Helena
El café de Adrian siempre olía a tres cosas: espresso recién molido, azúcar quemada y refugio.
Abrí la puerta con el hombro, como siempre. La campanita sonó sobre mi cabeza y el murmullo tranquilo del pueblo se filtró apenas desde la calle. Era media tarde, hora incómoda en la que nadie tenía demasiado que hacer, pero igual encontraban excusas para sentarse frente a una taza y hablar de vidas ajenas.
Yo, en cambio, solo quería hablar de la mía. O de lo que no era capaz de ordenar en mi cabeza.
Adrian estaba detrás del mostrador, secando una taza como si estuviera puliendo una pieza de cristal. Me vio entrar y su rostro cambió desde la neutralidad profesional a la sonrisa que solo usaba conmigo.
—Mira eso —dijo, apoyando la taza—. Un milagro. Entró un ángel, y yo sin confesarme.
Rodé los ojos, pero una parte de mí se aflojó apenas con su voz.
—No digas eso tan fuerte —murmuré—. Ludmila puede materializarse de la nada si te oye.
—Perfecto —replicó, sacando una taza limpia—. Así le sirvo café descafeinado por hereje.
Sonreí, esta vez sin esfuerzo.
El café tenía tres mesas ocupadas. Dos viejos jugando a las cartas sin hablarse demasiado, una pareja discutiendo en voz baja junto a la ventana, alguien leyendo el periódico en la esquina como si aún fuera 1995. Nadie me prestó demasiada atención, al menos no directamente.
Aunque sabía que, cuando me fuera, sería tema de sobremesa.
Me acerqué al mostrador.
Adrian me escaneó de arriba abajo. No era una mirada invasiva; era la de alguien que analizaba si estabas en una pieza o en varias.
—Estás blanca —dijo sin preámbulo—. Más que el azúcar.
—Gracias —resoplé con sarcasmo—. Siempre supe que me quedaría perfecto el tono recién muerta o a punto de agonizar.
Él no se rió. Dejó la taza a un lado y se apoyó con ambas manos en la barra.
—¿Te pasó algo?
Tragué saliva. Había estado todo el camino intentando decidir qué decir primero: si lo de Emil o lo del padre. Al final, lo de Emil fue lo que salió antes.
—Me acompañó a casa —dije.
Adrian levantó una ceja.
—¿Quién? ¿El Espíritu Santo?
—Emil —respondí, y solo decir su nombre me dejó una sensación rara en la boca.
Adrian hizo una mueca, como si hubiera mordido algo agrio.
—Ah. Tu técnico de cabecera.
—No es “mi” nada —aclaré—. Solo… me acompañó. Dijo que quería asegurarse de que llegara bien.
—Ya. —Asintió despacio—. Porque eres famosa por tropezarte con el aire, ser secuestrada en la cuadra y desaparecer antes de llegar a tu propia puerta…
—Adrian.
—¿Qué? —Se enderezó—. Perdona si no confío en las intenciones del señor Wi-Fi.
Suspiré.
—Lo despaché en la puerta —admití—. Con delicadeza.
—¿Y? —siguió él, ya conocía la estructura de estos relatos—. ¿Se fue?
Miré la superficie del mostrador como si en las vetas de la madera hubiera una respuesta.
—Dijo que entendía —comencé—, que respetaba lo que yo sentía… pero que no iba a rendirse. Que con el tiempo yo también lo vería como él me ve.
Adrian cerró los ojos un segundo, como quien recibe una noticia dolorosamente predecible.
—Perfecto —dijo—. Tenemos un manual de insistencia romántica del siglo pasado en vivo y en directo.
—Ya le dejé claro que no estoy interesada —protesté—. Se lo dije una vez. Se lo repetí. No puedo ser más clara sin lastimarlo.
—Última hora —replicó, con una sonrisa sin humor—: decir que no no es lastimar. Obligarte a que lo sigas escuchando después de decir no, sí lo es.
Sus palabras se clavaron en un punto incómodo. Bajé la voz.
—No es mala persona.
—No dije que lo fuera —se encogió de hombros—. Dije que no sabe escuchar. Y eso, Helena, es una bandera roja del tamaño de la iglesia. Eso aunque lo quieras ignorar es acoso.
—Lo conozco desde hace años —susurré—. Ha ayudado mucho con el orfanato. Con la red, con los ordenadores…
—Con tu portátil viejo, sí, lo sé —me interrumpió—. No niego la parte útil. Solo digo que ese hombre está obsesionado de su propia idea de ti. Y esas son las más peligrosas, porque nunca aceptan lo que realmente dices.
Sus ojos se suavizaron.
—¿Te hizo algo? —preguntó—. ¿Dijo algo más?
Pensé en el momento que intentó besarme. En la voz del cura cuando nos vio y lo detuvo con un sermón, aunque parecía más que iba a comérselo vivo allí mismo. Sentí un escalofrío bajo la piel.
No. Eso no podía contárselo. Aún no.
—Solo insistió —respondí—. Me ofreció acompañarme también mañana. Dijo que quiere hablar con el padre acerca de hacer mejoras en el sistema del orfanato, que podríamos ir los tres juntos.
La expresión de Adrian cambió como si le hubiera mencionado una mala combinación de ingredientes.
—¡¿Los tres?! —exclamó incrédulo.
—Sí.
—Técnico acosador. —Levantó un dedo—. Tú, que no quieres herirlo y no sabes cómo quitártelo de encima. —Levantó otro—. Y un cura que no te mira como a una hija del señor, sino como la tentación de Lucifer. Esto parece la receta para una desgracia en puerta.
No pude evitar sonreír un poco, aunque por dentro el nudo se apretaba cada vez más.
—No exageres.
—No exagero —respondió, serio—. Solo cuento piezas.
Se giró hacia la máquina de café.
—Siéntate —ordenó con dulzura—. Esto merece mínimo una taza doble y algo con azúcar.
Obedecí, tomando una mesa cerca del mostrador, esa de siempre que me permitía ver la puerta y, al mismo tiempo, esconderme un poco de las miradas directas.
Adrian preparó el café como si estuviera montando un ritual: moler, ajustar, presionar, servir. El vapor subió en espiral y el aroma me abrazó antes de que la taza tocara la mesa.
—En la casa invito yo —dijo, deslizándomela.
—No tienes por qué…
—Shh —me cortó con un gesto de mano—. Es política del local: los clientes que vienen con cara de “mi pasado me está ahogando” no pagan.
Tuve que morderme el labio para no reír. Le di un sorbo a la bebida. Estaba fuerte, caliente, justo en el punto en que uno no sabe si le hace bien o mal.
Tal vez como ciertas presencias.
—¿Y el padre? —preguntó, apoyándose en el respaldo de la silla de al lado, girada hacia mí—. Me dijiste por mensaje que “algo no encaja” con él. Lo cual, traducido de Helena a Adrian, significa “mi instinto está gritando, pero no sé en qué idioma”.
Me quedé mirando la taza.
—No sé por dónde empezar —admití.
—Por el principio —sonrió—. O por el detalle que más te revuelva el estómago. Suelo funcionar bien con eso.
Cerré los ojos un segundo.
El confesionario. Su voz al otro lado de la rejilla. La forma en que dijo mi nombre. “¿Cuál es tu pecado, Helena?”
Luego, en la sala de almacenamiento. Su respiración estaba demasiado cerca de mi cuello. Y esa frase: “Te quiero funcional”.
—Es… raro —logré decir—. No habla como los otros. No me trata como los otros.
—Eso suena a elogio, no a problema —observó.
—No lo es. —Negué—. Cuando me mira, siento que… no sé. Como si estuviera calculando algo, pesando cada palabra, cada gesto. Como si yo fuera… una pieza que no encaja y estuviera buscando dónde ponerme.
Adrian se quedó callado un momento. Su rostro cambió. Ya no era el del amigo que hacía chistes. Era el del hombre que escuchaba de verdad.
—Te da miedo —dijo, sin inflexiones, solo constatando.
Pensé en la sensación exacta de su aliento rozando mi piel. En el calor bajando por mi espalda. En el cosquilleo que se acumuló entre mis piernas cuando se acercó demasiado.
—No —respondí.
Y noté que lo dije demasiado rápido, haciendo que Adrian ladeara la cabeza.
—¿Segura?
Respiré hondo.
—No es miedo. Es… —Busqué la palabra. No la encontré—. Es como si mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.
—Ya —murmuró—. Traducción: te dan ganas de tomarlo por la sotana y comprobar si debajo hay una trompa de elefante o un pepinillo.
—¡Adrian! —Me atraganté con el café.
Él levantó las manos, divertido pero con una sombra seria en los ojos.
—Vamos, Helena. Me conoces. Puedo ser sarcástico, pero no soy ciego. Te vi salir de la misa después de la confesión. Y hoy, cuando lo tenías a dos centímetros en la sacristía, parecías una estatua que intentaba no convertirse en lava.
Aparté la mirada.
—No es solo… eso —susurré, casi a regañadientes—. Cuando se acerca, siento cosas que no debería sentir. Y me odio por eso.
Las palabras salieron y me dejaron vacía y liviana al mismo tiempo. Adrian apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia mí.
—Escúchame —dijo bajando la voz—. Que sientas cosas no es pecado. Es biología, trauma, deseo, todo mezclado. El problema no es lo que sientes, es lo que él haga con eso.
Lo miré.
—Tú mismo dijiste que no me mira como sacerdote.
Sus ojos se endurecieron.
—Y lo mantengo. —Asintió—. A ver, un cura medio normal, de esos que no cuestionan nada y solo repiten sermones de manual, te ve y piensa “qué chica buena, cocina para los huérfanos, ojalá hubiera más como ella”.
Hizo una pausa.
—Él te ve y piensa otra cosa. Te escanea distinto. No solo como “colaboradora de la iglesia”, ni como “oveja descarriada”. Hay… otra capa.
Me acomodé el cabello detrás de la oreja, nerviosa.
—¿Cuál?
—No sé —admitió—. Pero sé que no es indiferencia. Y tampoco es devoción.
Se quedó callado, jugando con una servilleta, doblándola en pequeños cuadrados.
—Y hay algo más —añadió al fin—. Me cae mal… es demasiado pedante.
Eso me arrancó una sonrisa breve.
—Te cae mal todo el mundo al principio.
—Sí, pero la diferencia es que con la mayoría puedo hacer chistes hasta que se les cae la máscara. Con él, ni siquiera quiero ver qué hay debajo. Ese curita huele a peligro.
Sus palabras me sorprendieron, era la primera vez que escuchaba a Adrian admitir que alguien no lo entretenía. Siempre encontraba forma de divertir hasta los silencios.
—Y aun así —continuó, mirándome fijo—, tengo una sensación muy rara con ese hombre.
—¿Cuál? —pregunté, aunque no estaba segura de querer la respuesta.
—Que si alguien te hiciera daño delante de él… —buscó las palabras— no lo permitiría.
Lo miré, desconcertada.
—Pero dijiste que es peligroso.
—Los hombres peligrosos no son todos iguales. —Se encogió de hombros—. Algunos disfrutan hacer daño. Otros… lo evitan a su manera, pero son capaces de todo si los empujas. Y él… no sé. Hay algo en sus ojos cuando te mira que dice “no te acerques, pero tampoco te atrevas a tocarla”.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Estás exagerando —murmuré.
—Ojalá —dijo, serio—. Pero mi instinto no suele fallar, ¿te acuerdas?
Sí. Me acordaba.
Fue Adrian quien, antes que nadie, notó que algo no iba bien con Andrei. No porque lo viera hacer algo, sino porque vio en mí un brillo distinto. Una vulnerabilidad nueva.
—No voy a juzgarte porque sientas cosas cuando estás cerca del cura nuevo —continuó—. Solo quiero que estés atenta. No mezcles lo que te faltó con Andrei con lo que parece que te está despertando este tipo.
Apreté los dedos alrededor de la taza.
—No quiero… volver a pasar por lo mismo —confesé—. No quiero sentir que dependo de nadie, que si alguien no llega, se me derrumba la vida.
Fue Adrian quien se sentó conmigo la noche que volví de la iglesia donde me dejaron plantada. El que no hizo preguntas, pero trajo sopa y un silencio que entendía demasiado.
—Entonces no dependas —dijo él, simple—. Siente lo que tengas que sentir, pero recuerda quién eres sin ellos. Sin Emil, sin el padre, sin ningún hombre que aparezca con promesas o miradas intensas.
Sus ojos se suavizaron.
—Yo voy a estar aquí para recordártelo cuando lo olvides. Pero necesito que me prometas una cosa.
—¿Cuál?
—Si algo se sale de control —su voz bajó aún más—, si Emil se pasa de la raya, si el padre dice o hace algo que no te guste… vienes aquí. No te quedes sola en tu casa intentando justificar lo injustificable. ¿Entendido?
Asentí despacio.
—No quiero que sufras más por hombres que no saben qué hacer con el amor que les brindas —añadió—. Uno fue suficiente.
El nombre de Andrei no hizo falta. Estaba pegado en el aire, en mi pecho, en ese lugar de la memoria que nunca terminaba de curar.
—No estoy dándole mi corazón a nadie —dije, casi como un juramento.
—Ahora —respondió él—. Pero te conozco, Helena. Cuando empiezas a sentir, te cuesta poner freno. Y este… —inhaló— no me da buena espina.
—¿Quieres que lo evite? —pregunté—. ¿Al padre?
Se quedó pensando unos segundos.
—Quiero que no te pierdas en él —respondió al fin—. No todavía.
«No todavía.»
La frase quedó flotando.
Como si asumiera que, de alguna forma, ese camino ya estaba abierto.
Bajé la mirada a mi café.
—No voy a admitir nada —murmuré, más para mí que para él—. No hay nada que admitir.
Adrian sonrió, cansado.
—Claro. No sientes nada raro cuando respira cerca de tu cuello. No se te acelera el pulso cuando dice tu nombre. No piensas en él cuando intentas dormir.
Sentí el rubor subirme a la cara.
—Deja de leerme la mente —protesté.
—Alguien tiene que hacerlo —replicó—. Tú eres experta en ignorarla.
Se quedó callado un momento más. Luego, como si cambiara de tema de golpe, indicó la puerta con la barbilla.
—Por cierto… —susurró—. Si me vas a seguir usando de pantalla, mínimo pide otro café. Ludmila está afuera fingiendo que mira el escaparate.
No me giré, pero lo creí. Porque así funcionaba ese pueblo: nadie se acercaba de frente, todos miraban desde los reflejos.
—Haz como que me estás retando —le dije—. Se sentirán mejor.
—Perfecto —sonrió—. Empiezo a gritarte por no cuidar tu alimentación y terminamos llorando juntos por tu pésimo gusto en hombres.
Abrí la boca para responder, pero la campanita sobre la puerta sonó.
Un silencio raro cayó sobre el local. De esos que no se notan a primera vista, pero que se sienten en cómo las conversaciones bajan medio tono, en cómo las cartas dejan de golpear la mesa, en cómo hasta la cafetera parece hacer menos ruido.
Adrian se enderezó.
Yo giré la cabeza despacio.
La sotana negra fue lo primero que vi.
Después, los ojos.
Fríos, atentos, barriendo el lugar como si cada rincón importara.
El padre Aleksandr había entrado en la cafetería.
Y, por algún motivo que no quise entender, mi corazón reaccionó antes que mi mente.