Capítulo 22: El deseo es una llave

1845 Palabras
Helena No recé después de salir de la sacristía. Ni siquiera lo intenté. Tenía los labios aún calientes por un beso que jamás debió existir, el pecho latiéndome a un ritmo que no podía atribuirle a Dios y las manos temblándome como si acabara de cometer un delito. Y tal vez lo había hecho. No sabía bien cómo llegué desde la iglesia hasta la cafetería. Recuerdo el aire frío pegándome en la cara, las piedras del camino bajo mis pies, algún saludo perdido de una vecina que no alcancé a responder. Caminé en automático, como si el cuerpo supiera adónde necesitaba ir antes que mi cabeza. A Adrian. Empujé la puerta de la cafetería y el sonido del timbre me pareció demasiado fuerte para lo que traía encima. El lugar estaba casi vacío. Dos hombres jugaban ajedrez en una mesa del fondo, una mujer removía el azúcar en su taza sin mirar nada en particular. Y allí estaban ellos. Adrian y Misha sentados en la mesa más pegada a la barra, inclinados uno hacia el otro, hablando en voz baja. No escuché nada de la conversación, pero sí la forma: los codos apoyados, las cabezas algo cercanas, la expresión concentrada de Adrian, la tensión apenas contenida en los hombros de Misha. Por un instante, algo completamente ajeno a Gavril, a la mafia y a la iglesia se me cruzó por la mente: qué intimidad extraña. Adrian fue el primero en darse cuenta de que estaba ahí. —Helena —dijo, poniéndose de pie tan rápido que la silla chirrió—. Por fin. Misha giró a mirarme. En su cara cruzó algo parecido al alivio… mezclado con nerviosismo. Se levantó, metiendo las manos en los bolsillos, como si no supiera qué hacer con ellas. —Yo… —se aclaró la garganta— tengo cosas que hacer en la iglesia. —Me sostuvo la mirada un segundo—. Intentaré… calmar al padre. Lo dijo como quien anuncia una misión suicida. No supe si reír o agradecer. Me limité a asentir. —Gracias —murmuré. Pasó a mi lado para salir. Sentí, por un instante, que bajaba la voz solo para mí: —No hables muy fuerte de ciertas cosas, ¿sí? —susurró, con un tono que no pude descifrar del todo—. Las paredes… escuchan. Y se fue, dejándome con más preguntas de las que ya tenía. Me di cuenta de que ni siquiera se había despedido de Adrian. Él se quedó mirándolo alejarse, con el ceño fruncido, como si hubiera quedado algo colgando entre los dos. —¿Desde cuándo ustedes…? —empecé a preguntar, por impulso. —No es importante ahora —cortó, demasiado rápido, demasiado brusco para ser Adrian. Me mordí la lengua. Tenía una carga entera que descargar, y meterme en la intimidad de otros no era prioridad. No hoy. —Ven —me dijo—. No hablemos aquí. Me guió con un gesto hacia la puerta trasera, la que daba al pequeño callejón donde tiraban las cajas y llegaban los proveedores. Salimos y el ruido del pueblo se apagó un poco. Solo quedaba el zumbido lejano de una radio y el viento colándose entre las paredes. El sol no llegaba con fuerza ahí detrás. La sombra nos envolvía como un secreto compartido. Adrian apoyó la espalda en la pared, cruzándose de brazos. —¿Qué pasó? —preguntó, sin darle vueltas al asunto. Yo respiré hondo. Tenía tantas imágenes detrás de los ojos que no sabía por dónde empezar. La mirada de Gavril clavada en mí cuando volví del pueblo. Su cuerpo pegado al mío en la sacristía. Su boca sobre la mía. Su voz diciéndome que lo que sentía cuando estaba cerca era el problema más grande que había tenido en años. Y luego… lo otro. Lo que yo había hecho con esa información. Cómo lo había apuñalado con sus propias verdades y cómo él me había devuelto el golpe directo con el nombre de Andrei. Un peso extraño se me instaló en el pecho. —No sé por dónde arrancar —admití. —Empieza por la parte en la que te desapareces dos días sin avisar y vuelves con esta cara —dijo, señalando mi expresión—. Parecería que viste un fantasma… o que besaste a uno. La broma no me sacó una sonrisa. Adrian fue el primero en fruncir el ceño al darse cuenta. —Helena… —bajó la voz—. ¿Qué hizo el sacerdote? Tragué saliva. La palabra sacerdote me resultó de golpe… ridícula. —No es sacerdote —solté. Él parpadeó. —¿Cómo que no? —No se llama Aleksandr. —Saqué el celular del bolsillo, pero no necesité buscar nada—. Se llama Gavril Markov. El nombre sonó diferente en el callejón, más áspero, más real. Como si al pronunciarlo en voz alta lo estuviera invocando. Adrian no reaccionó enseguida. Lo vi revisar mentalmente, buscar en alguna parte, conectar cosas que yo no alcanzaba a ver. —Markov… —repitió, lento—. ¿Estás segura? Asentí. —Lo vi en la televisión. Es heredero de una familia… —me costó tragar la palabra— peligrosa. El padre Claudius me mostró una foto del verdadero Aleksandr. Murió hace años. El hombre que está en la iglesia, el que escucha nuestras confesiones, el que da misa… es otra persona. Un impostor. Un Markov. Dicho en voz alta sonaba todavía peor. Adrian se pasó una mano por el cabello, nervioso. Lo vi palidecer un poco. —Mierda… —susurró—. Misha dijo algo, pero… —Se cortó, como si hubiera dicho de más. Ahí estaba otra vez ese “algo” entre ellos que yo no lograba entender. —Hay más —dije, porque si no lo sacaba ahora, iba a envenenarme por dentro—. No solo es el nombre. No solo es la mentira. Me miró en silencio, invitándome a seguir. Respiré hondo. —Adrian, yo… —mi voz tembló— lo deseo. No fue la palabra adecuada, tal vez, pero sí la única honesta. Adrian cerró los ojos un segundo, como si hubiera esperado esa frase… y, al mismo tiempo, quisiera no haberla escuchado jamás. —Me mira… —seguí, porque ya estaba abierta la herida— como si fuera algo que quiere y algo que lo amenaza al mismo tiempo. Siento… cosas cuando se acerca. —Me ardieron las mejillas, pero no paré—. No solo culpa, ni rechazo. Deseo. Curiosidad. Hambre. Y eso que sé que no es sacerdote. Que no es quien dice ser. Que viene de un mundo capaz de borrar personas. Y aun así… —me callé un segundo—, aun así sigo queriendo que me toque. Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros como una confesión que ningún confesor debería escuchar. Adrian no me miraba con asco. Me miraba con una tristeza profunda, como si estuviera presenciando el momento exacto en que yo cruzaba una puerta sin retorno. —Se acercó demasiado —continué, bajando la voz—. En la sacristía. Me besó. Y yo… —tragué saliva— lo besé de vuelta. Ahí estaba. Lo dije todo. El impacto atravesó el rostro de Adrian, nítido. No era sorpresa, exactamente. Era algo más urgente, más doloroso. —¿Te hizo daño? —preguntó, muy despacio—. ¿Te presionó? ¿Te agarró sin…? Moví la cabeza. —No. No de esa forma. —Me apoyé en la pared contraria, frente a él—. Incluso se detuvo. Me preguntó si estaba segura. Solo entonces me di cuenta de lo extraño que era eso, en la boca de un hombre como él. —¿Y tú qué dijiste? —preguntó. Una risita seca me salió sin humor. —Le dije que jamás estaría con un hombre como él. La frase volvió a dolerme, incluso ahora. No solo por lo que significaba para él… también para mí. Adrian inclinó la cabeza, analizándome. —Y no lo dices como algo que crees —observó—. Lo dices como algo que quisieras que fuese cierto. Lo odié un poco por conocerme tanto. —Es peligroso —dije—. No solo por su apellido. Por lo que despierta en mí. Por el tipo de hombre que es. No tengo garantías con alguien así. No sé qué hay detrás de esa fachada de control. No sé dónde termina el protector y empieza el criminal. Él se quedó pensando, mirándome en silencio un rato. —Te voy a decir algo —dijo, al fin—. No como amigo celoso, no como barista metido en cosas que no entiende. —Se acercó medio paso—. Te lo digo como alguien que te conoce desde hace años y que sabe lo que te hace daño y lo que no. Me preparé para escuchar un sermón que me mandara lo más lejos posible de la iglesia. No fue eso. —Un hombre como él… —empezó, despacio—, si de verdad está enamorado, si de verdad está obsesionado contigo… no va a ser peligroso para ti. La frase me cayó mal de entrada. —¿Y para quién, entonces? —solté—. ¿Para todos los demás? —Para cualquiera que se interponga entre tú y él —respondió, sin titubear—. Para quien intente tocarte, humillarte, repetir tu historia. Para el que piense que puede usarte como refugio o como adorno. Me miró con una intensidad que no le conocía. —Helena, la mayoría de los hombres te usarían como arma o como escudo. Él… —buscó las palabras—, por lo poco que he visto, usaría un arma para protegerte de todos… incluso de él mismo. Algo en mi pecho se estremeció. —¿Y eso supone que debe tranquilizarme? —pregunté, con ironía—. ¿Que si está dispuesto a matar por mí, entonces estoy a salvo? Adrian suspiró, cansado. —No, no te estoy diciendo que te entregues a ciegas a un mafioso ruso con sotana —dijo—. Te estoy diciendo que el peligro real no es él… sino lo que tú hagas con lo que sientes. Lo miré, confundida. —El deseo es una llave, Helena —continuó, apoyando la espalda en la pared otra vez—. Puede abrir una celda o cerrar una puerta que conduce a la libertad. Puedes usarlo para destruirte de nuevo, repitiendo patrones, buscando hombres que te prometen cielo y te dejan en la puerta del infierno… —su voz se quebró apenas— o puedes usarlo para salir de la culpa en la que te enterraste hace años. Enmudecí. —Tú no eres la misma que se enamoró de un sacerdote y esperó que la eligiera por dos —añadió—. Ahora sabes quién es este hombre. Sabes que miente, que es peligroso, que oculta cosas. Pero también sabes cómo te mira, cómo se detuvo, cómo te preguntó si estabas segura. Eso ya es más de lo que te dieron otros.
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