Desde el exterior, la Academia brillaba con un resplandor casi mágico, como si aquella gran puerta de vidrio oscuro me prometiera un mundo nuevo. Era la oportunidad que tanto había anhelado, el primer paso hacia la realización de mi sueño.
Me quedé embobada, fascinada por la majestuosidad del lugar. Cada detalle parecía susurrar promesas de futuro.
—Hay muchos autos... —comenté, observando el estacionamiento repleto.
—Sí, creo que son por las inscripciones —respondió Richard, su voz llena de confianza.
Sin decir nada más, mi mente comenzó a girar a mil por hora, llenándose de pensamientos y dudas.
—Bien, ahora vayamos a dar un paso hacia tu sueño —añadió Richard, sonriendo con una calidez que iluminaba su rostro.
Tomé un profundo respiro, metiendo las manos en los bolsillos mientras me acercaba a su lado. Mis manos estaban frías y mis labios se sentían resecos. De repente, un recuerdo fugaz me invadió: el extraño sueño que había tenido con Richard, donde me llevó a un lugar similar y nos besamos con una pasión incontrolable. Tragué grueso y me sacudí, intentando despejar mi mente.
—¿Estás bien? —me preguntó, mirando su teléfono.
—Eh, sí. Solo estoy algo ansiosa.
—No te preocupes —dijo, justo cuando un hombre de seguridad pasó junto a nosotros—. ¡Qué tal todo, Mark!
—Hay mucho estrés allá —respondió el guardia, medio calvo y con una expresión cansada—. Preferí cambiarme al estacionamiento.
—¿Estrés? ¿A qué se deberá...? —murmuré, pero Richard me escuchó.
—Como te dije, las inscripciones atraen a muchas personas que aspiran a entrar a la Academia. Por eso el estrés.
—¿Y si yo no quedo? —pregunté, sintiendo que la ansiedad comenzaba a apoderarse de mí.
Richard abrió la puerta y me miró con una confianza inquebrantable.
—Eso es imposible.
Entramos y mi corazón retumbaba en mi pecho, más fuerte aún al ver la multitud que llenaba el lugar. Me sentí sofocada, como si el aire se volviera denso.
—Ri... Richard —titubeé—, mejor vámonos.
Cuando le dije eso, se giró hacia mí, levantando una ceja como si no hubiera entendido.
—¿Qué dijiste?
—Quiero irme. Esto no es para mí.
Asentí, dándome permiso para retroceder. Pero justo cuando me giré, su mano me detuvo.
—No voy a dejar que te rindas. ¿Te vas cuando ya estás a pocos pasos?
Ser tímida se sentía como una maldición. Ver a tantas personas de diferentes edades, todas con una confianza que yo anhelaba, me hizo sentir pequeña e inferior. El vaivén de voces hermosas resonaba a mi alrededor, y la mayoría parecía ser hijos de millonarios.
—Óyeme, Gail —dijo Richard, su voz firme—. Esta oportunidad que te presenta la vida no se repetirá. No hay nada que no tenga solución. Vamos, yo sé que puedes, y estaré a tu lado para apoyarte. Ahora somos amigos, ¿lo recuerdas?
Su fe en mí era un bálsamo para mi miedo. Apreté su mano y decidí seguirlo, esquivando a las personas como si fueran árboles en un bosque denso. Finalmente, llegamos al salón de inscripciones, donde las miradas curiosas se posaron sobre nosotros, probablemente pensando que íbamos a saltarnos la fila.
Richard me dijo que esperara mientras él entraba, pero justo cuando iba a abrir la puerta, los que estaban en la fila lo detuvieron.
—Oye, amigo. Llevamos horas aquí para inscribirnos. No seas injusto y haz tu fila allá atrás —dijo uno de ellos, señalando con el pulgar.
—Por supuesto, pero yo no vengo a inscribirme, aquí trabajo —replicó Richard, mostrando su identificación—. Ahora, si me disculpan, voy a entrar. Suerte.
Dándole un guiño, entró. Se veía tan seguro, tan imponente. Desearía poder ser así, con esa firmeza que parece abrir puertas. Las personas como él siempre alcanzan lo que quieren, incluso cuando fingen ser algo que no son. Envidiaba esa habilidad, porque por más que lo intentara, mis miedos siempre me atrapaban.
Apoyada contra la pared, crucé los brazos y fijé mi mirada en la puerta. Sentía las miradas de varios, lo que solo aumentaba mi incomodidad. Pasaron cinco minutos, y aún no salía. Finalmente, la puerta se abrió, pero no era él. Una niña salió, acompañada de su madre.
«¿Qué tanto se demora? Ya me estoy cansando de esperar...»
Cuando por fin vi a Richard acercarse, corrí hacia él.
—¿Por qué tardaste tanto?
Su rostro mostraba un leve disgusto. —Dame un momento, Gail. Están siendo más rígidos y molestos... Les dije que eras excepcional. Me molesta que ahora duden...
—Oh, entonces será mejor que vayamos a tomar un café, ¿sí? —dije, intentando suavizar la situación al ver su frustración.
—No, estoy seguro de que esta es nuestra oportunidad.
¿Nuestra? ¿Por qué había dicho "nuestra"? ¿Acaso porque obtendría beneficios si yo sobresalía? Mi mente se llenó de dudas. ¿Estaba siendo ingenua? Sobrepensar era mi tortura, y me ahogaba.
Después de un momento de silencio, tomó mi mano. Ese simple gesto me hizo sentir extraña; cada vez que lo hacía, mis pensamientos se agolpaban.
Me asustaba la idea de entrar sin haber hecho la fila, pero al estar con Richard, nadie se atrevió a decir nada. Al entrar en el salón, el escenario deslumbrante me quitó el aliento. Era más grande de lo que había imaginado, brillante y pulido, con tres personas que supuse eran los jueces o coaches.
Me congelé, incapaz de moverme.
—Perdón, sí, otra vez yo. Je, je, ustedes continúen —dijo Richard con un tono nervioso.
Observé cómo una mujer se presentaba ante el jurado, cantando una balada melancólica. Noté algunos desequilibrios en su voz, pero su pasión era evidente.
Cuando terminó, Richard me llevó al escenario. Me sentía como si hubiera irrumpido en una fiesta a la que no me habían invitado.
—Bien, vamos a dejarte pasar esto, Richard. ¿Cómo se llama tu grandiosa artista? —preguntó uno de los jueces.
—Les juro que ella será la sensación —respondió Richard, volviéndose hacia mí—. Gail, preséntate.
Frente a los jueces, el hombre que grababa y Richard mirándome intensamente, mi boca se sentía seca como el desierto.
—Perdón, necesito agua —murmuré.
Richard me entregó un vaso con agua fresca y me susurró: "Si tienes miedo, hazlo igual. Busca tu manera, ¡pero hazlo!"
Dándome la vuelta, cerré los ojos e imaginé que estaba sola en mi habitación.
—Mi nombre es Gail Duncan, tengo veinticuatro años y amo cantar.
—Bien, Gail... ¿Podrías hacernos una demostración de lo que amas cantar?
Respiré hondo, cerrando los ojos y uniendo mis manos. La ansiedad me invadía, pero sabía que debía demostrar mi talento. Concentrándome, dejé que la música fluyera desde lo más profundo de mi ser.
Y comencé a cantar.