Gavril
Helena dijo mi nombre y todo lo demás dejó de importar.
No el falso, ese que llevaba colgado del cuello con una cruz que ni siquiera veneraba. El verdadero. El que solo pronuncian quienes quieren algo de mí… o quienes están a punto de perderlo todo.
Gavril.
Sentí el sonido atravesarme como una bala lenta. Me recorrió la columna, se alojó en el estómago y bajó directo a ese lugar donde se mezcla el instinto con la obsesión.
Y lo peor no fue escucharla sino cómo lo dijo.
No sonó como un interrogatorio, ni como una acusación judicial, ni como un rezo.
Sonó… íntimo, suave y peligroso a la misma vez.
La vi tragar saliva, pero no retrocedió. Aprovechó el temblor que me provocó y se hundió un poco más en mí.
Me habló de la televisión, de Dragunov, de los periódicos, del padre Claudius, del verdadero Aleksandr. Cada palabra era un ladrillo más en el muro que se estaba levantando entre mi tapadera y la farsa cuidadosamente construida alrededor de este pueblo.
Y sin embargo, ahí estaba ella: encerrada conmigo en la sacristía, su mano atrapada entre mi pecho y mi camisa, el pulso desbocado contra mi esternón.
Si de verdad quisiera salvarse, estaría corriendo hacia la puerta.
No aquí conmigo, y sin lugar a dudas, no de esta forma.
—Quería saber si todo lo que haces es mentira —dijo, mirándome como si pudiera ver hasta la parte más demente de mi cabeza—. Si lo que siento cuando estás cerca también lo es.
Ahí estaba. Ese pequeño detalle que no me esperaba, pero me hizo sentir el hombre más peligroso del mundo: admitió lo que siente.
Mis dedos se cerraron con más fuerza alrededor de sus brazos. No para marcarla. Para asegurarme de que no se desvaneciera.
Porque, por un segundo ridículo, me dio miedo que se esfumara de verdad.
—Lo que yo siento cuando estás cerca es el problema más grande que he tenido en años —le confesé, y supe que acababa una sentencia que nunca debí haber expuesto.
Yo no entregaba verdades. Yo las arrancaba a otros. Pero con ella… la lógica nunca funcionaba demasiado.
—Ahora tú también llevas un arma, Helena —le dije, porque necesitaba recordarlo tanto para ella como para mí—. Y me la acabas de clavar en el sitio exacto.
La vi temblar. No de miedo, o no solo de eso. Había miedo, sí, pero algo más suave, más grave, más jodido… Deseo.
El mismo que me tenía con la mandíbula tensa, la respiración desacompasada y la entrepierna dura. La misma mezcla de rabia, excitación y violencia que me hacía querer empotrarla contra esa pared y, al mismo tiempo, envolverla con las manos para que nadie más la tocara.
—Tú decides —le dije, porque necesitaba ponerle un límite a algo que nunca tuvo uno—. Si giras el cuchillo… o me dejas seguir respirando.
Mis ojos bajaron un segundo a su boca. Fue una mala idea. Una pésima idea.
Sus labios estaban entreabiertos, húmedos, respirando demasiado rápido.
Recordé la noche en que la vi al otro lado del vidrio, tocándose con mi nombre colgado del borde de su lengua. Mi cuerpo respondió con brutal honestidad al recuerdo; la sotana ya no servía para ocultar la erección que me tenía a punto de explotar.
Pensé que iba a huir.
Que me iba a escupir en la cara, a decirme que iba a denunciarme al obispado, a la policía, al infierno entero.
Pero no lo hizo, la muy descarada se quedó. Sus dedos se enredaron en la tela de mi sotana, arrugándola un poco.
Un centímetro.
Eso era todo lo que faltaba.
Un centímetro… y yo perdía el último rastro de autocontrol.
Y cuando ella no lo acortó, yo lo hice por los dos.
La tomé por la mandíbula, mis dedos ajustándose alrededor de su rostro con una firmeza que no tenía nada de inocente. Mi pulgar acarició la curva de su mejilla, despacio, como si necesitara reconocerla al tacto antes de atreverme a profanarla.
Y entonces la besé.
No fue un beso educado, no sé hacer de esos.
Un pecado exquisito… cometido con la boca, un choque, una descarga, un accidente controlado del que no tenía intención de salir ileso.
Mis labios buscaron los suyos con la urgencia de alguien que lleva demasiado tiempo imaginando un sacrilegio específico. Su sabor explotó contra mi lengua: calor, miedo, resistencia… y debajo, algo dulce que no había tenido el privilegio de probar hasta hoy.
La sentí tensar el cuerpo. Supe a ciencia cierta, que un segundo más y habría retrocedido.
Estuve a punto de apartarme, de darle una vía de escape que yo mismo iba a lamentar.
Pero... ella respondió.
Sus labios cedieron bajo los míos, eso fue suficiente para enloquecerme. Su boca se abrió, temblorosa, suave, como si el alma se rindiera antes que la mente. Su mano subió por mi pecho, rozando cada centímetro como si no pudiera evitar buscar mi calor.
Me tomó del cuello, aferrándose como si yo fuera la única cosa sólida en una iglesia que de pronto ya no existía. Ese toque me destruyó. Me incendió. Me dejó sin aire.
Y el sonido…
Dios.
Ese pequeño gemido ahogado que vibró entre nuestras bocas deshaciéndome la columna vertebral.
Mi mano bajó por su espalda sin pedir permiso, encontrando la curva exacta de su cintura, guiándola, tirándola contra mi cuerpo. Su vientre chocó contra mi pelvis y tuve que tensar todo el cuerpo para no hacer algo que no debía hacer allí mismo.
La pared recibió el peso de su espalda cuando la acerqué un poco más, sin brusquedad pero sin suavidad tampoco. La presión de su cuerpo encajando con el mío me arrancó el último hilo de juicio.
Porque, mierda, encajó tan bien contra mí que me pregunte qué clase de enfermo diseña destinos en los que un hombre como yo termina encontrando la pieza exacta del puzle que nunca quiso resolver.
Ella temblaba. Yo también.
La presión del beso cambió: de rabia pasó a hambre, de hambre a necesidad. La apreté un poco más contra la pared, mi lengua rozó su labio inferior, pidiéndole permiso que, en el fondo, ya me había dado al no separarse.
Me abrió la boca.
Y el instante en que nuestras lenguas se encontraron, supe que no iba a salir completo de esto.
Mis dedos se clavaron en su cintura, arrastrando la tela de su blusa, subiendo un poco más de lo moralmente permitido, de lo políticamente correcto.
Su pecho subía y bajaba contra mi torso, y cada roce era un insulto, un desafío, una invitación. Sus rodillas flaquearon. Las mías también. Ella tembló, y ese temblor me mandó directamente al infierno.
Mi boca abandonó sus labios, siguiendo el borde de su mandíbula, rozando su piel con mi lengua. Sentí el pulso desbocado bajo su oreja. Mi aliento chocó contra ese punto sensible que la calentó entera.
Su cuerpo se arqueó contra el mío, como si un hilo invisible la tirara hacia mí. Sus dedos se hundieron en mi nuca. Su respiración era fuego. Su silencio, una respuesta.
Mi boca volvió a rozar la suya, pero sin besarla. La castigué con la espera.
—Helena… —mi voz no era la de un sacerdote— dime una la palabra, y te juro que…
Se lo habría dado todo.
El pecado, el alivio, el peligro, mi nombre real.
Todo.
Pero fue su cuerpo el que respondió primero, más sincero que cualquier confesión. El temblor que la recorría dejó de ser únicamente deseo. Había otro pulso, uno que reconocí al instante: ese borde exacto donde el anhelo y el miedo se mezclan.
Su mano en mi cuello cambió la intensidad del agarre: de aferrarse para traerme más cerca… a empujarme.
Ese gesto me atravesó como una orden silenciosa.
Yo sabía leer señales. Sobrevivía gracias a eso y las suyas gritaban dos cosas al mismo tiempo: quédate y vete.
Me separé dos centímetros —los más desgarrantes de toda mi vida—, respirando como si necesitara aire para no hacer una estupidez.
Mantuve mi frente apoyada contra la suya, porque si la soltaba del todo, no iba a poder detenerme.
No era lo que quería hacer.
Lo que quería era tirar todo lo que había sobre la mesa de la sacristía y desarmarla prenda por prenda hasta que no quedara nada entre nosotros más que piel y verdad, hasta hundirme en su cuerpo, poseer cada rincón.
Pero lo que hice fue otra cosa.
—Mírame —le ordené, pero mi voz estaba tan ronca que sonó casi como un ruego.
Ella tardó un segundo. Cuando levantó la mirada, me encontró con esos ojos abiertos, húmedos, temblando por el beso… pero también por todo lo que traía en la espalda antes de que yo llegara a este maldito pueblo.
Yo no quería ser otro peso.
Quería ser el final de todos.
—Si sigo… —murmuré, acercando mis labios a la comisura de los suyos sin tocarla— no voy a parar a la mitad. No soy ese tipo de hombre.
Su respiración chocó contra la mía, caliente, dispareja.
Mi voz descendió a ese tono que uso solo cuando algo me importa de verdad.
—¿Estás segura? —pregunté.
Palabras que nunca había usado… jamás, en mi puta vida había sido tan gentil.
Yo no necesitaba seguridad. No era para mí.
Era para ella.
Porque si decía que sí… no habría Dios, ni hábito, ni puerta cerrada capaz de impedir que la tomara como llevaba tiempo imaginando.
Vi cómo su rostro cambiaba en cuanto hice la pregunta, y no fue alivio lo que apareció allí.
Fue ese instante preciso en el que alguien recibe un golpe que no esperaba. Un shock silencioso. Como si no estuviera preparada para que un hombre como yo pudiera detenerse por ella… para que, en lugar de romper, yo contuviera.
Y en esa pequeña grieta, en ese respiro en que le ofrecí una salida, se coló todo lo demás: su miedo, la información que había descubierto, el recuerdo del titular en la televisión, el apellido Markov brillando en una pantalla como una condena.
La vi construir la distancia, levantar el muro. Sus dedos se aflojaron en mi camisa.
Y entonces lo dijo.
—Jamás estaría con un hombre como tú.
Las palabras no se estrellaron: cayeron.
Jamás.
No fue “ahora no”, un “no puedo”. Ni siquiera fue “tengo miedo”.
Fue jamás.
Solo alguien que nunca ha cargado un arma en serio puede pensar que las balas más dolorosas son las que atraviesan carne. No.
Las peores son las que entran por el oído, se alojan en el pecho y se quedan ahí, repetidas por la memoria.
Sentí la mandíbula apretarse hasta que crujió. Mis manos se tensaron en sus brazos, un gesto involuntario, nacido más del instinto que de cualquier decisión racional. Acerqué un poco más mi cuerpo al suyo, como si pudiera corregir esa afirmación con solo un poco de calor.
Porque la realidad estaba ahí, todavía caliente entre nosotros: me había respondido el beso, su pulso seguía desbocado, su cuerpo reaccionaba al mío.
—Mentira —repliqué, más bajo de lo que pretendía.
Ella levantó la barbilla. Tenía los ojos encendidos, no solo de deseo, sino de rabia. Rabia contra mí, contra ella misma por haber cedido algo.
—No soy una niñita buscando un refugio —escupió—. No voy a repetir la historia, mucho menos con un… monstruo.
La palabra me atravesó, casi partiéndome en dos, no porque fuera falsa. Sino porque la dijo mirando mi boca, como si una parte de ella quisiera volver ahí… mientras la otra me empujaba al abismo.
El control que me quedaba se resquebrajó.
La sujeté con más fuerza, acercándola lo justo para que sintiera que no tenía escapatoria, y bajé la voz hasta convertirla en un arma.
—Ten mucho cuidado con lo que dices, Helena —murmuré—. No soy tu patético y cobarde Andrei. Yo no voy a dejarte plantada para que luego tengas que ir a llorar a una tumba.
La vi parpadear, herida.
Bien.
Si ella iba a disparar a matar, que supiera que yo también sabía dónde estaban sus cicatrices.
Seguí, más bajo. Más frío. Más certero:
—Si yo quiero —susurré— no vas a tener dónde ir a rezar. Ni a quién llorarle.
Su respiración se detuvo.
Y por primera vez desde que la conozco… tuve la sensación de que acababa de ir demasiado lejos.
Pero ya estaba dicho.
Y en los Markov, una vez que la bala sale del cañón… nunca regresa.
—Suéltame —dijo.
No obedecí. Había demasiada tensión entre nosotros, demasiadas cosas sin nombre flotando en ese espacio mínimo. Por primera vez en años, la idea de que alguien se alejara de mí sin mirar atrás me resultó inaceptable, inconcebible, intolerable.
Ella empujó otra vez, esta vez con más fuerza.
—Suéltame, Gavril. O grito.
Ese fue el límite. No un desafío, no un capricho, sino un recordatorio del mundo que ambos fingíamos habitar.
Ella… la santa del pueblo, la que jamás mentía. Y Yo… el sacerdote nuevo, observado, atrapado en una apariencia que comenzaba a quedarme tan ajustada como la sotana.
Un grito suyo bastaría para volcar el tablero entero. No porque temiera al pueblo, sino porque sabía muy bien lo que sería capaz de hacer para silenciar a quien se interpusiera entre mi control y ella. Y yo no estaba dispuesto a dejar que una sola reacción mía terminara en una masacre innecesaria.
Así que la solté.
No porque creyera que tenía razón, lo hice porque si seguía sosteniéndola, iba a cruzar un puente del que no se regresa. Y no hablo de violencia física, esa siempre ha sido demasiado fácil, sino de algo más irreversible… más cruel… la violencia emocional, que deja cicatrices que ningún médico puede remendar.
Ella se apartó como si la pared estuviera en llamas. Caminó hasta la mesa, apoyó una mano para sostenerse. Vi cómo respiraba: agitada, temblorosa, queriendo recuperar un centro que yo había destrozado en cuestión de segundos.
Sus labios seguían rojos por mis besos; su camiseta, arrugada donde mis manos la habían sujetado. Era una visión perfecta de un caos compartido.
Parecía destrozada. Y yo no estaba mucho mejor.
Llevé una mano a mi propia garganta, necesitándola allí para comprobar que seguía respirando. Lo hacía, pero era como si cada inhalación fuera una negociación entre la cordura y la furia.
—No vuelvas a tocarme así —dijo ella, sin atreverse a mirarme—. Nunca más.
Me habría reído si no fuera porque me dolió.
—No deberías provocarme —respondí con frialdad—. No si no estás lista para soportar las consecuencias.
Giró apenas la cabeza, lo suficiente para que sus ojos se clavaran en los míos. Esa mirada haría sangrar a cualquiera que no conociera la guerra. Yo la recibí como si fuera un disparo justo en el punto exacto donde ya estaba herido.
—Las consecuencias de acercarme a ti ya las estoy pagando —dijo—. Solo por saber tu nombre… y dejar que me besaras.
Me mordí la respuesta. No le iba a regalar más armas. No iba a decirle que no fue solo dejar, que ella se entregó. Que su mano en mi cuello no fue una defensa sino un ancla y que su boca se abrió para mí como si hubiera estado esperándome desde antes de conocernos.
Ella se enderezó, temblando aún, y se acomodó la chaqueta. Ese pequeño gesto, tan simple, me fue insoportablemente íntimo. Por un instante pensé que diría algo más, algo que dejara una grieta abierta entre los dos.
Pero no lo hizo. Abrió la puerta y salió sin volver la vista atrás.
La madera se cerró lentamente, como si quisiera evitar el ruido que iba a desatar al demonio dentro de mí.
Y entonces quedé solo, con el olor de ella atrapado en mi ropa, con la boca ardiendo por un beso que no debería haber dado, con un hueco en el pecho que no tenía nada que ver con mi misión, ni con Oracle, ni con la Bratva.
Había sobrevivido a disparos, a cuchilladas, a torturas. Había pasado por manos que conocían bien cómo aplicar dolor.
Pero nada, absolutamente nada, dolía como escuchar su voz repitiendo aquella frase dentro de mi cabeza:
«Jamás estaría con un hombre como tú.»
Sonreí sin humor. Fue una sonrisa de depredador herido, de hombre que sabe que ya no puede retroceder.
—No importa cuánto corras, Helena —susurré, casi con ternura, casi con amenaza—. Ya me elegiste.
No lo sabía todavía. Pero lo había hecho desde el primer segundo.
—Y no pienso dejar que nadie más te tenga —agregué en voz baja—. Ni siquiera tú misma.
Salí de la sacristía como quien vuelve al campo de batalla. Porque eso era ella para mí ahora.
Una guerra que ya sabía que estaba dispuesto a perder… con tal de ganarla a ella.