Capítulo 13: El límite de un santo

2083 Palabras
Gavril Seguí a Helena y a Emil a una distancia prudente, aunque prudencia no era la palabra adecuada para describir mi estado. Era una cuerda tensa atada al pecho, tirando cada vez que ese imbécil se acercaba demasiado a ella con sus manos de pulpo, queriendo tocarla. La calle estaba casi vacía. La noche estaba gris, el viento apenas movía los árboles y el olor a tierra mojada anunciaba que pronto llovería. El tipo caminaba con el bolso cruzado como si cargara un órgano vital adentro, listo para un transplante. No exageraba: si lo mataba en ese instante, lo más probable es que muriera abrazado a esa mochila como una madre a su recién nacido. Helena avanzaba a su lado, con la carpeta apoyada contra el pecho, algo que había notado que hacía cada vez que estaba nerviosa, y su cartera colgando del hombro. Emil caminaba medio inclinado hacia ella, como si quisiera ocupar su espacio personal sin lograrlo del todo. Y ella… mantenía la distancia de forma casi inconsciente, un paso más atrás cuando él se acercaba medio paso más. «Alerta» pensé, sonriendo «Buena chica. Así me gusta» Llegaron a la casa de ella. La reja era simple, pintada con una capa vieja de esmalte blanco, y detrás el sendero angosto lleno de hojas secas. Un lugar tranquilo, aunque demasiado expuesto. Emil intentó adelantarse para abrirla como si estuviera representando una obra mediocre sobre caballerosidad. Helena le agradeció con una sonrisa tensa, la clase de sonrisa que una mujer da cuando no quiere parecer descortés pero tampoco quiere dar un mensaje equivocado. Él no lo entendió. Se quedó parado ahí, sosteniendo la reja abierta, inclinado hacia ella. Le decía algo que no pude escuchar, pero el tono era demasiado suave para mi gusto. Su cabeza bajó un poco, intentando capturar su mirada, y ella se apartó. Esa mínima inclinación me bastó para saber que ese hombre ya había cruzado líneas sin darse cuenta. O sin importarle. Ella dio un paso dentro del terreno. —Gracias por acompañarme —dijo, lo suficientemente claro para que yo lo escuchara desde la sombra del árbol donde estaba apoyado. —No fue nada —respondió él—. Puedo entrar un momento, si quieres. Podríamos tomar un café, ya sabes, recordar los tiempos de la secundaria... «Dios mío, sé que soy un hipócrita al hablarte ahora, pero de verdad necesito paciencia para no cruzar la calle y darle un tiro a ese imbécil» Helena negó con suavidad y aun así se sostuvo con una firmeza, que parecía que lo hubiera hecho muchas veces antes. —No hace falta. Estoy cansada y la verdad prefiero descansar. —Solo un minuto —insistió Emil, y dio medio paso hacia adelante. El mismo que yo di antes de darme cuenta. Fue ahí cuando Helena levantó una mano, impidiéndole avanzar. El gesto sutil, pero tan claro como un portazo. —No, Emil —dijo con una calma que no esperaba—. Nos vemos mañana, ¿sí? Él se quedó quieto un instante, mirándola como si no hubiera entendido. Luego su expresión cambió. No a molestia, al menos no abierto. Empeoró: a esa frustración contenida que tienen algunos hombres cuando creen que la vida les debe algo. Se inclinó hacia ella. Demasiado cerca. Su sombra casi la cubrió. —Entiendo… —murmuró con una sonrisa tensa—. Pero no voy a rendirme. Ya lo verás. Tú necesitas a alguien que… Helena retrocedió un paso sin darse cuenta. A mí se me tensó la mandíbula. «A alguien que… ¿qué? ¿Qué te pertenece? ¿Qué te agradezca por existir? ¿Qué acepte tu insistencia como destino? Di otra puta palabra más y juro que te arranco la lengua.» Pero no intervine, respiré hondo unas cuantas veces para calmar mi instinto homicida. Ella tomó aire, erguida y controlada. —Buenas noches, Emil. Y ahí cerró la conversación. Giró hacia la casa y caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Emil se quedó mirando cómo se alejaba. Yo también. Pero por razones muy distintas y con una extraña sensación en el pecho que reconocí al instante: orgullo. Retorcido sí, pero orgullo al fin. Ella entró. La puerta se cerró. La luz del interior se encendió segundos después. Y Emil siguió ahí, quieto, aferrado a su bolso como si fuera la única cosa que lo mantenía en pie. Su respiración subió un poco de ritmo. Podía verlo incluso desde donde estaba escondido: ese temblor en los hombros, esa rigidez desagradable de la mandíbula y sus manos sudorosas pegadas a la mochila. No le gustó que ella lo detuviera. No le gustó para nada. «Pero es lo que te tocó, maldito hijo de puta. Da la maldita vuelta antes de que me hagas cometer un asesinato a plena luz del día». Se llevó una mano al cabello y la apretó, jalándolo con fuerza. Luego golpeó con el puño la reja, suave, para que ella no lo escuchara. —Idiota… —murmuró, pero no hacia sí mismo. Hacia ella. Ese fue su primer error de la noche. El segundo fue dar la espalda e irse caminando rumbo a su casa sin darse cuenta de la sombra que se cernía sobre él. Lo seguí sin hacer ruido. No necesitaba esforzarme: Emil estaba demasiado enfrascado en sí mismo como para notar un tanque pasando a su lado. Murmuraba cosas sueltas, frases cortas, como si estuviera ensayando lo que “debería haber dicho”. «Un hombre incomprendido es un arma cargada» y estaba bien consciente de eso. La tarde se volvió noche… cada vez más oscura. Las casas más viejas. Las calles más desiertas. Finalmente se detuvo frente a una casa pequeña con techo bajo y cortinas gruesas. Dentro, las luces estaban encendidas y se podía escuchar un televisor sonando. Supe antes de verlo que la tía estaba despierta. Ivanna Laskova, sesenta y tantos, una mujer devorada por novelas turcas y té tibio. La vi por la ventana: bata floreada, rodete apurado, mantita verde sobre las rodillas. Sus ojos estaban pegados al televisor, no a su sobrino que entraba sin saludarla. Ella no apartó la mirada del televisor, siguió con la novela como si una cucaracha insignificante hubiera cruzado el pasillo. Me acerqué unos pasos, lo suficiente para ver la silueta de Emil moviéndose dentro. Lo primero que hizo fue cerrar la puerta con llave. Dos veces. Luego caminó al pasillo, mirando sobre el hombro, asegurándose de que la tía no lo seguía con la mirada. El bolso seguía cruzado en su pecho. Quería ver si lo soltaba. Necesitaba saberlo para poder planear como carajos robárselo. Se metió en su cuarto. Pensé que al menos ahí lo dejaría sobre una silla o el escritorio. Pero el muy paranoico no lo hizo. Lo vi desde una rendija entre las cortinas. Emil apoyó la espalda en la puerta cerrada y se quedó quieto. Luego abrió el bolso, deslizó la mano dentro como si acariciara algo, y lo volvió a cerrar con un nudo rápido. Después, metió la mochila debajo de la cama. No en un cajón ni en un estante. Debajo de la cama. Como un niño escondiendo un tesoro. Y luego, para rematar: pateó una caja hasta tapar la entrada del hueco. «Paranoico... o culpable.» Me quedé observando unos minutos más. La tía seguía viendo televisión. Emil se subió en su cama sin quitarse siquiera las zapatillas. Era difícil entrar sin hacer ruido. Y si lo hacía sin ruido, él despertaría igual, su ansiedad lo mantenía alerta. Pero no era imposible. Di dos pasos hacia la ventana lateral, lo suficientemente cerca como para asomarme por un hueco entre las cortinas. Y entonces lo vi. Un pequeño destello rojo, casi imperceptible, parpadeó en el borde superior del marco. Me detuve de golpe a inspeccionar: otro punto idéntico apareció en la ventana del pasillo. Y uno más, en la del comedor. «Cámaras. Perfecto.» No eran cámaras comunes. Reconocí ese tono del led infrarrojo, esa frecuencia tenue que solo aparece cuando un dispositivo está grabando en modo nocturno. La instalación era reciente, los tornillos brillaban, el cableado estaba sin tierra acumulada. El hijo de puta había llenado la casa de vigilancia. Me acerqué un poco más, inclinando la cabeza. No era solo el parpadeo: había sensores de movimiento en el marco inferior, camuflados en dispositivos de “repelente ultrasónico para mosquitos”. Baratos, pero funcionales. Toqué el bolsillo interno de la chaqueta como si pudiera invocar, por arte de magia, el inhibidor de señal. «¡Maldita sea! No lo traje. No puedo entrar por aquí. No hoy.» Si tocaba una ventana, la cámara lo captaría. Si cruzaba el sensor, estaba seguro de que alertaría a medio pueblo. Si hacía cualquier ruido dentro, Emil saltaría como un perro rabioso. Retrocedí un paso, evaluando cada ángulo oscuro del exterior. Necesitaba tiempo, equipo, estudiar la instalación de ese sistema chatarra antes de desconectarlo sin que nadie lo notara. No podía arriesgarme a que él despertara y conectara puntos. Helena era el punto final que no podía conectar. Caminé hacia la esquina. El viento había subido la intensidad; las hojas de los árboles se agitaron, susurrando algo que sonaba demasiado parecido a advertencias. Cuando estuve lo suficientemente lejos, respiré hondo. «No tengo la laptop. No todavía. Pero ya sé cómo la protege. Y eso me dice algo.» Ese hombre tenía miedo. Y los que tienen miedo siempre esconden algo importante. Miré por última vez la casa a lo lejos. «Mañana tendré un plan, empezando por desconectar cada una de esas luces rojas de mierda.» Al final, caminé de vuelta a la iglesia. Mis pies sabían el camino incluso en la oscuridad. Sabía que, al amanecer, cuando el sol tocara los vitrales, yo debía estar preparado para la siguiente jugada. Oracle había dejado rastros. Emil tenía su mochila bajo llave. Helena, tal vez sin quererlo, tenía a dos hombres orbitando alrededor de su vida, y eso era algo que no me dejaba pensar con claridad. Di unos pasos hacia la puerta lateral de la iglesia, esperando que el silencio de la noche me recibiera para enfriar los pensamientos y poder organizar el lío que tenía en la cabeza. Pero, antes de apoyar la mano en el picaporte, un tirón casi imperceptible en la base de la nuca me hizo detenerme. No era imaginación ni cansancio: era esa sensación precisa, afinada por años de sobrevivir en ambientes donde un error se paga con la vida. Esa conciencia pura y punzante de que alguien observa desde la sombra, midiendo tu ritmo, esperando un movimiento más. Levanté la mirada con calma, recorriendo la calle desierta. Las ventanas de los vecinos estaban cerradas, las luces apagadas, y ninguna silueta se movía entre los árboles. Era un pueblo pequeño; a esa hora casi todos dormían o fingían hacerlo. Aun así, el aire cargaba un peso extraño, y sentí una presencia retirarse, apenas un segundo antes de que yo girara la cabeza. No era paranoia. Era alguien probando los límites, tanteando cuánto podía acercarse sin ser descubierto. Cuando la sensación mermó, empujé la puerta, el sonido suave de la madera abriéndose contrastó con la tensión que se me había instalado entre los omóplatos. Entré y me envolvió el olor a incienso viejo, ese aroma denso que se aferra a las paredes y no te deja respirar. Cerré la puerta detrás de mí y apoyé la mano en el borde, permitiéndome un instante de silencio, necesitando más que nunca aclarar mi puta cabeza. Fue inútil. Había salido esa noche para seguir a Emil por Oracle, por la misión, por mi padre. Por todo lo que debía y nada de lo que quería. Y sin embargo, cuando repasé mentalmente cada decisión, cada desvío, cada sombra donde me detuve a observarlos, la verdad se reveló con la misma claridad que un faro en la oscuridad. En algún punto, sin siquiera darme cuenta, dejé de seguir a Emil por lo que sabía... y empecé a seguirlo por lo que podía llegar a hacerle a ella. Ese pensamiento era una línea roja, una que nunca debía cruzar. No era parte del papel del sacerdote, ni del plan, ni del Markov que aún intentaba ser. Era otra cosa. No importaba cuánta disciplina quisiera invocar, ese pensamiento seguía ahí, latiendo en silencio, empujando desde adentro como un golpe que no terminaba de explotar. Había perdido el límite exacto entre misión y mujer. Y para alguien como yo, perder ese límite nunca acababa bien. Terminaba en sangre…
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