Capítulo 6: El altar de la misa

2331 Palabras
Helena Había salsa en la mejilla de Luka y mocos en la manga de Irina. Nada fuera de lo normal. Les limpié la cara a los dos con la paciencia que solo se consigue cuando no queda otra opción. Nos habíamos reunido en la antesala de la capilla, como era de costumbre antes de una celebración como la que teníamos hoy. La misa de inicio de ciclo siempre nos ponía a todos en la misma coreografía: los niños debían estar limpios, con ropa presentable, sonrisas fijas en el rostro. Yo prefería los días en que nadie esperaba nada especial de nosotros. —No quiero ir adelante —protestó Irina, inflando las mejillas—. Todos me miran. —Te miran porque eres la niña más linda —dije, acomodándole el lazo del cabello—. Y porque gritas más que los demás cuando te aburres. Se cruzó de brazos, ofendida. —Eso no es verdad. Levanté una ceja. —¿No fuiste tú la que el año pasado gritó “me quiero ir” en medio del sermón? Luka se rio detrás de mí. Irina también, aunque intentó disimularlo. Había aprendido que, con ellos, la culpa duraba poco. El miedo, en cambio, se pegaba hasta los huesos. —Todos listos —anuncié, dando un paso atrás para verlos mejor. Los niños del orfanato formaban una fila irregular. Había más chicos, pero no todos estaban en edad de ir a la ceremonia. Estos eran los “representantes”, o así los llamaba Ludmila, lo que traducido significaba: los más presentables para mostrar. La puerta se abrió de golpe sin que nadie tocara. —Helena —entró Ludmila, arrastrando las sílabas como si estuviera cantando—. El padre Aleksandr ya está en el altar. No podemos hacer esperar a un hombre de Dios. Se detuvo frente a nosotros, escaneando a los niños de arriba abajo con esos ojos chiquitos y brillantes. —La camisa de ese niño —señaló a Luka—. Tiene una arruga. —Respira, Ludmila —murmuré, alisando la tela con la mano—. No se va a caer el cielo por una arruga. Ella resopló. —Estas cosas marcan y la primera impresión lo es todo. —Juntó las manos, como en oración—. Y esta ceremonia es muy importante. Después de lo que pasó con el padre… No terminó la frase como nadie la terminaba desde que pasó. El padre había muerto de “un problema del corazón”, según el acta. Según Ludmila, había sido “la voluntad de Dios”. Según mis pesadillas, había sido el eco de algo que yo había hecho. Y de algo que él nunca llegó a hacer. Tragué saliva, no podía recordarlo, no así. —Los niños están listos —aseguré, sacando de mi mente la última vez que tuve al padre frente a mí—. No los mareemos más. Otra figura apareció junto a la puerta, con un delantal manchado de café y harina. —Traje panecillos para después —anunció Adrian, levantando una caja de cartón—. Si sobreviven al sermón, por lo menos tendrán un premio. Irina corrió hacia él para espiar dentro de la caja. —¿Con chocolate? —Con chocolate, canela y mucho azúcar —respondió él, guiñándole un ojo—. Todo lo que un niño necesita para arruinarle la vida a un nutricionista. Ludmila lo miró para reprenderlo. No era secreto que nadie aceptaba a Adrian, por lo menos no del todo. —Muchacho, por favor… —suspiró dramática como de costumbre—. Hoy es un día importante. —Por eso traje más docenas —dijo él, poniendo cara de serio mientras se encogía de hombros—. Para que a nadie se le note la cara de estirada. Tuve que morderme la lengua para no reír. Ludmila resopló otra vez y salió del salón para seguir organizando cosas que ya estaban organizadas. Mi amigo dejó la caja sobre una mesa y se acercó a mí. —Tienes cara de querer salir corriendo —susurró, lo bastante bajo para que solo yo lo oyera. —Tengo cinco niños, una misa larga y Ludmila en versión tóxica. Claro que quiero salir corriendo. Él me miró con más atención, con ese gesto, el de los pocos que realmente te miran y no solo te ven. —Pero no es solo eso —insistió—. ¿Qué pasó? Bajé la vista a mis manos. Aún me temblaban un poco. Desde ayer, desde ese encuentro raro con el nuevo sacerdote, había sentido que la piel me picaba. —No me gusta cómo me mira —admití bajito, para que los niños no escucharan. Adrian se apoyó en la mesa. —¿Quién? ¿El padre? —preguntó abriendo los ojos con picardía—. ¿Acaso te mira como si fueras una pecadora? —bromeó. —Como si fuera… —busqué las palabras correctas— un problema por resolver. Lo dije en voz baja, casi sin aire, él dejó escapar un silbido. —Bueno, eso es nuevo. Generalmente los curas solo miran así a las mujeres con escotes exagerados y siempre para reprenderlas. Tú estás a años luz de eso. —Me dio un empujón suave con el hombro—. ¿Te dijo algo raro? Recordé su voz tranquila, sus preguntas aparentemente inofensivas, la forma en que había medido mis silencios, mi respiración, mi forma de sostener los recipientes. —No —mentí—. Solo… es diferente. Adrian torció los labios. —Diferente no siempre es malo. —En este pueblo —repliqué—, diferente siempre es MALO. No puedo... repetir mis errores... Él se encogió de hombros, sabiendo de qué hablaba pero, como siempre, no me juzgaba. —Si te hace algo raro, le tiro café hirviendo encima. Frente a todo el pueblo. Promesa sagrada. La imagen me arrancó una sonrisa rápida. —No puedes hacer eso. —Claro que puedo. —Alzó la barbilla—. Soy el único que sabe cómo arreglar la máquina de café. No me van a echar. Antes de que pudiera responder, Ludmila asomó la cabeza por la puerta. —Helena, ya es hora. Muchacho, luego puedes hablar con ella. Los niños deben estar en sus lugares. Adrian hizo una reverencia exagerada. —Sí, capitana. Ludmila lo ignoró. —Vamos —susurré a los niños—. Recuerden, caminen despacio y no empujen a nadie. Eso último lo dije mirando a Luka, al que se le borró la sonrisa del rostro de inmediato. Salimos al pasillo que conectaba la sala con la parte principal de la iglesia. A medida que nos acercábamos, el aire cambiaba. Olía a cera, a incienso, a flores marchitas. Y a nervios. Siempre olía a nervios y a peligro cuando el pueblo entero se reunía. Entramos por la nave lateral. La luz que se colaba por los vitrales formaba manchas de color en el suelo. Los bancos estaban casi llenos: familias enteras, ancianos, jóvenes aburridos, gente que solo venía a misa en días especiales. Las cien personas que vivían en nuestro pueblo estaban aquí. Mis ojos buscaron, casi sin querer, a dos personas en particular. Vi primero a Emil. Estaba sentado a mitad de la parroquia, en el lado izquierdo. Camisa clara, chaqueta sencilla, postura recta. El bolso cruzado al pecho, como siempre. No había forma de separarlo de esa correa; parecía parte de su cuerpo. Levantó la mano en un saludo corto cuando me vio entrar y yo le respondí con un movimiento leve de cabeza, pensando en cómo él siempre estaba. Cuando el techo del orfanato amenazó con caerse, él fue el primero en aparecer con herramientas. Cuando la señal del teléfono se fue durante una tormenta, apareció con las antenas. Cuando necesitábamos conectar un viejo ordenador para clases de apoyo, apareció con cables. Eso, a veces, me tranquilizaba. Pero la mayoría de las veces, me cansaba. No era su culpa que yo me hubiera cerrado al amor hace tanto tiempo. Conducí a los niños hasta los primeros bancos, los reservados para ellos. Se sentaron, inquietos, moviendo los pies, girando la cabeza para ver quién más había venido. Yo me quedé a un lado, lo bastante cerca para controlarlos, lo bastante lejos para no sentirme en exhibición. Entonces lo vi. El nuevo padre estaba en el altar. La sotana negra lo envolvía de pies a cuello, pero no lograba suavizarlo. No tenía la postura de alguien que había nacido para estar ahí. No se le veía cómodo en ningún ángulo. Tenía la espalda recta. Las manos, juntas sobre el misal, parecían más acostumbradas a sostener otra cosa. No sabía qué, pero estaba segura de que no era un libro. «No tengo pruebas pero tampoco dudas...» Su rostro parecía tranquilo. Sus ojos, no. Había algo en su mirada que recorría a la gente como si estuviera marcando casillas en una lista invisible, seguí el camino de sus ojos... «Aprobado. Sospechoso. Inútil. Interesante.» Se detuvo un segundo más de lo normal en el sector donde estaban los niños. Sentí un nudo formarse en mi garganta. «Si es un pervertido, lo mataré con mis propias manos.» Apreté la mandíbula más fuerte de lo que esperaba y creo que vio ese gesto. Enseguida apartó la mirada y la misa empezó. No había nada extraordinario en la liturgia. Las mismas palabras de siempre, las mismas respuestas aprendidas de memoria. Pero el tono cambiaba las cosas. La voz del padre Aleksandr era grave, sin tartamudeos ni vacilaciones, pero tampoco tenía ese temblor suave de los sacerdotes que creían todo lo que decían. Sonaba más a alguien que daba órdenes e instrucciones, sin sentir realmente las palabras que salían de sus labios. —…y la verdad nos hará libres. Esa frase, que había escuchado repetida tantas veces que casi había dejado de significar algo, me golpeó diferente al salir de su boca. La verdad. Pensé en las cosas que había hecho y de las que ahora me arrepentía. Pensé en el titular de noticias días después con la noticia del hombre que había muerto por mis malas decisiones. Adrian había intentado convencerme de que no fue mi culpa... no fue suficiente como para calmarme. «Un hombre está muerto por mi culpa» —Los que se esconden detrás de la mentira —continuó él—, tarde o temprano se encuentran cara a cara con aquello que intentan evitar. Sabía que era un sermón general, uno de esos de manual que hablaban de pecados cómodos: mentiras pequeñas, infidelidades, robos ajenos. Sabía que no estaba hablando de mí. Y aun así sentí que me clavaba al banco con esa frase. Aparté la vista, concentrándome en el cabello revuelto de Luka. Sus rizos nunca se quedaban quietos; siempre parecían al borde de una rebelión. «Respira» me dije una y otra vez, volviendo a controlar el aire que entraba y salía de mi sistema. «Solo es un hombre dando un discurso que no es para ti. No sabe lo que hiciste. Nadie que recién llega lo sabe.» En la parte de atrás, alcancé a ver a Adrian apoyado contra la pared, cerca de la puerta. Me miró y levantó discretamente las cejas como preguntando: “¿Qué tal va el show?”. Yo negué con la cabeza, robándole una sonrisa. Mis ojos buscaron de nuevo a Emil. Seguía en el mismo lugar, atento, con esa concentración tranquila que lo caracterizaba. De vez en cuando, miraba hacia los niños, aunque siempre terminaba desviando los ojos hacia mí. Pasó como una sombra por mi mente una idea que descarté enseguida: si alguien en ese pueblo supiera la verdad, yo no estaría aquí. Sacudí la cabeza por dentro. No. No hoy. No aquí. Quise volver a centrarme en la misa, pero cada vez que levantaba la vista, encontraba, aunque fuera de pasada, los ojos del padre Aleksandr buscándome. No siempre, lo disimulaba bien. Pero fue suficiente para hacerme sentir analizada, clasificada, inventariada. La ceremonia siguió su curso. Los niños hicieron una breve intervención que habíamos ensayado la tarde anterior: unas frases memorizadas, un canto, una reverencia tímida. Irina casi se resbaló en el escalón, pero la sujeté a tiempo. Nadie lo notó, salvo yo y el sacerdote. Vi cómo su mirada se detenía un instante en mi mano sujetando el brazo de la niña. Después subió, se cruzó con la mía y siguió hacia otro lugar, como si nada. Pero algo se apretó en mi pecho. Cuando todo estaba por terminar, el padre Aleksandr fijó la vista en la mía. Por un segundo, tuve la sensación absurda de que iba a decir algo directo. Una acusación. Una pregunta específica. Un “¿qué es lo que escondes?” En cambio, levantó los brazos hacia la gente, su voz llenó el espacio con la misma calma calculada de antes. —Antes de que se vayan —anunció—, quiero aprovechar que estamos todos aquí. Todos levantamos la mirada hacia él, como si fuera un imán gigante. —Mañana empieza un nuevo ciclo —continuó—. Para los niños, para la parroquia, para este pueblo. No podemos construir nada sólido sobre conciencias sucias. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo por completo. —Por eso —dijo, sin levantar la voz—, hoy estaré disponible en el confesionario. Todo el día. Hizo una pausa. Nos miró a todos, las familias, las viejas, a los niños. Y luego, a mí. —Nadie debería irse a casa sin confesarse. Sin estar en paz con Dios. El murmullo se reanudó, esta vez cargado de expectativas, nervios y un poco de curiosidad morbosa. Yo me quedé pegada al suelo. Había pasado años aprendiendo a ser invisible, a redimir mi pasado ayudando a los demás. Esa era mi especialidad. Y ahora tenía, a unos metros, a un hombre que no parecía creer en máscaras. «Confesarse» Si supiera lo que tendría que decir, posiblemente terminaría como el padre anterior.
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