Totalmente a capella.
La melodía de "Run to You" de Whitney Houston resonaba en mi mente, como un eco que acariciaba cada rincón de mi ser. Su voz, suave y poderosa, me transportaba a un lugar donde los sueños se entrelazan con la realidad. Cada vez que la escucho, anhelo poder cantar con la misma intensidad, provocar esa misma reacción en quienes me escuchen.
La canción brotaba de mí como si la hubiera escrito, como si cada palabra y cada nota fueran parte de mi esencia. Recordé una frase que había quedado grabada en mi corazón: "Debes sentirla, debes cantar no solo con el diafragma o la voz, sino con toda tu alma". La escuché en un programa de talentos hace tiempo, y desde entonces, la anoté en mi libreta, convirtiéndola en un mantra personal.
Una parte de la letra me estremeció profundamente:
A girl who's scared sometimes,
who isn't always strong,
can't you see the hurt in me?
I feel so all alone,
I wanna run to you...
Efectivamente, quería correr. Pero no encontraba a ese alguien que pudiera ser mi apoyo, ese refugio donde pudiera dejar caer mis lágrimas, suspirar o simplemente soñar sin miedo.
Sinceramente, deseaba conocer a alguien especial, alguien con quien pudiera superar mis miedos y anhelos. Pero, en este momento, parecía que no existía.
Mientras cantaba, una ola de realidad me golpeó y me detuve en seco. La sensación de ser pequeña y vulnerable me invadió, el calor de mi rostro revelando mi temor a ser rechazada, a no ser suficiente. Sin pensarlo, bajé corriendo, pero Richard me sujetó del brazo justo a tiempo.
—¡Espera, Gail! —gritó uno de los coaches—. No te vayas.
—¿No tienes curiosidad de saber nuestro fallo? —preguntó otro.
No quería mirar, pero sabía que debía hacerlo. Sin poder sostenerles la mirada, me volví hacia ellos.
—Tranquila, solo queremos que sepas que tu canto no fue solo bonito... —mi corazón se quebró—. Fue excepcional. ¡Felicitaciones!
Mi sonrisa estalló. Mi mano temblorosa se posó en mi pecho, asegurándome de que mi corazón aún latía. Levanté la mirada, incrédula ante sus palabras. Siempre había sabido que tenía una buena voz, pero la inseguridad me decía que había otros mejores, que no era especial.
—¿Qué? —pregunté, dudosa.
—Gail, lo hiciste increíble. Te necesitamos en nuestra academia. Además... te daremos una beca. Richard tenía razón, eres realmente excepcional. Cuando cantaste... —se sonrió—. La piel se me erizó, y hacía mucho que no me pasaba algo así.
—Me alegra oír eso, pero... sufro de pánico escénico y no creo que...
—No te preocupes por eso. Aquí no solo apoyamos tu pasión por el canto, sino que también te ayudamos a enfrentar y superar todos tus miedos. Gail, tienes un don, un gran talento. Sería un pecado mantenerlo oculto.
—Tienes que sacar tu talento a la luz —añadió Richard, con una satisfacción palpable en su voz.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Era conmovedor escuchar a estas personas animarme a luchar por mi sueño.
—Sí quiero, quiero hacerlo.
Se alegraron y rápidamente me pidieron mis datos para la inscripción. Después, solo necesitaría traer unos documentos y estaría lista para comenzar mis clases.
No podía creerlo.
Me sentía como si me hubieran dado la mejor noticia del mundo. Tenía ganas de llorar, pero las lágrimas se resistían a salir.
Ellos estaban impresionados y cautivados por cómo canté. Nunca antes me había emocionado tanto; mi corazón parecía querer salir de mi pecho.
Al salir del lugar y caminar hacia el estacionamiento, iba en total silencio. Richard hablaba de lo orgulloso que estaba de mí, pero aún estaba en estado de shock, atrapada en el nudo que tenía en la garganta.
De repente, me detuve en seco.
Richard se volvió, confundido. —¿Qué sucede?
Subí la mirada y, impulsada por la emoción, corrí hacia él y le di un fuerte abrazo, lleno de gratitud.
—Gracias, Richard. Todo es gracias a ti. Solo puedo decir gracias.
Él se quedó helado por un momento, sorprendido por mi reacción, hasta que finalmente reaccionó.
—Ya sabes, ahora tienes un amigo que no te dejará sola.
—Te pagaré todo lo que has hecho por mí.
—No te estoy cobrando.
—Pero lo haré de todos modos.
Él soltó una pequeña risa.
—¿Qué te causa risa? —pregunté, extrañada.
—Tú pareces una niña, Gail.
¿Una niña? ¿Debería sentirme halagada u ofendida?
—¿Por qué lo dices?
Se dio la vuelta y me abrió la puerta del auto.
—Porque eres una niña atrapada en el cuerpo de una joven adulta.
Guardé silencio, reflexionando sobre sus palabras. ¿Me comporto como una niña? ¿Soy tan ingenua? ¿Se estará burlando de mí? Odio pensar tanto.
—¿Quieres salir a caminar un rato al parque?
—¿Al parque? —pensé unos segundos—. Bueno, está bien...
Acepté ir. Aún estaba tan feliz por lo de hoy que no quería ir a casa. Se sentía como un sueño, y si así era, no quería despertar.
Mientras caminábamos por un sendero adornado con árboles y flores, Richard me contaba sobre los problemas que tuvo con los coaches. Dijo que dudaban de que realmente tuviera una buena voz, pero que cuando canté, fue tan asombroso que incluso lo felicitaron por haberme descubierto.
—Eres como mi amuleto de buena suerte. Haberte encontrado fue lo mejor que he podido descubrir.
—Creo que soy yo quien debe decir eso. Aunque eres más como mi héroe, que me rescatas siempre a tiempo —respondí con una sonrisa. Nuestras miradas se cruzaron, y en ese instante, el tiempo pareció detenerse. Me perdí en el azul profundo de los ojos de Richard Anderson.
No. No quería confundirme. No quería caer en las garras del enamoramiento con Richard. Él solo había sido amable, y temía que mezclar ilusiones momentáneas con la realidad arruinaría nuestra amistad.
Pero, en el fondo, una chispa de esperanza se encendía en mi corazón. Quizás, solo quizás, este era el comienzo de algo más.