Helena
El cursor parpadeaba en la pantalla como si se burlara de mí.
Tenía los balances del orfanato abiertos, un par de correos sin responder y una hoja de cálculo llena de números que pedían orden.
En teoría, estaba “trabajando”.
En la práctica, estaba contando, por enésima vez, los latidos que separaban el recuerdo del confesionario de la noche que se nos venía encima.
Escribí y borré el mismo mensaje tres veces antes de enviarlo.
Yo:
Adrian… necesito decirte algo.
Pero promete que no vas a hacer un escándalo.
La respuesta llegó casi de inmediato. Lo imaginé, como siempre, secándose las manos en un trapo detrás de la barra, con el celular apoyado junto a la cafetera.
Adrian:
Esa frase siempre precede cosas que arruinan mi salud cardíaca.
Dime.
Hice una pausa. No porque no supiera qué poner, sino porque todo lo que había pasado con Gavril en la iglesia parecía una película que alguien más había protagonizado en mi cuerpo.
Te besó.
Lo deseaste.
Lo dejaste tocarte.
Lo elegiste.
Yo:
Estuve con él.
Con él.
No el sacerdote. El Markov.
En el confesionario.
Tres puntos se encendieron.
Los vi parpadear, desaparecer, volver a aparecer. Me imaginé su cara, la mezcla de “lo sabía” y “ojalá no lo hubiera sabido nunca”.
Adrian:
…
¿Estás bien?
Mordí mi labio inferior. Volví a escribir.
Yo:
No sé.
No me hizo daño.
Al contrario.
Eso es lo que más miedo me da.
Borré una parte. No estaba lista para darle todos los detalles aún.
Adrian:
Helena, lo que hagas con tu vida íntima es cosa tuya.
Solo quiero saber una cosa:
¿Te arrepientes?
Miré la pantalla durante un largo momento.
Me arrepentía de muchas cosas: de haber esperado a Andrei, de haber construido mi vida alrededor de un hombre que jamás me eligió, de haber desperdiciado años en una culpa que nadie me había pedido que cargara.
Pero del cuerpo de Gavril pegado al mío, de la forma en que me sostuvo como si no hubiera nada más importante que mi respiración… eso no.
Escribí despacio.
Yo:
No.
El zumbido casi inaudible del refrigerador llenó la cocina. Afuera, algún perro ladró. El pueblo seguía con su rutina de silencio y descanso.
Adrian:
Entonces empieza por ahí.
No te castigues por algo que eliges.
Y recuerda lo que te dije:
Pon tus reglas antes de que las ponga él.
Sonreí sin querer.
Yo:
Lo intentaré.
Mañana te cuento más.
Prometido.
No llegué a mandar otro mensaje. Unos golpes secos en la puerta interrumpieron el hilo de mis pensamientos.
Tres toques. Sin timbre. Firmes.
Se me aceleró el corazón sin permiso. Por la hora, podría haber sido Adrian. O Emil, con alguna excusa sobre las computadoras del orfanato. O…
Me levanté de la silla y caminé hacia la puerta con la sensación absurda de estar yendo, otra vez, hacia una línea de no retorno.
—¿Quién es? —pregunté, por pura costumbre.
No hubo respuesta.
Solo la respiración al otro lado.
Supe quién era antes de girar el picaporte.
Abrí.
Gavril estaba de pie en el umbral con la chaqueta de cuero oscura, el cabello algo revuelto, la mirada cargada con una sola certeza: esta noche nadie iba a detenernos.
No dijo “hola”, ni “podemos hablar”.
No dijo nada.
Me tomó el rostro con ambas manos y me besó.
No fue el beso contenido del confesionario, el que tuvo que ser estrangulado para no hacer ruido. Este fue todo lo que el otro no pudo ser: abierto, hambriento, descarado.
Mis labios se abrieron bajo los suyos antes de que pudiera siquiera pensar o resustir.
Retrocedí un paso por reflejo. Él avanzó conmigo, entrando a la casa, cerrando la puerta de un empujón sin dejar de besarme.
Sus manos bajaron directas a mi culo, me alzaron contra él sin pedir permiso. Sentí cuánto me necesitaba, duro, urgente, apretado contra mi vientre. Gemí dentro de su boca y eso fue todo el consentimiento que precisó.
—Gavril…
—Dilo otra vez. Grita mi nombre mientras te follo duro y sucio —susurró, mordiéndome el labio.
Me arrancó la blusa de un tirón; los botones saltaron por el suelo. Mi falda subió hasta la cintura, sus dedos rasgaron las bragas como si fueran papel. No hubo delicadeza, solo hambre pura.
Tropezamos hacia el sofá derrumbándonos, riendo y jadeando al mismo tiempo. La chaqueta de cuero cayó, la camisa de él voló, mi sostén ni siquiera recuerdo dónde quedó. Piel contra piel, calor contra calor, sudor empezando a brillar.
—Gavril...
Lo que salió fue un gemido ahogado cuando su boca se deslizó hacia mi cuello, encontrando la marca que él mismo había dejado antes y volviendo a reclamarla.
Lo que nos habíamos negado en el confesionario, lo que habíamos tenido que morder para que no saliera a través de los tabiques de madera, ahora no tenía filtro.
Me abrió las piernas con las rodillas, se colocó entre ellas y me miró un segundo, solo uno, como pidiendo permiso y perdón por lo que iba a hacerme.
Lo último, no se lo di.
Lo atraje con las dos manos en su nuca y lo besé mientras él empujaba dentro de mí de una sola embestida brutal, profunda, sin pausa.
Grité su nombre contra su boca.
Él gruñó el mío contra mi cuello.
Y entonces ya no hubo freno.
Me folló como si quisiera borrar cada día que habíamos perdido: fuerte, rápido, sin contemplaciones. El sofá crujía, la mesa se sacudía, mis uñas le marcaban la espalda dejando surcos rojos. Cada vez que salía casi del todo volvía a hundirse más adentro, más hondo, como si quisiera grabarse en mis huesos.
—Más —jadeé—. No pares, por favor…
Sus caderas chocaban contra las mías con un sonido húmedo, obsceno, perfecto. Me levantó las piernas sobre sus hombros y el ángulo lo cambió todo; lo sentí tan dentro que creí que iba a partirme en dos. Y aun así empujé hacia él, pidiéndole más, siempre más.
Nos corrimos casi al mismo tiempo, él enterrado hasta el fondo, yo apretándolo con todo el cuerpo, los dos temblando, gimiendo como animales, sin importarnos si toda la maldita calle nos oía.
Cuando terminó se quedó dentro de mí, respirando contra mi cuello, todavía duro, todavía palpitando.
Besó la marca fresca que acababa de dejarme y murmuró, ronco:
—Esto no ha terminado.
Gavril salió de mí despacio, con un sonido húmedo que me hizo estremecerme. Todavía jadeaba contra mi cuello cuando se apartó lo justo para mirarme: los ojos oscurecidos, la boca hinchada, el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón.
No dijo nada.
Solo me tomó de la cintura, me dio la vuelta con una facilidad que me recordó cuán fuerte era, y me puso de rodillas en el sofá.
—Apóyate bien —ordenó, su voz ronca, casi irreconocible.
Obedecí sin pensar. Las manos en el respaldo, la espalda arqueada, el culo en alto. Sentí el aire fresco en la piel mojada entre mis piernas y me mordí el labio para no suplicar antes de tiempo.
Él se paró detrás de mí. Una mano grande se posó en mi nuca, empujándome suavemente hacia abajo hasta que mi mejilla quedó contra el cojín. La otra mano abrió mis nalgas sin miramientos.
—Mierda, mira cómo estás… —gruñó—. Toda mojada.
No me dio tiempo a avergonzarme.
La punta rozó mi entrada y empujó de una sola vez hasta el fondo.
Grité.
Fue un grito crudo, sin filtro, que rebotó en las paredes de la pequeña sala.
Empezó a moverse de inmediato, sin piedad. Cada embestida era más profunda que la anterior, más fuerte, como si quisiera atravesarme. El sonido de sus caderas chocando contra mí llenaba la habitación: rápido, constante, animal.
—Así… sigue… —jadeé, sin saber si hablaba o solo gemía—. Más fuerte, Gav...
Él obedeció.
Una mano en mi cadera, tirando de mí hacia atrás para encontrarse con cada golpe; la otra enredada en mi pelo, tirando justo lo suficiente para que mi cuello se arqueara y pudiera ver, por el rabillo del ojo, su reflejo en la ventana: el cuerpo tenso, los músculos brillando de sudor, la cara contraída de puro placer.
—Nadie más —dijo entre dientes, cada palabra marcada por una embestida—, te tendrá así… el primero que siquiera te piense... se muere…
Sentí que volvía a acercarme al borde, demasiado rápido. El ángulo era brutal; lo tenía tan dentro que cada roce me hacía temblar entera, y sus palabras no hacían más que llevarme directamente al abismo.
—Gavril… me voy a correr otra vez…
—Córrete —ordenó, sin bajar el ritmo—. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te follo así.
Y lo hice.
Me rompí alrededor de él con un grito ahogado, las piernas temblando, todo el cuerpo convulsionando. Él no paró; al contrario, aceleró, persiguiendo su propio final, gruñendo mi nombre como una oración sucia.
Cuando se corrió, lo hizo con un rugido bajo, enterrándose hasta lo imposible, llenándome otra vez, caliente, profundo.
Sentí cada pulsación dentro de mí, cada gota, hasta que se quedó quieto, respirando como si le faltara el aire.
Se inclinó sobre mi espalda, todavía dentro, y me mordió el hombro con fuerza suficiente para dejar una marca.
—Esto —susurró contra mi piel, su voz rota— es solo el principio.
Cuando el cuerpo finalmente cedió al alivio que había estado negándose desde la sacristía, no pensé en pecado.
Pensé en supervivencia.
En sentirme siempre de esta forma: viva.
(...)
Me despertó un olor inesperado a pan tostándose, algo caliente en la sartén y el sonido de la máquina de café.
Y sobre todo, una presencia.
Me incorporé, la sábana resbaló por mi cintura. Tenía el cuerpo adolorido, marcado… vivo. Me puse la camiseta larga de él y avancé por el pasillo en silencio.
Lo vi antes de que él me viera.
Gavril estaba de espaldas, frente a la mesada. El torso desnudo, cicatrices en la espalda dibujando un mapa que, al darme cuenta que eran mías, sonreí como una tonta. Movía un cuchillo con una precisión de cirujano, cortando pan como si estuviera desactivando una bomba y no preparando el desayuno.
Debió sentir mi mirada recorriéndolo, cómo me estaba babeando por él. Se detuvo un segundo y habló sin girarse:
—No es tan diferente de cortar... otras cosas.
—¿El pan? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.
—Sí —asintió—. El pan.
Se volvió. Llevaba la tensión de un animal que no sabe cómo comportarse en un entorno nuevo. Pero aun así… estaba cocinando.
Para mí.
—Buenos días —murmuró, regalándome una sonrisa.
—Buenos días —respondí, aunque todavía me ardían partes del cuerpo que no sabía si llamar “mías” o “suyas”.
Se acercó despacio, como si yo fuera la que podía romperlo a él. Me tocó la mejilla con los dedos, y esa sola caricia quemó más que todo lo que habíamos hecho anoche.
Apreté mis manos en la tela de su camiseta.
—Tengo miedo —admití en un hilo de voz, sin esconderme, sin maquillar nada.
Su expresión cambió tan rápido que lo sentí. Los músculos del cuello se tensaron, los ojos se afilaron, la respiración se hizo más profunda. Como si mi miedo fuera un arma apuntada a él.
—De... esto —añadí, señalándolo a él, a mí, a la cocina en general.
Gavril no dijo nada durante un largo momento. Pasó su pulgar por mi mandíbula con una delicadeza que no combinaba con el hombre que había gruñido mi nombre mientras me partía en dos horas antes.
—No hay vuelta atrás, Helena —dijo al fin, bajo y grave, haciendo estragos entre mis piernas—. Ya no.
Me preparé para que se alejara, para que levantara un muro, para que dijera algo que me devolviera al mundo real.
En cambio, se quedó inmóvil cuando rodeé su cintura con mis brazos.
Inmóvil e incómodo.
Como si el cariño fuera más peligroso que el deseo.
—No me dejaste terminar —susurré contra su pecho—. Dije que tenía miedo… sí. Pero no de ti.
Él bajó la mirada hacia mí, confundido en esa forma tan humana que jamás habría imaginado ver en él.
—Más miedo me da —continué, levantando un poco la cabeza para mirarlo a los ojos— perder la oportunidad de descubrir qué es esto.
Sus dedos se cerraron en mi espalda, primero indecisos, luego firmes, como si finalmente entendiera qué hacer con las manos.
Lo sentí respirar hondo. Sentí su pecho expandirse contra el mío. Sentí, por primera vez, que se aflojaba.
Solo un poco.
Lo suficiente para dejarme entrar.
—Helena… —murmuró, esa voz me aflojó las rodillas.
Lo besé suavemente.
Un beso lento, tibio. Diferente al de anoche. Menos fuego, más vértigo.
Él correspondió con una mano en mi nuca, la otra pasando por mi cintura como si quisiera memorizarla.
—Tengo que girar la tostada —dijo contra mi boca, con un exhalo corto, casi una risa.
—La tostada puede esperar —contesté, tirando de él hacia mí.
—Helena…
—No quiero volver a dormir —susurré, rozándole la comisura de los labios—, si tengo que despertarme sola otra vez.
Gavril hizo algo que nunca había visto: cerró los ojos, como si lo que acababa de decir le pesara demasiado.
O le importara demasiado.
Y entonces me levantó en brazos sin esfuerzo, apagando el fuego. Me cargó contra su pecho, caliente y firme, y caminó conmigo de vuelta a la habitación.
Esta vez, cuando me tendió en la cama, no hubo brutalidad.
Solo su boca encontrando la mía, junto a ese silencio suave que nunca imaginé que él pudiera darme.
Esta vez no iba a elegir entre miedo y deseo.
Iba a quemarme con ambos.