Capítulo 27: Las grietas del enemigo

2577 Palabras
Gavril Todavía olía a ella. La sacristía estaba en silencio, pero mi cuerpo seguía vibrando como si el confesionario no se hubiera cerrado hacía minutos, sino segundos. Tenía las manos apoyadas en la mesa donde el sacristán ordenaba las casullas; los nudillos blancos, el pulso demasiado rápido para alguien que se suponía que vivía en “paz espiritual”. Paz. Qué palabra tan ridícula. Me quité el alzacuello con un tirón más brusco de lo necesario y lo dejé sobre la madera. La marca roja en su piel seguía en mi cuello, tapada por la camisa, y otra más abajo, donde Helena había mordido para no gritar. Sonreí. Había sangre seca en el borde. Mía. Suya. No me molesté en limpiarla de inmediato. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba rabioso. Cansado, sí. Desquiciado, siempre. Pero había un tipo de calma nueva, torpe, peligrosa. No esa calma de después de matar a alguien, cuando el cuerpo baja el arma y sube el recuento de daños. Esta era la calma que quedaba después de tomar algo que sabías que no debías tocar… y aun así te sabe a verdad. A gloria. Helena. La silla crujió a mi espalda cuando me dejé caer. La sotana se enredó bajo mis rodillas. Cerré los ojos un segundo. Las imágenes regresaron con una violencia que no tenía nada que ver con balas. Su falda negra. Su respiración cortada. Mi nombre en su boca. No había marcha atrás. El problema ya no era si iba a arriesgar la misión por ella. Era que, en mi cabeza, la misión empezaba a girar alrededor de ella. Golpearon dos veces la puerta de la sacristía antes de abrirla. Solo una persona en este pueblo tenía los huevos suficientes como para hacer eso sin esperar permiso. —Si sigues con esa cara de… —Misha asomó la cabeza, preparado para el impacto—, voy a… Se quedó a medias. Me miró. Parpadeó. Cerró la boca. Todo a la misma vez. Fue casi cómico ver cómo su cerebro recalculaba. Yo conocía bien mi propio repertorio: ceño fruncido, mandíbula tensa, mirada lista para matar. No era eso lo que llevaba puesto. —Ok —dijo al fin, entrando y cerrando la puerta detrás de él—. ¿Quién eres y qué hiciste con Gavril? Rodó los ojos, pero lo vi hacerlo un poco más lento de lo habitual. Estaba esperando una explosión. No iba a dársela. No todavía. —Estoy trabajando —mentí, apoyando el codo en el respaldo de la silla—. ¿Qué quieres? —No mientas en una sacristía, va en contra del protocolo —replicó, arrugando la nariz—. Debería echar agua bendita solo por el olor a… —hizo un gesto impreciso con la mano— decisiones cuestionables. Lo fulminé con la mirada. Él levantó las manos, en señal de paz. —Tranquilo, padre —ironizó—. Solo digo que te ves menos homicida que de costumbre. Y eso, es… perturbador. Se dejó caer en el borde de la mesa, cruzándose de brazos. Sus ojos se hicieron un poco más serios. Había una sombra de preocupación detrás del chiste. —Encontraste algo —deduje. Misha no venía a hablar de mi cara si no traía basura en las manos. —Sí —admitió—. Y no me gusta. Sus dedos juguetearon con un rosario que alguien había dejado allí. Lo hizo girar como si fuera una cadena. —Oracle —dijo, sin adornos—. Está más cerca de lo que pensábamos. El nombre se clavó en el aire como un clavo frío. La calma se rajó un poco. —Habla —ordené. Misha suspiró, como si hubiera esperado que, por una vez, yo dijera “por favor”. —Eso no va a pasar —mascullé y el soltó un bufido. —Estuve revisando los logs otra vez —empezó—. Las conexiones al servidor del orfanato, los accesos remotos al archivo parroquial, las cámaras del pueblo… Todo lo que podría interesarle. Eso no era nuevo. Lo hacía desde que llegamos. Oracle no era un nombre, era un fantasma. Un agujero en los sistemas, un mensaje que aparecía donde no debería. El responsable de más de una masacre con apariencia de accidente. De la muerte de gente que tenía mi apellido. Y de otra que no tuvo tiempo ni de saber de quién se estaba vengando. —¿Y? —lo apuré. —Hay rastros contradictorios —frunció el ceño—. Demasiado limpios. Como si alguien estuviera recreando su forma de moverse, pero… Lo miré. —Pero qué. —Pero Oracle no comete errores tan básicos —dijo—. No repite patrones de esa forma. No deja ping tan evidentes entre dos redes locales. No usa tres veces la misma ruta de salida. Es… —buscó la palabra— torpe. Eso sí era nuevo. Misha sacó el teléfono del bolsillo y me mostró la pantalla. Mapas, líneas, horarios. Puntos en rojo. —Tengo que admitir que Adrian tenía razón —añadió. Ese nombre, en esa frase, me pichó otro lugar del pecho. —¿Qué tiene que ver Adrian en esto? —pregunté, tenso de otro modo. —Vio algo —respondió, alzando las manos como si no quisiera incendiar más el ambiente—. Iba a revisar los estados de cuenta con Helena, pero como ciertas personas la tuvieron ocupada… —su sonrisa fue un descaro—, Emil terminó ayudándolo. No mordí el anzuelo. Sería demasiado fácil molernos a golpes por su estupidez. Misha continuó: —Adrian me dijo que Emil borró archivos frente a él. Que manipuló datos del día anterior como si nadie fuera a notarlo. Se conecta a horas que no tienen sentido. Sale de su casa después de la medianoche sin una excusa razonable. Fruncí el ceño. —Ese hijo de puta. —El mismo —confirmó Misha—. Hay registros de acceso al servidor del orfanato desde su casa. No debería tener ese permiso. Y no hablo de alguien robando su wifi para ver telenovelas. Hablo de paquetes moviéndose en plena madrugada hacia nodos que solo deberían tocar personas autorizadas. Se encogió de hombros. —Podría ser un imbécil curioso —concedió—. O un imbécil útil a alguien más. Oracle. —¿Investigaste? —Fui a hablar con la tía con la que vive. Vieja desconfiada, pero terminó largando información porque creyó que yo era del municipio. Resulta que Emil vive con ella desde los diecisiete. Los padres murieron hace años. —¿Accidente? —pregunté en automático. —Supuesto accidente —dijo Misha, marcando la palabra—. Pero los archivos oficiales están… raros. Fechas duplicadas, informes incompletos. El tipo creció sin supervisión real, con acceso a tecnología porque el padre era técnico en telecomunicaciones. —Eso no lo convierte en Oracle —dije. —No —aceptó—. Pero sí en alguien a quien Oracle podría usar. O si podría ser Oracle haciendo estupideces intentando llamar la atención. Porque… —hizo una pausa, mirándome directo—, según la tía, Emil está enamorado de Helena desde la secundaria. Cerré los dedos en un puño antes de procesarlo. Misha siguió hablando, consciente del efecto que me provocaba. —La tía dice que desde que era adolescente se desvivía por ayudarla. Que iba al orfanato a cambiar focos gratis. Que le arreglaba la computadora sin que ella se lo pidiera. Que la seguía al coro. Todo “por si necesitaba algo”. «Necesitar algo». Mis dientes rechinaron. —Tiene historial de aparecer y desaparecer cuando a ella le pasa algo —agregó—. Lo cual no sería raro… si no coincidiera también con picos de actividad en los nodos que Oracle suele usar como cobertura. El mundo se me afinó en un punto de tensión entre las costillas. Emil enamorado, moviendo datos, borrando archivos cuando Helena no está, mirando demasiado y siendo demasiado invisible. Misha alzó una ceja. —¿Y? —preguntó—. ¿Qué opinas ahora? Apoyé los codos en las rodillas y me incliné hacia adelante, entrelazando los dedos. El eco del nombre de Helena seguía ahí, haciendo ruido en mi cabeza, pero se mezcló con otro: la firma de quien había estado empujando fichas desde la sombra. —Emil no tiene la capacidad para ser Oracle —dije—. Ni el perfil. —Lo sé —respondió Misha, rápido—. Por eso digo que algo no cuadra. Uno: está moviendo información que no debería. Dos: los rastros de Oracle están hechos como si quisiera que los viéramos. Tres… —me miró con seriedad—, Oracle es más inteligente que esto… o es alguien más desviando nuestra atención. La frase quedó suspendida entre nosotros. Oracle no jugaba a lo obvio. Nunca. Si algo parecía fácil, era una trampa. Si algo parecía torpe, era una máscara. —¿Crees que usa a Emil como pantalla? —pregunté. —Es una posibilidad —admitió—. O que alguien más esté intentando imitar a Oracle para culparlo de lo que pase después. En cualquier caso, el escenario es el mismo: el peligro se está acercando a tu querida parroquia. Levantó una ceja. —Y a tu querida Helena —añadió, con todo el tacto de una granada. Sentí el pinchazo reflejado en el rostro. Mis músculos se tensaron uno a uno. Si antes no quería involucrarla en la misión, ahora el rechazo era casi físico. Había pasado demasiado tiempo dentro de ese cubo de madera con ella, con su cuerpo encajando tan bien contra el mío, con su respiración mezclándose con la mía, como para cambiar de tema sin más. Oracle. Emil. Adrian. Todo sonaba demasiado lejos de su nombre, y al mismo tiempo peligrosamente cerca de su mundo. —Estoy ocupado —dije, más brusco de lo que pretendía. Misha me sostuvo la mirada. —Lo sé —contestó—. Por eso vine ahora. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, imitando mi postura. —Mira, puedes odiarme si quieres —continuó—, pero lo diré igual: si Oracle está usando el orfanato y la parroquia como base de operaciones, Helena está en la línea de fuego. No solo porque te importa. Sino porque su trabajo está aquí… su gente… sus niños. Todo lo que toca… está en el mapa. Dio un golpecito con el dedo en la pantalla por cada palabra. —No estoy diciendo que ella lo sea. Y tú sabes muy bien lo que hace Oracle cuando quiere mandar un mensaje —terminó—. No discrimina. La imagen de un edificio ardiendo se cruzó en mi memoria. Voces, humo, un código en una pantalla al fondo: ORACLE WATCHES. Fijé la vista en la pared de la sacristía. Había un cuadro de un pastor cargando una oveja sobre los hombros. El cinismo no se me escapó. Yo odiaba las metáforas fáciles. —Vigila a Emil —ordené, al fin—. No lo asustes. No lo pierdas de vista. No lo toques… todavía. —¿Eso significa que por una vez voy a poder dormir en una cama y no en el auto? —intentó, con humor. Lo ignoré. —Y habla con Adrian —añadí—. Si vio algo más, lo quiero saber. Todo. Misha asintió, pero no se movió. —¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué vas a hacer? Me puse de pie. La sotana me cayó hasta los tobillos, pesada, incómoda. La miré como quien mira una piel vieja. —Cambiarme —respondí—. Y ocuparme de otra grieta. Misha frunció el ceño. —¿Helena? —adivinó. No lo negué. No tenía energía para inventarme excusas. Fui al pequeño armario que tenía en la esquina. Abrí la puerta. Entre casullas y albas perfectamente colgadas, había un compartimento interno, al fondo. Lo deslicé hacia un lado, revelando un par de jeans oscuros, una camiseta negra y una chaqueta de cuero gastada. Mi verdadera sotana. Me desabotoné la camisa blanca despacio. Misha desvió la vista, no por pudor, sino porque sabía que ese gesto marcaba el cambio de personaje. El “padre Aleksandr” se quedaba en el palo de madera. Gavril Markov salía a tomar aire. —¿Es buena idea ir a verla ahora? —preguntó, cuando me puse los jeans—. Teniendo en cuenta que acabas de… —hizo un gesto vago hacia el confesionario— cruzar una línea con ella. —No hay buen momento para nada de lo que hago —corté, metiendo los brazos en la chaqueta—. Y prefiero estar cerca si Oracle decide que este pueblo le resulta útil. Me até el reloj en la muñeca. El metal frío contra la piel todavía caliente fue el único gesto de disciplina que me permití. —Además… —añadí, ajustando el cuello de la camiseta—, es más fácil proteger algo cuando sabes exactamente qué estás dispuesto a perder por ello. «Y ella me debe algo. Voy a cobrar ese gemido que me negó en el confesionario...» Misha negó con la cabeza, medio resignado, medio divertido. —Estás jodido —diagnosticó. —Desde hace años —le recordé—. Esto solo le puso nombre. Helena. Tomé las llaves del coche de encima de la mesa, pero dudé un segundo. El pueblo era pequeño. A esa hora, el motor llamaría demasiado la atención. Demasiado ruido para el estado en que estaba. Guardé las llaves otra vez. —Voy andando —dije. —¿Quieres que te acompañe? —ofreció, aunque nos miramos con un gesto de ¿qué mierda? —No —negué—. Quédate. Vigila las pantallas. Si algo cambia, me llamas. —¿Y si no atiendes? —contraatacó. Lo miré, serio. —Entonces no insistas. Estaré muy ocupado, tú resuelve —respondí. Me abrió la puerta. El pasillo hacia la nave estaba en penumbra. Algunas velas apagadas, otras haciendo titilar los rostros de santos que nunca tuvieron que esconder armas en sacristías. Caminé hacia la salida lateral, la que daba al callejón. El aire frío me golpeó al abrir. Helena vivía a pocas cuadras, ya había memorizado como llegar sin ser visto. Ahora no iba como sacerdote, iba como lo que era: un Markov que acababa de cruzar todas las líneas que había prometido respetar. Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta y empecé a caminar. Cada paso era una elección nueva de cómo iba a tomarla, cómo quería escuchar mi nombre de sus labios, como la comería a besos sin darle tregua. Podía haberme quedado en la sacristía, hundido en pantallas, mapas y nombres en clave hasta que Oracle diera el siguiente golpe. Podía haber jugado a la distancia, al profesional frío que no mezcla sentimientos con operaciones. No lo hice. No después de tenerla sentada sobre mí, de escucharla decir que no quería que parara, de sentirla temblar y confiar en mí en el lugar más absurdo del mundo. Oracle podía estar más cerca de lo que pensábamos. Perfecto. Que viniera. Yo iba a estar donde realmente importaba. Frente a la puerta de Helena, con los nudillos listos para golpear… y la certeza incómoda de que, pasara lo que pasara a partir de ahora, cada grieta en el enemigo iba a tener, de alguna manera, su nombre en el centro.
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