Gavril
—Gavril… —susurró, y ese fue el sonido que terminó de prender fuego a todo.
La besé.
No podía ser de otra manera.
Su boca seguía siendo el lugar exacto donde mi cordura se iba a morir. La tomé con un hambre que llevaba días acumulándose, semanas, meses quizá. Pero debajo de toda esa hambre, había algo más suave, más jodido: cuidado.
Mi lengua se abrió paso en su boca y ella me dejó entrar sin resistencia, con un gemido bajito que vibró contra mis labios y me recorrió la columna como electricidad.
Mis manos, que habían estado quietas en su cintura, empezaron a moverse. Lentas. Demasiado lentas para lo que ardía dentro de mí.
Subieron por debajo de la falda, palma contra piel caliente, centímetro a centímetro. Sentí cómo se le ponía la carne de gallina bajo mis dedos, cómo sus muslos se tensaban y se abrían un poco más, invitándome sin palabras.
Cada gemido que soltaba lo atrapaba con mi boca, lo bebía, lo hacía mío. Eran sonidos pequeños, apenas suspiros, pero en el silencio del confesionario resonaban como disparos.
Más arriba.
Mis pulgares rozaron el borde de sus bragas. Ella tembló entera, se pegó más a mí, buscando más contacto. La besé más hondo, más sucio, mientras mis dedos se colaban por debajo de la tela húmeda.
La encontré empapada. Completamente entregada a mí.
Afuera, una de las ancianas carraspeó. Alguien se persignó. El murmullo de un Ave María nos rodeó desde la nave.
Un gruñido bajo se me escapó contra su lengua. Ella respondió apretándome el cuello con las manos, como si temiera que me apartara. Como si yo pudiera hacerlo.
Deslicé un dedo dentro, lento, sintiendo cómo se abría para mí, cómo palpitaba. Otro gemido, más largo esta vez. Tuve que silenciarla de nuevo con otro beso.
Dos dedos ahora. Dentro. Hasta el fondo.
Helena se arqueó contra mí, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados. La sostuve pasando mi brazo por su espalda hasta llegar a tomar su nuca con la mano libre y la devolví a mi boca antes de que se le escapara el grito.
Entraba y salía despacio, acompasando el movimiento con mi lengua. Ella se retorcía encima de mi regazo, las caderas buscando más, siempre más.
Y entonces no pude más.
Retiré los dedos ganándome su protesta que ahogué al instante y, con la misma mano mojada de ella, agarré el borde de sus bragas y las corrí a un lado de un tirón brusco.
—Baja la voz —murmuré contra su boca, sin separarme del todo—. O vamos a tener más penitentes de los que puedo manejar.
Sus labios se curvaron en una sonrisa pervertida.
—Siempre creí… —susurró, rozando mi boca con la suya— que el pecado hacía ruido.
—Este… —le devolví en un hilo de voz— se hace en silencio.
La besé otra vez, más profundo. Su boca se abrió para mí como si el cuerpo ya me hubiera perdonado cualquier cosa que la mente todavía dudaba.
Un leve movimiento de sus caderas sobre mí me arrancó un gruñido bajo que tuve que tragármelo antes de que saliera. El espacio era tan reducido que cada pequeño gesto se sentía amplificado; cada roce, multiplicado.
Por primera vez en mi vida, detenerme a medio camino me pareció una imposibilidad.
—Dime que pare —le susurré, con la frente apoyada en la suya— y paro.
Era la única mentira que hubiera querido que me creyera.
Ella me miró, los ojos brillándole en la penumbra, la respiración entrecortada.
No lo dijo.
No pronunció la palabra para.
Lo que hizo fue mover las caderas, apenas, buscando más contacto. Un roce deliberado, un choque lento que me arrancó todo el oxígeno del cuerpo.
Mi espalda se tensó. Mis manos la aferraron con más fuerza. Tuve que cerrar los ojos un segundo para no hacer una estupidez de la que ninguno saliera caminando.
Helena acercó la boca a mi oído.
—No quiero que pares —murmuró, tan bajo que solo yo pude escucharlo.
Ese fue el disparo que faltaba.
En el instante en que ella dijo no quiero que pares, esa parte perdió la guerra.
Mis manos bajaron y abrieron la sotana, haciendo que los botones volaran por todos lados, luego a mi cinturón con una urgencia ciega. El metal tintineó apenas y tuve que contenerme para no arrancarlo de un tirón. Helena me ayudó: sus dedos se colaron entre los míos, desabrochando el botón, bajando la cremallera con una lentitud que casi me mata.
Cuando me liberó, me tomó en su mano, apretándome una sola vez, fuerte, mostrándome quien tenía el control.
Un jadeo se me escapó entre los dientes. La miré. Ella me miró. Y en esa mirada no había duda, solo hambre pura.
La levanté apenas unos centímetros con las manos bajo sus muslos. Ella se sostuvo de mis hombros, se acomodó encima de mí, y guió la punta justo donde los dos estábamos muriendo por encajar.
Entonces se hundió sobre mí despacio, demasiado despacio.
Sentí cada centímetro de mí abriéndola, su calor cerrándose a mi alrededor. Quise rugir, maldecir, decirle que me estaba matando. Pero apreté los dientes y solo salió un gruñido bajo, casi animal, que vibró contra su boca.
Nos quedamos quietos un segundo, los dos temblando. Su aliento caliente en mi cuello, mi pulso golpeándome las sienes como un tambor de guerra.
Y entonces empezó a moverse... insoportablemente lento.
Cada vez que subía, sentía que me arrancaba el alma. Cada vez que bajaba, me la devolvía hecha pedazos…
Quería gritarle que fuera más rápido, que no me importaba si toda la puta iglesia entraba y nos veía. Pero no podía, no debíamos hacer ruido.
Y eso me estaba volviendo loco.
Mis dedos se hundieron en su cintura hasta dejar marcas. La guié, la obligué a ir más profundo aunque ella quisiera torturarme con esa lentitud criminal.
Helena escondió la cara en mi cuello y mordió. Fuerte. Sentí el calor de la sangre. Bien. Que sangrara. Que doliera. Cualquier cosa antes de tener que tragarme otro gemido que me estaba quemando la garganta.
La embestí hacia arriba con toda la rabia que no podía gritar. Ella se arqueó, se le cortó el aire, y sus uñas se clavaron en mi nuca como si quisiera arrancarme la piel.
Silencio.
Teníamos que hacerlo en silencio.
Y yo me estaba rompiendo por dentro de tanto callar.
Quería maldecir a Dios en todos los idiomas que sabía por permitirme esto en su propia casa y no dejarme ni gritar su nombre.
Ella aceleró en un vaivén más rápido, más desesperado. Sentí cómo se apretaba alrededor de mí, cómo se acercaba el borde.
Y yo ya no podía más. No podía seguir conteniéndome. El silencio me estaba matando más que cualquier bala que me hubieran metido jamás.
Helena se corrió sin hacer un solo ruido. Solo un temblor brutal que la atravesó entera, sus músculos apretándome tan fuerte que vi estrellas. Se mordió su propio antebrazo para no gritar. Yo la seguí casi al instante, descargándome dentro de ella con la mandíbula tan apretada que creí que me iba a romper los dientes.
Me vine en silencio.
Como un hijo de puta condenado que no tiene derecho ni a gemir su placer.
Helena buscó mi boca otra vez, sin pudor. La abrí para ella, recibiéndola como si fuera la única droga a la que estaba dispuesto a volverme adicto.
—No me arrepiento —susurró ella, bajito.
El nudo en mi garganta se apretó.
—Yo tampoco.
La respuesta salió más honesta de lo que esperaba. Y por un momento, ninguno se movió.
Sentí su respiración contra mi cuello, el temblor suave en sus manos, el eco todavía tibio de lo que acabábamos de hacer.
Pero la realidad volvió a colarse entre nosotros, insistente, recordándonos dónde estábamos y quiénes se suponía que éramos.
La ayudé a ponerse de pie dentro de ese espacio ridículo. La vi arreglarse la falda, tocarse el cabello, recomponer una apariencia que ninguno de los dos volvería a ver “inocente” nunca más.
Abrió la puerta con cuidado y salió primero.
Cerré los ojos un segundo.
Había enemigos, planes, nombres que borrar, cuentas pendientes con un fantasma llamado Oracle. Una guerra entera esperándome afuera.
Pero la guerra importante ya se había decidido en ese cubo de madera.
Y yo la había perdido.
Sonreí, sin humor.
Si perder significaba vivir por y para la mujer que acababa de cruzar la puerta del confesionario con mi nombre metido bajo la piel… entonces que ardiera todo lo demás.
Yo ya había elegido trinchera.
A partir de ahora, todo en mi vida se mide en función de ella. Cada puta decisión, cada maldito movimiento, cada jodido enemigo, cada maldita bala.