POV VALERIA
Ethan se había marchado. Intenté levantarme, pero apenas logré incorporarme antes de caer de rodillas otra vez. Me dolía la garganta y me faltaba el aire.
—j***r… —murmuré con un hilo de voz, mientras intentaba ponerme de pie de nuevo. —Maldita sea… —gruñí, obligándome a no rendirme.
Finalmente, conseguí mantenerme en pie. Subí las escaleras con las piernas temblorosas, y cada paso se sentía como un desafío. Entré en el cuarto de baño y me enfrenté al espejo con desgana. Apenas podía reconocerme.
Me miré el cuello… y ahí estaban.
Oh, no.
Las marcas oscuras comenzaban a formarse en mi piel, como un recuerdo silencioso y cruel de la mano de Ethan. Apoyé las manos en el lavamanos, inclinando la cabeza hacia abajo. Sentía un nudo en la garganta, a punto de romper en llanto, pero lo reprimí con fuerza. No iba a llorar. No esta vez.
Levanté la vista lentamente, y lo que vi reflejado en el espejo fue una mirada fría, vacía. Un vacío cargado de ira.
¿Por qué Ethan había reaccionado así? ¿Solo porque no quería acostarme con él? ¿Por qué había estado bebiendo? ¿Qué rayos estaba pasando?
Dejé escapar un suspiro tembloroso y me obligué a seguir adelante. Rápidamente me hice una trenza y busqué corrector en el armario. Cubrí las marcas de mi cuello con demasiado maquillaje, como si eso fuera suficiente para borrar lo que había ocurrido.
La noche apenas había comenzado. El reloj marcaba poco más de la medianoche. Me recogí el cabello, me vestí, y salí del apartamento, llena de rabia.
Mientras bajaba las escaleras, vi a Daniel junto a la entrada.
—¿Sabes dónde está Ethan? —le pregunté, sin molestarse en ocultar mi furia.
—Está… —empezó a decir Daniel, pero antes de que pudiera responder, las puertas del edificio se abrieron.
Y ahí estaba Ethan.
Ambos le miramos. Qué coincidencia, pensé, o quizás era destino. No importaba.
—¿Te calmaste ya? —preguntó con una sonrisa borracha. Y en ese instante, mi autocontrol desapareció.
—¡MALDITO PERVERTIDO! —grité, lanzándome hacia él sin pensarlo.
Le di un puñetazo con toda la fuerza que mi ira me permitía, mientras las palabras salían disparadas de mi boca, llenas de reproches. Ethan apenas reaccionaba, demasiado lento, demasiado torpe. A cada golpe mío, su cuerpo retrocedía, pero no hacía nada por defenderse.
—¡Eh, chicos! —gritó Daniel, intentando intervenir. —¡Paren! ¡PAREN!
Ni siquiera le escuché. Estaba completamente consumida por la rabia. No podía detenerme.
—¿ME DICES LO QUE PUEDO Y NO PUEDO HACER? —le grité. —¡¿ME ESTRANGULAS SOLO PORQUE NO QUIERO FOLLARTE?! ¡¿QUIERES CONTROLAR MI VIDA?! ¡PUES NO! ¡NO LO HARÁS!
De repente, Ethan reaccionó. Me empujó con fuerza, y caí al suelo. Antes de que pudiera levantarme, dos guardaespaldas de Daniel me sujetaron con firmeza. Ethan, tambaleante, se levantó. Tenía la sien sangrando y el labio partido. Su cabello desordenado caía sobre su frente, y su respiración era pesada, errática.
—¿Qué rayos te pasa, pequeña? —preguntó Daniel mientras sujetaba mis brazos con fuerza, intentando calmarme.
—¡DÉJAME! —grité, forcejeando. —¡DÉJAME EN PAZ!
Poco a poco, mi energía se agotó. Sentí cómo mi respiración se ralentizaba, pero mi corazón seguía latiendo con una intensidad insoportable. Cerré los ojos por un instante.
—Suéltame —susurré al fin, en un tono bajo.
Los guardaespaldas se miraron entre ellos antes de soltarme. Mis piernas cedieron, y caí al suelo, agotada.
—Ethan, sería mejor que te fueras —dijo Daniel, ayudándome a levantarme. —Vete, y vuelve cuando estés sobrio.
Ethan me lanzó una última mirada y se marchó sin decir palabra.
Cuando finalmente lo vi salir por la puerta, sentí alivio y tristeza. Daniel me abrazó mientras las lágrimas comenzaban a rodar por mis mejillas.
—¿Se ha ido? —pregunté en voz baja.
—Sí, ya se fue —respondió con suavidad. —Vamos, necesitas descansar.
A la mañana siguiente
—El objetivo es Horacio, ¿lo ves? —preguntó papá a través del comunicador en mi oreja. Miré a través del visor de mi rifle.
El día apenas comenzaba, pero mi vida seguía adelante. Papá había asignado otra misión, y no podía fallarle. Observé a Horacio con detenimiento desde la distancia.
—Lo tengo a la vista —respondí. —¿Quién es?
—Un agente de la CIA —explicó papá. —Anoche se asignó la misión de encontrarnos y detenernos.
—¿Lo mato? —pregunté sin titubear.
—Espera. Observa qué hace primero.
Vi cómo se levantaba el colchón de su cama y sacaba una maleta. La colocó sobre la cama y comenzó a abrirla.
—Está sacando unos archivos… Ahora coge el móvil. Está hablando por teléfono —murmuré rápidamente.
—Espera a que guarde el móvil —instruyó papá.
—Entendido.
Observé con paciencia. En cuanto dejó el móvil a un lado y volvió a centrarse en la maleta, apreté el gatillo. La bala atravesó el cristal de la ventana y alcanzó su objetivo con precisión milimétrica.
—Un tiro a la cabeza —anuncié con frialdad.
—Buen trabajo, cariño. Estoy orgulloso de ti.
Sin embargo, mi momento de triunfo fue efímero. Una mujer irrumpió en la habitación de Horacio. Apenas vio el cuerpo, se desplomó, gritando y llorando desconsolada.
Suspiré con tristeza mientras apartaba el rifle. Sabía que lo que hacía no estaba bien, pero lo hacía por mi familia. Siempre por mi familia.
Cuando las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos, abandoné el tejado con rapidez. Bajé por la escalera de incendios y me metí en el coche. Mientras conducía, llamé a papá.
—Tenía una mujer —le dije.
—Sí, se llamaba Jasmina —respondió sin inmutarse.
—Ahora es viuda —añadí.
—No te preocupes, cariño. Ella le engañaba de todas formas —dijo, como si eso justificara lo ocurrido.
No respondí. Simplemente conduje en silencio hasta llegar a mi apartamento. Pero al abrir la puerta, me encontré con alguien que no esperaba.
Ethan estaba ahí, sentado en el sillón junto al sofá. Su mirada se cruzó con la mía.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con frialdad.
—Necesitamos hablar.