Capítulo 11: Inventario de sombras

2113 Palabras
Helena El resto del día la pasé intentando convencerme de que no había nada extraño en lo que había ocurrido en la sacristía o en el almuerzo. Fallé miserablemente. La mirada del padre Aleksandr había quedado clavada en algún lugar entre mis omóplatos y la nuca, como si siguiera ahí incluso después de haberse ido. No era una mirada piadosa, ni amable, ni profesional. Era… otra cosa. Algo que no debía ni quería reconocer. Cerré la carpeta del inventario y la llevé conmigo mientras cruzaba el pasillo hacia la sala de almacenamiento, donde guardábamos todo: ropa donada, velas a medio usar, cajas viejas con etiquetas escritas por el sacerdote anterior. El aire allí siempre era más frío. Y más honesto. Puse las carpetas sobre la mesa central, prendí la única lámpara que funcionaba sin parpadear y respiré hondo. Tenía que ordenar el caos contable del último mes. La misa de ayer había consumido casi todos los fondos del orfanato, y si no ajustaba los gastos hoy, mañana volveríamos a empezar con la incertidumbre de siempre. Saqué la laptop vieja del cajón. Era un aparato lento, pesado, con la carcasa rayada. Emil me la había regalado hace dos años, cuando él se compró una mejor. Yo la había aceptado con gratitud, para no estar cargando la mía desde casa todos los días, aunque después me arrepentí: él casi siempre encontraba excusas para venir a “ver si funcionaba bien”. Aun así, la laptop era útil. La encendí y esperé. Tardó casi diez minutos en arrancar, como si también supiera que yo quería demorar lo inevitable. Pero mi mente no esperó. No. Regresó directamente a la sacristía. Se fue a ese momento exacto en que Adrian se me acercó un poco más de la cuenta… justo cuando él, el padre Aleksandr, estaba frente a nosotros. El padre ni siquiera parpadeaba. Tenía la mirada fija, esa presencia que llenaba cada rincón sin decir una sola palabra. Adrian también lo sentía, lo podía ver en cómo respiraba. —No hagas eso delante de él —murmuré, sin mover los labios. Adrian bajó la mirada hacia mí y contestó igual de bajo, con la mandíbula tensa. —¿Del cura nuevo? Apenas asentí, sin que el sacerdote pudiera notarlo. La expresión de Adrian cambió, se volvió seria, alerta. Un gesto que pocas veces le veía, reservado solo para cuando entendía que algo no estaba bien. —Ese tipo no te mira como sacerdote, amiga —susurró—. Te mira como… otra cosa. Sentí un nudo en el estómago. No porque estuviera equivocándose. Sino porque él acertaba cada vez que decía algo como eso. —Por eso, no le des ideas… —le devolví el susurro. —Ese hombre ya las tiene. Y no son las ideas de alguien que lleve una sotana puesta... Y ahí, justo ahí, lo sentí. Una corriente fría en la nuca. No por Adrian sino por él. Por la mirada del padre Aleksandr clavándose en mí como si hubiera escuchado algo que no debía… aunque no lo hubiera hecho. Una parte de mí sabía que lo habíamos provocado. La otra parte… sabía que no era buena idea hacerlo. La laptop terminó de encender, pero la sensación cálida en mi pecho no se apagó. Escribí la contraseña con las manos todavía frías. El sonido de las teclas, del viejo y áspero teclado, siempre me tranquilizaban. Hasta que escuché pasos. No eran pasos rápidos ni torpes. Eran pasos medidos y pesados. De alguien que sabía exactamente dónde poner el pie para dominar cualquier espacio. El padre Aleksandr apareció en la puerta, con la sotana negra cayéndole en líneas perfectas, rompiendo el polvo y la quietud como si ese cuarto hubiese estado esperándolo. Mi estómago se cerró sin pedir permiso. —Necesito los archivos del orfanato —dijo sin preámbulos. Siempre hablaba así: sin adornos, sin pausa, sin esa suavidad que casi todos usaban conmigo. Era extraño… y perturbadoramente directo. Le señalé la mesa. —Estoy ordenándolos ahora —dije, haciendo un esfuerzo para sonar normal. Él entró. No caminó: invadió. Su presencia llenaba el espacio como si el aire tuviera que reajustarse cada vez que respiraba. Se colocó del lado opuesto de la mesa, apoyando las manos sobre la madera con una fuerza innecesaria. La lámpara tembló. Su mirada bajó a la laptop. —¿Eso funciona? —Sí —respondí. —Parece que va a explotar en cualquier momento. —Lo hace desde que me la dieron —dije con una sonrisa que no sé por qué dejé escapar. Él no sonrió. Solo me observó como si esa pequeña curva en mis labios fuera un dato que debía guardar para más adelante. —¿Quién te la dio? —Emil —respondí—. Cuando actualizó su equipo. El silencio que siguió casi me hizo mirar los bordes de la mesa para asegurarme de que no la estaba rompiendo con las manos. —Claro —murmuró, con el tipo de tono que sugiere que ese “claro” no tenía nada de claro. Deslicé hacia él la carpeta de gastos. —Aquí está todo —dije. Él no la tomó. En cambio, se inclinó un poco más hacia adelante. No lo suficiente para invadirme físicamente, pero sí lo suficiente para que el espacio entre nosotros se tensara como un hilo listo para romperse. —Tu amigo se preocupa mucho por ti —comentó, como si estuviera probando una hipótesis. La palabra amigo me rozó la piel y me dejó una sensación rara y desagradable, como si ella misma supiera que no encajaba en ningún lado. —Es… atento —respondí simplemente. —Lo noté —replicó, sin apartar la vista. Una frase. Dos palabras. Y sentí como si me hubiera atravesado un bisturí frío en el estómago. No supe qué responder, así que volví a la laptop. Revisé números, anoté faltantes, marqué facturas. Era obvio lo que estaba haciendo, intentando ignorarlo. Pero lo más frustrante es que no podía. Su presencia era como un murmullo insistente en mi nuca. No importaba cuánto me concentrara en el inventario, su forma de observar me hacía perder el hilo una y otra vez. —Falta dinero aquí —dijo de pronto. Casi salté de la silla. —Sí. El mes pasado tuvimos que comprar medicinas para Irina. Y Emil no pudo reparar la caldera del dormitorio de los pequeños sin repuestos nuevos. —Ese amigo también hace muchas cosas por ti —repitió. Era una afirmación, no una observación. —Por el orfanato —corregí con calma. Él ladeó la cabeza, podía ver el fuego en sus ojos, ese que me decía que ni Adrian ni Emil eran de sus favoritos... si es que los tenía. —Lo que sea —dijo. No sonaba a indiferencia, era más bien irritación. Me incorporé un poco. —¿Quiere revisar el archivo usted mismo? Él bajó la mirada hacia mí. No a la laptop. No a los papeles. A mí, a mi cuello, a ese pequeño espacio de piel que la blusa que me puse dejaba ver. Esa mirada tenía algo que no había visto antes: presión, análisis, algo parecido a… desconcierto. Y por un instante, por un solo instante, sentí que le faltaba el aire igual que a mí. —No —dijo volviendo la mirada a mis ojos—. Confío en tu criterio. Fue una frase tan inesperada que tuve que parpadear. «¿Confía… en mí?» No lo parecía. Y sin embargo… ahí estaba. El silencio estaba más espeso entre nosotros, tanto que podía escucharlo latir. Entonces, como si algo lo hubiera vuelto a ajustar internamente, él tomó una de las carpetas. —Quiero que me muestres el registro de los alimentos del último trimestre —ordenó, con esa voz grave que arrastraba cosas que no sabía desentrañar. Le alcancé el cuaderno, pero en ese movimiento, rozó mis dedos sin querer y el contacto fue tan intenso como un choque eléctrico. Retiré la mano de golpe, pero él la mantuvo en el lugar. Nadie dijo nada. La tensión se acumuló, densa, casi física. No era atracción ni odio, tampoco era miedo… era algo más… Era algo que se parecía demasiado a un puente que no debía existir. Uno que se rompía… o se cruzaba. No me atreví a analizar cuál de las dos posibilidades me daba más vértigo. Él abrió la carpeta, caminó por la sala y comenzó a leer con una intensidad exagerada, como si lo que buscara no estuviera en los números, sino en mi reacción. Me di cuenta de que estaba estudiándome. Claramente, sin pudor. Y el problema era que yo también lo estudiaba, lo analizaba y buscaba grietas en él. La forma en que apretaba la mandíbula. La tensión en los tendones del cuello. La manera en que sostenía el cuaderno, como si fuera capaz de romperlo si decidía hacerlo. Vi que respiraba hondo antes de cada pregunta, como si intentara contener algo más que curiosidad... quizás irritación, rabia, o algo mucho peor. —¿Estás bien? —preguntó de repente. —Sí —respondí—. ¿Por qué no lo estaría? —Tienes los hombros tensos. Me quedé helada. Él no debía notarlo. Nadie lo notaba nunca. —Fue una noche larga —dije, intentando restarle importancia. —Me imagino que sí —respondió. Y lo dijo como si hubiera estado ahí. Tragué saliva. No pude evitar pensar en la forma en que lo había mirado hoy, en esa línea fina entre amenaza y… otra cosa. Me obligué a volver al cuaderno. —¿Quiere que haga un reporte completo de los gastos? —No —dijo—. Quiero que descanses. ¡Dios mío! ¿Qué le pasaba? Cada vez que abría la boca me dejaba sin palabras. Ni siquiera entendí si estaba siendo amable o me estaba ordenando algo. —No necesito descansar. —Mentira —dijo con una convicción tan brutal que me atravesó de arriba abajo—. No dormiste nada, y te quiero funcional. Abrí la boca para negarlo, pero él levantó la mirada y me sostuvo la expresión... pero yo no pude sostenerla. Miré el escritorio. Sus pasos rodearon la mesa. Una, dos, tres zancadas y estaba a mi lado. El aire cambió, se volvió más caliente y más pesado alrededor mío. Él no me tocó, pero se inclinó justo lo suficiente como para que su respiración rozara la parte sensible de mi cuello. Sentí el calor de su pecho a centímetros de mi espalda… tan cerca que mi piel reaccionó antes que mi mente. Un cosquilleo subió por mis piernas, una corriente de calor que se acumuló entre ellas sin pedir permiso. Tuve que apretar los muslos, discretamente, para contener la sensación. Era ridículo y demasiado inútil. Mi cuerpo lo había decidido sin consultarme. Cuando habló, su voz pasó tan cerca de mi oído que me recorrió un escalofrío: —Estás cansada —susurró—. Y cuando uno está cansado, deja que ciertas cosas lo afecten más de lo que deberían. No era una advertencia ni un reproche. Era… un hecho. Uno que me atravesó con una claridad visceral. Mi mente intentó reaccionar, pero mi cuerpo se había rendido ya. No pensé en el inventario, ni en Emil, ni en Adrian, ni en las montañas de trabajo acumulado. Pensé en él. En lo fácil que sería girar la cabeza y encontrar sus labios. En lo natural que sería inclinarme un poco y… «Hace tanto… tanto que nadie me hace sentir así…» El pensamiento me golpeó con la misma fuerza que el deseo. Y tuve que cerrar los ojos un segundo para controlarme. «No, Helena. Calma esas hormonas.» Aun así, no me moví, no recuperé el espacio. No quise hacerlo. Mi respiración se mezcló con la suya en un punto demasiado íntimo para ser un accidente. —Termina después —dijo. —Tengo que entregarlo hoy. —No —respondió él, con una firmeza que parecía incuestionable—. Lo terminarás cuando puedas. No antes. Me quedé congelada... Ese tipo de frases solían partirme en dos. No por el contenido sino por el tono. Porque me recordaban demasiado a alguien. Pero él no era Andrei. Él era… mucho más peligroso. Retrocedió un paso, pero eso no rompió la tensión. —Nos vemos más tarde —murmuró. Salió del cuarto sin esperar respuesta. Y yo me quedé con la laptop abierta, la carpeta a medio llenar, el corazón desordenado, y la terrible sensación de que él no necesitaba tocarme para mover cosas dentro de mí que llevaba mucho tiempo encerradas bajo llave. Me llevé una mano al pecho. «No otra vez…»
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