Helena
Irina dormía al fin.
Su respiración seguía algo pesada, pero ya no tenía la piel ardiente ni los temblores que me hicieron pensar lo peor. Le acomodé la manta con suavidad, dejando que mis dedos se deslizaran por su frente como una caricia que pretendía llevarle un poco de paz.
No sabía si me escuchaba, pero igual murmuré que estaría cerca. Siempre lo hacía. Era la única forma que conocía de sostenerme a mí misma.
Cerré la puerta despacio y bajé las escaleras hacia la nave de la iglesia, que a esa hora tenía un silencio extraño, como si las sombras hubieran decidido quedarse quietas para poder escucharme respirar.
Entre mis manos llevaba el cuaderno y la laptop vieja, esa que Emil me había dado cuando él cambió la suya, y que ahora cargaba con todas las cuentas del orfanato.
Quería convencerme de que nada estaba fuera de lugar. De que el día había sido normal a pesar de la tensión de los últimos días, de la presencia inquietante del sacerdote, de la forma en que me había mirado cuando Adrian se acercó demasiado. Pero cada paso que daba parecía desmentir ese esfuerzo.
El despacho estaba semioscuro, iluminado apenas por la lámpara que parpadeaba como una luciérnaga cansada. Encendí una vela, no tanto por necesidad sino porque su calidez me ayudaba a sentir que todavía había algo humano en ese edificio.
Me senté frente al escritorio lleno de papeles, carpetas y cajas. El sacerdote anterior nunca fue prolijo, pero sí transparente. Lo suyo era el desorden honesto, no esta sensación de cosas movidas demasiado rápido, con demasiado propósito.
Abrí la carpeta de registros donde se guardaba la documentación del nuevo sacerdote. Mi intención era revisar los inventarios, pero mis manos se desviaron por voluntad propia hacia los papeles que certificaban su llegada. Formularios recién impresos, sellos nítidos, fechas recientes.
Todo perfectamente correcto.
Un sello estaba levemente torcido. Un detalle mínimo, irrelevante para cualquiera… excepto para alguien que pasó años revisando documentos oficiales para mantener en pie un orfanato prácticamente abandonado por el mundo.
Lo miré un largo rato, sintiendo cómo una inquietud silenciosa empezaba a formarse entre mis costillas.
Había intentado ignorarlo todo el día: la forma en que su mirada me atravesaba como si leyera más de lo que yo mostraba. Su presencia parecía llenar cada espacio sin esfuerzo, sin siquiera pedir permiso; simplemente se imponía, como si el lugar le perteneciera.
Un sacerdote no debería mirarme así. Nadie debería.
Y aun así… cada vez que recordaba esos ojos sobre mí, una extraña electricidad me subía desde el estómago hasta la garganta.
Me obligué a respirar. No venía a pensar en él. Solo estaba cansada. Eso tenía que ser. Era una tontería y veía fantasmas donde no los había.
Apreté los dientes y seguí revisando. Justo entonces, entre varias carpetas, encontré una hoja doblada y arrugada, como si hubiera sido descartada con prisa.
La abrí, y el aire del despacho pareció detenerse. Era una carta del obispado, sí… pero no la que correspondía a él.
Y en el centro, una fotografía en blanco y n***o y debajo el nombre padre Aleksandr: un hombre mayor, de barba espesa, ojos gentiles y hombros delgados. Nada que ver con la figura firme, joven, apuesta y oscura que caminaba por estos pasillos como dueño del aire.
Sentí un frío helado y directo, recorrerme la espalda.
Él no era este hombre.
No era el sacerdote que decía ser.
Y la prueba estaba en mis manos temblorosas.
Guardé la carta en silencio, sin saber si quería esconder la mentira o protegerla para más tarde. Quizás solo necesitaba tiempo para procesarlo, o quizás temía lo que significaría reconocer que algo más profundo sucedía aquí adentro.
Mientras acomodaba la carpeta, mis ojos tropezaron con un papel más antiguo, amarillento, escrito con la letra temblorosa del cura anterior. Lo tomé sin pensar, y al leer la nota, sentí cómo el tiempo se detenía de golpe.
“Enterrado en su pueblo natal. Rectoría San Miguel. 14 de noviembre.”
Mañana.
El aniversario.
Lo había evitado todo el día sin siquiera notarlo, como si mi memoria hubiera tenido la decencia de anestesiarse. Pero ahí estaba: la tumba de Andrei, a un pueblo de distancia, esperando algo que yo nunca tuve el valor de darle.
Ni flores, ni despedidas, ni perdón.
Pensar su nombre fue como abrir una herida vieja.
Mi Andrei, mi refugio, mi pérdida… y el error que me persigue incluso cuando creo haberlo olvidado.
Recordarlo no me dolía por lo que vivimos, sino por lo que nunca llegamos a ser. Él nunca me mintió. Nunca se disfrazó de nadie más. Nunca usó la sotana como máscara. Todo en él era verdad… excepto su destino.
Y ahora, con esa foto entre mis manos y la certeza de que el hombre que ocupa su lugar no es quien dice ser, sentí que debía cerrar algo. No por él… sino por mí.
—Mañana iré —susurré para mí misma, como si hacerlo audible lo volviera más real.
Guardé todo con cuidado. Al soplar la vela, la habitación quedó en penumbra.
Entonces escuché pasos.
No los pasos apurados de un feligrés ni los torpes de algún niño escapándose de la cama. Estos eran pausados, seguros, pesados… como si cada pisada marcara una decisión.
Sentí un nudo de anticipación subir por mi pecho. Ya no me sentía intimidada, pero tampoco sentía tranquilidad. Había algo entre los dos, demasiado vivo para seguir fingiendo que no existía.
«No. No te atrevas a reaccionar así.»
Pero mis manos se humedecieron igual. Y mi respiración cambió aunque intenté controlarla
Y entonces el hombre que pretendía ser el padre Aleksandr apareció.
Apoyado contra la pared de piedra como si fuera parte de ella, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la oscuridad frontal… hasta que yo aparecí.
Sus ojos se movieron hacia mí con una precisión casi física, como si hubiera estado esperando ese exacto segundo. Su presencia llenó el pasillo antes de que siquiera dijera una palabra.
—Es tarde para estar sola en el despacho —comentó, y su voz resonó con esa gravedad que siempre parecía empujarme a dar un paso atrás... Pero no lo hacía.
—Tenía trabajo pendiente —respondí, manteniendo el tono firme.
Él se incorporó, despacio, como si cada movimiento estuviera calculado para ocupar más espacio del necesario. Caminó hacia mí con una seguridad que resultaba inquietante; no agresiva, pero sí demasiado consciente de sí mismo, de mí, del entorno.
—Parece que no te gusta descansar —dijo, con una suavidad que contrastaba demasiado con la dureza de su mirada.
Me crispé. ¿Cómo podía saberlo? ¿Qué derecho tenía a decirlo?
—Estoy bien —contesté, demasiado rápido.
—No lo estás. —No parecía acusarme. Pero odiaba escuchar esa certeza de sus labios—. De verdad me preocupa tu estabilidad física y mental.
No quise pensar en sus palabras. No quise darle ese poder. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi lógica, y retrocedí un paso, obligándome a apartarlo de mi espacio.
—No necesito que me diga cómo estoy —dije, tratando de que mi voz sonara firme—, ni que se preocupe por mí.
Él no se movió, no retrocedió, ni siquiera desvió la mirada.
Había en su postura una tensión que no sabía interpretar. No era amenaza explícita, ni imposición religiosa, ni siquiera simple autoridad. Era otra cosa. Algo más crudo, más humano, más peligroso.
—No deberías andar sola a estas horas —continuó—. En esta iglesia… podrías encontrarte con alguien incapaz de controlar sus instintos.
Su voz bajó apenas un tono, y fue suficiente para que un escalofrío me recorriera la columna. Algo dentro de mí me aseguraba que sus palabras no eran una advertencia, tampoco un mensaje.
Mi cuerpo traicionero, tomó el control: la piel de mis brazos se erizó, el corazón me latió más fuerte, un calor abrasador se acumuló en mi entrepierna.
Me obligué a respirar, pero entonces él dio un paso. Lo justo para que la distancia entre nosotros desapareciera como si nunca hubiera existido.
El roce del aire entre su pecho y mi cuerpo fue tan palpable que mi mente se desconectó por un segundo.
Mi nariz captó su olor: a tabaco, a nieve, a algo que no debería resultar tan familiar ni tan adictivo y mis labios se entreabrieron sin permiso.
Él se inclinó como si fuera a decirme algo al oído… o a hacer algo peor. Su aliento chocó con el mío, tibio, demasiado íntimo. Mis rodillas flaquearon.
Por un instante, pensé que iba a besarme.
Y lo más terrible, lo más devastador, fue descubrir que yo no habría retrocedido.
Él detuvo el movimiento a milímetros de mi boca, tensando la mandíbula como si estuviera librando una guerra contra sí mismo. Su mirada bajó a mis labios, lenta, peligrosa, hambrienta.
El mundo se redujo a eso... a su respiración mezclada con la mía y a mi corazón golpeando como si quisiera romper mis costillas desde adentro, a ese impulso que me gritaba: solo inclínate un poco más…
—Dime la palabra correcta —susurró, con la voz grave y contenida— y te juro que no te soltaré jamás.
La frase me arrancó del trance. Me devolvió al presente, al peligro, al borde exacto del error que estaba a punto de cometer.
«Sigue tu camino, Helena, por favor. Por lo que más quieras en este mundo... NO TE DETENGAS»
Pero él estaba demasiado cerca. Y yo... demasiado consciente de ello.
Él era una tentación envuelta en hábito, una en la que de seguro caería si no ponía distancia.
Di un paso hacia atrás, pero sentí la ruptura como un latigazo en el pecho. El aire entre nosotros se enfrió al instante, como si el pasillo entero exhalara aliviado por mí, no por él.
Me obligué a pasar a su lado, apretando el cuaderno contra mi pecho como escudo, aunque sabía perfectamente que no había objeto en ese edificio capaz de protegerme de lo que él estaba despertando en mí.
Cuando crucé junto a él, no retrocedió ni me dejó espacio para cruzar. Se mantuvo firme, haciendo que mi hombro rozara el borde de su sotana, un roce que pretendía ser accidental, pero ninguno de los dos lo creyó.
El calor de su cuerpo se me pegó a la piel. Mi respiración se quebró en un jadeo sordo solo un segundo. Y él… lo inhaló como si guardara ese sonido para sí.
—Buenas noches, padre —dije, con la voz más estable que pude reunir.
Sabía que me miraba. Lo sentía. Su mirada se clavaba entre mis omóplatos como una mano caliente que quería quedarse aferrada.
Seguí caminando sin mirar atrás, pero escuché sus pasos moverse, un ajuste de peso. No me seguía pero tampoco se había marchado.
Estaba… conteniéndose.
Al llegar al final del pasillo, me atreví a mirarlo de reojo, lo justo para confirmar algo que ya sabía: no se había movido.
Seguía ahí, inmóvil, mirándome como si quisiera arrancar el pasillo de entre nosotros con las manos.
Y supe, con un miedo delicioso y devastador, que lo que acababa de pasar no era una exageración de mi cansancio.
Era real.
Eso no cambiaba el hecho de que mañana, cuando el sol saliera, iría al pueblo donde descansaba el cuerpo de Andrei. Necesitaba cerrar ese capítulo antes de siquiera pensar en otro.
Porque sí, ese hombre no era quien decía ser, tenía un aura demasiado peligrosa, pero irresistiblemente atrapante.
Y yo, sin poder evitarlo, ya había caído en sus garras, solo era cuestión de tiempo decidir qué hacer con la información que tenía de él.
Lo peor era saber que esta vez no era una niña rota buscando refugio…
Era una mujer que temía desear exactamente aquello que podía destruirla.