Capítulo 29: El problema

1774 Palabras
Gavril El problema de follarte a la mujer que no deberías es que, después, todo huele a ella. La sacristía, por ejemplo. Las casullas, el incienso, la madera encerada: todo tenía el rastro tenue que dejan las cosas que se comparten más de una noche. Como si el olor de su piel se hubiera filtrado en las paredes y el aire todavía recordara que ella había dormido a metros de aquí. La laptop del despacho estaba abierta desde la madrugada: Helena había insistido en trabajar los balances conmigo antes del desayuno… como si ese “antes del desayuno” fuera ya una costumbre entre los dos. Y lo era. Desde hacía días. La habitación del sacerdote era un desastre: nuestra ropa colgada de la silla, su taza de café en el pequeño fregadero, el olor a su shampoo mezclado con el incienso… Todo decía lo que ninguno de los dos había puesto en palabras aún: que Helena no había vuelto a su casa la noche anterior y que llevábamos varias noches alternando entre vernos en la iglesia y su casa. No podía concentrarme en otra cosa y por eso no apartaba la mirada de la puerta lateral de la sacristía, esperando que se abriera. Esperándola a ella. La manija se movió con un clic suave. Helena asomó la cabeza primero, como si siguiera sin creerse del todo que podía entrar a este espacio sin pedir permiso. Luego cruzó el umbral con una carpeta contra el pecho y el pelo recogido a medias, algunos mechones sueltos cayéndole sobre la frente. Llevaba mi camiseta blanca, la marca y un recordatorio visible de que esa mañana había despertado en mi cama, con mis manos en su cuerpo. Y... ¡Joder! Le quedaba demasiado bien. La había combinado con una falda oscura y una chaqueta ligera, como si eso deshiciera la evidencia de que, hacía unas horas, la llevaba puesta sin nada debajo mientras me montaba sin descanso y sin esa timidez que ahora fingía. «¡Mierda! ¡Cómo me pone!» Cerró la puerta detrás de ella. —Traje los estados de cuenta del último trimestre —anunció, con una corrección que me dio risa por dentro—. Hay nuevos donadores. Quería revisarlos contigo antes de ir a la diócesis. La palabra diócesis me bajó un poco la temperatura. Un poco, pero no lo suficiente. —Déjalos aquí —dije, señalando la mesa larga. Helena cruzó la sacristía. El sonido de sus pasos sobre el piso era un metrónomo que me rompía el control en pedazos. Dejó la carpeta sobre la mesa, la abrió, alineó los papeles como si el mundo no estuviera a medio centímetro de arder. —Mira —se inclinó sobre la hoja—, aquí están los datos y las sumas de dinero, huele a… No sé a qué olía para ella. Para mí, olía a ella misma, a jabón de manzanilla, a café de la mañana, a sudor sobre mi pecho. Me levanté sin pensar. Cuando me di cuenta, ya estaba detrás de ella. —A vacaciones —completé, mecánico, pero mi voz sonó demasiado cerca de su cuello. Se tensó un poco, aunque no se apartó. Su mano seguía sobre el papel, el dedo señalando una cifra. —A algo para los niños —insistió—. Si la diócesis pregunta, necesito tener claro qué haremos con esto. No quiero que piensen que el dinero del orfanato… —Helena —la interrumpí. No había forma de que siguiera una conversación razonable de auditoría si el único pensamiento coherente que tenía era «te quiero desnuda otra vez sobre esta mesa». Ella giró la cabeza hacia mí, a medias, como si intuyera lo que estaba pensando. Su mirada se cruzó con la mía, pícara, tímida, mirándome por debajo de las pestañas mientras mordía su labio inferior. «Ya tuve suficiente de fingir» La tomé por la cintura y la acerqué a mí antes de que pudiera decir otra palabra. Sentí el salto instintivo de su respiración cuando su espalda chocó suavemente contra mi pecho. Deslicé una mano hacia arriba, sobre su abdomen, hasta detener los dedos justo debajo de la tela de la camiseta. —Gavril… —susurró, más aviso que protesta. Me incliné hacia su oído. —No puedo concentrarme si te paseas por la sacristía con mi camiseta puesta —murmuré, dejando que la confesión se pegara a su piel. La vi tragar saliva. Sus manos se cerraron sobre el borde de la mesa. —Tenemos que trabajar —objetó, pero la voz le salió más baja, más caliente. —Estoy trabajando —respondí—. Empezando por identificar la principal distracción en esta operación. Soltó una risa ahogada, casi un jadeo, que se le escapó antes de poder disimularlo. Ese sonido me encendió una parte del cerebro que no tenía nada de sacerdotal. Me incliné un poco más, mis labios rozaron la línea de su mandíbula. Sentí cómo se estremecía. —No es justo —murmuró. —Nunca dije que lo fuera. La giré con cuidado hasta tenerla de frente, atrapada entre la mesa y mi cuerpo. La carpeta quedó a un costado, los números esperando a que a alguno de los dos le prestara atención. La miré. De verdad la miré. Ojeras suaves, como si hubiera dormido poco; la marca tenue de mi boca en su cuello, asomando como si quisiera gritárselo al mundo entero; los labios aún un poco hinchados. «Mi pecado favorito.» Podía haber jugado a ser el hombre correcto y retroceder, haberle dicho que debíamos detenernos antes de que alguien nos descubriera, antes de que el pueblo nos oliera, antes de que el apellido Markov volviera a manchar titulares. No lo hice. La besé. No con la urgencia animal de la primera vez, no con la desesperación silenciosa del confesionario. La besé despacio, como si tuviera derecho a ese tiempo robado. Helena respondió casi de inmediato. Sus manos subieron a mi pecho, se aferraron a la tela de la camisa, luego se deslizaron hacia mi cuello, tirando de mí para acercarme más. Abrí su boca con la mía, saboreando sus labios, su lengua. La sacristía se me hizo más pequeña. El eco de nuestras respiraciones llenó el espacio, aumentando la temperatura. Mi mano bajó a su cadera, se coló por debajo de la camiseta, encontrando piel caliente. La rocé con los dedos, delineando el arco de su cintura, el principio de su espalda. Ella se pegó más a mí, como si buscara el muro y el peligro al mismo tiempo. Pensé, vagamente, en el altar a unos metros. Pensé, más claramente, que Dios me había dado la espalda hacía mucho tiempo, y que si tenía algún problema con esto, estaba llegando tarde el reclamo. —Gavril… —mi nombre en su boca, el suyo en la mía, se mezclaron hasta volverse indistinguibles. La levanté, sentándola en el borde de la mesa, mis caderas encajando entre sus piernas. Sus dedos se enredaron en mi cabello. Mis labios bajaron a su cuello, a la marca que le había dejado, repitiéndola, reforzándola. Era una estupidez primitiva, posesiva, pero no me disculpé, no sentía el más mínimo arrepentimiento. Bajé la cremallera con una mano, saqué mi miembrø duro y palpitante, y le corrí las bragas a un lado con dos dedos; la tela empapada se pegó a su muslo, su intimidad expuesta, hinchada, brillante, temblando de anticipación. Me apoyé justo en su entrada, sin invadir, solo rozando, deslizándome arriba y abajo, cubriéndome entero de su humedad, provocándola, torturándola. —Pídemelo —susurré contra su cuello, lamiendo otra vez la marca que ya estaba morada. Helena gimió, intentó empujarse hacia mí, pero la sujeté por las caderas. —No. Tranquila —dije, hundiendo mis dedos un poco más en su piel—. Vas a sentir cuánto te necesito… y cuánto puedo hacerte esperar. Sentí cómo se agitaba desesperada, el calor palpitando contra mi eje, sus labios inferiores abiertos, atentos, como si quisieran succionarme de una sola vez. —Gavril… por favor… —Su voz era un sollozo roto, las manos tirando de mi pelo. —Vas a esperar —susurré, empujando otro centímetro y quedándome ahí, quieto, sintiendo cómo se retorcía alrededor de mí—. Vas a sentir cada segundo que te hago rogar. Volví a salir hasta la punta. La froté contra ese punto hinchado, en círculos lentos, crueles, hasta que sus muslos temblaron y casi se corre solo con eso. Cuando estuvo al borde, me detuve. Ella gritó, la espalda arqueándose, los pezones duros rozando mi camisa. —Otra vez —ordené, voz ronca—. Ruégame otra vez. Entré de golpe dos centímetros más y me quedé otra vez, me apretó tan fuerte que casi me corro ahí mismo. —Gavril, mi amor... Por favor... Mi amor. Las dos palabras me atravesaron, tensándome por completo, como si me hubieran impactado con una bala, un golpe seco y silencioso, algo que no debería haber dolido, pero dolió. Sus manos, su respiración, la presión de sus piernas alrededor de mis caderas, todo seguía igual, intenso, demoledor... y aun así, por un segundo, dejé de sentir. Mi amor. Como si hubiera dicho algo que no merezco, algo que no puedo sostener, algo que me puede quebrar en dos más rápido que cualquier tortura. Y odié, por un instante, lo mucho que necesitaba escuchar eso de sus labios. La sostuve más fuerte, demasiado fuerte, casi sin aire. No porque quisiera lastimarla, sino porque necesitaba aferrarme a algo para no caer. «Nadie me llama así. Yo no soy “mi amor” de nadie. No puedo... no debo serlo.» Pero ella lo dijo como si fuera una verdad inevitable. Mi respiración se volvió un gruñido bajo junto a su oído, una advertencia y una confesión al mismo tiempo. Estaba a punto de perderlo todo: el control, la cordura, la distancia que llevaba años construyendo para no dejar entrar a nadie. Pero... ¡Mierda! Iba a darle lo que pedía. Le daría lo que quisiera… y lo que no también. Mi violencia, mi lealtad, mi vida entera. Tomaría el mundo y se lo pondría bajo los pies, si solo las repetía otra vez. No quería solo darle placer. Quería rendirme, caer de rodillas ante ella, aunque me doliera admitirlo. Porque amar es una debilidad. Porque el enemigo iba a aprovecharse de eso. A pesar de eso, no quería pensar en un mundo donde ella no existiera. Y si para mantenerla viva tenía que matar a medio país con mis propias manos, lo haría sin pestañear. Me introduje de una estocada en ella, bebiendo su grito ahogado, cuando... Golpearon la puerta. —Padre…
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