POV VALERIA
Sentí el rugido de coches acercándose y unas luces atravesaron la negrura de mis párpados cerrados. Todo era confuso, apenas lograba reconocer mi propio cuerpo. Estaba demasiado aturdida.
—Despierta, zorra estúpida.
Un chorro de agua fría cayó sobre mi rostro, arrancándome del letargo. Abrí los ojos de golpe y comencé a toser mientras trataba de orientarme. Levanté la vista lentamente, y ahí estaba él.
—Leo —dije con frialdad, esforzándome por sonar firme—. ¿De qué te ha servido eso ahora?
—Te has despertado —respondió, con una sonrisa torcida.
Fue entonces cuando noté las cadenas que aprisionaban mis muñecas. Estaba atada a una silla. Dejé escapar un suspiro de frustración mientras lo veía acomodarse frente a mí con toda la calma del mundo.
—Entonces... ¿por qué invadiste mi mansión y mataste a mis mejores hombres? —preguntó, entrelazando los dedos.
—Mataste a mi tía en mi boda. ¿Qué esperabas? —repliqué con una chispa de rabia encendida en la voz.
—Ah, ¿te refieres a Milena? —murmuró, desinteresado.
—Sí.
—Oh, lo siento por eso, cariño —repuso con un falso puchero, cargado de ironía—. ¿Te hemos causado algún daño emocional?
Su intento de provocación me crispó. Intentó tocarme la mejilla, pero mis reflejos actuaron más rápido. Le mordí la mano con todas mis fuerzas. Leo saltó hacia atrás y, furioso, me abofeteó.
—¡Zorra estúpida! —gritó.
—¿Te atreves a tocarme? —espeté, fulminándolo con la mirada.
—¿Tenías que morderme? —vociferó.
—Sí.
Sus ojos ardieron con rabia. Me agarró firmemente la barbilla, acercando su rostro al mío. Su aliento nauseabundo me golpeó y me provocó arcadas. Apenas podía soportarlo.
—Vuelve a hacer algo así, y te haré cosas que ni siquiera puedes imaginar —siseó antes de soltarme.
Me recliné hacia atrás, tratando de reponerme. Pero no pude evitar lanzar otra provocación.
—¿Ah, sí? ¿Qué cosas? —desafiante, le sostuve la mirada.
—Cosas que te impedirán caminar.
Qué asco de hombre.
Leo se levantó y sacó un cuchillo. Lo afiló lentamente. Desvié la mirada, buscando algo, cualquier cosa. La habitación era sencilla: un sofá, un armario y poco más. Suspiré de nuevo, con impaciencia.
—Créeme, Leo, cuando llegue mi familia, serás el primero en sentir el frío del acero —dije, dejando que una sonrisa amarga curvara mis labios.
Él rió. Una risa corta.
—¿Eso es lo que crees? —dijo, negando con la cabeza—. Qué patética eres, Valeria. Cuando llegue tu familia, los asesinaré a todos, uno por uno, a sangre fría.
Entonces, lo escuché: el ruido de coches acercándose. Él también los oyó. Su atención se desvió hacia la ventana. Yo no pude evitar mirar también.
—Hablando del Rey de Roma... —musitó, con una sonrisa venenosa.
—Despídete de tu vida, Leo —le advertí con voz firme.
—Eso ya lo veremos.
Sin más, recogió un rifle y salió de la habitación, dejándome sola. No perdí tiempo; tenía que actuar. Tengo que liberarme.
*
TERCERA PERSONA
Diego observó a Ethan con preocupación mientras hablaban en voz baja en la enfermería improvisada de la mafia.
—Se pondrá bien, no te preocupes —dijo Diego, intentando sonar optimista.
Ethan, sin embargo, no podía contener su frustración. Refunfuñó mientras miraba con desesperación a Valeria, tendida en la cama.
—Le dispararon durante la pelea —respondió, su voz impregnada de enojo y temor—. Mira lo lento que late su corazón.
En el cuarto también se encontraban Daniel y Camila. Diego intentó calmar la situación.
—Ethan, esta es Valeria. Ha recibido varios disparos, pero se pondrá bien —repitió Diego con más firmeza, sentándose junto a la cama. Ethan suspiró profundamente, tratando de procesar lo sucedido.
—Leo quiso dispararle directamente al corazón. Cuando se dio cuenta de que le había dado en las costillas, huyó como un cobarde —murmuró Ethan, apretando los puños.
Diego levantó la vista y comenzó a hablar, pero Ethan lo interrumpió con brusquedad:
—¡No, Diego! Ese bastardo tiene que ser castigado por lo que hizo. Tuviste la oportunidad de matarlo, ¡pero no lo hiciste!
Diego se levantó lentamente, intentando mantener la calma.
—Ethan, sé que estás asustado, aunque no quieras admitirlo —dijo en un tono sereno, alzando las manos en señal de conciliación.
—¿Asustado? —respondió Ethan —. Pensé que iba a desangrarse en mis brazos.
Diego permaneció en silencio, mientras Ethan se debatía entre el enojo y la desesperación. El sonido tenue del monitor cardíaco de Valeria hacía eco en la sala. Su corazón latía lentamente, mientras una máquina la asistía para respirar.
Ethan, quien siempre había sido frío y calculador, ahora sentía algo desconocido. Aunque su matrimonio con Valeria había sido forzado, no podía evitar preocuparse profundamente por ella. Esa nueva emoción lo desconcertaba, pero lo que dominaba en ese momento era su enojo.
Diego rompió el silencio y colocó una mano en el hombro de Ethan.
—Todo va a salir bien. Es fuerte; lo conseguirá.
Dicho esto, salió de la habitación, dejándolo a solas. Ethan, abatido, se sentó nuevamente junto a Valeria. Miró con desesperación el rostro pálido de la joven y tomó su mano con delicadeza. Acarició el dorso de su mano con los dedos, sin apartar la vista de la máquina que marcaba los latidos de su corazón.
—Te las arreglarás, ¿verdad? Tienes que hacerlo —murmuró, casi como un ruego.
Mientras tanto, en los pasillos de la enfermería, Diego caminaba con pasos firmes, seguido de cerca por Daniel. Ambos intercambiaron miradas rápidas, compartiendo la gravedad del momento.
—¿Cómo está? —preguntó Daniel.
—Muy débil —respondió Diego con un suspiro—. Leo escapó con su banda; probablemente se estén escondiendo.
Ambos se detuvieron en seco. Daniel observó a Diego, quien hablaba con un tono helado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Daniel, expectante.
—Tenemos que rastrear a esa banda. Pueden estar en cualquier lugar —dijo Diego.
Daniel asintió, sacando su teléfono móvil con rapidez. Antes de marcar, Diego lo detuvo con una orden contundente.
—Quiero a ese cabrón, vivo o muerto. Si mi hija sobrevive, sus días estarán contados. Pero si su corazón falla... sus últimas horas serán una pesadilla.
Daniel supo que Diego no hablaba en vano. Hizo la llamada con eficacia, movilizando a los contactos necesarios.
Mientras tanto, Ethan salió de la habitación del hospital, todavía cubierto de sangre. No se había molestado en limpiarla; la mayoría no era suya, sino de Valeria. Diego, al verlo, le habló:
—Ethan, necesitas descansar.
Ethan levantó la mirada, agotado.
—¿Está disponible tu piso? Me gustaría pasar allí el resto de la noche —preguntó con cansancio.
Diego asintió, señalando a Daniel.
—Daniel te llevará.