Capítulo 3: La santa del pueblo

1830 Palabras
Helena El vapor de la olla empañaba las ventanas de mi cocina, dibujando patrones difusos en el vidrio. Revolví la sopa una vez más, asegurándome de que la carne estuviera tierna y las verduras no se deshicieran. La dejé reposar y comencé a ordenar los recipientes que llevaría más tarde al orfanato del pueblo. Los niños disfrutaban de mis comidas, y si eso significaba que yo pasara mis mañanas cocinando, no me importaba. Era una rutina que me mantenía en movimiento, lejos de la memoria de cosas que no debía haber hecho, de consecuencias que jamás quise que existieran. Estaba cerrando el último recipiente cuando escuché pasos ligeros en la entrada. Adrian empujó la puerta con la cadera, como siempre. —Helena —canturreó con su voz suave y modulada—, dime que te quedó algo para probar. Vengo muerto de hambre. Lo miré por encima del hombro. —¿Estás en tu hora de descanso, cierto? —Sí, pero creo que la chica que preparó el café hoy se peleó con su novio y se desquitó con el café —respondió, dejándose caer en la silla, mientras dejaba escapar un bufido—. Necesito sustancia. No te preocupes, te voy a recompensar con un buen chisme. Rodé los ojos, pero igual le pasé un plato pequeño. Adrián tenía esa energía de gato callejero: siempre aparecía cuando había comida, siempre parecía medio desnutrido… y siempre terminaba cayendo de pie, sin importar desde dónde lo soltaran. Tenía el cabello oscuro y cortísimo, dejando al descubierto la forma marcada de su rostro y esos ojos claros que no combinaban con nada en este pueblo. Eran demasiado expresivos, demasiado atentos… demasiado peligrosos para alguien que fingía pasar desapercibido. La camisa blanca del uniforme impecable, contrastaba con el pantalón n***o ajustado y lo hacía ver ridículamente elegante para un lugar donde la mayoría apenas sabía coordinar colores. Adrián parecía un error de casting en ese paisaje. Un error muy consciente. Claro que nadie más sabía su secreto. Nadie… excepto yo. —¿Y bien? —pregunté—. ¿Qué tragedia escuchaste esta vez? Sus ojos brillaron como si aquello fuera su talento principal. —Llegó el nuevo cura. Me quedé quieta un instante, la cuchara suspendida sobre su plato. —¿Ya? —Sí. Las viejas casi se pelean en la cafetería para contarme primero. —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Dicen que es joven. Y que tiene una mirada… Se quedó pensándolo. —¿Qué clase de mirada? —La clase de mirada que hace que una anciana quiera ir a confesarse a diario. Solté una risa corta. —¡Ay por favor! De seguro estás exagerando. —En este pueblo todo es posible —replicó—. Las señoras están demasiado metidas en la vida de los demás como para darles tiempo a sus esposos para atenderlas. Bueno, tú lo sabes mejor que nadie. Hizo una pausa. Sabía que me incomodaban esas frases ambiguas, más cuando entendía lo que quería decir. —¿Qué más dijeron? —lo apresuré. —Que llegó con un chofer de aspecto peligroso y que nadie sabe de dónde vienen. —Se recostó en la silla—. Oh, y que llamó a la señora Kárpova “hermana” y casi la hace llorar. Eso le pasa por andar siempre vestida de n***o. Se encogió de hombros, haciendo como que no le importaba. Pero él y la señora Kárpova tenían una historia, una que todos preferíamos olvidar. —Eres terrible —dije entre risas. —Lo sé. Por eso me quieres. Fingí no haber escuchado eso. Mientras él terminaba su comida, me incliné para acomodar las bandejas dentro de la bolsa térmica. Sentí su mirada en mi nuca. —Estás tensa hoy —observó. —Puede ser sí, dormí poco. —¿Pesadillas? —Solo… ruido en mi cabeza. Adrian no preguntó más. Gracias a Dios, era muy bueno con los chismes, me provocaba con cada cosa que decía, pero sabía cuándo detenerse. Me disponía a llevar los recipientes a la puerta cuando un golpe suave resonó desde afuera. Adrian me dedicó una mirada de disgusto, frunciendo los labios con exageración. —Ya sé quién es. Mi estómago se contrajo al pensar en Emil. Abrí la puerta y él estaba ahí, impecable como siempre. Camisa azul, chaqueta marrón, sonrisa ensayada. Y, como siempre, el bolso colgando de su hombro, con su apreciada laptop que jamás dejaba fuera de su radar. —Buenos días, Helena —saludó—. Te traje esto. —Me extendió una pequeña caja—. Miel casera, la preparó mi tía. Pensé que te gustaría para el té. —Gracias, Emil —respondí, aceptándola. Adrian se levantó de la silla, exagerando los movimientos. —Ya me voy —dijo, llegando a nosotros—. Tengo que volver a la cafetería antes de que las viejas tengan un infarto por falta de scones. Me lanzó una mirada rápida, un aviso silencioso: no te quedes sola con él por mucho tiempo. Me besó la mejilla, marcando territorio frente al recién llegado y se marchó. Cuando se fue, Emil dio un paso hacia adentro. No pedí permiso… y él tampoco esperó invitación. Sus ojos recorrieron la cocina con curiosidad. —Huele muy bien —comentó—. ¿Es para los niños? —Sí. Ya casi termino. Él dejó su bolso sobre la mesa. La laptop golpeó la superficie, y yo sentí ese viejo pinchazo de intuición. No porque creyera que él fuera peligroso… sino porque siempre había algo en su forma de comportarse que no lograba descifrar. —¿Qué tal tu mañana? —preguntó. —Tranquila. —¿Escuchaste lo del cura nuevo? No respondí enseguida. —Sí, Adrian me dijo algo. —Dicen que llegó antes de lo previsto. —Se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta—. No entiendo por qué tanto secreto con el traslado. Había un matiz de frustración en su voz. Como si supiera más de lo que decía. —¿Tú lo conoces? —pregunté con suavidad. Sus ojos se abrieron apenas un milímetro más de lo normal. —¿Por qué lo preguntas? —No sé… lo dijiste de una forma extraña. Se relajó un poco. —No. Solo me parece raro. Eso es todo. No insistí, Emil podía ser muy enigmático cuando quería. Tomé la bolsa térmica y pasé junto a él para salir. Se ofreció a llevarla, pero le respondí con un gesto amable. —Puedo sola. No te preocupes. —¿Quieres que te acompañe al orfanato? —preguntó con una sonrisa que pretendía ser dulce, pero se sentía demasiado… forzada. Y por momentos lo comprendía. Él llevaba más de dos años intentando acercarse a mí, aunque no con la intención de ser mi amigo como ya se lo había dicho. No quería a nadie en mi vida, no de esa forma, mucho menos después de haber sido abandonada en el altar. —No hace falta. Voy y vuelvo rápido. Emil dudó un segundo antes de asentir. —Está bien. Nos vemos después, entonces. Se despidió con un beso en mi mejilla, demasiado cerca de la comisura de mis labios y se marchó con su bolso al hombro, como siempre, como una extensión de su propio cuerpo. Me quedé mirándolo alejarse por la calle adoquinada, observando lo que había notando desde el día que lo conocí: jamás lo había visto sin él. Nunca. Era como si llevara su vida entera dentro de ese aparato. Sacudí la cabeza para apartar el pensamiento y tomé camino hacia la iglesia. El pueblo ya estaba despierto. Los panaderos barrían las veredas, los perros corrían entre las casas, y dos ancianas discutían por quién había visto primero al nuevo cura. —Alto, muy alto —decía una, gesticulando con las manos—. Y serio como un mármol. —Yo lo vi mejor cuando salió del coche —insistió la otra—. Tiene unos ojos que no… no sé, hija, uno siente que te mira por dentro. Aceleré el paso. No me gustaba cuando el aire empezaba a cargarse de rumores. Nunca traían nada bueno. A cada paso hacia la iglesia, la sensación de calma de la cocina se me fue despegando de la piel. Al entrar a la iglesia, la penumbra me envolvió. Las paredes de piedra guardaban el olor de años de incienso, madera encerada y humedad. Coloqué los recipientes sobre una mesa lateral, dispuesta a ordenarlos más tarde. Di unos pasos hacia el altar. Algo estaba fuera de lugar. La llama de una vela se movía de un lado a otro con fuerza. Y había un olor distinto. Un perfume... fuerte, masculino, algo que definitivamente sería inconfundible. Mis dedos rozaron la base del candelabro y un escalofrío me recorrió la columna. No estaba sola. Escuché el crujido del piso detrás de mí. Un solo paso, luego otro. Me quedé inmóvil. —¿Necesita ayuda? —preguntó una voz grave, profunda, una voz que no era de este pueblo. Mi corazón se apretó de golpe. No me giré. —Estoy bien —respondí, sin confiar en mi propia voz—. Solo vine a dejar comida. El silencio duró un segundo que se volvió demasiado largo. —Entonces la interrumpí —murmuró él, más cerca. Mi respiración se volvió tensa. No sabía por qué. No sabía quién era el hombre debajo de esa sotana. Pero la forma en la que el aire cambió a mi alrededor… no era normal. No era un inocente ni un santo. Apreté las manos contra mi falda para que no temblaran. —Padre Aleksandr —dijo él, como si supiera que necesitaba la introducción. Tuve la sensación irracional de que acababa de presentarse como un lobo que pide permiso para entrar a un gallinero. Pensé en girarme. Pensé en sonreír. Pensé en saludar como cualquier persona educada. Pero no lo hice. Su respiración chocó contra la parte baja de mi cabeza, justo en mi nuca, apenas un roce de aire, y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me quedé quieta, apretando los dientes para no dejar escapar un jadeo. —Me imagino que eres Helena, ¿cierto? —preguntó él. Mi nombre con esa voz no sonó a bendición. Sonó a sentencia... a una mano invisible que ya me había marcado. Tragué saliva, girándome lentamente hasta enfrentarlo y... ¡Santa María purísima, madre de Jesús y todos los santos juntos! —Sí —respondí apenas una brisa de aire escapando de mis labios—. Soy yo. Su silencio se extendió, denso, expectante. Como si estuviera midiendo la forma en que pronuncié mi propia identidad. —Bien —susurró luego de unos minutos que parecieron una eternidad. No dijo nada más. No necesitó hacerlo. En ese instante supe que algo en mi vida acababa de romperse. Y el hombre que lo había hecho ni siquiera había tenido que tocarme.
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