Capítulo 12: Humo en los cables

2415 Palabras
Gavril Oracle no solo había matado a mi padre. Lo peor era que lo había hecho sin estar en la misma habitación. Sin tocarlo. Sin siquiera estar en la misma ciudad. Solo con cables, códigos y brillitos de luz. Por eso, cada vez que abría una laptop y miraba una pantalla, no veía números: veía humo. El humo de los restos de lo que había sido Arkadi Markov. La computadora portátil que Misha había instalado en mi “despacho” era lo único en este pueblo que no parecía de museo. Un contraste grotesco con la madera vieja, el crucifijo torcido y los libros litúrgicos con olor a polvo. La pantalla iluminaba mi cara en tonos azules mientras las líneas de código se deslizaban. Registros, logs, rastros que Oracle había dejado sin querer. Nadie es perfecto. Ni siquiera un fantasma digital. —Repite el corte de hace un año —murmuré, más para mí que para él. Misha estaba sentado a mi izquierda, en la misma silla incómoda de siempre, con la chaqueta medio abierta y una expresión de niño en clase de matemáticas. —¿Otra vez? —se quejó—. Ya vimos ese ataque mil veces. —Y mil veces seguirás viéndolo hasta que encuentres lo que se nos escapó —respondí sin mirarlo. Tecleé un comando más, la pantalla se llenó de direcciones, rutas. La noche en que mi padre se desplomó tenía la forma de una secuencia de números y puntos. Un conjunto de bancos colapsó. Canales de comunicación se cayeron. Transferencias se redirigieron. Alarmas internas fueron silenciadas antes de que pudieran avisar a nadie. Eficiente, frío y elegante. Aborreciblemente familiar. —Aquí —dije señalando la esquina de la pantalla—. En este paquete. Misha se inclinó hacia adelante, frunciendo el ceño. —Es un rebote normal —alegó—. Pasa por cuatro nodos antes de llegar al servidor. —No. —Amplié la línea, separando cada salto—. El tercero. Hubo un silencio breve mientras sus ojos recorrían los datos. —¿Eso es…? —Hundió la lengua en la mejilla—. ¿Un proveedor local? —Sí. —Mi voz sonó demasiado tranquila para lo que sentía—. Y no uno cualquiera. La ruta dejaba claro el recorrido: redirigido por varios países, enmascarado con VPN, oculto tras capas de basura técnica… y aun así, el rastro final… pasaba por una empresa que proveía servicio a esta zona del país. Hace años, Oracle había testeado algo usando infraestructura que ahora alimentaba este pueblo de mierda. —Pudo ser coincidencia —dijo Misha, aunque ya sabía que yo no creía en eso. —Pudo —asentí—. Pero no lo fue, además no lo habíamos visto... Amplié otra ventana, comparando los patrones más recientes con lo antiguo. Oracle había movido dinero y silencio durante años. Pero hacía un tiempo que los cortes se volvían más… cuidados y menos ostentosos. Como si alguien hubiera cambiado de estilo o como si funcionara con menos recursos. —Y ahora, mira esto —añadí, abriendo una carpeta cifrada. Misha silbó en cuanto vio el encabezado. —¿De dónde sacaste estos registros? —Del último banco que casi se desploma antes de que llegáramos a un arreglo —contesté—. Oracle los tocó por cinco minutos. Nadie lo vio, nadie lo sintió. Pero dejó marca. Superpuse dos pantallas. La vieja, la de la muerte de Arkadi. Y la más reciente, de un ataque frustrado. Misma secuencia al iniciar, mismo patrón de prueba. Pero había una diferencia: —El rebote intermedio —dije—. No existía en el primer ataque. Un servidor de paso, técnicamente irrelevante, de baja capacidad. Pero repetido tres veces en los últimos movimientos de Oracle. —¿Dónde está eso? —preguntó Misha, esta vez serio. —Empresa de telecomunicaciones regional. —Tecleé un par de comandos, abrí un mapa—. Y adivina quién es uno de los técnicos que instala antenas, routers y revisa señales para esta red en particular. El nombre emergió en la pantalla como una broma pesada. Emil Laskov. Solo pensé en el bolso cruzado, en la laptop, en la cara demasiado tranquila de un hombre que se cree útil y con una apariencia inofensiva. Y recordé como se sentía el dueño de una mujer que no le pertenece. —No te adelantes —dijo Misha, alzando las manos—. Pudo ser cualquiera en la empresa. —Claro —murmuré—. Cualquiera de los cientos de técnicos anónimos, o el idiota que vive justo en el pueblo donde aparece cada maldito punto de emisión. Misha me miró de reojo. Sabía que ya había cruzado la línea entre análisis y obsesión. Esa línea la cruzaba siempre, con gusto. —¿Sabes qué es lo que más me molesta? —pregunté cerrando la ventana del mapa. —Que se cree buen tipo porque arregla Wi-Fi gratis —respondió con algo de sarcasmo. —Que pudo haber ayudado a matarlo usando los mismos cables con los que ahora mantiene conectado el orfanato y todo el maldito pueblo... Principalmente a Helena. Fue la primera vez que mencioné su nombre en voz alta desde el confesionario. Como si la boca se negara a unir esos dos mundos: la mujer que temblaba al hablar de un hombre muerto… y el fantasma que había roto todo lo que yo tenía. Misha se recostó en la silla, dejando que se balanceara hacia atrás. —Mira, jefe… tiene sentido que sospeches. El tipo encaja: formación técnica, acceso, posición perfecta para esconder cosas. Pero no tenemos ninguna prueba directa. Así que mientras tanto es solo un imbécil bondadoso. —Todavía —puntualicé. —Todavía —repitió él, resignado—. ¿Qué quieres que haga? Se lo estaba buscando desde hacía rato. —Su laptop —dije—. Quiero saber qué hace cuando no está reparando routers delante de sus vecinitos. —¿La del bolso? —preguntó Misha, con un gesto de fastidio—. Esa cosa que lleva colgada hasta para ir al baño. —Esa —confirmé. —Claro, algo fácil… ¿Quieres que te consiga también su alma embotellada y su historial de fantasías sexuales, ya que estamos? No pensé demasiado. El comentario de Emil en el confesionario cruzó mi mente como una ráfaga: “Me he tocado pensando en ella”. Mi mano se movió sola. Le di un golpe seco en el hombro con los nudillos, lo bastante fuerte como para que se quejara, no lo suficiente como para dejarle algo roto. —Ay —protestó, llevándose la mano al lugar del impacto—. ¿Se supone que eso es caridad cristiana? —Se supone que eso es para que recuerdes tu función —respondí—. Te pago para que rastrees fantasmas, no para que te burles de ellos. —No me pagas desde que te pusiste a jugar a cura —se quejó en voz baja. —Entonces considéralo una obra benéfica —repliqué—. Quiero esa laptop, Misha. Clonada, copia espejo, lo que puedas sacar. —¿Y si no la suelta ni dormido? —Entonces haz que la suelte… al menos mientras va a cagar —dije, mirándolo con calma—. Nada que no hayas hecho antes. Él suspiró. —Está bien, está bien. Veré qué puedo hacer. Quizás me ofrezca como ayudante gratis, le lleve herramientas, reímos, tomamos café, y en algún momento… mi torpeza natural hará que se caiga la mochila y cambie de contenido. Como en los viejos tiempos. —Solo no lo mates —aclaré. —Todavía —sonrió. No respondí. No porque no tuviera réplica, sino porque una parte de mí estaba segura de que ese final me tocaba dárselo a mí. Volví la vista a la pantalla. El patrón del ataque seguía palpitando en los registros como un corazón muerto que se negaba a dejar de latir. Algo más me molestaba. Algo pequeño, pero insistente. —¿Qué es? —preguntó Misha, al notar que me quedaba clavado en un punto del gráfico. El cursor parpadeaba sobre uno de los primeros accesos que se habían detectado años atrás. Una intrusión leve, casi una prueba, dirigida no a un banco ni a una cuenta… sino a un servidor de caridad. —¿Sabías que Oracle probó su técnica primero con una fundación de ayuda humanitaria? —pregunté. —Me lo dijiste —respondió—. Movió dinero de un lado a otro, nadie lo notó hasta meses después. —Ajá. —Amplié los metadatos—. Y el correo de recuperación de ese servidor, el de la cuenta que alguien dejó como respaldo, era de una parroquia. Misha se inclinó. —¿Aquí? Negué. —No en otra ciudad, bastante cerca. —Cerré la ventana de golpe—. Pero el patrón se repite. Iglesias, donaciones, orfanatos. Oracle parece tener debilidad por la gente que juega a salvar almas. La ironía no se me escapó. Yo me había enterrado de lleno en la misma estructura que ese fantasma parecía disfrutar usar de escudo. —¿Crees que Helena sabe algo? —se atrevió a preguntar Misha. Lo miré con una calma tan afilada que un hombre más prudente se habría arrepentido de abrir la boca. —Creo —dije despacio— que si supiera algo, tú no seguirías respirando tan tranquilo después de haber intentado averiguarlo. Él volvió a levantar las manos, en señal de rendición. —Solo pregunto. Es evidente que la mujer es… importante para este lugar. Para este lugar. No para mí. Para mí no era nada. Solo un error incómodo en la lógica que debía mantener mi mente enfocada en una sola cosa: Oracle. Y sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, la imagen que aparecía no era un rastro de código ni la cara de mi padre cayendo al suelo. Era el cuello de Helena bajo mi boca, la tensión de sus hombros, la forma en que se había quedado quieta cuando me acerqué demasiado en la sala de almacenamiento. La manera en que había apretado los muslos por mi cercanía, creyendo que yo no lo vería. «Deja eso», me ordené. No funcionó. —Estás distraído —dijo Misha, como si leyera mis pensamientos. —Estoy trabajando —lo corregí. —Estás pensando en la Santa Helena del pueblo —insistió, porque le gustaba coquetear con su propio funeral. Cerré la laptop de golpe y el sonido lo hizo dar un pequeño salto. —Si vuelves a decir su nombre con esa sonrisa —advertí—, no tendrás que preocuparte más por tus pecados pendientes. —Vale, vale —masculló—. Pensaré solo en Emil, lo prometo. —Haz eso —dije, levantándome de la silla. Los músculos protestaron, llevaba demasiado tiempo encorvado. Me acerqué a la ventana para despejar la cabeza. El vidrio estaba ligeramente sucio, como todo en esa iglesia. Desde ahí se veía el patio trasero y el camino que bajaba hacia el portón principal. Misha se acercó en silencio a mi lado. Noté cómo su cuerpo cambiaba de postura, alerta sin decirlo. —Bueno —dijo al fin, con un tono que no me gustó—. Hablando del diablo con bolso… Seguí su mirada hacia el exterior. Helena salía por la puerta lateral de la iglesia. Tenía la laptop vieja en una mano y una carpeta de papeles en la otra. El cabello recogido, la falda sencilla, la chaqueta gastada. Y sin embargo, el mundo pareció reordenarse alrededor de su figura. A su lado, Emil. Con su bolso cruzado al pecho, como siempre. Le estaba diciendo algo, porque ella sonrió, una de esas sonrisas pequeñas que yo ya había aprendido a odiar cuando no iban dirigidas a mí. Él la ayudó a ajustar la correa de la laptop en su hombro, y ese gesto mínimo fue suficiente para que mi mandíbula se tensara hasta dolerme. —Interesante dupla —comentó Misha, en voz baja. —¿A dónde van? —pregunté, aunque la respuesta era obvia. —Probablemente a tener una cena romántica bajo la luz de la luna. —Misha se encogió de hombros y yo volví a golpearlo—. ¡Ay! Deja de hacer eso. Algo escuché de que iba a revisar la instalación de red de su casa. Que quería mejorar la conexión. La coartada perfecta para acercarse a ella. —Llévate el coche —dije sin apartar la vista—. Te vas a adelantar y vas a buscar algún lugar desde donde puedas ver su casa sin que te vean. —¿Y la laptop de Emil? —Quiero ambas. —Mis ojos siguieron el movimiento de Helena cuando bajó el escalón, Emil a su lado, demasiado cerca—. La de él y la de ella. —¿La de ella? —se sorprendió—. Pero esa porquería debe tener solo recetas de sopa y facturas del gas. —O no —repliqué—. Oracle tiene fetiche con fundaciones y cuentas de caridad. Si alguien lo ha ayudado desde este pueblo, lo más probable es que haya usado una estructura así. Misha chasqueó la lengua. —Y si no hay nada… —Entonces sabré que Helena está limpia —dije—. Y podré concentrarme en partirle la cabeza al técnico. No aclaré cuál de las dos posibilidades me inquietaba más. Misha se apresuró a salir. —De acuerdo. Me adelanto. ¿Y tú? Helena y Emil ya se dirigían al portón. Él le abrió la reja, como si hubiera nacido para ese papel ridículo de caballero de pueblo inútil. —Yo —respondí— voy a recordarles que el sacerdote también se preocupa por el alma de sus corderos. Tomé las llaves del despacho, ajusté el collar clerical y caminé hacia la puerta. —Y, de paso —añadí con una sonrisa que no tenía nada de santa—, tal vez consiga que ese hijo de puta me entregue su laptop con sus propias manos. Misha soltó una carcajada baja. —Amén —dijo. Yo no le seguí el juego. Pero mientras seguía con la vista a Helena y Emil alejándose juntos, supe que algo se había vuelto inevitable: ya no estaba cazando solo a un fantasma en los cables. Estaba persiguiendo humo que empezaba a tomar forma humana. Y si al final esa forma resultaba estar demasiado cerca de ella…
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