Capítulo 8 - La Duda y la Esperanza

1014 Palabras
Confiar en alguien se vuelve un desafío titánico después de haber atravesado tormentas de dolor y traición. Ver a mi madre sufrir, desgarrada por la maldad de otros, dejó cicatrices profundas en mi alma. Es un trauma que se arraiga, que transforma la confianza en desconfianza, y me convierte en un ser retraído. No le deseo esto a nadie. Cada vez que presenciaba el sufrimiento de la mujer que me dio la vida, me prometía a mí misma que jamás creería en un hombre. No quería generalizar, pero la experiencia me enseñó que la verdadera naturaleza de las personas a menudo se oculta tras una máscara. Mi padre, al principio, fue un caballero, un príncipe encantador; hasta que mostró su verdadera cara. Esa decepción me hizo levantar muros, y ahora, el miedo a que me sucediera lo mismo me mantenía alerta. Pero, ¿qué hacer cuando solo una persona, una sola, parece desafiar esa creencia? Mis pensamientos luchaban en una batalla constante. Richard Anderson había aparecido como un faro en la oscuridad, salvándome de una situación aterradora, extendiendo su mano amiga justo a tiempo. Su paciencia y preocupación por mí eran palpables, pero, ¿debería interpretar eso como un acto sincero o como un juego con segundas intenciones? La duda me ahogaba. —¿Un carro? Me parece bien, ya que me volveré tu mánager y necesitaremos un lindo vehículo que te represente —dijo, intentando hacer una broma, aunque la nostalgia me invadía. Él sonrió, una sonrisa que parecía guardar un secreto. —Gail, ¿no te había dicho que también trabajo como mánager en una disquera? Conozco a todos: productores, músicos, profesores... Las palabras de Richard resonaban en mi mente. Había olvidado que su vida había sido un torbellino de excesos y oportunidades desperdiciadas. —Ah, claro. Lo había olvidado —respondí, sintiendo el peso de la posibilidad. —¿En serio? —interrumpió mi madre, asombrada—. ¿Cómo es eso? ¿Y dice que ayudará a Gail? —Sí, le conté sobre mi vida loca y cómo la desperdicié. Pero aprendí mi lección. Mi plan es volver a crecer, esta vez con la cabeza en su lugar. Sus ojos brillaban con la pasión de un sueño renovado. ¿Podría esta ser la oportunidad que tanto había anhelado? Todos enfrentamos momentos decisivos, pero a menudo, el miedo nos paraliza. ¿Y si esta vez no se presentaba otra oportunidad? No quería vivir con el arrepentimiento de no haberlo intentado. Nos despedimos de Richard, pero mi madre no tardó en bombardearme con preguntas. —Entiendo que te haya salvado la vida, pero, ¿por qué le tienes tanta confianza? Su bondad me parece extraña. No debes fiarte, Gail. Recuerda que hay lobos disfrazados de ovejas —su expresión era de preocupación, como la de una madre que ha visto demasiado. —Lo sé, pero él solo es mi amigo. Estoy agradecida. Mira lo que le hicieron... Ese bastardo mandó a varios matones a golpearlo, y él se enfrentó a ellos sin tener nada que ver. —Me parece demasiado bueno para ser verdad. Nuestra vida no ha sido sencilla. ¿Y si quiere meterse aquí porque nos ve indefensas? —No digas eso, por favor. Quiero creer que aún existen buenas personas. Ahora iré a dormir. Buenas noches. Como si fuera posible. Las palabras de mi madre resonaban en mi mente, llenándome de dudas. ¿Por qué haría todo esto por mí? No quería ser utilizada, no quería... Las lágrimas caían lentamente por mi rostro, deseando que algún día estos recuerdos se convirtieran en historias que contaría a mis futuros nietos. Solo eso. A la mañana siguiente, desperté más tarde de lo habitual, la pereza de estar desempleada me había atrapado. Sin embargo, la decisión estaba tomada: me arriesgaría. Era un juego de ganar o perder. Si me decepcionaba, no sería algo nuevo. Pero si ganaba... sería una oportunidad que jamás me arrepentiría de aprovechar. Estuve esperando a Richard, y cuando tocaron la puerta, casi corrí a abrirle. —¡Buenos días! —exclamé, pero mi sonrisa se desvaneció al ver a mi tía, la hermana de mi madre, entrar con mi prima. Disimulé mi desilusión y las invité a pasar. Mi tía y prima, en lugar de ser un apoyo, habían sido tormentas en la vida de mi madre, llenándola de cargas y lágrimas. La envidia que le tenían era palpable, y era patético ver cómo se dejaban llevar por ella. No teníamos riquezas ni belleza deslumbrante, pero la forma en que mi madre brillaba era suficiente para incomodarlas. —¿Cómo están? —preguntó mi tía con desdén. Mi madre salió a saludarlas, siempre intentando ganarse su cariño, aunque ya era evidente que eso era imposible. A pesar de sus esfuerzos, la realidad era que su única hermana no tenía interés en apoyarla. Volvieron a tocar la puerta, y esta vez sí era Richard. Me despedí rápidamente de mi tía y salí. —Estoy lista —anuncié, sin dejar que dijera nada. Él sonrió, una sonrisa que me hizo sentir un cosquilleo en el estómago. Me sentía nerviosa al mirarlo, pero no entendía por qué me afectaba tanto su presencia. —Querida señorita Gail ¿me acompaña a hacer sus sueños realidad? Asentí entre felicidad y nervios. Y como si el pudiese leer mis pensamientos... —Tranquila, todo saldrá bien. Confío en ti, tu también debes de confiar en ti misma. Y cuanta razón tenía... Richard sacó su teléfono y hizo una llamada rápida, indicándome que lo siguiera. La ansiedad crecía en mí, y la emoción por lo desconocido me alteraba. Ir a la academia que tanto había deseado era un sueño que estaba a punto de hacerse realidad. Cuando llegamos a la Academia de Canto Studio Stars A, un recuerdo vago cruzó por mi mente. ¿Dónde había escuchado ese nombre antes? De repente, recordé al chico de rasgos occidentales en el cibercafé. ¿Estudiaba aquí? ¿Qué significaría eso? La confusión se apoderó de mí mientras la puerta a un nuevo mundo se abría ante mis ojos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR