TERCERA PERSONA
Ethan entró lentamente en su piso frío y vacío. Reinaba el silencio. Algunas ventanas estaban abiertas, dejando entrar el leve susurro del viento.
El piso de Valeria era muy grande y, al entrar, todo olía a ella. A su perfume.
Con movimientos pesados, Ethan se quitó la chaqueta y luego el top empapado de sangre. Se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío, sumido en sus pensamientos.
¿Y si ella muere?
¿Y si su corazón falla?
¿Y si todo falla?
Sus ojos se desviaron hacia la mesa, donde había una foto de Valeria y Diego. Ethan tomó la fotografía con cuidado. Sabía que aquel matrimonio había sido forzado; lo entendía mejor que nadie. Con los dedos temblorosos, giró su anillo de bodas, el mismo que Valeria tenía. Una conexión que, aunque simbólica, parecía lo único que lo consolaba.
Unos minutos después, Ethan se puso de pie nuevamente. Subió las escaleras hasta el segundo piso y entró en la habitación de Valeria.
El orden era impecable, como siempre. Las ventanas estaban limpias, la cama perfectamente hecha. El espacio desprendía su aroma, mezclado con la sensación de meticulosa pulcritud. En las paredes, una colección de pistolas y armas colgaba como un recordatorio de su vida.
Ethan se sentó en la amplia cama y cerró los ojos. Sin importar nada más, se dejó llevar por el agotamiento. Solo deseaba una cosa: que ella sobreviviera.
*
En el despacho, Diego recibía informes de Daniel.
—¿Qué sabemos ahora? —preguntó Diego en tono grave cuando Daniel entró en la habitación.
—Su teléfono móvil fue localizado en las afueras de Santa Mónica hace unas horas, poco después del incidente. Pero desde entonces no hemos encontrado rastro alguno —respondió Daniel.
Diego suspiró con frustración.
—Así que ese hijo de pu… activó el modo avión... —gruñó, dejando caer el peso de su furia en las palabras.
Daniel titubeó antes de hablar. Su voz adoptó un tono cauteloso:
—Diego... sé lo difícil que es esto para ti. Tu hija casi muere...
Diego lo miró en silencio, con una expresión pesada y solemne.
—Pasaste por muchas cosas entonces, Diego —continuó Daniel con cuidado—. Lo sé. Encontraste a Valeria cuando era un bebé y decidiste quedártela. Fue una responsabilidad extra después de aquella fuga...
El recuerdo pareció golpear a Diego, quien finalmente habló con voz áspera:
—Hoy fue demasiado... Seré honesto. Valeria es como mi hija, aunque nunca pude tener hijos propios. Sentí que era el destino... El portabebés de Valeria estaba ahí, de repente, en la frontera. No supe qué hacer, así que me la llevé conmigo.
Daniel asintió con un gesto comprensivo.
—Lo sé —dijo con suavidad.
—Hoy han pasado demasiadas cosas, Daniel. Será mejor que vayamos a descansar —dijo Diego, desviando el tema mientras se levantaba.
—De acuerdo.
*
POV VALERIA
El corazón me latía con fuerza cuando me di cuenta de que estaba despertando. Abrí los ojos lentamente y me incorporé, sintiéndome algo aturdida.
—Valeria —sonrió Daniel a mi lado—. Hola, aquí estás.
Giré la cabeza hacia él, tratando de entender qué había pasado.
—¿Cuánto tiempo estuve fuera? —pregunté, con la voz algo ronca.
—Solo unas horas. ¿Cómo te sientes? —preguntó mientras me ofrecía un vaso de agua.
—Bien —respondí con tono monótono.
Daniel se levantó de inmediato.
—Voy a avisarle a tu padre que ya despertaste.
Tan pronto como salió de la habitación, me levanté de la cama del hospital. No me importaba el dolor; necesitaba moverme. Me quité la vía del dorso de la mano y me arreglé la ropa rápidamente.
Sabía exactamente lo que había ocurrido con Leo. Aquella pelea... Fue una discusión tonta, pero terminó disparándome. El recuerdo me llenaba de rabia.
Me vestí con mi ropa habitual, me arreglé el cabello y salí furiosa de la habitación. Avancé rápido por el pasillo, aunque de pronto me detuve al verlo.
Ethan.
Lo vi entrar por la puerta y dirigirse hacia mí. Sentí que tragaba saliva con dificultad. Él también me vio.
—¿Valeria? —preguntó con preocupación mientras corría hacia mí—. ¡Maldita sea, se supone que deberías estar descansando!
Intentó rodearme con el brazo, pero exhalé molesta.
—¡Ya me siento mejor! —gruñí.
—¿Ah, sí? Casi se te para el corazón.
—Tengo que ir con mi padre, a la mansión —dije con determinación.
No esperé respuesta. Me alejé rápidamente, pero unos segundos después, Ethan corrió detrás de mí. El aire fresco me golpeó en la cara, dándome un respiro momentáneo.
—Si tienes tanta prisa, yo te llevo —dijo mientras nos dirigíamos a su coche.
Subí sin decir nada, pero al arrancar, sentí una punzada en el pecho. Una mezcla de dolor y alivio. Me apoyé contra la ventanilla, mirando el paisaje pasar.
—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó Ethan, con los ojos fijos en la carretera.
—Sí —respondí, casi sin pensar—. Ahora solo quiero ver a mi padre, ¿vale?
—Vale.
El resto del viaje transcurrió en silencio. Cuando llegamos a la mansión, me desabroché el cinturón y salí corriendo hacia la entrada. Ethan, como siempre, me siguió para apoyarme.
—¿Valeria? —preguntó Camila, sorprendida. Apenas la miré y respondí con un siseo entrecortado:
—¿Dónde está mi padre?
—¿Estás bien? Tu padre está arriba, en su despacho.
Ethan me ayudó a subir las escaleras hasta llegar al despacho. Abrí la puerta sin pensarlo.
—Valeria, cariño —papá se levantó de inmediato al verme—. ¿Qué haces aquí?
—Hola, papá —logré esbozar una débil sonrisa.
—¡Deberías estar descansando! —dijo, claramente preocupado.
—¿Descansar? No. Voy a vengarme de Leo. No me importa lo que pase después, pero no puede salirse con la suya.