Capítulo 4: El error en la ecuación

2322 Palabras
Gavril No tuve que verla para saber que estaba al borde de un colapso nervioso. Los diferentes sonidos de su cuerpo la delataban. Yo había aprendido a escuchar antes que a mirar. Cada movimiento hablaba incluso cuando la boca se negaba a hacerlo. El roce de su ropa al respirar, el aire que se cortó a mitad de una inhalación normal, el silencio posterior… no era el silencio de la calma. Era el silencio de alguien que quería desaparecer sin moverse. Estaba a dos pasos detrás de ella, lo bastante cerca para que notara mi presencia, lo bastante lejos para que no pudiera acusarme de invadir su espacio. Aunque sabía que, para una persona como ella, bastaba mi sombra para sentirse al acecho. —¿Necesita ayuda? —pregunté. Mi voz sonó más grave de lo que esperaba en medio de aquella nave vacía. La piedra devolvió el eco, multiplicando las sílabas, haciéndome recordar que era el intruso allí. Ella no se giró al principio y no voy a mentir, eso me frustró un poco. —Estoy bien —respondió—. Solo vine a dejar comida. Respiraba rápido, pero en silencio. Se notaba que había trabajado para controlar eso. El primer impulso de cualquiera en tensión era jadear, respirar ruidoso, pero ella no. La castaña respiraba por la nariz, conteniendo el aire antes de soltarlo despacio. Tenía miedo, sí… pero era uno muy bien entrenado. «O tal vez es culpa.» No podía evitar pensarlo. Todos y cada uno de los habitantes de este pueblo eran sospechosos ante mis ojos. No se salvaban ni las ancianas, chismosas de la entrada. Incliné la cabeza a un lado. No podía verla del todo, solo el perfil de su rostro, la línea de su cuello, el pelo recogido hacia un lado y su aroma me llegó en capas: primero el incienso viejo de la iglesia, luego la madera de los bancos, por último algo que no pertenecía a la capilla. Comida casera: sopa, carne y verduras. Un olor simple, cálido, casi familiar, mezclado con un leve toque floral y cítrico. Esa fragancia tan sutil y llamativa chocaba con la forma en la que su espalda estaba rígida como una tabla. Extendí la mano y rocé con los dedos el borde del banco que tenía más cerca, solo para tener algo que hacer mientras la medía. —Entonces la interrumpí —murmuré. Podría haberme dado media vuelta y dejarla allí, pedirle a Misha que la siguiera. No había nada en esa escena que justificara mi interés. Era una simple mujer en una iglesia… en un pueblo olvidado. Pero no lo hice. Algo en su quietud no encajaba con lo que había pensado de ella después de que las viejas en la puerta, con esa devoción estúpida que solo se tiene por quienes cumplen funciones que nadie más quiere cumplir, me hablaron de la mujer que tengo enfrente. «Helena se encarga de todo. Helena siempre ayuda. Helena es buena.» Pero bueno, ahora tenía a la Santa Helena clavada al suelo, irradiando pánico como si yo fuese la punta de una lanza apuntándole a la espalda. —Helena, ¿cierto? —pregunté. Quería escuchar cómo reaccionaba al escuchar su nombre en mi boca. La muy descarada me hizo esperar, su respuesta tardó una fracción de segundo más de lo que debería. —Sí —dijo al fin—. Soy yo. No me gustó su respuesta, la forma en que lo dijo, con esa timidez fingida que no le quedaba ni un poquito. Tampoco me gustó que siguiera sin mirarme. La gente del pueblo me había mirado desde el coche. Me habían medido, juzgado, examinado, algunos con esperanza, otros con recelo. Esa mujer, en cambio, había decidido no girarse. No comprobar quién le hablaba. No verificar si estaba en peligro o no. Era sumisa en la postura, pero algo me decía que no era obediente. Ella era el tipo de contradicción que rompía una ecuación. Guardé silencio un momento. No por ser cortés o por darle su espacio, sino para escuchar. Su respiración seguía tensa, pero no había señales de retirada. No intentaba huir ni inventar una excusa para alejarse. Simplemente soportaba el peso de mi escrutinio sin decir una sola palabra. Algo ardió dentro de mí al imaginar que llevaba toda una vida haciendo lo mismo. —Bien —susurré. Podría haber dicho cualquier otra cosa. Una frase amable, una instrucción, una broma aprovechando mi papel de cura nuevo. No lo hice porque simplemente no me salían esas cosas. Y, aun así, no me moví. No me gustaba lo que su presencia, sus gestos y aromas estaban haciendo en mi cabeza. No era deseo, de eso estaba seguro. El deseo era sencillo de identificar: calor que quema la piel, imágenes intensas que se repiten sin piedad en la mente, instintos primarios que no los puedes detener aunque quieras. Esto era otra cosa: incomodidad, curiosidad, una necesidad concreta de entender por qué no coincidía la información que tenía con lo que veía. Necesitaba ordenar los datos y tenerlos claros para saber cuál sería mi próximo paso: ella una mujer querida por todos, servicial, dedicada a los huérfanos, a la iglesia, al pueblo. ¿Por qué no se comportaba así conmigo? ¿Qué diablos pasaba en realidad? «Pues pensaste que era una vieja decrépita de unos setenta años, no una chica que apenas si tiene veinticinco. Por lo menos su sentido de la moda deja mucho que desear.» Di un paso a un lado, lo suficiente para verla mejor. Sus manos estaban entrelazadas al frente, los dedos jugueteando y apretando la tela de su falda acampanada. No temblaba y eso, en mi mundo, era demasiado extraño. Sabía que estaba atemorizada, pero lo estaba ocultando como una profesional. —¿Trae eso todos los días? —pregunté, mirando los recipientes cerrados donde los había dejado. —Cuando puedo —respondió sin usar muchas palabras. «¿Le cobran por hablar de más?» Su voz era suave, educada, cálida. Sonaba como alguien que inspiraba ternura, y no debía ser sospechosa. Pero el tono no coincidía con la falta de movimiento tan perfectamente controlado. —Es generoso de su parte. Cualquier otro alcahuete hubiera dicho “es amable”, “es bondadoso”, “es caritativo”. Yo elegí “generoso” porque era una palabra que podía significar muchas cosas: podía ser halago, una advertencia, o simplemente una observación. Ella no cayó en la trampa. No se justificó ni lo adornó, solo... Lo dejó estar. —No es nada —susurró. Una respuesta lógica, corta, fría y tajante, casi como si no quisiera que le reconocieran su labor. «Muy bien, Gav, creo que deberías dejar de mirarla. Eso es, da un paso atrás.» Di un paso adelante. «¡Maldito imbécil! DA UN PASO ATRÁS AHORA.» Mi vista se detuvo en la curva de su cuello, en la forma en que un mechón suelto de cabello rozaba la piel. En sus prendas, cuatro tallas más grandes de lo que debería usar. Nada mostrando de más o, mejor dicho, nada diseñado para atraer. Pero ahí estaba. Imaginé, solo por un segundo, ese mismo cuello en otro contexto. No bajo el techo de una iglesia, sino contra una pared, con mi mano apretándola hasta cortarle el aire. Deseché la imagen con fastidio. Ese tipo de pensamiento no ayudaba para nada. Y menos cuando mi amigo de abajo se agitaba con esa sensación de deseo y descontrol. Peor aún con alguien que no sabía si era una pieza inocente en el tablero… o un señuelo colocado a propósito. —¿El orfanato está lejos? —pregunté, porque necesitaba volver al terreno práctico. —Detrás de la capilla, dentro del mismo predio —respondió, ahora sí su voz se escuchó un poco más fuerte. —Puedo acompañarla. Lo dije con naturalidad, como si me preocupara por su seguridad, como si me interesara cumplir un papel de guía espiritual. Mentira. Quería ver cómo caminaba, como se meneaba su trasero. Cómo reaccionaba al tenerme cerca. Si miraba alrededor con culpa, con costumbre o con simple costumbre de estar vigilada. Ella dudó antes de responder. —No hace falta, padre. Conozco el camino. No me gustó cómo sonó “padre” en su boca. No era respeto ni rechazo. Era… distancia. —Pero yo no —dije, con una sonrisa que ella no vio—. Quiero conocer todo lo relacionado con mi parroquia. Y es mejor hacerlo con alguien que ya conozca cada rincón de este lugar. Hubo un silencio en el que casi pude oír lo que pensaba. Si rehusaba otra vez, quedaría mal, pero si aceptaba, estaría sola conmigo. Finalmente asintió, aunque no se giró. —Como quiera. Tampoco me gustó esa respuesta. «Como quiera... ¿Con quién se piensa que está hablando? Ah, cierto, con el nuevo cura que, según los papeles, estaba en celibato desde que había comenzado a transitar el "camino de Dios"...» Tanta sumisión en las palabras y, aun así, ni un solo gesto corporal que indicara rendición. Mi incomodidad creció. Lo sentí en la nuca, en la mandíbula, en la forma en que apreté las manos detrás de la espalda. Estaba odiando sus respuestas. No me gustaba lo que provocaba en mí. Y cuando algo no me gustaba lo estudiaba hasta entenderlo o... destruirlo. Se apartó en dirección a la puerta lateral que conducía a las salas traseras, donde estaba la pequeña cocina de la iglesia. Yo la seguí a una distancia prudente, midiendo el ritmo de sus pasos. No eran apresurados ni lentos, eran una combinación exacta de control. La cocina era pequeña, con una mesa de madera marcada por años de uso y una estufa de gas vieja. Colocó los recipientes en fila, verificó que estuvieran bien cerrados, ajustó la bolsa térmica, todo con movimientos prácticos, sin perder tiempo. —¿Siempre lo hace sola? —pregunté. —Cuando Adrian no puede ayudarme —respondió. «Anotación mental: averiguar quién mierda es Adrian» y sí, lo pensé gesticulando con burla su nombre. —Adrian trabaja mucho —añadió. Observé su rostro por primera vez desde que habíamos empezado a hablar. Tenía los rasgos suaves, una belleza natural, sin estridencias de daño físico. Sus ojos… no los vi bien. Con un cansancio profundo que no correspondía a su edad, ni a su apariencia, ni al personaje que todo el pueblo parecía adorar. No eran los ojos de una santa. Tampoco los de una pecadora. —Estoy lista —dijo ella, cortando mis pensamientos. Iba a responder cuando escuché un murmullo agudo detrás de la puerta lateral. Pequeños pasos, risas bajitas, una carrera torpe. Y antes de que pudiera comprender qué carajo estaba pasando, la cocina se llenó de niños. Cuatro pequeños. Tres de ellos corrieron directo hacia Helena; otro frenó en seco al verme, como si yo fuera una estatua que había aparecido en un lugar donde no pertenecía. —¡Helenaaaaa! —gritaron al mismo tiempo—. ¿Trajiste comida? La escena fue un golpe seco entre las costillas. No por los niños en sí, sino porque habían interrumpido el análisis justo cuando estaba cerca de descifrar algo. —¿Qué mie…? —solté en voz baja. Helena me miró de inmediato por encima del hombro, los ojos entrecerrados, como si mi reacción fuera una falta grave en terreno sagrado. Apreté los dientes al ver que ahora sí me estaba mirando. Y más aún cuando vi la furia en su mirada. —Me refería a… —enderecé la espalda, forzando una sonrisa que me dolió— a qué… miembros de la comunidad más enérgicos. Los niños ni siquiera escucharon la corrección. Ya estaban alrededor de ella, jalándole la falda, apoyándose en su brazo, hablándole todos al mismo tiempo como si el mundo se redujera a la mujer que les servía comida. Uno la abrazó por la cintura. Otro tiró de su manga. Otro le pidió que lo cargara. El cuarto solo la miraba, en silencio, de una manera que no sabía y no quería interpretar. Odiaba a los niños, eso era un hecho. Helena se agachó para estar a su altura, su expresión transformada en una suavidad que no le había visto antes. Esa mujer rígida, tensa, silenciosa… se convertía, frente a ellos, en algo casi cálido. Yo observaba. Y sí, me molestaba que me ignoraran, que ella no me mirara, que mi presencia, que había dominado salas llenas de asesinos, importara tan poco en una cocina vieja. Pero lo que más me molestó fue otra cosa. La forma en la que ella contenía a los niños, los ordenaba, los calmaba… sin levantarse, sin perder la compostura, sin dejar que la suavidad ocultara esa tensión que seguía vibrando bajo la piel. Había vivido muchas vidas dentro de una sola. Eso era evidente. Y no sabía aún qué parte de esa vida la había quebrado. O qué parte la había endurecido. —Si me disculpa… —dijo ella mientras repartía los recipientes—, necesito llevarles la comida antes de que salgan corriendo por toda la iglesia. Su voz era tranquila, pero no me engañó. Había una necesidad urgente en sus movimientos: la necesidad de poner distancia entre nosotros. Se levantó con dos niños agarrados de sus manos, otro enganchado a su falda, el cuarto pegado a su costado. Se volvió hacia mí solo para cumplir con la cortesía. —Puede esperarme en la nave principal, padre Aleksandr. Yo no quería esperar nada. Quería... No, tenía que seguirla, observarla, analizar las reacciones de esos pequeños con ella a su lado. Pero no podía hacerlo sin llamar la atención. Asentí en silencio. Ella salió primero, con los niños rodeándola como una mini escolta. El aroma de comida y jabón volvió a golpearme mientras pasaba. Me quedé solo en la cocina, respirando aire que aún tenía su olor y llegué a la única conclusión posible: Ella escondía algo...
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