Gavril
Salir de la sacristía después de aquel circo con el barista debería haberme dejado frío, concentrado, listo para trabajar.
Pero mi cuerpo no entendió la orden. Sentía el pulso aún alterado, la sotana me apretaba los muslos y algo más que estaba bastante insistente, recordándome a cada paso todos los pensamientos indecentes que había tenido minutos antes.
Helena salió delante de mí, caminando a paso rápido, rígida, como si deseara que el piso cediera bajo sus pies.
Podía notar el temblor leve en sus manos cuando acomodó los papeles contra su pecho. No era miedo, se estaba conteniendo. Una forma de no permitir que algo dentro de ella se desbordara. Yo conocía ese lenguaje. Había visto esa misma tensión en personas que habían aprendido a sobrevivir midiendo cada gesto.
La seguí sin hacerme notar, obligado por el papel que representaba, pero también por una necesidad que no podía comprender.
Intenté convencerme de que era simple estrategia. Vigilancia. Nada más. Mi cuerpo no entendió la mentira y se mantuvo un paso detrás de ella, como si su forma de caminar marcara un ritmo que, por desgracia, ya había memorizado.
No llegamos a dar diez pasos cuando las risas agudas de tres viejas emergieron como un enjambre.
—¡Padre Aleksandr! —chilló Ludmila, con una mantilla azul, corriendo hacia mí con una devoción que solo podía describirse como peligrosa—. ¡Qué bendición verlo tan temprano!
Me detuve por obligación. Helena hizo lo mismo, aunque la rigidez en su espalda me sugirió que preferiría evaporarse en el acto. Las otras viejas se acercaron sin miedo, sin límites y, por supuesto, sin ninguna intención de dejarme ir.
—Nuestro humilde pueblo necesitaba un guía nuevo —dijo la de la mantilla azul, tocándome el brazo—. Y mire qué hombre nos envió el Señor. Tan alto… tan serio… tan piadoso.
Antes de que pudiera responder, me tomó la mano entre las suyas, inspeccionándola sin pudor.
—Ay… tiene manos de trabajador —dijo, acariciando mis dedos—. Un sacerdote así mueve montañas.
«Sí, señora… montañas de cadáveres, pero no necesita saberlo… ¿O sí?»
Sonreí con una suavidad que había pasado horas ensayando frente al espejo y a Misha. Helena apretó la carpeta contra su pecho y bajó la mirada para ocultar una risa que no se animó a escapar.
«Mantén el papel, pedazo de mierda. Eres el cura. Aguanta.»
Sentí el impulso inmediato de alejarme, pero no podía permitirme ese gesto. Me limité a soltar sus manos y juntarlas a la altura del pecho con una expresión neutra, agradeciendo en silencio.
—Hemos decidido —continuó la mujer, inflando el pecho con exageración— que hoy le ofreceremos el almuerzo de bienvenida a nuestro humilde pueblo.
Alcé una ceja antes de poder evitarlo. Helena abrió la boca, al parecer dispuesta a negar la idea, pero la mujer la ignoró.
—Pondremos la mesa en el patio del orfanato. Así los niños también podrán conocer mejor a nuestro nuevo padre.
Helena se tensó aún más y dio un paso adelante, intentando interceder.
—No creo que sea necesario…
—Hija —la interrumpió Daria, palmeándole la mano como si fuese una niña—, al padre hay que recibirlo como corresponde.
Helena guardó silencio. Yo también. No por humildad, sino porque ninguna palabra me habría servido para escapar del desastre.
El papel de cura santo exigía una sonrisa ligera, así que la intenté. No sé qué expresión fabriqué, pero funcionó.
—Y antes del almuerzo —sonrió Katia, hablando con voz melosa— queremos pedirle algo muy especial.
Me enderecé por reflejo. Helena también lo hizo.
—¿Qué necesita? —pregunté con voz impecable.
—Nuestro pequeño Mateo nació hace dos semanas —explicó, con ojos brillosos—. Su madre está emocionada de que usted lo bautice mañana.
—Será un honor —respondí sin un solo titubeo.
«Perfecto. Voy a bautizar a un bebé. Ahora pasaré toda la puta noche viendo tutoriales en internet»
Helena llevó una mano a la boca para ocultar la sonrisa que casi se le escapó. Ese gesto me atravesó el pecho con una punzada absurda.
«Controla la cara, imbécil. El cura sonríe. No gruñe, ni mucho menos se queda mirando así a una mujer»
—Vamos, padre —siguió Katia —. Helena lo acompañará. Ella conoce el camino mejor que nadie.
Perfecto. Peor imposible.
—Claro —dije, con un tono que pretendía sonar agradecido, aunque por dentro gruñía.
«Un almuerzo con viejas y niños… Ah, y para rematar, con una mujer que me aborrece. Lo que me faltaba. Y mañana un bautizo con un recién nacido que lo único que sabe es chillar, comer y cagar. Una agenda maravillosa»
Las mujeres avanzaron, dejándonos espacio para caminar. Helena se mojó los labios antes de moverse, y ese gesto me atravesó como una corriente sutil que no supe explicar. Caminó sin mirarme, casi conteniendo la respiración.
Helena dio dos pasos, y aunque evitó mirarme, su mano rozó apenas el borde de mi sotana al pasar. Ella se apartó de inmediato, como si el contacto la hubiese sorprendido más a ella que a mí.
«No significa nada. Ni debería notarlo. Concéntrate, imbécil.»
Decidí mantener la distancia que marcaba la sotana, pero no pude evitar que mis pasos se alinearan con los suyos. No era intencional. Era ese maldito instinto de seguimiento que se activa cuando la mente intenta negar que algo importa.
Y a mí solo me importaba una cosa: recuperar mi lugar en mi familia y para eso debía cazar a Oracle.
En cada esquina, alguien saludaba a Helena. Ella respondía con sonrisas tímidas pero cálidas, discretas pero auténticas.
Todos la miraban con esa mezcla de respeto y cariño que uno solo reserva a quienes han sostenido al pueblo más de una vez sin pedir nada a cambio. Esa devoción tranquila hacia ella… no sé por qué me irritó.
«Brillante. Ahora también te molesta que respiren por ella. Contrólate.»
Cada una de esas sonrisas me golpeaba con una incomodidad que preferí clasificar como simple irritación.
«Sonríe para todos menos para mí. Excelente. Aunque odie que me ignoren, así debe ser.»
Pero esa frase sonó menos convincente de lo que me habría gustado.
Ludmila, Katia y Daria seguían delante, hablando entre ellas sobre recetas, manteles y bendiciones de no sé que mierda.
Helena ajustó el paso y yo la seguí, intentando no notar cómo la luz que entraba por las ventanas hacía brillar el mechón suelto junto a su sien.
No era mi asunto. No debía serlo. Pero algo en mí insistía en mirarla igual.
O eso debería haber sido.
Al llegar al patio del orfanato, tres niños salieron corriendo como si el aire mismo los empujara. Dos de ellos se aferraron a Helena con una sonrisa pintada en sus rostros. Ella se agachó de inmediato, rodeándolos con los brazos, murmurando sus nombres con una ternura que me incomodó presenciar.
Uno de los pequeños levantó la vista hacia mí. Tenía las mejillas sucias y los ojos demasiado brillantes.
—¡Hola, padre Aleksandr! —gritó, entusiasmado—. ¿Quiere jugar?
Abrió los brazos, lanzándose hacia mí con la inocencia de quien aún no había aprendido a temer. Mi columna se endureció como si hubiera recibido un golpe. Di un paso atrás, demasiado brusco para mi gusto, intentando disimularlo con un gesto vago de la mano.
—No ahora, hijo —dije, modulando la voz para que sonara tranquila y no me escuchara nadie más que él—. Estás… muy sucio. No quiero manchar la sotana.
El chiquillo se frenó en seco, con los brazos aún extendidos, pero con cara de horror. Los otros dos lo miraron con una mezcla de confusión y decepción.
—Pero… solo quería saludar… —murmuró casi en un sollozo.
Helena levantó la vista. Y sí, lo vio. Vio el paso atrás, el gesto que intenté disimular, la distancia fría que yo no pude suavizar.
Su mirada no fue una condena. Fue algo peor… fue una sentencia cargada de reproches. Pero detrás de eso, había algo más, algo que me desarmó por dentro.
«¡Maldición! Eres el cura, pedazo de mierda. Di algo amable.»
—Más tarde, hijo —añadí rápido, bajándome a su altura para arreglar el daño—. No quiero manchar la sotana porque aún no he podido mandar a hacer otra y más tarde debo oficiar la misa.
El niño sonrió un poco, todavía confundido.
«Bien. Eso estuvo mejor. Casi parezco humano.»
Las viejas aparecieron otra vez, como si estuvieran sincronizadas para interrumpir cualquier intento de normalidad.
—Padre, siéntese aquí —ordenó Ludmila, señalando una mesa larga con tablones gastados—. Helena, hija, ponte a su lado. El padre debe sentirse acompañado en su primer almuerzo.
«¿Acompañado? Si me acompañan más, termino canonizado de oficio.»
Me senté, porque no tenía alternativa.
Helena se ubicó a mi derecha, cuidando una distancia prudente que sus hombros apenas conseguían mantener cuando los niños insistían en buscar su atención. La mesa era un mosaico de platos humildes, pan casero, sopas y frutas que parecían haber sido escogidas con una devoción exagerada.
—Es un honor para nosotros tenerlo aquí, padre —dijo una de las viejas, con voz encantadora—. Helena siempre ha sido un ángel para este pueblo. Usted verá que es nuestra joya más preciada.
Ella bajó la mirada, incómoda. Yo mantuve el semblante neutral, aunque por dentro mi mente procesaba cada palabra con una precisión que no tenía nada de piadosa ni de inocente.
—Hacen bonita pareja —añadió Daria sin filtro—. Perdón, perdón… lo dije sin pensar. Es solo que… si usted no fuera sacerdote... Nada. Cosas de vieja, es que se ven tan armoniosos.
Helena tosió con violencia. Yo apreté los dientes tanto que escuché crujir la mandíbula.
«Armoniosos. Perfecto. ¿Por qué no nos casan aquí mismo? Respira, idiota. No te salgas del papel de santo en celibato.»
Helena ladeó el rostro, evitando mi mirada. La línea suave de su cuello se tensó con un rubor leve. Y yo, que no debería haberlo notado, lo noté todo.
«No mires, Gavril. No la mires así.»
—No somos… no es… —balbuceó Helena, roja hasta las orejas.
Las mujeres se rieron con suavidad, como si hubieran visto un gesto adorable.
—Ay, hija, tranquila —dijo una—. Fue un comentario inocente. Al padre no le importará.
Oh, sí. Me importó. Más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sentí un calor extraño extenderse bajo la piel, como si algo en la frase hubiera activado un mecanismo que yo no quería ni tocar.
No era deseo. No era interés. No era nada.
Solo una reacción fisiológica al contexto. Un reflejo primario de territorialidad humana.
«Controla tu mente y tu amigo de en medio. No pienses estupideces.»
Pero la imagen regresó igual: Helena, sentada a mi lado, mirándome de forma que no miraba a nadie más. Una fantasía que apareció sin permiso, demasiado específica para ser accidental.
Desvié la mirada hacia la puerta del orfanato. Necesitaba retomar el control. Aunque imaginaba mi mano deslizándose bajo la mesa, recorriendo sus muslos, mis dedos entrando en su cuerpo mientras ella gemía sin pudor y sin vergüenza mi nombre.
«¡Mierda, qué retorcido eres!».
Pero esa puto sancocho de pescado, junto al ají que aún ardía en mi lengua tenía mis hormonas descontroladas y mi amigo a punto de estallar.
«De verdad los curas, soportan tanto… o el celibato es solo una palabra acomodada para encubrir sus perversiones y darse permiso para tirarse todo lo que se les ponga por delante».
Cuando por fin terminó el almuerzo —después de escucharlas bendecir desde la sopa hasta el salero—, Helena reunió los platos sucios con rapidez, como queriendo desaparecer del radar de todos. Me levanté, aprovechando una pausa conveniente.
—Necesito —dije, buscando la excusa perfecta— que me muestres los gastos del orfanato. Para familiarizarme con la administración.
Ella levantó la vista, sorprendida, y por primera vez en toda la tarde, la vi dudar. No de mí. De ella. De lo que estaba sintiendo o evitando sentir. Su respiración se alteró y un mechón suelto cayó sobre su mejilla. Levantó la mano para acomodarlo, pero se detuvo a medio camino, como si algo en el gesto hubiese despertado demasiada conciencia.
Asintió.
La seguí hacia la sala de almacenamiento. Cada paso que daba marcaba un pequeño compás en mi oído. Ella abrió la puerta con una llave que llevaba colgando al cuello. El sonido del metal me pareció innecesariamente íntimo.
—Aquí es —musitó, sin mirarme.
No necesitaba hacerlo, su voz cargaba suficiente tensión para llenar la habitación.
Cruzamos y la luz tenue de la lámpara apenas alcanzaba a iluminar la mesa. Ella dejó los papeles con cuidado, moviéndose a unos casilleros para sacar algo.
Me quedé a su espalda un instante más del que debía, observando cómo sus hombros subían y bajaban con una respiración que intentaba controlar. No tenía derecho a mirarla así. Tampoco tenía el mínimo interés en dejar de hacerlo.
«No estás aquí por ella. Estás aquí por la misión. Nada más.»
Me acerqué un paso. Luego otro.
—Comencemos —dije.
Ella tragó saliva.
Y aunque ninguno de los dos lo dijo, ambos sabíamos que lo que había empezado en la sacristía no había terminado en el almuerzo.
Pero…