargador, pero mi rostro no mostraba nada. Una máscara fría, impenetrable. Sabía perfectamente lo que estaba a punto de hacer. Papá lo sabía. Sabía que no me quedaría de brazos cruzados. Y aunque parecía estar de acuerdo con la idea, su indecisión me había hartado. Esto lo iba a hacer sola. Por mi cuenta. Y esta misma noche. Ethan estaba profundamente dormido en la habitación. Nadie sabía lo que planeaba. Solo yo. Me levanté con calma, dejando que el silencio de la noche fuera mi único compañero. Llevaba puesto un pantalón cargo n***o y una camisa ajustada. Preparada para la guerra. Agarré mi rifle con firmeza y solté un largo suspiro. Esto es por la familia, pensé. Cerré la puerta de mi piso tras de mí y bajé las escaleras rápidamente. En el edificio, las luces decorativas nocturnas brillaban como pequeñas estrellas. Me iluminaban mientras avanzaba hacia mi destino. —¿Señorita Valeria? —dijo Daniel al verme. Me detuve un segundo, lo suficiente para hablarle sin mirarlo directamente. —Volveré por la mañana. Cuida el piso… y no le digas nada a mi papá. Él y los otros hombres intercambiaron miradas de confusión. Antes de que pudieran responder, ya estaba cruzando el umbral hacia la calle. —¡Valeria! —me gritó Daniel desde atrás, pero yo ya no escuchaba. Subí al coche y cerré la puerta de un portazo. Encendí el motor y miré el reloj. Coloqué el rifle en el asiento del copiloto y aceleré. Conduje fuera de Los Ángeles. Las luces y el bullicio de la ciudad quedaron atrás, pero las carreteras seguían llenas de movimiento. La autopista estaba viva incluso a esa hora. Aun así, mi mente estaba afilada, enfocada solo en una cosa: el camino hacia Santa Monica. El viaje duró casi dos horas, pero no sentí ni un atisbo de cansancio. Al contrario, cada kilómetro que avanzaba me llenaba de más energía. Durante toda la tarde había estado investigando sobre las Mambas, y lo que había encontrado era suficiente para actuar. Sabía dónde encontrar a su jefe. Sabía dónde estaba Leo. Llegué cerca de las 1:30 de la madrugada. La ciudad estaba silenciosa, casi como si estuviera conteniendo el aliento. Conduje por las calles vacías hasta que finalmente encontré la propiedad de Leo. Era una casa grande, rodeada de coches en el patio. Una luz amarilla brillaba desde una de las ventanas. Estaban despiertos. Probablemente en alguna reunión. Estacioné el auto en una esquina oscura, fuera de la vista. Apagué el motor y tomé mi rifle, asegurándome de que estaba cargado. Bajé lentamente, mis botas apenas haciendo ruido contra el asfalto. Miré alrededor, asegurándome de que no había nadie cerca. —Muy bien —susurré para mí misma, sacando una granada que llevaba sujeta al cinturón. Mi corazón latía con fuerza, pero mi mente estaba clara. —Esto es por mi tía, malditos. Les llegó su hora.
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