Capítulo 25: Guerra perdida

1428 Palabras
Gavril La escuché antes de verla. El chirrido suave de la puerta del confesionario, el roce de tela contra la madera, ese pequeño suspiro que Helena soltaba cuando intentaba parecer más tranquila de lo que estaba. Ya sabía que era ella. El día que fui tan imbécil como para besarla, algo en mí quedó adherido a su respiración… siendo parte de ella. Podía reconocerla entre cien feligreses con los ojos cerrados. —En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… —empecé, porque la sotana todavía exigía su teatro. Pero el cuerpo ya sabía que esa tarde no venía a pedirme absoluciones. Venía a condenarnos a los dos. —Padre —susurró. El título se me clavó como un chiste mal contado. —…vine porque dejé de luchar contra algo. Un músculo se me tensó en la mandíbula. Imaginé sus manos juntas, sus dedos agarrando el rosario que siempre usaba. Pero no era la voz de una persona arrepentida, no. Era la de alguien que acababa de tomar una decisión. —¿Contra qué? —pregunté, sabiendo que no iba a gustarme la respuesta… y deseándola igual. —Contra el deseo —dijo, y la palabra se quedó flotando entre la rejilla y mi garganta—. Contra un hombre al que no debería desear. Tragué saliva. El confesionario se encogió un centímetro. Ningún “pecado” me había afectado nunca. Escuché de todo: infidelidades, robos, golpes, pensamientos sucios con el vecino de banco. Todo era información o basura emocional. Pero esto… era distinto. Porque de los únicos hombres que ella “no debería desear” uno estaba enterrado a seis metros bajo el suelo y el otro... a menos de medio metro de distancia, conteniendo a duras penas no golpear la madera hasta astillarla. La sentí acercarse. El aire se calentó un poco en torno a la rejilla, como si su respiración alterara la temperatura de mi lado también. —Helena —dije su nombre, porque lo necesitaba en mi boca para no enloquecer. Sonó demasiado bajo. Demasiado mío. Demasiado prohibido para un supuesto hombre de Dios. —¿Qué hombre? —insistí, dándole la oportunidad de mentir. No lo hizo. —Uno peligroso —susurró—. Uno que no debería tocarme. Hice un esfuerzo consciente por no apoyar la frente en la madera. —Pero quiero que lo haga. Ahí perdí un centímetro más de control. No me moví, pero mi mano se cerró en puño sobre mi muslo. La piel del cuello me ardió, la sotana se volvió una cárcel calurosa en un espacio donde no corría una gota de aire. «Aléjate» habría dicho cualquier cura decente. Yo solo pensé: «¡Por fin!» Se acercó aún más. Podía sentirla. Su cercanía atravesó la rejilla como un golpe, directo al lugar exacto donde ya había decidido instalarse desde que la vi por primera vez. —Lo quiero a él —dijo. Fue como un disparo a quemarropa. No rebotó en la sotana, entró directo. Me atravesó en línea recta, clavándose en un punto tan hondo que no sabría describirlo con términos médicos ni con rezos. Apoyé la mano contra la madera del confesionario. No fue un golpe fuerte, pero vibró. Ella tuvo que sentirlo. Ese era el sonido exacto de mi control rompiéndose. —Si tocas a otro hombre… —las palabras salieron sin filtro, sin sotana, sin título, sin nada— …lo mato. Era la verdad. No una escena de celos exagerada. Una advertencia simple y eficiente. Un hecho. Ella guardó silencio un segundo, y por ese segundo maldito creí que iba a asustarse, a alejarse, a llamarme enfermo. En lugar de eso, se rio por lo bajo. Lo sentí. —No sabía que el suicidio era lo tuyo —me devolvió. La muy insensata se atrevía a llamarlo suicidio. Estaba divirtiéndose con mi cabeza, buscando con el juego de palabras destrozar mi sistema interno. —Helena… —mi voz bajó sin que pudiera evitarlo— no entiendes lo que estás haciendo. Sí lo entendía. Por eso estaba ahí, por eso había vuelto, por eso estaba pronunciando mi nombre real en el único lugar del pueblo donde no debería existir. —Sí lo entiendo —murmuró—. Por eso estoy aquí. Escuché el pequeño roce de su mano sobre la compuerta de madera. Esa puerta era un límite más simbólico que real, pero era el último que nos quedaba. La vi moverse por la ranura: un gesto mínimo, la sombra de sus dedos empujando el panel… tres centímetros. Solo tres. Y ya era demasiado. La luz se filtró un poco más. Supe que si miraba hacia la rejilla podría ver algo más que un contorno. La compuerta se cerró. Exhalé tan fuerte que la madera devolvió el sonido. —No juegues con eso —le dije. Y no me refería a la puerta. Lo hizo igual. La volvió a abrir, un poco más. Ahora podía ver sus ojos a través de los agujeros: dos destellos fijos, firmes, hambrientos y, al mismo tiempo, tan cansados de tener miedo que casi me dolió mirarlos. —Quiero que me veas —susurró. Me concedió ese privilegio. La vi. Completamente vestida, cubierta, resguardada por la madera y la penumbra… y aun así, más desnuda que cualquiera de los cuerpos que había tenido antes. —Tendrás que ser gentil conmigo —añadió, la voz temblándole apenas—. Si no me gusta… no volveré a tus brazos. La frase me abrió un surco entero en el pecho. Mis brazos. No el altar. No la iglesia. No Dios. Yo. Me quedé inmóvil. Por primera vez en mucho tiempo, no supe qué decir. Lo único que tuve claro fue una verdad simple: no sé si puedo tomarla con gentileza y, aun así, voy a dársela. No respiré durante unos segundos. —Si eso es lo que quieres… —conseguí articular, con la voz tan baja que solo ella podía oírla— …abre la puerta. No la empujé ni le di órdenes. Si cruzaba, iba a ser porque ella lo decidía. Porque me elegía a mí con toda la información encima: nombre, pasado, mentiras, sangre. La oí moverse. El crujido leve del reclinatorio, el roce de su falda, el metal del picaporte lateral girando despacio. La puerta se abrió. Y entonces la vi de verdad. La luz que entraba por la parte inferior del confesionario recortaba la silueta de sus piernas cubiertas por la falda negra, la curva de su cintura, la blusa clara marcando la línea de sus clavículas. El cabello recogido a medias, esos mechones rebeldes que siempre terminaban sueltos. La cerró detrás de ella. Ahora estábamos encerrados en un cubo mínimo de madera, sombras y respiración compartida. No había banco del penitente. Solo yo, sentado en el pequeño asiento de la cabina del “sacerdote”. Ella, de pie, a menos de un brazo de distancia. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Toda la tensión contenida desde que volvió al pueblo, desde que vi esos jeans abrazarle las piernas, desde que pronunció “Gavril” en mi oreja, se reunió en un solo impulso. Su barbilla se alzó un poco, como si estuviera dispuesta a aguantar cualquier cosa… o a exigirla. La recorrí despacio, sin disimular: el cuello, la clavícula, la curva sutil bajo la blusa, la forma de su cintura, sus caderas, el pliegue de la falda. Subí de nuevo hasta sus labios y luego regresé a sus ojos. Estaban tan llenos de decisión como de miedo. Era una combinación mortal. —No deberías haber cruzado —murmuré. —Ya crucé —respondió—. Haz algo con eso. Una parte de mí quiso reír por la osadía. La otra quiso arrancarse el corazón y dejárselo en las manos para que hiciera lo que quisiera con él. Y ella lo sabía. La tomé por la cintura. Mis dedos se cerraron alrededor de ella con una presión casi reverente. No fue un tirón brusco. Fue un movimiento firme, deliberado, sin espacio para dudas. La senté sobre mi regazo en un solo gesto. Su falda se acomodó, sus piernas se abrieron instintivamente para no perder el equilibrio, una a cada lado de mis caderas. Quedamos encajados en esa posición imposible para un confesionario y demasiado perfecta para cualquier otra cosa. Helena soltó una exhalación corta, sorprendida. Sus manos, que habían estado a los costados, se aferraron primero a mis hombros, luego a mi cuello. La acerqué aún más. Su peso sobre mí era una condena y una bendición al mismo tiempo. —Gavril…
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