Mi esposa está en peligro

1089 Palabras
POV VALERIA Me arrastré con cuidado por unos arbustos para entrar en la propiedad. Funcionó mejor de lo que esperaba. Miré a mi alrededor. Había cámaras por todas partes, así que tuve que permanecer oculta. Me deslicé en silencio, conteniendo la respiración en cada movimiento. Sabía que si Ethan o papá se enteraban, las consecuencias serían terribles. Daniel no debía decir nada. Si lo hacía, probablemente lo decapitaría. Finalmente llegué a la parte trasera de la mansión. Con precaución, salí de los arbustos y observé las ventanas. Qué irónico... Cuando vi una ventana abierta, no pude evitar sonreír. La oportunidad era perfecta. Corrí hacia ella sin hacer ruido. Así logré entrar en la mansión. Todo estaba tranquilo. Los pasillos eran oscuros, iluminados solo por las tenues llamas de las velas. Oí voces masculinas provenientes de una habitación cercana. Antes de enfrentarme a los hombres, incluido Leo, sabía que debía ocuparme de los guardaespaldas. De lo contrario, ya habría perdido antes de empezar. Algunos guardaespaldas patrullaban en el piso inferior. Saqué mi cuchillo y me acerqué rápidamente al primero. Le cubrí la boca con fuerza desde atrás y, sin dudarlo, le corté el cuello. Cayó al suelo en silencio, ya sin vida. —Un intruso. Oh, oh... Eso desató una pequeña pelea: yo contra otros dos guardaespaldas. Nos encaramos, listos para el combate. —¿Qué están haciendo? ¿Quieren destruirme?— sonreí con arrogancia. —¿Por qué no lo intentan? Apunté y disparé al primero en la pierna. Cayó al suelo gimiendo de dolor. El otro intentó abalanzarse sobre mí, pero lo detuve clavándole el cuchillo en el ojo. Me acerqué lentamente al primer hombre, que seguía aullando. Me incliné hacia él y presioné su herida de bala con la palma de la mano. —Tú... tú... puta... —¿Perdón? Creo que no te escuché bien. Sin pensarlo más, le disparé en la cabeza. Y luego, el silencio. Un silencio absoluto que llenó el lugar. Ya estaba cubierta de sangre, incluida mi camisa blanca. Con un suspiro, saqué mi cuchillo del ojo del guardaespaldas y lo limpié contra mis pantalones. Lo guardé de nuevo en el cinturón y levanté la vista. De repente, una risa desdeñosa rompió el silencio. Alguien aplaudía detrás de mí. Me giré rápidamente, levantando el fusil. —Impresionante, puta estúpida. Eran mis mejores hombres. Leo estaba frente a mí, el jefe. Su cabello rubio rizado brillaba a la tenue luz, y su altura imponente hacía que el aire pareciera pesar más. Lo miré con hostilidad. —Eran unos debiluchos—, siseé despectivamente. —Entonces tú también eres una debilucha, Valeria. En ese momento, sentí un paño húmedo tapar mi boca por detrás. El olor penetrante me envolvió y, antes de que pudiera reaccionar, caí inconsciente. * TERCERA PERSONA El mayordomo de la mansión observó a Ethan entrar con pasos apresurados y una expresión cargada de preocupación. —¿Va todo bien, señor Montgomery? —preguntó, inclinándose levemente. Ethan no respondió de inmediato, se detuvo solo un instante para lanzar una pregunta en tono cortante: —¿Dónde está Diego? El mayordomo se mostró dubitativo antes de contestar: —Bueno... son las siete de la mañana. Creo que está en su despacho. Antes de que pudiera decir algo más, Ethan subió corriendo las escaleras, dejando al mayordomo atrás. Se dirigió directamente al despacho, donde irrumpió sin llamar. Diego, sentado tras su escritorio, levantó la mirada al escucharlo entrar. —Ethan —dijo con sorpresa mientras se ponía de pie—. ¿Ha pasado algo? Ethan no perdió tiempo. —¿Dónde está Valeria? —preguntó, repitiendo la misma interrogante que antes, pero esta vez con un nombre diferente. Diego suspiró, adoptando un semblante preocupado. —¿No sigue dormida? —aventuró. —No, de lo contrario la habría despertado yo mismo. Diego frunció el ceño y volvió a sentarse, pensativo. —No entiendo... —murmuró—. ¿No está en ninguna parte de la casa? —No. —La respuesta de Ethan fue seca y tajante. El ambiente en la sala se tensó mientras ambos hombres reflexionaban en silencio. Finalmente, Ethan se dejó caer en una silla frente al escritorio. —Diego, no quiero encontrarla herida en alguna parte solo porque hizo algo estúpido —comenzó con un tono más controlado, aunque cargado de frustración—. ¿Es tan difícil de entender? Diego lo miró con resignación. —Ethan, así es Valeria. Tendrás que acostumbrarte. Siempre tiene ideas espontáneas, peligrosas y locas, y lo peor es que las lleva a cabo. Ethan apretó los puños sobre sus piernas. —Es mi esposa ahora, ¿no? Entonces es mi responsabilidad. ¡Haz que se detenga! Diego, visiblemente tenso, desvió la mirada como si algo lo atormentara. Luego, con un movimiento rápido, se volvió hacia Ethan, lo agarró por el cuello de la camisa y lo acercó a su rostro. Su voz era baja. —Ethan, te elegí porque creo que eres bueno para mi hija. Pero escucha bien: si le haces daño, si le dices lo que tiene que hacer, si la tocas de la manera equivocada... te degüello. El silencio en la habitación era sofocante. Ethan intentó responder, pero Diego no se lo permitió. —Tómalo como una advertencia. Si algo le pasa por tu culpa, se acabó para ti. Antes de que Ethan pudiera replicar, Daniel irrumpió en la sala, jadeando. Diego soltó a Ethan y se giró hacia el recién llegado. —¿Daniel? —preguntó, aclarando la garganta para recuperar la compostura. —Valeria está en Santa Monica —anunció Daniel, claramente asustado—. Lleva allí desde esta noche, pero no me atrevía a decírselo. —¿Qué rayos hace en Santa Monica? —intervino Ethan de inmediato. —Quiere matar a Leo y a su banda —confesó Daniel, todavía tratando de recuperar el aliento. En ese momento, Camila apareció en la puerta. —¿Hay algún problema? —preguntó. Ethan se levantó de golpe, maldiciendo en voz baja. —Lo sabía —murmuró, más para sí mismo que para los demás. Diego, ya completamente alerta, comenzó a dar órdenes con firmeza. —Daniel, contacta de inmediato a nuestros hombres. Iremos allí ahora mismo. —Entendido —respondió Daniel sin dudar. Todos comenzaron a moverse con urgencia. Diego abrió un cajón y sacó varias armas. Ethan tomó una de ellas y se encontró con la mirada de Diego. —Los sacaremos de allí —afirmó Ethan. Diego asintió. —Y lo haremos como sea necesario.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR