Helena
Hubo un momento, justo antes de que mi cerebro se derritiera del todo, en el que pensé con absoluta claridad:
«Esto es una maldita locura.»
Estaba sentada a horcajadas sobre Gavril, en la cama de la habitación sacerdotal, con las manos apoyadas en su pecho desnudo y su respiración golpeándome directo en la boca del estómago. La sábana enredada a la altura de sus caderas, el crucifijo de la pared mirándonos desde arriba como si con cada vaivén de nuestros cuerpos, nos condenará a las llamas eternas del infierno.
—Esto es una locura —dije en voz alta, porque al parecer mi filtro interno había decidido tomarse el día libre—. Nos van a descubrir.
Gavril se reclinó un poco más sobre la almohada, como si estuviera en la hamaca de una casa de playa y no debajo de mí, en un edificio parroquial con paredes finas y viejas chismosas orbitando a menos de dos calles.
—¿De verdad crees que no soy capaz de mantener una fachada? —preguntó, con esa media sonrisa que me hacía olvidar cómo se respiraba—. Aunque realmente me importa una mierda —remató.
Me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con la misma mano con la que, hacía un rato, no había tenido nada de delicadeza. El contraste me desarmó más que cualquier tirón de cadera.
—Ajá —murmuré, intentando sonar sarcástica, pero moviéndome justo en ese instante sobre él.
El gemido ahogado que dejó escapar me atravesó entera. No fue fuerte, pero lo sentí vibrar en su pecho, debajo de mis manos, y bajar peligrosamente hacia mi centro.
—Ahí tienes tu respuesta, señor Markov —susurré, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo.
Su mirada cambió. El brillo de burla dejó paso a algo más oscuro, más intenso.
—Pequeña suicida… —ronroneó.
No me dio tiempo a replicar.
Sus manos se cerraron alrededor de mi cintura, me levantó como si no pesara nada y, en un giro rápido, quedé tumbada sobre el colchón con él encima, su cuerpo cubriendo el mío, la sábana perdiéndose en el suelo.
Gavril bajó la cabeza y me besó la clavícula, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus labios dejaron una línea de calor que siguió después hacia mi pecho, hacia ese punto exacto donde mi corazón parecía decidido a abrirse paso a golpes.
—Gav… —intenté protestar, o recordarle algo, no estaba muy segura.
—¿Mmm? —respondió contra mi piel, esa vibración me arrancaba un escalofrío.
—Tenemos que irnos en una hora —conseguí decir—. Al retiro. Con las tóxicas encantadoras. Y dos adolescentes.
No sonó nada convincente. Ni siquiera a mis propios oídos.
Gavril sonrió contra la curva de mi pecho. Sentí sus dedos subir por mi costado, memorizarme, venerarme... ¡Dios mío! Este hombre me hacía sentir como si fuera una diosa. Su Diosa.
—Un rapidito —murmuró, con la voz tan grave que me temblaron las rodillas aunque las tenía sobre el colchón—. Para ayudarme a concentrarme.
—¿A concentrarte en qué? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
Levantó la cabeza, sus ojos encontrando los míos.
—En no matar a nadie por hacerme estar lejos de tu cuerpo —respondió, con total naturalidad.
Se suponía que debía asustarme esa mezcla de violencia y cuidado. Y me asustaba. Pero también me hizo sentir algo raro en el centro del pecho.
Sus manos bajaron, rodearon mis caderas. Noté cómo tensaba la mandíbula, como si hubiera una batalla interna entre hacer las cosas despacio y dejar que el instinto le ganara.
Al final, ganó el instinto.
Sus manos me agarraron por las caderas y me arrastraron hacia abajo en un solo movimiento brusco, hasta que mis caderas quedaron justo en el borde de la cama y él se arrodilló entre mis piernas abiertas.
No pidió permiso.
Con la boca se abrió paso directo, lengua plana y dura me lamió de una sola pasada larga, queriendo recordarme en cinco segundos lo que me hacía gritar toda la noche.
Gemí sin control.
Él gruñó contra mí, el sonido vibrando en mi carne, y me devoró sin contemplaciones: succionando, mordiendo suave, metiendo la lengua hasta que mis muslos temblaron.
Dos dedos se hundieron de golpe, curvándose, golpeando justo ahí.
Los movió rápido, sin piedad, mientras su boca se cerraba sobre mí y chupaba como si quisiera arrancármelo.
—Gavril…
—Dámelo todo —ordenó contra mi piel, y la vibración me hizo arquear la espalda.
Perdí la cuenta del tiempo entre su lengua, sus dedos y mi cuerpo rompiéndose dos veces seguidas.
Él no paró; siguió lamiendo, succionando, hasta que el segundo orgasmo me dobló por la mitad.
Solo entonces se levantó.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, los ojos oscuros brillando, y se acomodó sobre mí.
—Una hora —dijo, voz ronca—. Me basta con media hora para follarte hasta que camines raro en ese retiro y recuerdes quien es tu dueño.
Me penetró de una sola embestida, hasta el fondo, tan fuerte que la cama se movió del lugar y empezó a darme exactamente lo que había pedido: rápido, duro, hasta el fondo y sin piedad.
Cada golpe era profundo. Su mano en mi garganta apretaba lo justo, lo suficiente para que viera estrellas.
—Vente otra vez —ordenó entre dientes, con la respiración entrecortada y los músculos temblorosos.
Y me corrí apretándolo tan fuerte que gruñó mi nombre como si le doliera.
Aceleró, salvaje, el sudor cayendo de su pecho al mío.
Cuando sentí que se hinchaba dentro, que ya no podía más, se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, palpitando, derramándose caliente y espeso mientras me miraba a los ojos.
Ni una palabra de posesión.
No hacía falta.
Se retiró despacio, me dio un beso breve y sucio en la boca, y se levantó como si nada.
—Ahora sí —dijo, ayudándome a acomodarme en la cama—. Puedo sobrevivir una hora lejos de ti.
Yo seguía temblando en la cama, con certeza absoluta de que él acababa de marcar territorio sin decir una sola vez «mía».
No necesitaba palabras porque ya lo había dicho todo la noche anterior... y todas las anteriores.
Era tan fácil enamorarse de Gavril Markov que daba miedo.
El monstruo del que todos deberían huir y yo, como idiota, eligiéndolo una y otra vez.
Aunque el mundo dijera que era una pésima idea y yo supiera que tenía razón.
Pensé que, si alguna vez descubrían lo que estaba haciendo, no tendríamos excusas.
Y eso ya valía mierda para los dos.
Al final, sí llegamos a tiempo.
Bueno, más o menos.
Estaba abrochándome los botones de la blusa en el pasillo mientras Gavril intentaba domesticar su expresión de “acabo de hacer cosas inconfesables con la referente femenina del pueblo” frente al espejo diminuto del baño.
—Te falta un botón —señalé, asomándome por la puerta.
—Te sobran provocaciones —contraatacó, pero se lo abrochó.
Los detalles eran los que mataban: mi maleta pequeña apoyada junto a la puerta del despacho, la suya, un bolso n***o con lo justo, el juego de llaves de la parroquia colgando de su mano, su alzacuellos en el bolsillo listo para ser colocado en el último segundo.
Y el coche de la iglesia esperándonos afuera. Si a eso se le podía llamar coche.
—“Vehículo oficial del Reino de los Cielos” —murmuró Gavril, mirando la lata con ruedas como si fuera un enemigo personal—. ¿Dónde demonios está el airbag?
—Creo que no existían cuando lo hicieron —respondí, apoyándome en el marco de la puerta para contener la risa.
El auto era un modelo viejísimo, color indefinido entre gris y tristeza, con el logo apenas visible y un par de calcomanías religiosas descoloridas. El capó tenía una abolladura que parecía llevar allí más años que yo.
Las tres viejas ya estaban esperando cerca, con bolsas, mantas y esa energía de campamento y chisme fresco que uno desearía para cualquier cosa menos para un retiro espiritual.