Capítulo 31: Karma

1370 Palabras
Helena Ludmila se santiguó al vernos salir, como si nuestra presencia confirmara que Dios seguía trabajando horas extras. Katia saludó agitando la mano con entusiasmo de animadora. Daria se limitó a inclinar la cabeza. Detrás de ellas, dos chicas jóvenes que no tendrían más de diecisiete hablaban en susurros, mirando el coche como si fuera a desarmarse en plena ruta. —Padre, qué alegría que pudo organizar su tiempo para venir —canturreó Ludmila—. Sentíamos que el enemigo estaba atacando fuerte. Si supiera qué enemigo pensaba él. —La guerra espiritual no descansa —respondió Gavril con su voz de sacerdote, esa que engañaría a cualquiera que no hubiera estado debajo de él hacía unos minutos. Yo me concentré en respirar normal. Subimos como pudimos. Las adolescentes atrás, con mochilas llenas de ropa cómoda y biblias de tapa blanda. Katia y Ludmila ocuparon el asiento del medio, Daria se acomodó junto a la ventana. A mí me tocó el frente, en el asiento del acompañante, demasiado cerca de Gavril como para que mi corazón entendiera que ahora teníamos público. El motor tosió dos veces antes de arrancar. Gavril apretó el volante como si, en lugar de goma, fuera el cuello de alguien. —Si esto se queda sin frenos con todas ellas atrás, no me hago responsable —murmuró entre dientes. —No vas a matar a la abuelita de nadie hoy —susurré, lo bastante bajo como para que solo él me oyera. —No subestimes mi historial —contraatacó, pero el brillo en sus ojos me indicó que estaba más nervioso de lo que admitía. No era miedo al coche. Era otra cosa. Lo vi revisar los espejos con una meticulosidad casi militar, medir las distancias, escanear las calles como si esperara un ataque en cualquier esquina. Cualquier sombra podía estar mirándonos salir con un auto que llevaba un crucifijo colgado del retrovisor. Yo, por mi parte, tenía otro tipo de ataque en mente: el de Ludmila con sus preguntas. No tardó demasiado. —Helena, querida —dijo, inclinándose hacia adelante—, ¿con quién se quedarán los niños del orfanato estos días? —Con las otras cuidadoras —respondí—. Dejamos todo organizado. Y el trabajo administrativo al día, por si la diócesis llama. —Eso me deja más tranquila —intervino Katia—. El padre ha hecho maravillas desde que llegó, pero usted… —me sonrió, cargada de veneno disfrazado de azúcar— usted es el corazón de ese lugar. —Sí, ya es hora de que vayas buscando un esposo. El tiempo es cruel, y cuanto antes tengas bebés, mejor —siguió Ludmila. «Si supiera que tengo a ese hombre a mi lado... pero no sé si él quiere ese tipo de vida. No con alguien como yo.» Sentí la mirada de Gavril un segundo, rápida, desde el volante. No dijo nada, pero sus dedos apretaron el volante con más fuerza al pasar por un bache. La carretera hacia las cabañas era cada vez más estrecha, los árboles cerrándose a nuestro alrededor como si el bosque quisiera tragarse al auto viejo y a toda su carga de fe, culpa y secretos. El camino de tierra apareció tras el último pueblo. Gavril redujo la velocidad, más por estrategia que por precaución. —Se ve todo tan… silencioso —susurró una de las chicas de atrás. —El silencio ayuda a escuchar la voz de Dios —respondió Ludmila. Yo pensé en otra cosa: el silencio ayudaba a escuchar a los depredadores antes de que te alcanzaran. Tragué saliva. No dije nada. Las cabañas aparecieron al final del camino como tres piezas de un mismo rompecabezas viejo: madera oscura, techos inclinados, chimeneas apagadas. No había coches a la vista. Solo un pequeño estacionamiento de tierra y un cartel oxidado con el nombre de la diócesis. Gavril apagó el motor. El auto suspiró, agradecido. Las mujeres descendieron con un murmullo de bolsas, pasos, exclamaciones por el aire “puro”, por la “paz del lugar”, por el “privilegio” de estar allí. Yo respiré hondo. El olor a pino, humedad y tierra mojada se mezcló con el recuerdo reciente de su piel, de su cama, de su voz prometiéndome cosas que no se parecían en nada a un sermón. Mientras las tres viejas discutían sobre cuál cabaña era más conveniente, Gavril se acercó un paso más a mí. Lo suficientemente cerca como para que su brazo rozara el mío. No me miró directamente. Fingió estar observando el entorno, las ventanas, las puertas, pero lo ví en sus ojos, estaba calculando las posibles entradas y salidas. —Por lo visto voy a poder tenerte por las noches —murmuró, con los labios casi inmóviles. Tardé un segundo en procesarlo. Miré las cabañas. Tres en total. Una más grande, dos medianas. Imaginé el reparto lógico: las señoras juntas, las chicas juntas… y el sacerdote en una pequeña ermita privada donde podía dormir, rezar y, con mucha suerte, dejarme colarme en la madrugada. Mi estómago se contrajo, al igual que mis partes íntimas. —¿Ah, sí? —alcancé a susurrar—. ¿Ya decidiste dónde voy a dormir, padre? La comisura de su boca se levantó apenas. —Donde pueda verte —contestó. Me iba a derretir ahí mismo. Pero el universo decidió intervenir una vez más a través de la voz aguda de Ludmila. —Padre Aleksandr —llamó—, hay un pequeño inconveniente. Nos giramos al mismo tiempo. Ludmila estaba junto a la cabaña más alejada, con el ceño fruncido. Katia sostenía una llave en la mano, agitando el llavero como si estuviera encantada con el problema. Daria examinaba un cartel pegado a la puerta. —Parece que una de las cabañas está fuera de servicio —explicó Katia, mostrando el papel—. Algo de un problema con la instalación eléctrica. El encargado dejó una nota. Daria leyó en voz alta, con su tono suave: —“No utilizar esta cabaña hasta nuevo aviso. Riesgo de cortocircuito.” —Una pena —añadió Ludmila—. Pero nada que no podamos solucionar con sacrificio. Sonrió. A mí se me heló la sangre. —Sacrificio —repitió Gavril, en un tono neutral peligroso. —Sí —continuó ella, muy satisfecha—. Las chicas jóvenes se quedarán en una cabaña con Helena, por supuesto. No podemos dejarlas solas. Y usted… —sus ojos brillaron con algo que no era precisamente espiritual— usted, padre, dormirá con nosotras. Silencio. Puro y duro. Sentí cómo Gavril se quedaba rígido a mi lado. No un segundo. Cinco. Diez. Yo parpadeé. Me tomó exactamente dos latidos entenderlo. Yo y dos adolescentes en una cabaña. Padre Aleksandr y las tres tóxicas encantadoras en otra. La idea fue tan absurda, tan macabramente perfecta, que una risa se me escapó antes de poder contenerla. Gavril me miró al fin. Si las miradas mataran, yo estaría ya excomulgada y enterrada bajo la cabaña en obras. —Buena suerte, padre Aleksandr —alcancé a decir, llevándome la mano a la boca para disimular la sonrisa. Su expresión cambió en una milésima de segundo. Los ojos se le oscurecieron, no de deseo esta vez, sino de promesa. Una promesa peligrosamente específica. “Te lo voy a cobrar y si mañana amanecen muertas no me culpes.” No necesitábamos palabras para saberlo. Las viejas seguían hablando de colchones, mantas y rezos nocturnos. Las chicas comparaban cuadernos para anotar sus “reflexiones”. El bosque nos rodeaba, ajeno a todo. Yo levanté la maleta, sintiendo todavía la risa en la garganta y el eco del cuerpo de Gavril en mi piel. No sabía cómo íbamos a salir de ese retiro sin matar a nadie, sin matarnos nosotros, o sin que Ludmila declarara una guerra santa contra mi ropa interior. Lo que sí sabía, mientras seguía a las chicas hacia nuestra cabaña, con dolor en mi cadera y casi cojeando era una cosa muy simple: Ese hombre iba a castigarme por reírme de él. Y el castigo no era lo que más miedo me daba. Lo que más miedo me daba era cuánto lo deseaba. —Helena querida…
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