Capítulo 15: Ese barista sabe demasiado

2754 Palabras
Misha Si había algo que adoraba de este pueblo, era la sutileza. Es decir: no existía. La puerta de la cafetería se abrió con un tintineo de campana que sonaba más a juguete triste que a bienvenida. Gavril entró primero con la sotana negra y esa cara de “todo me molesta”, seguida del silencio automático de las pocas mesas ocupadas. Yo iba detrás, un paso atrás y medio a la derecha, como buen ayudante de sacerdote modelo. La escena nos recibió a los dos al mismo tiempo: Helena y el barista sentados frente a frente, tazas a medio vaciar, ese tipo de cercanía que no se improvisa, y la tensión flotando por encima de la mesa como vapor de café. Adrian tenía un codo sobre la mesa y la mano cerca de la de ella, no tocándola… pero muy dispuesto a hacerlo. Helena, en cambio, estaba medio encogida hacia adelante, con esa expresión de quien carga un secreto en la espalda, no en el pecho. «Perfecto. Ahora la cabeza del jefe se va al carajo» Una parte de mí anotó mentalmente la imagen, la otra esperó a que Gavril hiciera lo suyo. —Helena —la voz grave del “padre Aleksandr” cortó el aire—. Lamento interrumpir. Mentira. No lo lamentaba en absoluto. Vivía por y para joderle la cabeza a esa mujer... ¿o era al revés? Ella se giró de inmediato, con esa mezcla de sobresalto y… algo más. No era miedo exactamente. Era esa especie de alarma que su cuerpo activaba cada vez que él aparecía en una habitación. —¿Pasa algo? —preguntó. —Uno de los niños se enfermó —respondió él, sin rodeos—. Me pidieron que la buscara. Ni una vacilación. Ni una gota de arrepentimiento en la mentira despiadada que lanzaba. Si no lo conociera, habría creído que la noticia era verdadera. Tal vez hasta lo era, pero el brillo en sus ojos me decía que ver a Helena era, por lo menos, el segundo objetivo de ese viaje. Ella se levantó casi de un salto, el reflejo automático de quien ha entrenado su cuerpo para responder primero y sentir después. —¿Quién? —preguntó, ya buscando la bolsa, el abrigo, la preocupación pegándosele a la cara. —Irina —respondió—. Está con fiebre. La hermana me pidió que la lleve de regreso. El nombre fue suficiente para borrar el resto de la cafetería de la mente de Helena. El barista los miró a ambos, con el ceño fruncido y los dedos apretando la taza. Y ahí estaba yo, viéndolo todo, con una sonrisa invisible bien instalada por dentro. —Ya voy —dijo Helena, ya de pie. —Te acompaño —Gavril asintió, apartándose para dejarle paso—. Yo la esperaré afuera. La frase iba hacia ella, pero los ojos, en cambio, se dirigieron un segundo hacia Adrian. Una mirada corta, pesada. Mensaje recibido: “yo mando aquí”. Después se giró y se fue hacia la puerta, con esa calma que solo tienen los hombres que saben exactamente cuánta violencia pueden desatar si se les da la gana. Helena se puso el abrigo a toda prisa y tomó la bolsa. Se inclinó hacia Adrian apenas, una sombra de caricia en el aire, como si quisiera decir algo que no podía decir en voz alta. —Te escribo —murmuró. Él asintió, tensando los labios. —Ten cuidado. Sus ojos se encontraron un segundo más, suficiente para llenar tres páginas de análisis psicológico. Luego ella se fue, siguiendo la estela negra del diablo disfrazado de santo. El campanilleo de la puerta marcó su salida. El silencio que quedó atrás duró lo justo para que el café se enfriara medio grado. Me acerqué a la mesa como quien llega tarde a una función que ya terminó. —¿Está ocupada? —pregunté, señalando la silla que acababa de dejar Helena. Adrian me miró con cara de “no tengo paciencia para juegos”, pero aun así se recostó en el respaldo y se encogió de hombros. —Siéntate, ya que viniste tan bien acompañado —dijo, mirando hacia la puerta por donde había salido Gavril—. Padre y séquito. Me dejé caer en la silla, acomodando las manos sobre la mesa, sin ocultar que lo estudiaba. De cerca, el barista era todavía más interesante: ojos vivos, manos rápidas, postura relajada de quien aprendió a sobrevivir siendo agradable. El tipo de hombre al que el pueblo le perdona cualquier cosa excepto ser diferente. Y él lo era. Lo sentía. —Bonito lugar —comenté, mirando alrededor—. Huele menos a culpa y más a café que la iglesia. Punto a favor. La comisura de sus labios se movió, pero no llegó a sonreír del todo. —La culpa viene igual —replicó—. Solo que aquí la endulzan con azúcar. Bien. Sarcasmo: detectado. —Misha —me presenté, ofreciéndole la mano—. Asistente del padre Aleksandr. Él dudó una décima de segundo antes de estrechármela. La piel le tembló en el contacto, no por miedo… sino por algo más crudo. —Adrian —dijo—. Barista oficial, psicólogo no titulado y saco de boxeo emocional de media parroquia. Me gustó la honestidad siempre es un buen indicador. —Te vi con Helena antes —lancé, como quien comenta el clima—. Parecen… cercanos. Ahí marcó el primer cambio real. No fue en la sonrisa ni en el tono. Fue en los ojos. Bajó la mirada a la taza, la giró entre los dedos, una vuelta y media, como si necesitara algo que lo mantuviera anclado. —La conozco desde hace años —respondió—. Alguien tiene que cuidarla. No dijo “alguien tiene que quererla”, pero sonó exactamente igual. —¿Ustedes…? —dejé la frase abierta, colgando en el aire. Él soltó una risa breve, sin humor. —Somos amigos. La palabra se quedó ahí, bien puesta, como una pieza que no encajaba en el hueco correcto. —Claro —asentí—. Amigos. El problema no era lo que decía… sino la forma en que lo decía. La forma en que sus ojos se tensaban cuando pronunciaba la palabra, como quien se aprieta un zapato una talla más chico. Adrian levantó la mirada. —Sé que no eres de aquí —dijo, cambiando de línea de interrogatorio con más rapidez de la que me hubiera gustado admitir—. No tienes la cara ni el cuerpo de los que vienen a rezar. Sonreí. —¿Y cuál es la cara de los que vienen a rezar? —La de alguien que sabe que le deben algo a Dios o le temen demasiado a quedarse solos —contestó sin tardar—. Tú… no temes estar solo. Y tu cura… —miró hacia la puerta otra vez— ese sí que no vino para rezar. Me recosté en la silla, cruzando los brazos. Este tipo veía demasiado. —¿Y qué crees que vino a hacer? —A ver —dijo Adrian, apoyando los antebrazos en la mesa—. El pueblo está tranquilo, nadie pidió un cura nuevo, el anterior murió hace poco, Helena no tiembla frente a muchos hombres… pero cambia cuando él entra. —Entrecerró los ojos—. Y él no la mira como sacerdote. Así que… tú dime. Lo observé unos segundos. Si no lo tuviera en mi lista de “potencial problema”, lo hubiera invitado a trabajar conmigo. La frase quedó flotando: “no la mira como sacerdote”. Lo sabía. Lo había vuelto a decir. Y lo peor: lo notaba con la misma exactitud que yo. —Helena merece algo mejor —añadió con voz baja, no por miedo sino por respeto—. No otro hombre complicado. Otra pieza que se encajaba sin que nadie la hubiera pedido: “otro”, no “un” hombre complicado. «¿Otro como quién, barista?» —¿Tienes algo contra los hombres complicados? —pregunté, medio en broma medio en prueba. —Solo cuando se acercan a la persona que más quiero en este agujero —respondió. La frase no tenía duda. Ni siquiera la adornó con el “como amiga”. No lo necesitó porque estaba implícito, colgando, incómodo, como un traje que todos fingían no ver. Lo dejé un segundo en paz, dándole un sorbo al café que había dejado Helena. Todavía estaba tibio. Como ella. Como todo lo que la rodeaba. —Ella no está interesada —dijo de pronto. —¿En el padre? —pregunté. Él negó con la cabeza. —En Emil. Ah, eso era nuevo. Por lo menos dicho con esa claridad. —Lo sabe —continuó—. Se lo dijo. Se lo repitió. Se lo dejó claro. Pero él sigue insistiendo como si pudiera comprarla a fuerza de antenas arregladas y laptops prestadas. —¿Te preocupa que Emil no acepte un no? —pregunté, anotando cada palabra en mi cabeza. Adrian apretó la mandíbula. —Me preocupa que Helena cargue con culpa por algo que nunca fue su responsabilidad, otra vez. Otra vez. Había mucha historia en esas dos palabras. Lo miré con más atención. Esa preocupación no era solo romántica. Era algo… más profundo. Ese tipo la quería de verdad, pero no con la clase de deseo que desbordaba. Era un echo de algo conocido: el cuidado obsesivo de quien también está escondido. —Eres muy protector con ella —observé. Sonrió, finalmente, pero fue una sonrisa cansada. —Alguien tiene que serlo. Helena no se protege a sí misma como debería. Y al decirte esto, creo que tú podrías cuidarla cuando yo no esté cerca. No pude evitarlo. Lo estudié con otro filtro, uno que yo conocía demasiado bien: el filtro de los hombres que miran a los hombres primero y aprenden a disimular mirando a mujeres después. El ángulo de su cuerpo, levemente dirigido hacia mí aunque hablara de ella. La forma en que se tensaba cuando mencionaba a Emil, pero no cuando hablaba de amar a Helena. El modo en que se fijaba en mi expresión cada vez que soltaba una frase más afilada. Como probando el campo. Adrian no era un hombre enamorado de Helena. La adoraba, sí, también la defendía con uñas y dientes. Pero la heterosexualidad le quedaba como un traje prestado, uno que usaba porque el pueblo se lo exigía. —Este sitio no es fácil para los que no encajan —comenté con un tono que fue deliberadamente neutro, casi casual. Él lo captó igual. —Lo sé —respondió, sosteniéndome la mirada un poco más de lo prudente—. Algunos aprendimos a meternos en cajas que no son nuestras… para sobrevivir. La confesión sin ser una confesión directa que me robó una sonrisa. La verdad pegada a la mitad de una frase. —¿Y no te cansa? —pregunté en voz baja. Él soltó una risa seca. —Solo cuando amanece —dijo—. O cuando llega la noche. O cuando respiro. Cosas pequeñas. Me mordí el interior de la mejilla para no sonreír más de la cuenta. El tipo era bueno. —Helena lo sabe —añadió. Eso sí que era un dato útil. —¿Todo? —quise saber. —Lo suficiente —respondió—. Para no sentir que la estoy engañando. —Desvió la mirada a la puerta—. Igual… el pueblo prefiere creer que queremos casarnos. —¿Y tú? —pregunté, inclinando un poco la cabeza—. ¿Qué prefieres que crean? Me miró otra vez, más directo. —Prefiero estar vivo —contestó—. Lo demás… se negocia. —Giró la taza, como si negociara consigo mismo también. Por primera vez en años, algo dentro de mí se movió. Una especie de reconocimiento amargo, porque yo también sabía lo que era interpretar un papel para mantenerme respirando. «Qué triste esconderse tanto», pensé, viéndolo apoyar la barbilla en la mano, fingiendo ligereza. «Tener que vivir una relación falsa para no terminar siendo el chiste o el enemigo de todos.» A mí me había llevado años aceptar que no me gustaban las mujeres. A él, claramente, le había llevado años aprender a fingir que sí. Entre los dos, algo se entendió sin que ninguno lo pusiera en palabras. —Tienes buena lectura de la gente —observé, bajando el tono otra vez a algo manejable—. Eso es muy peligroso en un lugar como este. —Lo sé —repitió—. Por eso sirvo café y escucho. Y a veces hablo de más. La mirada se le endureció apenas. —Si el padre vino con buenas intenciones… no lo sé —dijo—. Pero hay algo en él que no me gusta. No es que sea malo… —frunció el ceño, buscando la palabra— es que está quebrado. Y cuando la gente rota se fija en Helena… nunca termina bien. La descripción me desgarró una carcajada interior. —No es un hombre fácil —admití. —Ni seguro —replicó Adrian. «Seguro… depende para quién. Para Helena, tal vez, sí. Para el resto del pueblo… no tanto. Y me incluyo en esa última categoría.» Sentí un cosquilleo en la nuca. El instinto de supervivencia me recordaba algo: este barista no podía ser Oracle. No tenía la estructura. No tenía el perfil homicida, ni el patrón. Pero sí tenía algo peor para nosotros: ojos. Demasiados. —Tienes que tener cuidado con lo que dices cerca de ciertos hombres —le advertí, sin disfrazarlo demasiado. —Lo sé —respondió—. Por eso estoy hablando contigo y no con él. Eso me tomó por sorpresa. —¿Y qué crees que soy yo? —pregunté, alzando una ceja. Adrian me sostuvo la mirada con una calma que me desconcertó un poco. —Alguien que también sabe qué significa fingir un papel —dijo—. No miras al pueblo. Miras las salidas. Y no miras a Helena como la mira Emil. Ni como la mira el padre. Tú la miras como… variable. Todavía no decidiste de qué lado cae. Eso era… alarmantemente exacto. Sonreí, esta vez sin esconderlo. —Tal vez deberías dedicarte a otra cosa además de hacer café —le dije. Se encogió de hombros. —Los que vemos demasiado no solemos terminar bien si cambiamos de rubro. No pude contradecirlo. Un ruido de coche fuera cortó la conversación. Gavril. Adrian se puso tenso como si alguien hubiera apagado la música de golpe yo me enderecé en la silla. —Tengo que volver —dije, empujando la taza vacía hacia el centro—. Gracias por el café. Y por… el análisis de carácter gratuito. Él asintió. —Gracias por no hacerte el idiota —devolvió—. De esos ya hay suficientes por aquí. Me levanté, pero antes de irme, lo miré una última vez. Este barista sabía demasiado. Sobre Helena, sobre Gavril, sobre mí. Sobre cada habitante de este pueblo… incluso sobre mí. Mientras caminaba hacia la salida, una idea desagradable se clavó en mi mente: si Gavril empezaba a sospechar de él por las razones equivocadas, alguien iba a salir herido. Y supe que me molestaría genuinamente ver a uno de nuestros “sospechosos” sangrando en el suelo. Porque cuando un hombre vive escondido detrás de una historia que no es la suya… ya ha pagado demasiado. Abrí la puerta. El aire frío me golpeó la cara. Gavril estaba apoyado en el coche, fumando con la sotana desabrochada en el cuello, la paciencia colgándole de un hilo. —¿Y bien? —preguntó. Lo miré un segundo, luego a la cafetería detrás de mí. —Ese barista —dije— ve demasiado. Gavril entornó los ojos. —¿Es peligroso? Pensé en Helena riéndose con él, en el secreto que ambos custodiaban con tanto cariño el uno por el otro. Adrian no era peligroso. Era un potencial aliado que no debíamos desperdiciar. Negué despacio. —Para nosotros, no. —Hice una pausa—. Para sí mismo… muchísimo. Gavril soltó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela. —Entonces veamos cuánto tarda en quemarse —murmuró. Yo subí al coche con la incómoda sensación de que, si no intervenía a tiempo, Adrian no solo se quemaría. Lo harían arder.
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