Helena
—Tú no eres la misma que se enamoró de un sacerdote y esperó que la eligiera por dos —añadió—. Ahora sabes quién es este hombre. Sabes que miente, que es peligroso, que oculta cosas. Pero también sabes cómo te mira, cómo se detuvo, cómo te preguntó si estabas segura. Eso ya es más de lo que te dieron otros.
Me dolió que tuviera razón. Adrian dio un paso hacia mí, sin tocarme.
—Yo puedo decirte lo que quieres escuchar también—dijo—, que te alejes, que lo denuncies, que huyas. Y tú puedes hacer eso y seguirás deseándolo en silencio. O puedo ser sincero y decirte que admitas que te atrae, que te da miedo, que te enciende… y decidir qué haces con todo eso.
Bajé la mirada hacia mis propias manos. Todavía temblaban un poco.
—Me siento culpable —susurré—. Por desearlo. Por querer que me toque. Por pensar en su boca cuando debería estar pensando en los niños, en el orfanato, en todo lo que tengo que sostener. —Tragué saliva—. Me da miedo convertirme en esa mujer que pierde todo por un hombre.
—Ya perdiste demasiado sin recibir nada a cambio —respondió él, sin dudar—. Tal vez ya es hora de que, si vas a perder algo, al menos sea por algo que tú elijas. No por lo que otros decidieron por ti.
Silencio.
El viento movió una bolsa en el suelo. La radio lejana cambió de canción. Alguien pasó por la calle, sin asomarse al callejón.
Yo apenas podía sentir como el aire se colgaba en mis pulmones.
—¿Tú qué harías? —le pregunté, casi en un susurro.
Adrian sonrió, triste.
—Yo no soy tú —dijo—. Pero si fuera tú… dejaría de fingir que no lo deseo. Iría a verlo. Le diría claramente qué puedo y qué no puedo darle. Y pondría mis propias reglas antes de que las ponga él.
Sus ojos se suavizaron.
—Porque si algo sé de ese tipo de hombres —añadió— es que, cuando deciden proteger algo, lo hacen con todo. Y tú mereces que, por una vez en la vida, alguien te ponga a ti en el centro de sus prioridades. Aunque eso dé miedo.
Me quedé callada. Sentí que algo se acomodaba dentro de mí. No era paz. Era… decisión.
—Entonces ya no voy a reprimir nada —dije, más para mí que para él.
Adrian asintió, como si hubiera estado esperando esas palabras.
—Solo prométeme algo —pidió.
—¿Qué?
—Que no vuelvas a enfrentarlo sola sin tener claro qué quieres. Si no, él va a decidir por los dos. Y tú… ya sabes lo que es vivir con decisiones ajenas.
Asentí.
No lo abracé. No lloré. No le prometí que iba a tener cuidado, porque ni yo estaba segura de poder cumplirlo.
Solo di un paso hacia la salida del callejón.
—¿Adónde vas? —preguntó.
Miré hacia la torre de la iglesia, recortada contra el cielo grisáceo de la tarde.
—A dejar de mentir —respondí—. A provocarlo. Y a dejarme sentir.
No miré atrás.
Crucé la plaza con el corazón golpeándome en el pecho como si estuviera caminando hacia un juicio. Cada piedra del camino me parecía más firme que mis propias certezas.
Antes de ir, debía pasar por casa.
No porque necesitara ordenar algo. Era parte del plan, además porque mi cuerpo había exigido una pausa, una respiración profunda antes de lo inevitable.
Entré, tiré la mochila sobre la silla y fui directo al baño. El agua caliente cayó sobre mi piel como un golpe de claridad. Me lavé los labios intentando borrar el sabor de su boca… y terminé admitiendo que no quería borrarlo.
Cuando salí, envuelta en una toalla, el espejo me devolvió una imagen que no reconocía: el rubor en mi cuello, la respiración alterada, los ojos brillantes no de miedo… sino de decisión.
Abrí el armario. Ni una sola prenda holgada. No hoy.
Elegí una pollera negra, justo hasta la rodilla; sobria, discreta, pero ceñida a mi cintura. Una blusa clara que dejaba entrever la línea suave de mis clavículas.
Me até el cabello sin demasiado esfuerzo, dejando caer los mechones que siempre se escapaban.
No era un atuendo solo para seducir. Era un atuendo para no esconderse.
Me miré una última vez. No estaba decorándome. Estaba declarándome.
«Si voy a buscarlo… que sea sin mentiras.»
Tomé aire, apagué las luces y salí.
La puerta de la iglesia estaba entreabierta. El interior, en penumbra, aunque ya había comenzado la hora de las confesiones.
Entré. El olor a incienso viejo y cera derretida me envolvió con la familiaridad de siempre… solo que ahora sabía quién estaba realmente detrás de esas paredes. Quién era la sombra que escuchaba secretos ajenos con manos que no tenían nada de santas.
Las bancas estaban ocupadas por algunas personas en silencio, cabezas inclinadas, rosarios entre los dedos. Nadie parecía mirarme, pero aun así sentí que cada paso me exponía, que todos podían escuchar el desorden que llevaba en el pecho.
Mis ojos se clavaron en el confesionario, no en la sacristía. En la pequeña puerta lateral, apenas iluminada por una vela que oscilaba como si también estuviera nerviosa.
Cada paso era una llave girando.
Deseo. Culpa. Rabia. Hambre. Miedo.
Todo caminaba conmigo, mezclándose en mi respiración.
Una mujer se persignó y entró al confesionario. Vi la silueta del supuesto sacerdote —Gavril— moverse detrás de la celosía. Su sombra, su presencia, su ritmo. Sentí que la sangre me latía en los labios todavía marcados por él.
La mujer salió pocos minutos después, secándose las lágrimas con cuidado. Un hombre la siguió, con el rostro rígido, como si hubiera visto al diablo.
Y las caras del resto de los feligreses no eran mejores al abandonar el confesionario. No se reflejaba esa paz que sentía al descargar el alma.
Una risita se me escapó.
El humor del confesor debía estar de los mil demonios y sus penitencias, convertidas en castigo.
Las personas pasaban una a una. La iglesia se iba vaciando.
Mi turno se acercaba.
Di un paso al frente.
Ya no había vuelta atrás.
—¿Qué quieres, Helena…? ¿Vienes a hundir la daga un poco más…?