Capítulo11- Nuevos Comienzos

1007 Palabras
Los pequeños momentos, tan sencillos como una caminata por el parque, son los que realmente valen la pena. Para mí, significan muchísimo. Este paseo con Richard me envolvió en una calma total, en una paz que no había sentido en mucho tiempo. Era asombroso cómo, junto a él, la incomodidad y la ansiedad se desvanecían. Escucharle hablar sobre su pasión por ayudar a los artistas a hacer realidad sus sueños me inspiraba a seguir luchando por los míos. —Te ayudaré con tu miedo escénico —dijo, extendiendo su mano hacia mí para estrecharla—. No solo seré tu amigo, sino también tu representante y consejero. Puedes contar conmigo para lo que necesites, Gail. Sé que si trabajamos juntos, podrás superar todos esos límites que te impiden avanzar. Una sonrisa iluminó mi rostro al escuchar sus palabras. Llevé un mechón de cabello detrás de mi oreja, sintiéndome más segura. —Gracias otra vez, Richard, pero te advierto que no será nada fácil. —¿Acaso crees que en esta vida hay algo fácil? —respondió con una sonrisa confiada—. Sé perfectamente que no será sencillo, pero te repito: no me rendiré contigo, Gail. No me rendiré contigo, Gail. Esas palabras resonaron en mi mente durante horas, como un eco que no podía ignorar. Al llegar a la residencia, noté que mi madre estaba en el trabajo y Melina en sus clases. Me despedí de Richard, quien, sorprendentemente, me preguntó si tenía hambre o algo para comer. Su atención me desconcertaba. ¿Cómo podía ser tan considerado? Una parte de mí quería aceptar su bondad, pero otra parte se preguntaba si realmente existía alguien así, tan desinteresado. —Ay, Dios, ¿será posible que en serio exista alguien tan bueno como él? — murmuré mientras reflexionaba sobre las posibilidades. ¿Podría ser que Richard tuviera un interés romántico en mí? La idea me hacía sentir un torbellino de emociones. La tarde-noche llegó y, mientras cenábamos, le conté a mi madre la buena noticia: al día siguiente comenzaría mis clases en la academia más prestigiosa del país. —Entonces, me salvó de ese asqueroso pervertido, me llevó a comer, me ayudó a denunciarlo y a recibir mi pago del trabajo. Me dijo que sería mi amigo y representante, e incluso recibió una paliza por mi culpa. ¡Es increíble, mamá! —solté un suspiro de alivio. —Hija, solo te diré que tengas cuidado. No aceptes más regalos de él, porque te estás endeudando —advirtió mi madre con una mirada nostálgica—. La gente bondadosa como él suele tener motivos ocultos. ¿No te parece sospechoso? —¿Tú crees, mamá? —pregunté, sintiendo que sus palabras resonaban en mi interior mientras preparaba el café. —Gail, puedes aprovechar esa beca, pero mantén una distancia sana. Lo que él llama amistad... Solo existe en las novelas. En la vida real, todos tenemos un lado oscuro. Me detuve, reflexionando sobre su consejo. La realidad era dura; debíamos vivir con el miedo de ser lastimados. Conocer a Richard me había traído felicidad, pero también un temor profundo a la decepción. —Mamá, ¿y si realmente es así su forma de ser? —No lo sé. Agradezco que te haya salvado, pero lo demás me preocupa. Esa noche, me acosté temprano, ansiosa por el primer día de clases. La emoción y los nervios me mantenían despierta. Aunque todo lo que me dijo mi madre, también me hacía sobrepensar. A la mañana siguiente, desperté a las 6 a.m. y corrí a bañarme. Quería lucir perfecta. Después de secar mi cabello y hacerme unas ondas, me enfrenté al dilema de qué ponerme. Finalmente, opté por una falda de jean hasta las rodillas, combinada con una blusa de manga 3/4 y unos tenis blancos. —¡Mamá! ¿Cómo me veo? —pregunté, esperando su aprobación. —Te ves hermosa, hija. —Pero hay muchas personas de clase alta en la academia. No quiero parecer la pobre del lugar, aunque lo sea —respondí, riendo. Después de desayunar, tocó la puerta. «¿Será Richard?» A pesar de mis dudas, deseaba que fuera él. —Buenos días, vecina linda. ¿Está la señora Elena? —era la dueña de la residencia, lo que resultó decepcionante. —Buenos días. Sí, claro... Espere un momento. Mientras mi madre hablaba con ella, me preparé para salir. Cuando finalmente estuve lista, tomé mi mochila y me despedí. —Chao, mamá. Nos vemos. Abrí la puerta y, de inmediato, mis ojos se encontraron con los sublimes azules de Richard Anderson. —Buenos días, señorita Gail. Hoy luce más linda de lo normal. Su voz grave y amable, sumada a su sonrisa optimista, me hizo sentir un hormigueo en el estómago. En ese instante, supe que Richard me gustaba. —Otra vez... —bajó la mirada, riendo tímidamente—. Otra vez estás roja. Gail, eres adorable, perdóname. Avergonzada, desvié la mirada y caminé hacia adelante. No quería ser tan obvia. —Buenos días. Ya vámonos. Quiero llegar a mi primer día de clases en la academia —intenté disimular, pero mi paso apresurado traicionaba mi nerviosismo. —¿Cómo sabes que vamos para allá? —me preguntó con curiosidad. Me sentí aún más avergonzada. ¿Por qué había asumido que él venía a buscarme? Tal vez había tomado confianza demasiado rápido. —Oh, creí que nos iríamos juntos, ya que me dijiste que trabajas allí... —respondí, sintiéndome tonta. Richard se rió a carcajadas. —Perdón, es que te sonrojas fácilmente y me parece muy tierno. Eso ya no se ve hoy en día... —¡Richard! No me parece gracioso. —Le lancé una mirada de reojo mientras él abría la puerta de su auto. —Vamos, Gail. —Susurró con una sonrisa—. La tierna manzana. —Está bien, ya verás después —respondí, intentando mantener la compostura. —Oh, ¿me estás amenazando? Qué vengativa... —Lo dejo a tu criterio. Él se reía, y eso me alegraba el día.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR