Capítulo 8: La casa donde nada cambia

2165 Palabras
Helena La llave chirrió al girarla, como siempre. Ese ruido era una de las pocas cosas que jamás cambiaban en esta casa. La puerta, vieja y liviana, se movía dos veces antes de cerrarse bien. El marco necesitaba pintura. La cocina todavía olía a las verduras y carne que había usado para cocinar. Todo estaba donde lo había dejado a la mañana. Excepto yo. Solté la bolsa que había traído del orfanato sobre la mesa, respirando hondo, como si pudiera dejar la tensión dentro de ella. No funcionó. Sentí mis manos temblar apenas un segundo; las apreté en puños para frenarlo. Cerré la puerta con seguro, aun sabiendo que no hacía diferencia. No teníamos delincuentes en el pueblo y nadie, a excepción de Adrian o Emil, llegaban sin avisar, menos a esta hora de la noche. Encendí la luz del techo que iluminó mi pequeño mundo: la mesa de madera gastada, la repisa con tazas desparejas, la ropa colgada cerca de la ventana. Y la silla vacía junto a la mesa. Esa que él usó la última vez. Sacudí la cabeza. No quería pensar en eso ahora, ni en él ni en nada que tuviera forma de recuerdo. Pero el confesionario había abierto una grieta, una que había mantenido cerrada por meses. Fui directo al baño. El agua tardó en calentarse, lo cual ya era normal. Abrí la ducha y mientras caían los primeros chorros helados, me desnudé sin prisa: primero la blusa, luego la falda, los zapatos en silencio. Todo con la mecánica de alguien que aprendió a vivir en dos modos: útil o inexistente. La ropa cayó al suelo, silenciosa. Al estirarme para recoger el cabello, vi mi reflejo en el espejo empañado: los ojos cansados, las ojeras suaves, la piel pálida en mis clavículas. Parecía una versión borrada de mí misma. Entré bajo el agua. No era solo un baño, era una limpieza de pensamiento, de angustia, de algo que no quería nombrar. Cerré los ojos. E inevitablemente vino él. Andrei. No lo pensé. Lo sentí primero, como una ráfaga, como un reflejo. Una presencia que mi memoria guardaba con una mezcla de cariño y punzadas. Andrei sonriendo tímido, hablando siempre con voz baja, como si no quisiera romper el aire, mirándome sin juicio, escuchando incluso cuando yo no decía nada. El agua caliente corría por mi espalda, y en ese instante, pude jurar que Andrei estaba detrás de mí, rodeándome con la suavidad con la que siempre tocaba las cosas que le importaban. Su pecho tibio se pegó a mi espalda. Sus dedos recorrieron mis hombros mojados, delineando la piel con la misma delicadeza con la que pasaba las páginas de un libro. No dije nada, no podía hacerlo con el nudo que se formó en mi garganta. Él tampoco hablaba mucho. Nunca necesitó hacerlo. Sus silencios eran… otra forma de sostenerme. Luego sus labios rozaron la curva de mi cuello. Un beso suave, tembloroso, como si tuviera miedo de romperme. El contacto me quemó la piel con un dolor tan dulce que casi me hizo doblar las rodillas. —Helena… —susurró su voz contra mi hombro, ese tono bajo que siempre parecía pedir permiso incluso cuando hablaba de cosas simples—. Si quieres irte, nos vamos… Ese recuerdo se sintió tan vivo que me faltó el aire. Solo dijo esas palabras una vez, y bastó para condenarnos a los dos. Sus brazos me estrecharon un poco más. Él apoyó la barbilla en mi hombro mojado como tantas veces lo había hecho. Yo levanté la mano para tocarlo… Pero mis dedos solo encontraron agua. Abrí los ojos de golpe para ver que el baño estaba vacío. Solo quedaba vapor, el sonido del agua cayendo, y la soledad que volvía a ocupar todo el espacio. Apoyé las manos en la pared fría, respirando hondo, dejando que el agua me cayera de lleno sobre el rostro. «Ojalá pudiera lavar las imágenes igual que la piel.» Pero mi mente seguía aferrada a cada una, incluso a las que prefería olvidar. El agua corría, tibia y constante, como si insistiera en arrancarme un pasado que no se movía ni un milímetro. Respiré hondo y cerré la llave. El silencio cayó pesado, sin ofrecerme ni un segundo de alivio. Envolví mi cuerpo en una toalla y salí del baño. El contraste del aire me hizo estremecer, así que caminé más rápido de regreso al cuarto, sintiendo cómo la madera del suelo crujía bajo mis pies. La ventana dejaba entrar una luz de luna fría y pálida, que cortaba la oscuridad en una línea sobre la cama. Saqué ropa limpia del armario: una camiseta grande, un pantalón holgado. Prendas que no apretaran, no marcaran, no llamaran la atención. Ropa que me hacía invisible incluso dentro de mi propia casa. Mientras me vestía, mi mirada se detuvo un segundo en la mesita de noche. En la superficie había una caja pequeña, cerrada, intacta. Una caja que no abriría jamás. Apagué la luz del cuarto y me acosté. La sábana fría me envolvió las piernas; la cama, demasiado grande para mí, me devolvió ese eco de vacío que ya era costumbre. Miré el techo, la oscuridad, escuché la casa respirar. Y otra vez, él. Pero esta vez no fue su voz ni su rostro, sino la tarde que lo cambió todo. El punto de encuentro, la ilusión absurda de que podíamos escapar de ese pueblo, de las miradas inquisitivas, de los murmullos disfrazados de preocupación, de todas las reglas que siempre parecían estar hechas para aplastarme. Y la espera. La iglesia del pueblo vecino quedaba a dos horas caminando y habíamos elegido ese lugar porque nadie de nuestro pueblo iría allí en un día de semana. Nadie haría preguntas. Nadie sospecharía. Yo llegué temprano, ya que era mejor que viajáramos por separado, para no levantar sospechas. El interior era silencioso, tan silencioso que escuchaba mis propios pasos retumbar como si fueran un sacrilegio. Fui hasta el altar. No había velas encendidas, solo las ventanas altas dejando que la luz de la tarde formara columnas doradas en el suelo de piedra. Era un sitio modesto, con los bancos gastados y el crucifijo torcido, pero a mí me pareció el lugar más hermoso del mundo. Tal vez porque iba a cambiar mi vida. Me senté en la primera fila, las manos entrelazadas sobre el regazo para que no vieran cuánto temblaban. Los nervios no eran por miedo, eran por esperanza. Andrei había susurrado su plan la noche anterior, con la voz tan suave que apenas la escuché por encima de nuestras respiraciones agitadas después de habernos consumido haciendo el amor. —Si quieres… podemos irnos. Hoy. Mañana. Cuando decidas. Solo dímelo. Y yo había dicho que sí. Creo que fue la única vez en mi vida en que un sí salió sin pensarlo, sin miedo, sin calcular consecuencias. Él sonrió. Una sonrisa tímida con un toque de incredulidad, como si él mismo no creyera que yo pudiera elegirlo con tanta claridad. —Nos vemos allí —dijo deslizando un anillo en mi dedo anular, dejando que la piedra brillara para mí. Las sombras avanzaron por la iglesia como si estuvieran contando el tiempo mejor que yo. Primero pensé que llegaba tarde. Después pensé que algo le impedía apresurarse. Luego, que tal vez lo habían retenido. Me levanté varias veces para asomarme a la puerta. Nada. Volvía a sentarme. La madera del banco me enfriaba las piernas, la ansiedad me quemaba las manos. Las horas pasaron como una cuerda que se enredaba alrededor del pecho. La luz del sol se volvió naranja, después rojiza, después un gris sucio que anunciaba la noche. Encendí una de las velas que quedaban en el altar. No debía hacerlo, pero necesitaba una señal de que él podría encontrarme si entraba a oscuras. —Hija, creo que no vendrá —dijo el padre Claudius acercándose por atrás—. Deberías volver a casa... —No, yo sé que Andrei vendrá. —Es difícil la decisión que le tocó tomar, para un hombre como él, dejar toda su vida por... No terminó la frase, pero sabía a qué se refería. Lo cierto era que el padre Claudius nos estaba ayudando solo porque le tenía un gran aprecio a Andrei, pero nos había dejado claro que no estaba de acuerdo con nuestra decisión. —Mira, hija, puedes quedarte un poco más, pero él no vendrá. Me quedé sentada, mirando hacia la puerta abierta, esperando ver su silueta, oír su voz baja, sentir otra vez esa presencia que me había hecho tan feliz el último año. Quería demostrarle al padre Claudius que Andrei estaba seguro de su decisión, que me había elegido a mí. Pero no llegó. El reloj marcó las nueve... las diez... las once. El frío se instaló en mi espalda, obligándome a tomar cartas en el asunto. Me abracé a mí misma, recordando cómo él solía tomarme de los hombros cuando temblaba, con esa calidez cuidadosa que siempre me cuidaba. «Andrei es puntual, no es de los que olvidan. No, él cumple lo que promete» O eso creía. Cuando el silencio se volvió insoportable, me puse de pie. Caminé por la nave a oscuras ya que las velas se habían apagado hace más de una hora, cada paso sonaba como un eco acusador. En la puerta, miré atrás una última vez. Todo estaba igual que al principio. Menos yo. El viento frío me golpeó en la cara al salir, y por primera vez entendí algo que se quedaría conmigo para siempre: no es que él no hubiera venido, era que yo había sido lo suficientemente ingenua como para esperar que lo hiciera. Ese pensamiento me acompañó en cada paso del regreso. En la oscuridad del camino. En la garganta apretada. En la sensación de que todo dentro de mí se había roto, sin saber todavía en cuántas partes. Cuando llegué al pueblo, ya no quedaba nada de la mujer que había salido esa tarde con una maleta pequeña y un corazón que creía tener futuro. Solo quedaba la que regresó vacía, la que aprendió que la espera también puede matar y que, a veces, lo único que sobrevive… es la culpa y ese silencio que marcó mi vida en dos. Volví al presente, con un suspiro profundo contra la almohada. Sentí cómo mis hombros se hundían un poco. «No debí contarlo hoy… No debí abrir esa puerta.» La voz del padre Aleksandr había quedado clavada en mi cabeza, desagradable, autoritaria y dominante. No era la voz del consuelo ni del juicio. Era una voz que observaba, que analizaba, que quería saber, como si yo fuera parte de un problema que él necesitaba resolver. No me gustó tener que contarle mi historia para que dejara de mirarme, y ahora lo que estaba sintiendo me estaba ahogando. Había en él algo incómodo, algo inquieto, pero también algo que me recordaba demasiado a mis inicios con Andrei… pero mucho más torcido, oscuro y, sin duda alguna, más peligroso. —No —susurré tocándome el pecho, intentando calmar el ritmo acelerado—. No otra vez. Giré de costado, buscando una posición que mi cuerpo aceptara y cerré los ojos. El techo, la habitación, la iglesia, todo desapareció. Solo quedó el ruido de mi respiración y el peso de una pregunta que nunca pude responder: ¿Por qué no llegó? Porque no se enamoró lo suficiente. Porque yo dije algo que no debía. Porque lo asusté. Porque lo obligué a elegir. Porque soy un error que arrastra errores. Porque… El pensamiento más cruel me cayó sobre el pecho como una piedra: Porque se arrepintió. Me cubrí la cara con el antebrazo, pero no lloré. Las lágrimas no salían desde hacía meses, mi cuerpo se había acostumbrado a guardarlo todo, a endurecerse justo antes del colapso. Respiré hondo. Una vez, dos, tres. El sueño llegó despacio, más como un apagón provocado por un cortocircuito que por un verdadero descanso. Y justo antes de dormirme, mi mente traicionera como siempre, me regaló una última imagen: Andrei corriendo hacia mí, extendiendo una mano, llegando tarde… pero llegando. Pero incluso dentro del sueño, una parte de mí lo sabía: él no llegó ese día por mí. Y enfrentar el por qué… esa era una puerta que todavía no podía abrir sin quebrarme. Me acurruqué más bajo la sábana, buscando un calor que no estaba, dejando que el silencio llenara los huecos. Mañana tendría que volver a ver al padre y fingir que lo que pasó en el confesionario no había removido todo lo que llevo años intentando enterrar, que su voz no había tocado un lugar que no sabía que todavía dolía. Me cubrí hasta el cuello, cerrando los ojos con fuerza, tratando de contener esa sensación desconocida que no sabía nombrar. Pero una certeza se deslizó igual: «Mañana será peor» Y ya no estaba segura de si me asustaba más él… o lo que mi cuerpo empezaba a sentir cuando me miraba…
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