Gavril
El confesionario olía a humedad, a incienso de sándalo y a madera que había absorbido demasiada hipocresía.
La cabina estaba apenas iluminada por una vela que amenazaba con apagarse frente al primer suspiro, y el asiento era tan incómodo que sentía que Dios me estaba castigando directamente en el coxis.
Si este era el trabajo diario de un cura…no tenía nada que envidiarle, prefería mil veces torturar a los perros de mis enemigos y mandarlos a visitar a Lucifer, que darle palmaditas en la espalda fingiendo que los perdonaba.
Por lo menos ahí sabía cómo debía actuar. Los vídeos que Misha me preparó de sacerdotes no me iban a ayudar con lo que venía.
Me acomodé la sotana que ya empezaba a pegarse a la piel, otra vez, y respiré hondo. No estaba preparado para la primera confesión y aun así, la primera llegó con una voz temblorosa a través de la rejilla.
—Padre… pequé.
«¿De qué? ¿Respirar? ¿Molestarme? ¿Existir?»
—Escucho —dije, modulando mi voz pastoral.
La mujer confesó que había robado dos gallinas.
Sí, gallinas.
—Me arrepiento mucho, padre —sollozó.
Me vino la imagen desagradable de mi padre cayendo al suelo mientras se sujetaba el pecho con las manos… y esta mujer llorando por gallinas. El contraste me dio náuseas.
Le di una penitencia suave, algo de rezar el rosario y que devolviera los animales, porque, si decía lo que realmente pensaba, la iba a traumatizar.
El segundo confesante fue peor.
—Padre —susurró un hombre con voz ronca—, tuve pensamientos impuros con la esposa del panadero.
Aclaremos esto: pensamientos, no actos.
Había pasado mi adolescencia rodeado de hombres degenerados, y ahora el pecado más grande en este pueblo marginado eran fantasías a media máquina.
«Dios mío, mándame algo útil, por favor»
Apenas se fue, vino la primera de las brujas del pueblo: Katia, ella se arrodilló con un suspiro dramático.
—Padre, me acuso de haber juzgado demasiado a mis vecinos… y de haber hablado de más.
Eso fue lo que dijo, pero esto fue lo que yo escuché: “Difamé, controlé, manipulé, destruí matrimonios y arruiné reputaciones porque no puedo tener la lengua quieta”.
—¿Cuánto habló? —pregunté, sabiendo que la respuesta sería ridícula.
—Poco… solo mencioné detalles que necesitaban ser mencionados. Por el bien común.
«El bien común mis pelotas.»
Le di una penitencia larga. Muy larga. Más que nada para que sufriera un rato y se dejara de revolotear a mi alrededor.
Después entró Daria, la vieja silenciosa, ella era la viva imagen del tipo de persona que no confiesa, hace teatro.
—Padre… fui testigo de cosas que preferí callar.
Claro. Ella nunca decía nada, dejaba que los otros adivinaran y ese silencio también era un arma.
«Debería confesar que es una infiltrada del infierno»
Le di penitencia por omisión, por difusión y, sin decirlo explícitamente, por existir. No sé si Dios aceptaba esa categoría, pero yo sí.
Pasaron dos horas.
Mi culo estaba entumecido, mi paciencia agonizaba y mi fe inexistente seguía... inexistente.
Y Ludmila apareció como la santa patrona del desastre.
—Padre —susurró con una solemnidad falsa—, he visto las señales.
«Claro que viste señales. Si pasa una mosca, la interpretás como blasfemia, vieja enferma.»
—He soñado con una sombra —continuó—. Con un hombre sin rostro que viene a limpiar el pueblo de pecadores.
«¿Habla de mí? No, seguro que no»
Me quedé inmóvil, agudicé los oídos preparándome para el torrente de información que podría brindarme.
La idea me tentó.
—¿Y cuál cree que es su pecado? —pregunté.
—Juzgar… aunque solo por amor a la verdad.
«Si me dice otra vez “amor" o "verdad”, voy a cometer un pecado yo»
La despaché rápido, obligándola a cumplir un pacto de silencio por setenta y dos horas.
«Eso deberá liberarme de sus estupideces»
Cuando creí que iba a tener un minuto de silencio, la puerta se abrió y alguien se arrodilló del otro lado.
No necesitaba verlo para saber quién era. El suspiro exagerado, dramático, teatral. Misha.
—Padre —susurró con voz temblorosa que no le creía ni el diablo—, vengo a confesar mis pecados.
Rodé los ojos.
—Lárgate.
—He caído en la tentación —añadió—. He deseado golpear a mi superior.
—Misha.
—He pensado en atarlo, en ahorcarlo, en meterle la sotana por el cu…
—Sal del confesionario —gruñí.
—No puedo, padre. El Señor me llama.
—El Señor te va a romper los dientes si no te vas.
Escuché la risita que intentó ocultar detrás de la mano. Ese maldito disfrutaba haciendo esto.
—Vamos, Gav. Te estás estresando. Te traje algo de información y quería...
—Fuera. Ahora. Y sigue investigando antes de que decida cuál será tu penitencia real —susurré con amenaza helada.
—¿Es un castigo físico? —preguntó divertido.
—Peor. Te voy a obligar a asistir tres misas seguidas.
Un silencio largo, ahora sí lo había horrorizado.
—Eso sí que es tortura.
—Entonces MUÉVETE.
Escuché cómo se levantaba. El muy idiota me golpeó la madera a modo de despedida.
—Ánimo, padre. No se muera antes de encontrar a su fantasma.
—Tu fantasma seré yo si no te vas ya.
Se fue riéndose.
Respiré hondo.
Necesitaba exactamente dos cosas: silencio y que nadie respirara cerca mío por cinco minutos.
Por obvias razones, no obtuve ninguna.
La puerta volvió a abrirse y sin esperar, la persona se arrodilló.
Suspiré.
—Misha —bufé—, si vuelves a entrar voy a...
—¿Padre? —respondió otra voz.
No era Misha, era Emil.
Se me apretó la mandíbula tan fuerte que escuché mis propios dientes protestar.
—Disculpe —añadió el técnico en telecomunicaciones, con esa voz suave—. Creí que ya estaba libre.
«Libre. Si supieras lo cerca que estás de no estarlo nunca más…»
—Habla —dije, recuperando el tono clerical.
—Pequé… peco —murmuró—. Con pensamientos impuros.
Controlé mi cuerpo, temía que, si me movía un centímetro más, atravesaba la rejilla a golpes.
—¿Con quién? —pregunté, aunque ya me había inquietado con la posible respuesta.
—Helena.
No fue sorpresa, pero sí un golpe directo a un lugar que no tenía nombre.
—Continúa.
Él respiró hondo, nervioso… no. No nervioso. Avergonzado, sí, pero excitado también.
Lo odié en el acto.
—Yo… la he observado —admitió él—. A veces cuando llega tarde del orfanato. O cuando cocina de noche. Hay ventanas de su casa que no tienen cortinas.
Mi visión se volvió borrosa por un segundo.
—¿La espías?
—Solo… miro. No hago daño. —Hubo un silencio cargado de palabras no dichas—. Ella siempre usa ropa muy ancha, padre, pero cuando llega a su casa y se desnuda… se ve todo.
Mis dedos se crisparon en el borde de la rejilla.
—¿Todo qué?
«NO preguntes eso, imbécil.»
Demasiado tarde.
—El movimiento de la cintura cuando lava los platos —susurró él—. La forma de la cadera cuando se inclina para recoger la casa. La caída del cabello cuando lo suelta. Tiene… —tragó saliva— la piel suave. Se nota incluso desde lejos. Y las… curvas… padre, esas curvas son el pecado encarnado —añadió lamiéndose los labios.
Mi respiración dejó de ser la de un sacerdote al imaginarme las cosas que me decía.
—Basta —gruñí.
—Y yo… no pude evitarlo. —Un susurro vergonzoso—. Me he tocado pensando en ella.
Mi cerebro explotó. Una mezcla de furia, celos irracionales y un deseo homicida visceral.
—Te mantendrás alejado de Helena —ordené con una voz que no era de cura ni de santo ni de ser humano sociable.
—Ella será mi esposa —contestó con una seguridad repulsiva—. No me importa lo que usted diga, no nos puede alejar.
Mi cuerpo se tensó por completo.
—No debes pecar más —intenté decir volviendo a la calma.
Pero claramente eso fue un fracaso absoluto.
Él soltó una risa seca.
—No me importa su opinión, padre. Usted llegó hace dos días. Yo la conozco desde hace años.
Y así, el hijo de puta me arrancó media vida esa frase.
—Helena es mía —dijo él, y cada sílaba fue un disparo—. Y si tengo que confesar algo más, será cuando al fin pueda concretar mis fantasias con la mujer que amo.
Se levantó y salió furioso, la puerta golpeó al cerrarse.
Yo ya estaba de pie, listo para salir a arrancarle la cara cuando escuché pasos suaves y una voz familiar.
—Padre… ¿puedo pasar?
Helena.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro: tensión involuntaria en la nuca, columna recta, mandíbula apretada.
«¿Por qué mierda estoy tan nervioso?»
Se arrodilló del otro lado, dejándome oír cómo exhalaba… lento, medido, como si contara los segundos.
«Solo... no vayas a ponerte a pensar en Helena desnuda, te lo pido por la poca cordura que nos queda»
Fácil fue ordenarlo, lo difícil era hacer que la mente y el cuerpo no reaccionaran.
—Padre… —su voz era suave, pero con un temblor que no era solo miedo.
Tragué saliva, mi garganta ardió sin razón.
—Te escucho —respondí, usando ese tono tranquilo que ya me salía demasiado bien para ser falso.
Hubo silencio, uno que me habló más que cualquier palabra. Luego ella respiró hondo otra vez antes de hablar.
—Hace tiempo… —susurró tan suave que acerqué mi cabeza a la rejilla para escucharla mejor—, me enamoré de un hombre.
«Esto no pinta nada bien... ¿estará hablando de Emil?»
—Un hombre que no debía —continuó, haciendo que mi irritación subiera como una ola caliente—. Era… —vaciló— era todo lo que yo creía que necesitaba.
«No debe importarme; solo estoy reuniendo información, nada más. No es personal. No tiene por qué serlo»
Mi mano se cerró en un puño, porque el simple hecho de repetirlo ya demostraba lo contrario.
—Y arruiné todo —susurró—. Por mi culpa… él se fue.
—¿Se fue cómo? —pregunté con cautela aunque por dentro necesitaba saber con urgencia su respuesta.
—Ya… no está entre nosotros.
Mi respiración se volvió lenta, las bocanadas de aire que tomaba estaban heladas.
El tipo se había ido sin despedirse.
«Bien.»
Pero ella lo había amado.
«Mal. Muy mal.»
—Padre… —dijo ella, y su voz me perforó el oído de golpe—, no sé si lo lastimé. No sé si fue mi culpa. Solo sé que… yo lo esperé. Desde la tarde hasta la noche. Y él nunca llegó.
El confesionario entero pareció encogerse. Un nudo se apretó en un lugar que nunca antes había sentido.
—¿Cree que él eligió no venir? —pregunté, intentando mantenerme neutral.
Ella tardó en responder.
—Creo que… lo presioné demasiado. Creo que lo obligué a huir.
Huir.
Mi padre, en vida, había perseguido a hombres que huían, sabía exactamente cómo sonaban los pasos del arrepentimiento.
Pero Helena no sonaba así, ella estaba… rota.
Y yo odiaba no saber por qué.
—¿Lo volvió a ver? —pregunté.
—No —susurró.
—Nunca más.
Sentí un pensamiento venenoso entrar en mi cabeza:
«¿Y si ese hombre muerto tenía algo que ver con Oracle? ¿Y si ella sabía algo? ¿Y si Emil era Oracle y mató al hombre por celos?»
Era una posibilidad demasiado perfecta.
—¿Cuál es tu pecado, Helena? —pregunté, usando su nombre a propósito.
Ella tembló, su respiración se cortó.
—Haber amado a alguien… que no debía amar. Y haberlo perdido por mi culpa.
No era una respuesta concreta.
Pero era sincera, dolorosa y cruelmente sincera.
Y lo peor… Era que no estaba mintiendo.
Quise seguir presionando, preguntarle si ese hombre tenía enemigos, si desapareció de golpe o si hubo señales, quizás si había otra verdad detrás de su culpa.
Pero ella ya estaba demasiado vulnerable. Y yo… extraño, irritado… también.
—Hija —dije despacio—, hay cargas que no nos corresponden.
Mentira, algunas cargas sí nos corresponden y esta mujer llevaba una que necesitaba ver completa.
—No puedo… —dijo ella, la voz quebrada.
—Puedes —insistí—, pero cuando estés lista.
Ella exhaló otra vez, pero no era alivio. Era como si se cargara de más peso.
—Gracias, padre —susurró.
Odié cómo sonó “padre” en su boca, cada vez más distante, marcando el límite de nuestra dinámica. Tan jodidamente incorrecto. Jodidamente ajeno.
—Puedes retirarte —dije, más brusco de lo que pretendí.
La escuché levantarse, el movimiento de su falda al dar un paso, justo antes de detenerse.
—Perdón por ocupar su tiempo —murmuró.
—No lo ocupaste —respondí sin pensar.
Y ella se fue. El silencio que dejó detrás fue peor que cualquier pecado confesado antes.
Me quedé allí, respirando el aire denso del confesionario, con el corazón latiendo fuerte sin razón. No sabía aún qué había hecho exactamente.
Pero estaba seguro de dos cosas: Helena no era inocente. Y ese hombre muerto... aunque ya no respirara, acababa de convertirse en mi rival.