Gavril
No me gustaba haber perdido el hilo de mi propio análisis, mucho menos lo que había sentido aquí dentro.
Apreté la mandíbula y salí por el pasillo hacia la sacristía. La sotana frenaba mis pasos, recordándome que estaba metido en el disfraz más absurdo de mi vida.
El tejido seguía pegando el pantalón a mi piel por el calor, pesado y sofocante, irritándome la ingle y los testículos.
Me prometí que, si sobrevivía a esa farsa, mandaría a quemar cada prenda similar que encontrara.
Doblé hacia la derecha y empujé la puerta. La sacristía era pequeña, oscura, con muebles del siglo pasado y olor a madera húmeda y vino barato.
Sobre el escritorio había un crucifijo torcido, un par de libros litúrgicos y una botella a medio terminar que probablemente perteneció al padre anterior.
Misha estaba sentado en la silla, con los pies apoyados en el escritorio, revisando algo en el teléfono. Levantó la vista cuando entré.
—Tiene cara de haber visto al mismísimo diablo, padre —comentó soltando el teléfono y dándome una sonrisa socarrona—. ¿No se supone que ahora trabaja para el lado de Dios?
Cerré la puerta detrás de mí.
—Niños —gruñí.
Él soltó una risita.
—Ah. Entiendo. Pues, para ti sí que son peores que el diablo.
Me quité el collar clerical por un segundo para aflojarlo y poder respirar mejor.
Aunque no era recomendable que el “padre Aleksandr” pareciera ahogarse, así que lo volví a acomodar, con el gesto medido del que ya estaba practicando el personaje.
—¿Recabaste algo útil? —pregunté.
—Siempre. —Bajó los pies del escritorio y se enderezó—. Este pueblo habla solo, me tocó escuchar con atención.
Me señaló la silla frente al escritorio.
—Pero, siéntese por favor, padre. Le traje sus primeros corderos.
Me dispuse a sentarme sin prestarle atención a sus estúpidas bromas. Ya tendría tiempo de vengarme de él… pero no ahora. No mientras teníamos una guerra caminándonos por la nuca.
Misha era el único hombre en quien confiaba. El único.
Todos los demás quedaron bajo el mando de mi tío en el mismo instante en que enterré a mi padre.
Y lo hicieron con la puta excusa más absurda que he escuchado en mi vida. Que necesitaba "formar una familia".
Una familia… válgame Dios.
Como si casarme y meter niños al mundo fuera la varita mágica que te da cojones para tomar decisiones. Como si no llevara toda la vida rompiéndome el alma para sostener el peso de un imperio que ahora ni siquiera me pertenece.
Y como cereza del pastel, me exigieron llevar la cabeza de Oracle para volver a sentarme en mi propio trono. Una cabeza a cambio de lo que ya era mío por derecho. Por sangre.
Los hijos de puta del Consejo apoyaron a mi tío sin parpadear.
Así, de un día para otro, me desterraron de mi propio imperio. Me arrancaron lo que construimos mi padre y yo con las manos, con sudor, con sangre.
Mi apellido seguía siendo el mismo… pero el poder ya no.
Solo tenía un contacto pero, de momento, Alexei estaba bastante ocupado con su sobrino y la psiquiatra como para tenderme una mano.
El mueble crujió bajo mi peso apenas me senté. Misha puso el teléfono entre los dos, la pantalla encendida, y deslizó el dedo para mostrar la primera imagen.
Una mujer con el pelo recogido en un moño tirante, expresión dura y ojos pequeños, brillantes de una devoción mal dirigida.
—Ludmila Vronskaya —anunció mostrándome más tomas de la vieja—. Sesenta años. Duerme poco, reza mucho. Y eso es mucho decir, ya que la señora habla más de lo que reza.
Deslicé la mirada por la imagen. Podía reconocerla: había sido una de las que me recibió en la entrada.
—¿Es muy devota? —pregunté.
—Hasta la enfermedad —contestó sonriendo—. Ama juzgar las vidas ajenas. Dice que “ve cosas”, que tiene intuiciones religiosas, sueños, señales. Es la que siempre aparece detrás de una ventana mirando lo que no debe.
La describió con una mezcla de fastidio y burla, ambos sabíamos que esa mujer no podía ser Oracle, pero su información serviría para algo. Porque los fanáticos veían demasiado. A veces, veían antes que nadie.
—Si estornuda alguien, Ludmila lo interpreta como un castigo divino. Si dos personas se miran en la calle, ya se imagina el adulterio. Es un radar de escándalos… y le encanta mantener en movimiento la sin huesos.
—Será útil —dije, pensando que debía ganarme su gracia si la quería de mi lado.
—Útil pero peligrosa —añadió Misha—. Si sospecha de ti, medio pueblo lo hará.
Deslizó la pantalla. Apareció otra mujer, esta vez, de sonrisa amplia, delantal detrás del mostrador de una tienda, ojos brillantes.
—Katia Mirova. Cincuenta y cinco años. Dueña de la tienda principal, bueno, la única del pueblo. Si algo se vende, pasa por sus manos. Si pasa por sus manos, ella lo sabe, lo registra y lo guarda… no en papel, sino en la memoria. Y esa mujer no olvida nada.
—Información —resumí.
—Una fuente de información ambulante —confirmó, enseñándome más fotos—. Parece amable, siempre dispuesta a ayudar. Pero en realidad, es la primera en enterarse de todo y la última en callarse. Si alguien compra pastillas para dormir, lo sabe. Si alguien compra vino de más, también. Si alguien pasa a preguntar por usted…—me miró de reojo—, lo va a comentar.
—Otro radar —dije—. Pero esa cobra por los datos.
Misha sonrió, sabiendo tanto como yo que nos costaría bastante caro mantenerle la boca cerrada.
—Y luego está ella.
Deslizó de nuevo las imágenes en su galería. La tercera foto mostró a una mujer de cabello recogido en un rodete bajo, expresión neutra, casi apagada, manos entrelazadas frente al pecho.
—Daria Kuznetsov. Cuarenta y ocho. La más silenciosa de las tres. No repite chismes en voz alta, pero los difunde igual con su silencio bien colocado.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo se difunde algo con silencio?
—Muy fácil —replicó, divertido por mi expresión—. Se planta al lado, escucha, asiente con cara de tragedia y suspira fuerte. Nunca dice “lo sé”, pero su cara dice “lo sé todo”. La típica que “solo avisa por preocupación”. —Apoyó el codo en la mesa—. Es la que nadie sospecha, pero siempre está cerca cuando algo se desmorona.
Me recosté en la silla, procesando toda la información que tenía hasta el momento.
Tres viejas metiches.
Tres bocas que, pensándolo bien, no sabía si me convenía mantener vivas o no.
Tres pares de ojos, mucho mejores que cámaras de seguridad.
Los verdaderos demonios regentes del pueblo chico.
—Entre las tres ven, exageran, repiten, deforman, difaman —continuó Misha—. Si quieres controlar el relato de lo que se cuenta de ti aquí dentro, tienes que aprender a manejarlas.
Lo miré, odiando la idea de tener que convivir con esas mujeres.
—¿Manejarlas cómo?
—Haciendo que lo quieran —dijo, encogiéndose de hombros—. O que le teman. Ya sabrás qué se te da mejor.
No respondí, los dos ya sabíamos la respuesta.
—Ninguna de ellas puede ser Oracle.
—Hay más gente viviendo en el pueblo, claro —añadió, deslizando a la siguiente imagen—. Pero voy a empezar por los que se acercan más a nuestro… objetivo.
En la pantalla apareció un hombre joven de cabello corto, sonrisa forzada frente a una máquina de café. Un delantal oscuro. Mirada que perfectamente podrían ser de rayos x.
—Adrian Sokolov —dijo Misha—. Veintisiete. Barista en la única cafetería del pueblo. Todo el mundo pasa por ahí en algún momento.
—Información otra vez.
—Información, sí. —Hizo un gesto con la mano—. Amable, divertido, sarcástico. Muy observador. El tipo de persona que sonríe mientras guarda en la cabeza todo lo que oye. Es cercano a la tal Helena que nos hablaron antes.
Sentí una pequeña punzada en algún lugar que no me interesaba admitir, mucho menos frente a él.
—¿Qué significa cercano?
—Que la conoce bien —respondió entrecerrando los ojos—. Que la entiende mejor que el resto. Que ella le confía cosas que no le dice a nadie. Y que es protector sin ser invasivo.
—Sí, ya entendí. ¿Hermano, primo? —pregunté.
—No. Amigo. Muy cercano. —Se encogió de hombros—. Ludmila dice que son muy “especiales”.
Capté el subtexto, y eso me crispó los nervios.
—Será un maldito problema.
—Solo si decide ser valiente —contestó Misha—. Por ahora, solo sirve café y mira demasiado. No lo descartaría, pero no lo pongo en la cima de la lista.
Solté un leve gruñido, tal vez porque él no encajaba con lo que estábamos buscando, o tal vez... solo tal vez, por la cercanía que tenía con la castaña.
—¿Quién está en la cima?
Sonrió de una forma que no me tranquilizó.
—Él.
La foto que apareció entonces no estaba tomada de lejos ni a escondidas. Era un retrato casi frontal: un hombre de cabello castaño, ojos claros, barba de dos días, polo sencillo, una expresión que quería parecer relajada. Un bolso cruzado al pecho, donde se insinuaba un rectángulo... una laptop.
—Emil Laskov —anunció Misha—. Veintinueve años. Técnico en telecomunicaciones del pueblo. Instala routers, repara antenas, trabaja con señales de todo tipo.
Mis dedos se tensaron sobre la mesa.
—¿Siempre lleva ese bolso?
—Siempre —confirmó, ladrando una sonrisa—. Dentro lleva su portátil. Nunca lo suelta.
—El perfil perfecto para un fantasma digital —murmuré.
—Educado, amable, servicial —continuó Misha, como si leyera un informe—. Es demasiado perfecto para ser inofensivo, bastante reservado para resultar confiable. Ah, y siempre anda detrás de Helena.
—Enamorado —dije, sin necesidad de que me lo confirmara.
Misha sonrió de lado.
—¡Vaya uno a saber qué tiene esa mujer! Al parecer todo el pueblo la adora.
Mi mandíbula se tensó un poco más de lo que habría querido.
—Él podría ser Oracle —dije.
—Si alguien en este agujero puede serlo, es él —admitió Misha—. Tiene acceso a equipos, a líneas, a señal. Y nadie sospecha de un “buen vecino” que arregla el Wi-Fi.
Eso encajaba demasiado bien para ser cierto. Hice un repaso mental del ataque que había matado a mi padre. Conocía la precisión del corte, los tiempos, la manera en que habían derribado comunicaciones, bloqueado rutas, reventado cuentas.
No era trabajo de un aficionado.
—¿Antecedentes?
—Nada que resalte —respondió—. Estudió en la ciudad, regresó hace unos años para trabajar aquí. No le queda más que una tía, con la que vive. Nada que huela a crimen… a simple vista.
—Oracle nunca huele a crimen a simple vista —dije.
Nos quedamos unos segundos en silencio, mirando la foto en la pantalla. El rostro de Emil devolvía una expresión tranquila, casi confiada.
No me gustaba.
Y, aunque no quise admitirlo en voz alta, tampoco me gustaba que siempre estuviera cerca de Helena.
Misha captó el cambio en mi expresión, porque sus labios se curvaron con malicia.
—¿Te molesta que arregle las antenas? —se burló—. ¿O que sea la sombra de alguien en particular?
Lo miré con frialdad.
—Me molesta que pueda ser mi objetivo —respondí—. Y que todo el pueblo lo considere útil.
—Claro —ironizó poniendo los ojos en blanco—. Solo eso.
Ignoré el comentario, no podía golpear a Misha. Aún no.
—Quiero todo sobre él —ordené—. Movimientos, horarios, trabajo, conexiones fuera del pueblo. Y quiero rastrear cualquier equipo desde el que haya podido hacer algo más que arreglar antenas.
—Ya empecé con eso —dijo Misha, levantando el teléfono—. Me voy a hacer amigo suyo. La gente que trabaja con cables siempre necesita un par de manos extra o un trago con un desconocido para desahogarse.
—Ten cuidado —le advertí, pensando en que debía controlar su ansiedad de no matarlo antes de averiguar todo acerca de él.
Él se encogió de hombros.
—Cuidado es mi segundo nombre.
Iba a responderle cuando un golpe en la puerta nos interrumpió. Me levanté pero la persona no esperó a que le dijera que pasara. La hoja se abrió y la misma anciana de la entrada, Ludmila Vronskaya, se asomó con la energía de quien jamás entendió la palabra “privacidad”.
—Padre Aleksandr —exclamó, entrando como si la sacristía fuera su casa—. Perdone que lo moleste, padre, pero no podía esperar más.
Misha apartó el teléfono con rapidez, dejándolo boca abajo sobre el escritorio. Adoptó la postura relajada de un ayudante cualquiera.
Yo me levanté.
—Señora Vronskaya —dije acercándome a ella—. ¿Ocurre algo?
Sus ojos brillaron de aparente emoción.
—Solo quería decirle que estoy tan… tan agradecida por su llegada. —Se llevó una mano al pecho—. La ceremonia de mañana es muy importante para nosotros. El padre anterior siempre la hacía perfecta. Seguro que usted también, ¿verdad?
Mi cerebro se detuvo un segundo.
—La… ceremonia —repetí bajando el volumen de mi voz en la última sílaba.
—La misa especial de inicio de ciclo, padre —explicó ella, como si yo fuera un niño—. Con los niños del orfanato, los catequistas, las familias. Todos estarán aquí. Estoy ansiosa por escuchar su sermón. —Sonrió, sin perder el control de sus gestos—. Dios lo trajo justo a tiempo.
«Justo a tiempo para arruinarlo todo»
Sentí a Misha vibrar de diversión a mis espaldas. Me recompuse con una sonrisa que me resultó dolorosa.
—Haré todo lo posible por estar a la altura —respondí, juntando las manos frente a mí.
—Oh, no tengo dudas —aseguró ella—. —Se inclinó un poco—. Y, padre… si necesita ayuda con los detalles, yo puedo guiarlo. Llevo años viendo al anterior.
«No, gracias, preferiría que me lanzaran a una piscina llena de ácido a tener que compartir tiempo con esta metiche...»
—Lo tendré en cuenta —dije en voz alta.
Ludmila me dedicó una última mirada cargada de fe y se retiró con la misma rapidez con la que había aparecido.
La puerta se cerró, el silencio duró dos segundos controlados a reloj. Luego Misha estalló en una carcajada.
—Sermón, padre —dijo, arrastrando la palabra—. Muero por ver eso y escuchar ese sermón tan efusivo.
Lo miré con cara de que, si no fuera útil, ya estaría muerto.
—Consígueme todo lo que necesite para esa maldita ceremonia —ordené—. Textos, protocolos, lo que sea. No voy a quedar en ridículo delante de mi propia cacería.
Misha levantó una ceja.
—Cacería con misa de apertura. Muy simbólico.
—Mañana —continué—, todos van a estar aquí. Helena, Emil, los niños, las viejas, el barista, todo el pueblo. —Señalé el suelo, los muros, el techo—. Y yo voy a verlos a todos al mismo tiempo.
Sonreí, esta vez sin hacer esfuerzo.
—No necesito creer en Dios para eso. Solo necesito que vengan a arrodillarse delante de mí.
Misha se recostó en la silla, satisfecho.
—Entonces, padre —dijo—, recemos para que su primera ceremonia sea también el inicio del fin de su fantasma.
No rezaré.
Pero sentí que esa misa podía servirme para algo más que sudar dentro de esta sotana del infierno.