Capítulo 24: Confesionario

2178 Palabras
Helena Sabía quién era. Sabía su verdadero nombre, el que no figuraba en ningún registro de la diócesis, pero sí en los noticieros. Sabía cómo se veía sin sotana, en traje oscuro y con ese gesto frío que le quedaba demasiado bien a un heredero de la mafia rusa. Sabía que sus manos podían romper un cuello sin temblar, que había un pasado hecho de sangre y decisiones irreversibles detrás de cada paso que daba. Y aun así, caminaba hacia él… sin dudar continué hacia el confesionario. La iglesia estaba casi vacía. Dos ancianas murmuraban el rosario en la primera fila, los labios moviéndose al mismo ritmo, las cuentas pasando entre sus dedos con una devoción mecánica. Estaban convencidas de que nada malo podía pasar en una casa de Dios. No tenían idea. El incienso viejo se mezclaba con el olor a madera encerada y cera derretida. Esa mezcla, que durante años había sido sinónimo de refugio para mí, ahora se sentía como la antesala de algo mucho más oscuro. No un infierno bíblico, sino uno íntimo, personal. Mis pasos resonaron sobre las baldosas más de lo que quería admitir. A cada metro que avanzaba, el corazón me golpeaba con más fuerza, como si quisiera advertirme de que todavía estaba a tiempo de dar media vuelta, de salir por esa puerta, de regresar a mi casa, a mis responsabilidades… a la rutina de mi vida. No lo hice. Una mujer mayor estaba de rodillas frente al confesionario, la cabeza inclinada, las manos juntas. Hablaba en susurros que se perdían entre la madera y la rejilla. Alcancé a escuchar solo fragmentos, palabras sueltas: culpa, hijo, enfermedad, perdón. La silueta del sacerdote se dibujaba apenas detrás de la celosía: un contorno oscuro, inmóvil, escuchando. Gavril. No Aleksandr, no “padre” de nadie. Sentí un escalofrío. Me arrodillé en el banco lateral, a unos pasos de la puerta del confesionario, como si fuera una feligrés más esperando su turno. Bajé la cabeza por costumbre, entrelazando las manos sobre el regazo. Por un momento casi me engañé a mí misma: podría haber comenzado a rezar sin pensarlo, a repetir fórmulas vacías que conocía de memoria. Pero no estaba allí para confesarme. Estaba allí para provocarlo. La mujer salió al cabo de unos minutos, limpiándose las lágrimas con disimulo, como si el llanto dentro de una iglesia fuera algo vergonzoso. Se santiguó antes de salir de la iglesia, liberando el espacio. Mi turno se acercaba. Me puse de pie despacio, notando el peso de la falda negra ceñida a mi cintura, la blusa clara sobre la piel caliente. Cada prenda me recordaba que había elegido no esconderme, que ese no era un encuentro inocente, que el deseo también podía ser una forma de verdad. Cuando apoyé la mano en el picaporte del confesionario, mi respiración ya estaba desajustada. «Todavía puedes irte», susurró una voz dentro de mí, acostumbrada a pedir permiso. La otra, la nueva, la que había dejado flores sobre la tumba de Andrei y pronunciado el nombre de Gavril sin temblar, respondió con una claridad que casi me asustó: «No quiero irme.» Abrí la puerta y entré. El pequeño espacio del confesionario me envolvió al instante, estrecho, oscuro, acolchado de silencio. Olía a madera, polvo, al perfume tenue de todas las culpas que se habían derramado allí dentro. Me arrodillé en el reclinatorio, acomodando la falda para no quedar atrapada, y bajé la vista un segundo. La rejilla que nos separaba estaba delante de mí, una cruz de madera labrada con pequeños agujeros en el centro. Detrás, su sombra. No lo veía con claridad, pero no lo necesitaba. Podía sentirlo. Su presencia llenaba el espacio como un segundo aire. La compuerta se deslizó con un crujido suave. Se había abierto desde su lado. —En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… —comenzó, con la voz perfectamente modulada, la del sacerdote correctísimo que todos conocían. La misma voz que, minutos antes, había dicho mi nombre pegado a mis labios. Cerré los ojos un segundo, para juntar valor, y cuando los abrí, ya no era “hija” ni “feligrés” ni “Santa Helena del pueblo”. Era una mujer con un secreto nuevo entre manos. —Padre —murmuré, usando el título como quien desliza un cuchillo sin filo aparente. No me dejó continuar. Su voz llegó primero, baja, áspera, fría como una advertencia que no necesita alzarse para doler. —¿Qué quieres, Helena…? ¿Vienes a terminar lo que empezaste…? —Vine porque dejé de luchar contra algo. Hubo un silencio. Fue un silencio denso, pesado. De un hombre que escucha con el cuerpo, no solo con los oídos. Lo imaginé inhalando al otro lado, tensando la mandíbula, preguntándose hasta dónde pensaba llegar. —¿Contra qué? —preguntó al fin. Su voz antes había sido grave, pero ahora detecté otro matiz, una nueva arista. Como si yo le hubiera retirado la alfombra bajo los pies y estuviera usando el hábito como último apoyo. Apreté los dedos contra la madera del reclinatorio. Sentí la rugosidad bajo las yemas, anclándome al presente. —Contra el deseo —respondí, sin adornos—. Contra un hombre al que no debería desear. La frase flotó entre nosotros como una cerilla prendida en una habitación llena de gas. Pude casi escuchar el cambio en su respiración al otro lado. Una inhalación más profunda, un ligero movimiento, un roce de tela. Me acerqué un poco más a la rejilla, hasta que mi rostro quedó a unos centímetros de la madera. Seguía sin verlo, pero sentía el calor que emanaba de su cuerpo atravesar ese límite mínimo, colándose hasta mi piel. —Helena —dijo mi nombre con un tono que no era un llamado ni un reproche. Era un reclamo, estaba marcando su límite, su territorio. Un escalofrío me bajó por la espalda. —¿Qué hombre? —preguntó, aunque los dos sabíamos que la pregunta era solo una excusa para hacerme decirlo. —Uno peligroso —susurré—. Uno que no debería tocarme. Me tomé un segundo antes de rematar: —Pero quiero que lo haga. Hubo un leve golpe sordo. La madera vibró bajo mi mano. No pude ver qué había hecho, pero lo imaginé apretando el puño contra la pared del otro lado, conteniendo algo que pedía salir. El poder me recorrió el cuerpo con una claridad cruel. No era un poder puro ni santo. Era humano, carnal, una mezcla de hambre y control. Por primera vez desde hacía demasiado tiempo, no era yo la que se encogía en un rincón esperando la decisión de otro. Era yo quien estaba empujando los límites. —Estás jugando con fuego —dijo al fin. No era una advertencia piadosa. Era un diagnóstico. Sonreí, aunque él no pudo verlo. —No estoy jugando —corregí, bajando la voz—. Estoy admitiendo, tomando lo que más quiero. Es distinto. Mi boca se pegó un poco más a la rejilla. Podía sentir el ligero cambio de temperatura del aire, como si solo nos separara una tela. —Lo quiero a él —dije, dejando caer las palabras una por una. El nombre real estalló en el aire cerrado del confesionario como un disparo. No hubo respuesta inmediata. El silencio que siguió fue tan intenso que, por un momento, pensé que había dejado de respirar. Mis propios latidos llenaron el hueco. Después, su voz. Pero ya no era la del sacerdote. Tenía el tono áspero de la criatura que vivía debajo de la sotana. —Si tocas a otro hombre… —las palabras salieron rotas, sin máscara— …lo mato. Cerré los ojos un instante. No porque me asustara la frase, exactamente, sino por lo que provocó en mí. Debería haber sido una alarma. Sonó como una promesa. —No sabía que el suicidio era lo tuyo —respondí, dejando que el sarcasmo se mezclara con la confesión. Lo sentí tensarse. No necesitaba verlo. El aire cambió. La madera pareció encogerse entre nosotros. No sabía si lo había empujado demasiado… o si lo había arrastrado justo a donde quería. —Helena… —susurró, y su voz bajó a un tono tan oscuro que me costó reconocerlo— ¿entiendes lo que estás haciendo? Tragué saliva. Mis manos temblaban, pero no las retiré de la madera. —Lo entiendo —murmuré—. Por eso estoy aquí. Dejé que el silencio volviera un segundo. Podría haberme echado para atrás en ese momento. Podría haber pedido un consejo, un perdón, una penitencia. Podría haber fingido que todo era una broma de mal gusto. En lugar de eso, moví la mano hacia la compuerta que dividía la cabina del sacerdote y la del penitente. Era un pequeño panel de madera entre las dos rejillas, pensado para dar más privacidad. Apoyé los dedos en el borde y la empujé apenas. Tres centímetros. Lo suficiente para que entrara un hilo más de luz entre los dos. Sentí que él se movía al otro lado, un desplazamiento mínimo de peso. La compuerta chirrió, protestando. La cerré de nuevo. Su exhalación golpeó la madera como un rugido contenido. —No juegues con eso —dijo, y esta vez sí sonó como una advertencia. Una real. Volví a abrirla. Un poco más. Ahora podía ver un fragmento de sombra más definida, un contorno más claro. No su rostro completo, todavía, pero sí la forma de su perfil, la curva de su mandíbula, el brillo apenas visible de sus ojos ajustándose a la poca luz. —Quiero que me veas —susurré. Le ofrecí mis ojos primero. Mis decisiones después. Él lo hizo. Sentí su mirada atravesarme a través de los agujeros de la madera, desnudándome más que cualquier mano. Me sostuvo como si no hubiera más nada en esa iglesia, como si las ancianas de la primera fila, los santos del altar y el propio Cristo crucificado se desvanecieran para dejar solo ese hilo de visión entre los dos. No me aparté. —Tendrás que ser gentil conmigo —dije, consciente del temblor que se coló en mi voz—. Si no me gusta… no volveré a tus brazos. La palabra brazos resonó en mi propio pecho. Me sonrojé, pero no bajé la mirada. Gavril no se movió. Estaba absolutamente quieto. No respiraba, no parpadeaba. Podía ver el brillo fijo de sus ojos a través de la rejilla, como si estuviera intentando memorizarme en ese pequeño recuadro de madera. Pensé, brevemente, que tal vez lo había ido a buscar precisamente porque era el único hombre que podía asustarme y, al mismo tiempo, hacerme sentir menos frágil. —Si eso es lo que quieres… —dijo al fin, y su voz fue un golpe suave y devastador— …abre la puerta. No se refería a la compuerta. No solo a ella. Se refería a todo. Respiré hondo. Mis dedos se enlazaron al borde de la madera durante un segundo más, como si comprobaran que seguía teniendo la opción de quedar de este lado. De no cruzar. Las ancianas susurraban Ave Marías al ritmo de un tic-tac invisible. Algún pájaro cantó en la cornisa exterior. La vida continuaba ajena a la decisión que iba a tomar en ese espacio mínimo. Solté el borde. Abrí la compuerta por completo. La madera se desplazó con un sonido que, en mi cabeza, sonó como un juramento. Ahora podía verlo mejor: su rostro recortado por la penumbra, la sombra de la sotana, los ojos tan oscuros como los imaginaba. La separación entre su cabina y la mía seguía ahí… pero se había vuelto simbólica. Ya no bastaba. Miré el marco de la pequeña puerta lateral que usaban los sacerdotes para entrar y salir del confesionario sin pasar por la nave. Estaba a mi lado, cerrada, esperando. Mis piernas temblaron cuando me incorporé del reclinatorio. No era el temblor de la culpa. Era el del vértigo. Me puse de pie dentro de la estrecha cabina del penitente. Sentí la madera rozar mis caderas, la tela de la falda pegándose un poco a mis piernas. Miré una última vez la rejilla, sus ojos fijos en mí. No dijo nada. No tuvo que hacerlo. Giré el picaporte. Lo sentí ceder bajo mi mano, suave, como si también estuviera esperando ese gesto desde hacía tiempo. Crucé al otro lado. Entré a su cabina, cerrando la puerta detrás de mí. No porque él me guiara de la mano. No porque hubiera ordenado mi paso con autoridad de confesionario. Crucé porque, por primera vez en años, elegí una puerta sabiendo exactamente qué podía encontrar al otro lado. El riesgo. El fuego. El hombre peligroso que todos dirían que debía evitar. Lo elegí a él. Afuera, las ancianas siguieron rezando, moviendo cuentas de rosario sin sospechar nada. Tal vez creían que, dentro de ese pequeño espacio de madera, un alma estaba volviendo dócil a fuerza de penitencias. Pero allí dentro, en la oscuridad estrecha del confesionario, no había Dios mirando. Solo Gavril. Solo yo. Solo el hambre…
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