Capítulo 20: La mujer que vuelve distinta

2514 Palabras
Helena El bus de regreso al pueblo olía igual de mal que el de ida: gasolina, plástico caliente y desinfectante barato. La diferencia era yo. Llevaba puestos los jeans nuevos que compré casi sin pensarlo, me resaltaban las piernas sin estar muy apretados. La camiseta negra se ceñía en mi cuerpo y la chaqueta liviana apenas tapaba la curva de mi pecho. No eran prendas elegantes ni provocadoras en sí mismas. Aunque sí eran… de mi talla. Eso era lo extraño. Llevaba tanto tiempo vistiéndome con prendas grandes, sueltas, haciéndome invisible que, ahora, verme reflejada en el vidrio de la ventanilla me resultaba casi ofensivo. «No es para nadie», me repetí. «No es por él. Es por mí.» Por la mujer que se había despedido de Andrei, que había dejado las flores sobre su tumba y había dicho en voz alta que ya era suficiente. Por la que salió de la cafetería temblando después de ver la imagen de Gavril Markov en la televisión. Por la que decidió quedarse unas noches afuera porque no estaba preparada para mirarlo a los ojos sabiendo quién era. El bus frenó en seco a la entrada del pueblo. El paisaje conocido se extendió frente a mí: las casas bajas, la torre de la iglesia, la cafetería de Adrian, las calles más tranquilas. Todo igual. Menos yo. Me colgué la mochila al hombro y bajé, sintiendo el sol de mediodía pegarme en la cara. El murmullo del pueblo me envolvió como siempre: voces, risas, una radio mal sintonizada, el ladrido de un perro. Pero esta vez no me escondí detrás de la mirada baja. Caminé hacia la plaza con la cabeza en alto, como si no llevara encima la bomba de saber que el hombre que fingía ser mi confesor era un Markov, un heredero de la mafia rusa con traje de sacerdote. Lo había buscado en el celular, en la cama estrecha de la pensión, con las sábanas oliendo a humedad y cigarrillo. No aparecían demasiadas cosas, pero las suficientes: rumores, insinuaciones, fotos en eventos donde ningún cura tendría motivo para estar, artículos que mencionaban palabras como familia, negocios, investigaciones, Dragunov. Gavril. El nombre había estado rebotando en mi cabeza desde entonces, empujando al “padre Aleksandr” hacia una esquina cada vez más pequeña. Lo vi antes de que él me viera a mí. Estaba de pie junto a la iglesia con Misha, hablando con Adrian. La sotana negra recortaba su silueta contra la piedra clara de la rectoría. Incluso a la distancia supe que estaba tenso: los hombros elevados, la mandíbula apretada, una energía contenida alrededor suyo que parecía alterar el aire. Sentí un tirón en el estómago. Con un poco de miedo, pero también algo más. «No corras. No te detengas. Solo camina.» Seguí avanzando. Pude haber dado la vuelta, ir directo a casa, fingir que no los había visto. No lo hice. Adrian fue el primero en verme. Su expresión cambió en un segundo: alivio, reproche, algo casi dolido. —Helena —exhaló, como si hubiera estado conteniendo la respiración. Misha me miró con un gesto rápido, escaneándome como siempre hacía, evaluando… algo. Y luego, él. Gavril. Sus ojos se clavaron en mí como un disparo silencioso. Me recorrieron de arriba abajo sin ninguna prisa, empezando por el cabello revuelto, bajando por mi rostro, deteniéndose apenas en mis labios, luego en mi cuello, después en mis hombros, en la curva de mi pecho, en la línea de mi cintura, en mis piernas. No fue una mirada accidental. Fue un acto completo de descaro. La sentí en la piel como si me hubiera pasado la mano por encima de la ropa. Un escalofrío me subió por la espalda… y bajó, traidor, hacia lugares que no debía. «Ahí tienes tu respuesta, Helena. Sí, te desea.» Y yo, a pesar del miedo, de la rabia, del desconcierto al descubrir quién era, tenía que admitir algo igual de peligroso: yo también lo deseaba. Tragué saliva y me obligué a mantenerle la mirada cuando subió otra vez hasta mis ojos. Hubo un instante, apenas un parpadeo, en que vi algo raro en su expresión: sorpresa. No solo porque hubiera vuelto. Sino por cómo. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí la pieza débil del tablero. Había algo en mi postura, en la ropa, en la forma en que seguía caminando hacia ellos que me daba una certeza incómoda… yo tenía algo que él quería. Y no hablaba solo de información. —Ahí estás… —murmuró. Su voz cruzó la distancia como si hubiera sido un susurro pegado directamente a mi oído. Baja, ronca, realmente seductora. Adrian dio un paso hacia mí. —¿Dónde te habías metido? —me dijo—. Estuve… —Estoy bien —lo interrumpí, sin apartar la vista de Gavril—. Fui a otro lugar. Necesitaba… resolver cosas. Podía sentir la tensión entre los tres hombres como una cuerda a punto de romperse. Pero yo solo tenía ojos para Gavril... Y podía ver que ardía bajo la sotana, conteniéndose con un esfuerzo casi visible. —Tenemos que hablar —dije, y esta vez sí lo miré solo a él. Sus ojos se entornaron apenas. No preguntó de qué ni por qué. Y por primera vez desde que lo conocí, lo vi tragar saliva. Hubo una chispa de miedo en su mirada. No por lo que pudiera hacerle físicamente. Sino por lo que podía decir. Saber que tenía ese efecto en él me dio un poder que no estaba segura de querer… pero del que no iba a soltarme todavía. —Ahora no es buen momento —intentó, la voz bajo control, pero con los dedos apretados alrededor del rosario que llevaba en la mano. —No estaba preguntando, padre —respondí, con más firmeza de la que esperaba de mí misma. Misha bajó la vista un segundo, como si quisiera desaparecer o tal vez esconder una sonrisa. Adrian nos miraba de uno a otro como si se le escapara una parte importante de la película. —Puedo… dejarlos solos —dijo mi amigo, dudando. Nadie le contestó, pero el silencio lo hizo por nosotros. Sentí algo parecido a la culpa atravesarme el pecho, aunque no era el momento para eso. —En la sacristía —dijo Gavril al fin, blanco como un papel. —Serán solo cinco minutos —respondí, mientras disfrutaba ver la gota de sudor que caía por su sien. —Los que hagan falta —me devolvió. Nos dimos la espalda casi al mismo tiempo. Lo escuché despedirse con una excusa corta y caminar detrás de mí, sus pasos firmes marcando el ritmo que coincidía demasiado con los latidos acelerados en mi pecho. Atravesamos la nave vacía sin hablar. Cada banco que pasábamos era una memoria: mis rezos, mis culpas, mis intentos de llegar a Dios cuando ni siquiera sabía quién se estaba sentado realmente al otro lado del confesionario. Abrí la puerta de la sacristía y entré. El olor a madera, cera y tela me envolvió como siempre. Me giré para mirarlo cuando cerró la puerta. No le dio tiempo a pensar. En cuanto el pestillo hizo clic, se movió. No fue un acercamiento prudente, ni una caricia delicada. Fue una colisión controlada. En dos pasos estaba frente a mí, sus manos sujetándome por los brazos, empujándome suavemente contra la pared junto a la estantería de libros. No fue violento, pero sí firme, cargado de todo lo que había estado conteniendo estos días. Su cuerpo quedó a pocos centímetros del mío. El calor traspasó la ropa, me rodeó, me subió como un manto oscuro de electricidad. —No vuelvas a desaparecer así —escupió, la voz baja, tensa—. Nunca. Su mirada ardía. No como la de un sacerdote preocupado. Como la de un hombre al borde de perder la cordura. Mi primera reacción fue tragar, la segunda, corresponder a esa rabia con otra. —No eres quien para decirme qué hacer —le dije, manteniendo la espalda pegada a la pared y la cabeza alta—. Padre. La palabra sonó como un insulto. Lo sentí, lo vi claramente: un músculo saltó en su mandíbula. Sus dedos apretaron más, como si le costara no subir las manos hasta mi cuello. No para dañarme… sino para sujetarme. Por un segundo, por un solo e intenso segundo, la idea me hizo temblar de deseo tanto como de miedo. «Sí, lo deseo. Sí, sé lo que podría hacerme. Y sí, igual estoy aquí, sola con él.» Sus dedos se relajaron apenas, como si se obligara a sí mismo a bajar un escalón. —Te expliqué que estabas cansada —murmuró—. Que tomabas decisiones… influenciada. —Y tú decidiste usar esa debilidad para acercarte más —repliqué, con la voz más fría de lo que realmente me sentía—. No viniste a cuidarnos. Viniste a medir hasta dónde podías empujar antes de que alguien… o yo misma, me rompiera. Un destello peligroso cruzó su mirada. —Ya estabas rota cuando llegué —dijo—. Solo me aseguré de que nadie más aprovechara eso. El aire se tensó entre nosotros. Podía sentir su respiración chocar con la mía, mezclarse, hacerse una sola cosa. Gavril estaba demasiado cerca. Yo no me apartaba. Y lo peor: no quería hacerlo. Aun así, había algo que tenía que decir. Algo que cambiaría lo que éramos… o lo que pretendíamos ser. Tomé aire. —No vamos a mezclar esto —dije, llevando una de mis manos hasta su pecho. Sentí el latido fuerte bajo la tela, más rápido de lo que esperaría de alguien que se jacta de tanto control—. Primero, tenemos que hablar de quién eres. Sus ojos se oscurecieron de una manera diferente. Ya no era solo deseo. Era alarma. —Ya sabes quién soy —respondió. —Sé quién finges ser. Y ahora también sé quién eres en realidad. Vi el impacto en su rostro antes de que pudiera ocultarlo. Fue rápido, pero nítido: una fracción de segundo en la que se quedó sin máscara. Sus manos me soltaron apenas, no por gentileza… sino porque acababa de quitarle la tierra bajo los pies. Aproveché ese espacio mínimo para enderezarme un poco, alejar mi espalda de la pared, sin escapar de su proximidad. Lo miré directo a los ojos. —Gavril. La palabra salió más suave de lo que pretendía. Tenía el peso exacto de una confesión y una acusación al mismo tiempo. Su reacción fue instantánea, su cuerpo se tensó de arriba abajo, como si le hubiera pasado un cable eléctrico por la columna. Sus pupilas se dilataron. Una respiración se le rompió a medio camino. Le tembló la mano. A Gavril Markov le tembló la mano cuando escuchó su nombre en mi boca. Lo vi hacerlo y mi corazón dio un salto extraño, que no era solo de triunfo. También era de miedo. Porque en ese segundo entendí algo: decir su nombre real en este espacio, en ese tono, nos había atado de una forma que no podía deshacer solo con arrepentimiento. Estaba haciendo justo lo que me había prometido no hacer: soltar todo de golpe. —Sé que no eres sacerdote —seguí, antes de perder la valentía—. Sé que no te llamas Aleksandr. Sé que el verdadero murió hace años. Sé que no eres un hombre de Dios… eres un Markov. La palabra “Markov” pareció cambiar el aire de densidad. —¿Quién te lo dijo? —preguntó, casi en un susurro ronco. —La televisión. Alexei Dragunov. La gala. Los periódicos… —Tragué saliva—. El padre Claudius. La foto del verdadero padre Aleksandr. Sus ojos destellaron al escuchar el nombre del otro sacerdote. Había mucha información ahí, demasiadas conexiones en una sola frase. Él dio un paso aún más cerca, pegando su pecho al dorso de mi mano, aplastándola suavemente contra su cuerpo, atrapándola entre nosotros. —Y aun sabiendo todo eso… entraste aquí sola —murmuró, con una mezcla de fascinación y rabia—. Me buscaste... me provocaste y, sabiendo lo que despiertas en mí, insististe en decir mi nombre. Sus labios estaban peligrosamente cerca de mi mejilla. Su aliento me rozaba la piel como una promesa violenta de que, en cualquier momento, sellaría mi destino. El nudo en mi garganta se apretó. —Quería saber… —mi voz se quebró apenas— si todo lo que haces es mentira. Si lo que siento cuando estás cerca también lo es. Los ojos de Gavril se clavaron en los míos con tal intensidad que casi me hicieron olvidar cómo respirar. Algo cambió en su expresión… había una grieta en la armadura. Ni culpa, ni vergüenza. Algo más crudo. Más desnudo. —Lo que yo siento cuando estás cerca —dijo, muy despacio— es el problema más grande que he tenido en años. No gritó, no se justificó, no me prometió nada. Y eso, por algún motivo estúpido, me supo a verdad. El peso de lo que acababa de hacer cayó de golpe sobre mí. «Acabas de desenmascarar a un Markov en su cara. Lo acorralaste con su nombre. Y ahora estás sola con él en un cuarto pequeño, con la puerta cerrada, su cuerpo pegado al tuyo… y ni siquiera estás segura de querer salir corriendo.» Una ola de culpa me cruzó el pecho, no por haberlo enfrentado… sino por la forma en que mi cuerpo estaba respondiendo a esa tensión. Gavril se inclinó un poco más, sus labios rozaron apenas el borde de mi oreja, sin llegar a besarme. —Ahora tú también llevas un arma, Helena —susurró—. Y me la acabas de clavar en el sitio exacto... Gavril levantó la cabeza, me miró… y lo que vi en sus ojos no era miedo, ni culpa, ni deseo. Era hambre pura, desmedida, algo que tenía que ser ilegal. —Tú decides —murmuró—. Si giras el cuchillo… o me dejas seguir respirando. Sentí un escalofrío recorrerme de arriba abajo, porque tenía razón: conocer su nombre, su verdad, su mentira, me daba poder. Pero también me convertía en alguien que podría pagar caro por saber demasiado. Y mientras lo miraba, tan cerca, con sus labios a un suspiro de los míos, entendí que tal vez yo había querido eso desde el principio: dejar de ser la mujer a la que abandonaban… para convertirme en la mujer que un hombre como él podría desear. —Ten cuidado —dijo—. No soy un hombre que tolere bien que lo hieran. Mi estómago se contrajo. —Si te vas ahora —añadió, con un tono que me heló la sangre—, no podré prometer que la próxima vez te deje hacerlo. Mi mano tembló en su pecho. —No tienes ese derecho —susurré. Una sonrisa peligrosa se dibujó en su boca. No una triunfal ni cruel. Una mucho más oscura. —Tienes razón —dijo—. No lo tengo. Pero nunca soy de los que piden permiso…
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR