Gavril
El cadáver empezó a oler antes de que saliera el sol.
Lo teníamos en el maletero desde hacía horas y el calor del motor no ayudaba. La sangre se había secado en la ropa, pero el agujero en la frente seguía goteando un poco, lo justo para dejar un rastro pegajoso en el plástico que habíamos colocado en el afán.
—Si vomitas en el coche, lo limpias tú —dije sin apartar la vista de la carretera.
Misha bajó la ventanilla del lado del acompañante. El aire de la madrugada entró helado, mezclándose con el olor a hierro y a descomposición incipiente.
—No voy a vomitar —respondió, aunque lo vi tomar una bocanada de aire—. Pero nuestro amigo se está pudriendo más rápido de lo que pensaba.
No era nuestro amigo. Era un mensaje.
A esas alturas, la cara del hombre parecía una broma mal hecha. El ojo que aún quedaba entero estaba rodeado de un hematoma ennegrecido; el otro se había cerrado sobre sí mismo después del último golpe. El dedo índice destrozado colgaba en un ángulo que no era natural, la piel amoratada estirada sobre el hueso pulverizado.
La bala que le había atravesado el cráneo había dejado un círculo casi perfecto, pero la salida en la nuca parecía una flor de carne, los bordes irregulares pegados al pelo por la sangre coagulada.
Le indiqué a Misha que lo subiera y lo dejara ahí atrás por una razón.
Los Volkov iban a reconocer su propio perro cuando lo encontraran tirado en la frontera de su territorio.
—Falta poco —murmuré.
El cielo empezaba a aclarar cuando tomamos la carretera principal y seguimos un camino más estrecho. Los árboles se cerraron a ambos lados como barrotes.
El pueblo al que íbamos estaba aislado, escondido entre colinas y bosque. Perfecto para que alguien que temía ser visto se sintiera seguro.
Oracle se había protegido demasiado bien: no aparecía en ninguna búsqueda. Jamás habríamos imaginado que terminaría escondido en un lugar como ese.
Misha se inclinó hacia atrás, como si pudiera mirar a través del maletero.
—¿Dónde lo dejamos? ¿Aquí mismo o esperas a que salga el sol para que lo vean mejor?
—En el poste de señalización —respondí—. Justo antes del desvío. Que lo vean al llegar y al salir. Que entiendan que alguien los está mirando.
Misha sonrió con ese gesto cansado que le conocía desde hacía años.
—Poético.
—Práctico —corregí.
A los pocos minutos, vimos el poste de madera que marcaba el límite del camino. Frené el coche a un lado. El motor se apagó con un suspiro largo.
Bajé primero, explorando con la mirada los alrededores.
El aire fuera estaba frío y húmedo, pero olía mejor que el interior del vehículo. Abrí el maletero. La pestilencia salió como una bofetada. El cuerpo estaba rígido ya; empezaba a fijar las extremidades en la posición en que habían quedado al morir.
—Toma los pies —ordené.
Misha obedeció, sin poder ocultar el microgesto de fruncir los labios que hacia cuando algo no le gustaba.
«Tan grande y mortal, y parece un niño berrinchudo cuando le toca limpiar.»
Sonreí y sujeté al muerto por las axilas. La camisa estaba pegada al pecho, dura, quebradiza por la sangre seca. Noté bajo los dedos el hueco del esternón hundido, alguna costilla rota que no había escuchado crujir en el almacén.
Lo levantamos sin demasiada delicadeza. Un hilo de líquido oscuro cayó desde la herida en la cabeza, dejando un rastro sobre la tierra.
Lo colgamos con una cuerda atada a la base del poste, lo bastante baja para que cualquiera pudiera verle la cara, lo bastante alta para que fuera incómodo bajarlo sin mancharse.
Misha ajustó el nudo alrededor del cuello con una eficacia casi profesional.
—¿No quieres que le corte algo? —preguntó levantando un par de pinzas.
—Ya está bastante claro el mensaje.
Él alzó los hombros.
—Solo lo digo porque podríamos… no sé… dejarle las manos en el suelo. O el dedo roto dentro de la boca. Algo así.
Lo miré de reojo.
—Te estás divirtiendo demasiado para alguien que chilla cada vez que le toca limpiar.
—No tengo muchos hobbies, y no me juzgues —masculló, volviendo la vista al muerto—. Sabes que de pequeño...
Lo dejé estar, porque claro que lo sabía.
Misha había tenido una infancia de mierda. Los monstruos que lo entrenaron lo encerraban por días con cuerpos de hombres, mujeres y algunas veces niños... Y lo hacían sin dejarle comida.
Y él... hizo hasta lo impensable por sobrevivir.
Cuando volvimos al coche, la sotana me esperaba en el asiento trasero, doblada con una prolijidad que me irritaba. La tela era gruesa, para nada flexible.
Una parte de mí todavía encontraba ridículo todo aquello. Otra parte empezaba a verlo como una ventaja.
—Deberías ponértela antes de llegar —dijo Misha—. No querrás dar muchas explicaciones. Porque si no vas a parecer un extraño que aparece en el pueblo con una maleta y la cara de querer asesinar a todo el mundo.
—La cara no puedo cambiarla —respondí—. La ropa, sí.
Me quité la chaqueta y la dejé caer en el asiento. El frío mordió mis brazos apenas un instante antes de que la tela pesada y oscura de la sotana me envolviera. Meter la cabeza por ese cuello rígido —duro como el carácter del idiota que lo diseñó— ya me puso de mal humor.
Me la cerré hasta arriba. Los botones, mínimos y torpes, parecían hechos a propósito para cabrear a cualquiera con manos grandes y poca paciencia.
—Pareces… —Misha me observó, ladeando la cabeza como si buscara el mejor ángulo para burlarse.
—Termina la frase y te hago confesar tus pecados a golpes.
Él soltó una carcajada baja.
—Con ese tono, te confieso lo que quieras.
Ajusté la prenda con un tirón brusco, dejando escapar un bufido. El corte caía hasta los tobillos, demasiado recto, demasiado cerrado, demasiado… claustrofóbico. Apenas me senté al volante, el calor quedó atrapado entre la tela y mi piel como una condena.
«Perfecto. Justo lo que necesitaba para terminar de arruinarme el humor antes de empezar.»
Cinco minutos después de retomar el camino, el interior del coche parecía un horno portátil.
—Esto es una mierda —murmuré entre dientes.
—¿La parte de hacerte pasar por cura o la parte de dictar la misa? —preguntó Misha.
—La parte en la que tengo las bolas pegadas por culpa de esta tela de mierda —espeté—. ¿Cómo soportan esto?
Misha soltó otra carcajada.
—Supongo que piensan mucho en el cielo.
—Yo estoy pensando en matar al idiota que diseñó esto.
Me acomodé en el asiento, buscando alguna forma de que el sudor no siguiera atormentando mis pelotas. Pero no la había.
Al cabo de unos minutos, lo único que conseguí fue sentirme aún más consciente de mi propio cuerpo. Y esa era una sensación que odiaba en situaciones de trabajo.
Por delante, la carretera se abría a una llanura corta y luego descendía hacia el valle donde se levantaba el pueblo.
Lo vi primero como se ve una mancha. Luego con más detalle: casas bajas, techos inclinados, humo saliendo de algunas chimeneas, calles estrechas. En el centro, la silueta de la iglesia: fachada de piedra clara, una torre con cruz, ventanas altas.
El corazón del lugar.
El corazón de su ignorancia.
—Ahí está —dije.
Misha siguió mi mirada.
—Parece el típico lugar donde todo el mundo sabe con quién te acuestas —comentó—. Y con quién no deberías hacerlo y aún así terminas en su cama.
Recordé una frase que había escuchado alguna vez en otro país, en otro pueblo igual de pequeño y lleno de gente con demasiado tiempo libre: pueblo chico, infierno grande. Encajaba con lo que estábamos por vivir.
—Mejor —murmuré para mí—. Los infiernos son mi especialidad.
Entramos por la única calle que daba acceso al pueblo. Algunas personas ya estaban fuera: un hombre barriendo el frente de su casa, una mujer tendiendo ropa, dos ancianas hablando en la esquina con los brazos cruzados.
Cuando vieron el coche, sus miradas se clavaron en nosotros. En mí.
No era el coche lo que llamaba la atención.
Era el cuello clerical.
Bajé la velocidad, no creo que fuera bien visto que un siervo de Dios entrara manejando como si estuviera compitiendo en un rally.
—Son todo tuyos, padre —se burló Misha.
—Cierra la puta boca.
Aparqué frente a la iglesia. El motor se apagó con un zumbido bajo. Durante un segundo, el silencio del pueblo nos rodeó.
Salí del coche. El aire frío golpeó mi cara, pero no alcanzó a compensar el calor pegajoso entre mi cuerpo y la tela negra. Sentí una gota de sudor descender por mi espalda, lenta e irritante.
Una de las ancianas se acercó. Tenía el pelo recogido en un moño tenso, la boca fruncida y un rosario entre los dedos.
—Padre —saludó, inclinando un poco la cabeza—. No sabíamos que llegaría hoy.
Misha, a mis espaldas, se quedó en un discreto segundo plano. Solo un hombre que viajaba con el sacerdote. Un chofer. Un asistente. Un don nadie.
Yo sonreí con la comisura de los labios. Había practicado esa sonrisa frente al espejo del almacén, por absurdo que sonara. Tenía que parecer alguien que inspirara confianza, no miedo.
—Hubo un cambio de planes —dije—. Soy el padre Aleksandr.
Era el nombre que figuraba en los documentos falsos encontrados en la maleta.
—Dios bendiga su llegada —dijo la mujer, y sus ojos húmedos cargaron de expectativas un papel que no me pertenecía—. El pueblo lo necesitaba.
No, pensé. Lo que el pueblo tenía ahora no era un cura. Era un Dios. Era a mí.
Otra mujer se unió a la conversación, más baja, con ojos pequeños e inquisitivos.
—Es una lástima lo del otro padre —murmuró—. Espero que usted no pase lo mismo.
—Claro que no —respondí, con el tono neutral que había ensayado en mi cabeza—. No cometeré sus mismos errores.
No era una mentira, o por lo menos no por completo, no tenía ni puta idea que había pasado con él. También podría agregar la parte en la que los Volkov pensaban enviar a un impostor en su lugar, pero creo que eso las alarmaría.
Las mujeres asintieron, murmurando algo sobre la voluntad divina.
—¿Puedo entrar? —pregunté, más por formalidad que por cortesía—. Me gustaría ver la iglesia antes de la primera misa.
—Por supuesto, padre —se apresuró a decir la primera—. Necesitará las llaves de la sacristía, y hablar con Helena. Ella se encarga de casi todo aquí.
Helena.
El nombre se quedó flotando en el aire un segundo más de lo normal.
No dije nada. No podía permitirme que mi interés se notara por nadie que no fuera yo mismo.
—Hablaré con ella —contesté—. Gracias por su ayuda.
Las mujeres se alejaron unos pasos, pero siguieron observándonos, susurrando entre ellas. Sus ojos se clavaban en cada movimiento que hacía, como si ya estuvieran evaluándome, juzgándome, midiendo si encajaba o no con la imagen que tenían de un hombre de fe.
Abrí la puerta de la iglesia.
El interior olía a cera, incienso, madera vieja y algo más: humedad atrapada, tal vez, o simplemente años de plegarias sin respuesta. La luz que entraba por los vitrales teñía el polvo suspendido en tonos apagados.
Caminé por el pasillo central, con Misha detrás, ambos revisando con la mirada que no hubiera nadie.
Si Oracle estaba en algún lugar de ese pueblo, si se sentía protegido por esos muros, si creía que la fe lo hacía intocable… estaba a punto de descubrir lo contrario.
—¿Qué piensa, padre? —susurró Misha.
Podía ver en sus ojos que estaba demasiado divertido con toda la maldita situación.
—Pienso que es cuestión de tiempo para que te rompa la cara si sigues con tus idioteces —respondí entre dientes antes de volverme hacia él.
—Encuentra dónde se aloja el sacerdote —ordené—. Y averigua todo lo que puedas sobre todos en este lugar.
Misha asintió y se alejó. Sentí otra vez el calor pegajoso bajo la sotana. Me pasé una mano por la nuca, molesto.
La cacería había comenzado y si no encontraba a mi presa, alguien iba a aprender lo que significaba ganarse mi atención.
De un modo u otro, ese pueblo pequeño iba a convertirse en un infierno.
Pero al ver el altar al fondo del pasillo, una visión me golpeó: una cruz, recién clavada en la tierra… y mi nombre tallado en la madera.
«¿Por qué…?»