Capítulo 9: Donde todo empieza a romperse

2275 Palabras
Gavril No dormí una mierda. Después de la confesión de Helena con esa mezcla absurda de culpa, voz temblorosa y un hombre muerto al que ella todavía parecía pertenecer, mi cabeza trabajó como un interrogatorio en bucle. Intenté convencerme de que no me importaba, pero, por alguna razón en la que no quería pensar, no funcionó. Hasta soñé con el idiota de Emil, repitiendo su declaración de amor como si fuera un ataque personal. Creí que el sueño terminaba cuando le rompí el cuello, pero no el maldito resucitaba… una y otra vez. No era un clásico. Era una puta pesadilla sin fin. Caminé por el pasillo lateral de la iglesia todavía con la sotana puesta, a la que creía que me acostumbraría, pero no. El maldito tejido me rozaba las piernas como si quisiera irritarme a propósito. El sol apenas entraba por los vitrales. Todo estaba quieto, silencioso, casi sagrado… hasta que escuché su voz. Helena. Me detuve antes de doblar hacia la sacristía. Podía reconocer su tono incluso sin entender las palabras, ella tenía esa manera suave de hablar que no encajaba con nada en este pueblo lleno de viejas chismosas y hombres que creían que por imaginarse escenas eróticas con las mujeres de otros estaban pecando. Avancé despacio, sin anunciarme, y entré a la sacristía, que ya estaba abierta. La encontré sentada en la mesa larga donde se guardaban los libros de registro, con una carpeta abierta, un lápiz entre los dedos y los labios apretados en plena concentración. Había algo en ella que me dejaba sin palabras apenas la veía: la forma calmada en que se movía, como si existiera en un ritmo que nadie más alcanzaba. No me vio entrar, y yo… no dije nada para delatarme. Me quedé de pie, observándola, analizando cada detalle. Sus manos pequeñas y rápidas pasaban las páginas de los libros mientras hacía anotaciones sin detenerse. La forma en que mojaba el labio inferior cuando se concentraba le daba un aire distraído y tierno, como si el mundo entero desapareciera alrededor de ella. El mechón de pelo que se soltaba y ella empujaba detrás de la oreja… «¡Maldita sea!» Mascullé en la mente. Me picaban los dedos con la necesidad absurda de hacerlo yo. Y cuando inclinó la cabeza, dejando expuesta la curva de su cuello, el aire me salió del cuerpo con una idea sucia y urgente que me atravesó: imaginé mi mano sujetándola, apretando justo lo necesario para cortarle el suministro de aire. Obligándola a arquearse mientras mis dedos se hundían entre sus piernas, abriéndola, sintiéndola temblar contra mi palma. La imagen era tan nítida que tuve que cerrar los ojos y tensar la mandíbula para no dejar escapar un gemido. «¿Cómo carajos un hombre la deja esperando en un altar…?», pensé, imaginándola jadeando con mi boca entre sus muslos, aferrándose a mí como si fuera lo único que la mantenía en pie. Un latigazo de realidad me cruzó la cabeza. «No seas imbécil. Detén eso ya.» —Padre —dijo de golpe, sin levantar la vista—. Si necesita algo, estoy terminando el inventario. Había algo extraño en ella hoy. No en la voz, sino en la forma en que la sostenía. No era el miedo ni sumisión que ya me había mostrado. Era… contención. Como si se preparara para no temblar. Yo no respondí enseguida, todavía sentía en la piel los restos de la fantasía que me había atravesado hacía un segundo. Por un instante, agradecí la maldita sotana… porque si no la tuviera puesta, Helena habría visto exactamente lo que me provocaba: la erección dura, descarada, que me estaba tensando el cuerpo. Y no porque ella hiciera algo. Solo por existir a dos metros de mí. Qué jodida ironía: el disfraz de santo era lo único que impedía que me descubriera como el pecador más evidente de este puto pueblo. Ella levantó los ojos y por alguna razón, ese único segundo en el que nuestras miradas se cruzaron fue suficiente para que algo dentro de mí se moviera con un chasquido seco e irritante, como si la parte más primitiva de mi mente hubiera despertado de golpe, estirándose para tomar nota de ella. —No hice ruido —dije, manteniéndole la mirada. —No suelo necesitarlo para saber cuándo alguien me mira —respondió ella, suave, sin darse cuenta de la provocación… pero con una precisión que me dio a entender que sabía mucho más de lo que decía. Había una quietud peligrosa en esa respuesta, un tipo de inteligencia que no combinaba con la imagen de “santa del pueblo” que todos parecían vender. Helena no era ingenua, no era dócil y definitivamente no era la clase de mujer que bajaba la mirada ante un hombre que se imponía. Ella respiraba como quien ha aprendido a sobrevivir en silencio y eso no se aprende con rezos. Ella volvió la vista a los papeles, como si yo no fuese más que un murmullo lejano, una presencia irrelevante en la periferia. Si ella sabía cuándo la miraban, entonces también sabía exactamente cómo la estaba mirando yo… y aún así seguía ahí, quieta, ofrecida sin ofrecerse. La quería inclinada sobre esa mesa, con mi mano en su nuca y sus piernas temblándole mientras la abría a mi gusto; quería escuchar el sonido de su respiración rompiéndose contra mi boca, sentir cómo trataba de contener su voz mientras la hacía recordar que no tenía por qué fingir santidad conmigo. Me acerqué, lento, deliberado, como quien se inclina sobre algo que sabe que no debería tocar pero que igual va a reclamar porque ya es demasiado tarde para aparentar control. Fingí que era solo para revisar el registro, pero los dos sabíamos que no. —¿Qué haces exactamente? —pregunté, apoyando una mano en la mesa, lo bastante cerca como para sentir el calor de su brazo. —Inventario mensual —respondió—. Las donaciones, los gastos, las cuentas del orfanato… —¿Las manejas tú sola? —Sí. La respuesta me atravesó con un ardor extraño. Helena cargaba al orfanato, a los niños, a la iglesia… sola. Había algo admirablemente torcido en esa idea, algo que despertaba una mezcla incómoda de respeto y rabia. —Y… ¿dormiste? —se me escapó antes de pensarlo. Ella apretó la mandíbula un instante. —Sí. Mentía. Y además lo hacía mal. Y no debería importarme… pero me irritó igual. Me jodió demasiado. Abrí la boca para decir algo, seguramente algo que no tenía derecho a preguntarle, cuando una voz se coló en la habitación como un golpe húmedo. —Mi reina, ¿ya terminaste…? El barista. Entró sin pedir permiso, como si ese cuarto y esa mujer le pertenecieran. Como si yo no existiera. Como si el mundo fuera tan simple como caminar hacia ella y ocupar un espacio que no le correspondía. Y lo peor fue verla a ella. No se tensó. No se defendió. No levantó una muralla invisible como hacía conmigo. Él avanzó con una familiaridad que me revolvió algo en lo más hondo. No tenía miedo. No midió la distancia. No calibró sus movimientos. No hizo nada de lo que cualquier persona hacía cuando yo estaba en una habitación. —Traje lo que me pediste —dijo él, sonriendo como un idiota satisfecho—. Fui por buen café, no esa basura que te dan aquí. Y entonces... Helena le sonrió. Ese gesto, mínimo, suave, apenas una curva en los labios, me pegó en el pecho como si hubiera recibido un puñetazo por dentro. El aire se me quedó atorado, como si hubiera decidido encerrarse en mi interior. Ella nunca me había sonreído así. El hijo de puta dejó la bolsa sobre la mesa y se inclinó hacia ella, demasiado cerca, rozándole la mano con una intimidad tan ligera que casi podría haberse confundido con un accidente. Pero no lo fue. Y lo peor… ella no apartó la mano. Sentí un nudo de tensión subir por mi estómago y encajarse debajo de las costillas, una mezcla indecente de celos y peligro que no sabía categorizar. Y en el espacio exacto entre un latido y el siguiente, un pensamiento surgió sin filtro, sin razón, sin máscara: «Podría romperle el cuello aquí mismo. Rápido, limpio… casi elegante. Y sí, lo disfrutaría. No por él, sino por el silencio que dejaría atrás. Un ruido menos alrededor de Helena. Un estorbo menos respirando aire que no le pertenece.» —Gracias —susurró Helena. Él la miró como si ella fuera la única razón por la que se levantaba cada mañana. Una adoración ridícula. Le acomodó un mechón detrás de la oreja con una delicadeza que me pareció un insulto directo. Demasiado íntimo. Demasiado confiado. «Demasiado valiente, para su bien». Sin saber que un demonio dispuesto a engullirlo estaba justo frente a él. —Tienes frío —le murmuró, rozándole la mejilla como si tuviera derecho a tocar lo que yo llevaba apenas minutos intentando no imaginar con mis propias manos. El aire se me endureció en el pecho. El cuerpo se adelantó a la mente. Di un paso hacia ellos sin pensar. No fue amenaza; fue puro instinto, el mismo que siente un depredador cuando otro se acerca demasiado a su presa. Solo entonces me vio, mis labios se curvaron en una sonrisa en cuanto noté el cambio brutal en su postura. Los ojos se le oscurecieron, apretó la mandíbula, sus manos se volvieron puños a sus lados: ese tipo entendía perfectamente lo que representaba yo en esa habitación. No retrocedió, lo que casi, casi, le ganó un segundo de respeto, pero su cuerpo sí reaccionó. Se dio cuenta de que estaba frente a alguien que podía destruirlo sin parpadear. —Padre —dijo, con un tono neutro que no engañaba a nadie. En su voz había un “no quiero problemas”. En su mirada había un “sé que ya los tengo”. Y entre nosotros… estaba Helena. —Solo vine a dejarle lo que pidió —añadió, con esa voz forzada de quien intenta sonar tranquilo cuando ya entendió que estaba respirando en la boca del lobo. Entendí que Helena se dio cuenta de la dinámica entre los dos porque intervino demasiado rápido. —No pasa nada, Adri. Pero cuando ella le tocó el brazo, intentando tranquilizarlo… él le tomó la mano y la sostuvo. Lo hizo con delicadeza, como si fuera normal. Pero, mierda, no lo era. Algo chisporroteó en mi cabeza. No sé si era rabia o la voz mental diciendo que ahora tenía otro estorbo del que debía encargarme. O no sé si era… otra cosa. «Sigue tocándola y te entierro bajo esta iglesia.» —Deberíamos repasar las donaciones, Helena —dije, aún hablándole a ella, pero sin desviarme un milímetro del barista. Él era el objetivo. Ella, el impacto colateral. —¿La necesita ahora? —preguntó el idiota como si yo tuviera que pedirle permiso. —Sí —respondí sin suavizar la palabra. Ella retiró la mano de la suya despacio, sintiendo que el aire acababa de tensarse lo suficiente como para cortar la habitación en dos. Él la miró directamente, pero no con la amistad que quería aparentar. En sus ojos podía ver posesión, reclamo. Era un hombre que creía tener derechos. —Nos vemos más tarde —le dijo él, casi en un susurro privado. Y antes de irse, se inclinó… y le besó su mejilla, peligrosamente cerca de la comisura de sus labios. Un toque suave y corto, pero lo bastante real como para que mi visión se oscureciera por un instante. Helena cerró los ojos, como si ese gesto no fuera nuevo, como si ese contacto ya se lo hubiera ganado antes. Y cuando los abrió… me encontró a mí. ¡Qué conveniente! Justo cuando yo estaba al borde de perder la paciencia. Ya estaba sobrecargado: confesiones irrelevantes, hombres muertos, Emil masturbándose con ella y ahora... esto. Ese idiota llamándola “mi reina” y besándola delante de mí. Me crucé de brazos para no romperle el cráneo contra el borde de la mesa. Él salió finalmente, pero antes de cruzar la puerta, giró la cabeza y me sostuvo la mirada. Desafiante. Tozudo. Como si intuyera exactamente lo que yo era bajo esta sotana, como si entendiera que un hombre como yo solo se viste de santo cuando está planeando conquistar el infierno. Bien. Los depredadores siempre reconocen a otros. Y algunos mueren por eso. Cuando quedamos solos, Helena tragó saliva. —Lo siento… —murmuró, buscando justificar lo que no tenía justificación—. Adrian es… No terminó la frase, ambos sabíamos que no necesitaba hacerlo. Adrian era lo que fuera para ella y eso no debería importarme. Pero me importaba, aunque no tuviera el valor de admitirlo. —Si ya terminaste el inventario —dije más frío de lo necesario—, necesito que me muestres el archivo de gastos del orfanato. Ella asintió. Y justo antes de apartar la vista sentí que algo se movía bajo mi piel, algo que no tenía nombre pero sí dirección: hacia ella. No debería existir nada entre nosotros. Pero existía. Y era mío antes incluso de que yo lo aceptara. Y contra todo instinto, contra todo plan, contra toda lógica supe que si ese barista volvía a tocarla así… el próximo archivo que revisaría sería el de su acta de defunción. Y mientras ella apartaba la vista, fingiendo que nada había pasado. Yo sabía exactamente lo que había ocurrido… esto ya no era parte de la misión. Era parte del problema. Y peor aún…
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