Gavril
Helena llevaba dos días sin aparecer.
Y el maldito pueblo seguía respirando como si nada.
Las viejas chismosas seguían yendo a misa. Los niños seguían corriendo. Adrian seguía abriendo la cafetería. Emil seguía sonriendo como idiota enamorado.
Y yo… yo estaba a medio centímetro de arrancarle la piel a alguien.
El primer día me dije que era normal. Que tenía cosas que hacer. Que estaría en el orfanato, o enferma, o ayudando a alguna vieja a morir más tranquila. Tenía mil excusas razonables, aunque la piel me ardía por su ausencia.
El segundo día, las excusas se acabaron.
Ese tipo de desaparición era el que yo solía provocar, no el que me tocaba observar desde una sotana.
Estaba en la sacristía, revisando por décima vez el mismo libro de registro sin leer una sola palabra, cuando Misha se apoyó en el marco de la puerta, masticando un chicle que olía a menta y a ganas de morir antes de tiempo.
—Si lo sigues mirando así, el papel se va a incendiar solo —comentó.
Cerré el libro de golpe. El chasquido resonó como un disparo.
—¿Dónde está? —pregunté, por tercera vez en el día.
—No lo sé —respondió él, por tercera vez también—. Ya revisé todo lo que podía revisar sin levantar sospechas. No hay movimientos raros en las cuentas, no hay llamadas a números desconocidos, no hay alertas de Oracle… no hay nada.
Nada.
Esa era la palabra que más odiaba. Pasé una mano por el cabello, conteniendo el impulso de arrancarme la sotana y salir a buscarla como lo que soy, no como lo que finjo ser.
—De seguro solo se fue —arriesgó Misha, encogiéndose de hombros—. Viéndote así, hasta yo necesito alejarme de vez en cuando...
—No se fue —gruñí.
—¿Cómo sabes? —me desafió, cruzándose de brazos.
Lo miré.
Porque si se hubiera ido por voluntad propia, yo lo sabría.
Porque su amiguito de la cafetería ya estaría golpeando la puerta de la rectoría.
Porque la última vez que alguien no llegó a donde debía estar, Helena construyó una vida alrededor de ese vacío. Y no iba a repetir la misma historia sin dejar rastro.
Un latido extraño me golpeó el pecho. No era culpa. Era algo peor: miedo. Y yo no funcionaba bien con miedo.
—No se fue —repetí, más despacio—. Alguien la tiene, algo le pasó o tuvo un accidente. Pero no se fue.
Y ninguna de las opciones me atraía ni un poquito.
Misha me sostuvo la mirada solo un segundo antes de desviarla. Esa era otra cosa que sabía hacer muy bien: leer cuando yo estaba a punto de romper algo.
—Gav… —empezó.
Lo fulminé con la mirada.
—Padre —se corrigió enseguida, bajando el volumen—. Mira, estás empezando a darme miedo.
—Es la idea —respondí.
—No. No ese tipo de miedo. —Se acercó un paso—. El miedo “voy a quemar el pueblo entero y a colgar a Oracle de la torre del campanario solo porque el fantasma respiró en la dirección equivocada” no nos sirve. Todavía.
Lo habría golpeado por el tono si no fuera porque tenía razón.
Aprendí hace mucho que mi peor versión no es cuando estoy furioso. Es cuando tengo miedo y lo disfrazo de furia.
—Escucha —siguió él—. Si preguntas demasiado, si presionas a los demás, vas a llamar la atención. Y no la de Oracle. La de la policía, la del obispado, la de quien sea que esté mirando esto desde afuera. Ya tenemos un impostor con sotana, no necesitamos un verdadero religioso con orden de captura.
—Si a Helena le hicieron algo, el que va a tener orden de captura será el infeliz desgraciado que se atrevió a ponerle una mano encima —repliqué—. Y me preocupa una mierda.
Misha exhaló un suspiro largo, clavando la mirada en el techo como si buscara paciencia en las vigas.
—Sabía que te iba a pasar —murmuró.
Lo miré, afilando los ojos.
—¿Qué cosa?
—Eso —señaló en el aire, entre nosotros—. Obsesión. Te la vi en la cara desde la primera vez que ella entró al despacho con esos ojos de “me voy a romper pero sonrío igual”. Tú no eres precisamente inmune a esa mierda.
Fui hacia él en dos pasos.
—Ten mucho cuidado con la próxima palabra que salga de tu boca.
No retrocedió. Ese era su problema: valentía mal calibrada.
—Solo digo que, como tu segundo, me toca recordarte lo que eres —bajó la voz hasta casi un susurro—. Eres un Markov, Gavril. El heredero de un imperio. El empresario del bajo mundo. No un campesino enamorado. No un cura celoso. Viniste a cazar a Oracle, no a perder la cabeza por una mujer.
Lo tomé por el cuello de la camisa y lo estampé contra la pared. La cruz de madera que tenía detrás vibró con el impacto.
—No vuelvas a dudar de mis prioridades —gruñí entre dientes—. Oracle será eliminado. Esto —le clavé un dedo en el pecho— no lo cambia.
—No dije que lo cambiara —replicó, con la respiración algo agitada, pero sin quebrarse—. Dije que lo complica. Jodidamente.
Lo solté de golpe, como si quemara. Me aparté, caminando de un lado a otro en el espacio estrecho de la sacristía, como un animal encerrado.
Tenía razón. La obsesión se me había metido bajo la piel y había empezado a hablar por mí. Pero saberlo no la hacía desaparecer.
—Voy a preguntar por ella —decidí—. Y si alguien intenta ocultarme algo, lo voy a notar.
—¿Cómo vas a hacerlo sin levantar sospechas? —preguntó Misha, ya resignado.
—Como haría cualquier cura preocupado —respondí con sarcasmo—. Tocando puertas de viejas entrometidas.
Unos minutos después Ludmila abrió la puerta con el delantal puesto y olor a sopa vieja.
—Padre —saludó, llevándose la mano al pecho con teatralidad—. ¡Qué honor!
No hice ningún esfuerzo por parecer amable.
—¿Ha visto a Helena? —fui directo.
Ella parpadeó, sorprendida por la falta de rodeo.
—¿Helena? —repitió—. No… desde hace unos días. Debe de estar cuidando a los niños, ya sabe cómo es. Siempre…
—No está en el orfanato —la corté—. Ya revisé.
Sus labios finos temblaron un segundo, pero enseguida recompuso su máscara.
—Seguramente fue a visitar a alguna amiga —murmuró.
—Helena no tiene amigas —respondí, sin filtrar nada—. Tiene responsabilidades.
Fue brutal, fui consciente de eso en el segundo que las palabras salieron de mi boca.
El gesto de Ludmila se endureció, pero no protestó. Porque sabía que era cierto.
—¿Sabe algo que yo no sepa? —presioné.
Sus ojos se movieron, incómodos.
—Escuché… que tomó el autobús —confesó al fin—. Ayer temprano. Katia dijo que la vio subir con una bolsa de flores. No sé más. No es que ande espiando…
Mentira. Espiaba todo lo que respirara en un radio de diez kilómetros.
—¿Dijo a dónde iba? —insistí.
—No. Pero… no la he visto volver —admitió, bajando la voz—. Y reconozco que me extraña. Ella no suele quedarse afuera.
La incomodidad se convirtió lentamente en miedo, incluso en ella.
—Si recuerda algo más… —dije—. Lo que sea, me lo dice.
—Por supuesto, padre —asintió.
Daria no sabía más. Katia tampoco. Todas habían visto “algo”: Helena con flores, en la parada, caminando sola.
Todas estaban acostumbradas a verla regresar. Ninguna la había visto quedarse lejos de los niños por tantos días.
Cada puerta que tocaba sumaba un ladrillo a un muro que no quería ver: Helena había salido… y, por alguna razón, no había vuelto.
Para cuando terminé con la mayoría de las casas del maldito lugar, mi calma clerical estaba colgando de un hilo.
Misha me seguía a una distancia prudente, las manos en los bolsillos, cara de “solo cumplo con mi deber de asistente”. Pero quien lo conociera muy bien vería la tensión en sus hombros.
—Entonces —dijo en voz baja, cuando nos apartamos de la última casa—, tenemos confirmación de que salió… y ninguna de que volvió.
—Exacto.
Volví la vista hacia la cafetería.
Adrian limpiaba una mesa, con el ceño fruncido, más serio que de costumbre. Sonreía de vez en cuando a los clientes, pero sus ojos iban a la puerta cada dos minutos.
Él tampoco sabía dónde estaba.
Bien. Eso descartaba la posibilidad de que se la hubiera llevado a escondidas para algún plan idiota.
La siguiente casa en mi lista mental era obvia.
La de Emil.
Cada músculo en mi cuerpo se tensó al pensar en él. En su confesión en el confesionario. En lo que le había hecho esa noche, pegándolo a la pared como el insecto que es. En la manera en que se atrevía a mirar por la ventana de Helena como si fuera su derecho.
Si alguien había notado su ausencia antes que todos, era él. Si alguien sabía que no había vuelto… también era él.
—Vamos —dije.
Misha lo entendió antes de que terminara de girar en esa dirección.
—No —se plantó, poniéndose frente a mí—. No en ese estado.
—Apártate.
—No.
Lo miré, sin paciencia.
—Misha.
—¿Qué? ¿Vas a tocar a la puerta de Emil como un sacerdote amable buscándole conversación? —señaló con ironía—. Porque lo que yo acabo de ver en tu cara no es precisamente actitud pastoral. Es “lo saco a la calle, lo meto en un auto y le saco hasta el recuerdo del nombre con un destornillador”. Y aquí no tenemos sótano, Gav, ni coartada.
Se me escapó una media sonrisa oscura.
—Exageras.
—No lo suficiente —respondió—. No estoy diciendo que no vayas a hablar con él. Estoy diciendo que, si vas ahora, lo único que vas a conseguir es que todo el pueblo entienda que tú no eres un cura… sino algo peor.
Iba a replicar cuando escuchamos pasos acercándose rápido. Misha se giró primero, instintivo. Su cuerpo se puso tenso, en posición de defensa.
Adrian dobló la esquina con la respiración agitada y la mirada perdida entre la plaza y la iglesia, como si estuviera buscando a alguien. Nos vio y frenó en seco.
—Padre —saludó, con un intento de sonrisa—. Menos mal que lo encuentro.
Misha se colocó a mi lado, medio paso atrás. La postura de guardaespaldas era casi cómica… si no fuera tan precisa.
—¿Qué pasa? —pregunté, más brusco de lo que debería hablar un sacerdote.
Adrian tragó saliva.
—¿Sabe algo de Helena? —soltó de una—. No respondió mis mensajes. No está en su casa, fui hace un rato. No hay nadie en el orfanato que la haya visto desde ayer. Pensé que… tal vez habría venido a hablar con usted.
Su preocupación era genuina, o eso quería creer. Se le notaba en la forma en que apretaba la mandíbula, en el temblor leve de sus manos.
—No sé dónde está —admití.
El barista se puso pálido.
—Ella… no desaparece así —dijo—. Si iba a irse, me habría avisado. Aunque fuera con una nota en la cafetería. —Se pasó las manos por el cabello—. No me gusta esto, padre.
A mí tampoco. Pero que lo dijera en voz alta lo hacía más real.
—Tal vez necesitaba distancia —intervinó Misha, casi diplomático—. Ya sabes, aire.
—Helena no huye —respondió Adrian, sin mirarlo—. No de esa forma. No sin decírmelo a mí. —Le sostuvo la mirada y luego la dirigió a mí—. Usted habla con ella más que nosotros últimamente… —hubo un destello de celos que me gustó demasiado—. Si le dijo algo, necesito saberlo.
—Solo sé que estaba cansada —mentí como el bastardo descarado que soy—. Y que la agotaron entre todos. Incluyéndote.
«Lo más seguro era que yo también. Pero eso no se lo voy a conceder.»
Adrian apretó los puños.
—Si Emil le hizo algo… —murmuró.
Mi interés se afiló como un cuchillo.
—¿Por qué Emil? —pregunté.
Adrian dudó un segundo, como si hubiera dicho más de lo que quería.
—Porque no la deja en paz —respondió al fin—. Porque lleva años detrás de ella y ella ya le dijo que no. Porque la sigue, porque se aparece en su casa, en el orfanato, en todos lados. Y porque ese tipo de insistencia… un día cruza una línea.
Cuánta información útil en ese monólogo que parecía... ¿ensayado?
—¿Sabes dónde está ahora? —pregunté.
—En su taller, supongo. O en la casa de la tía —respondió—. ¿Por qué?
—Porque pensaba hablar con él —respondí, lamiéndome la sonrisa siniestra que se dibujó en mis labios.
Adrian frunció el entrecejo.
—¿Como sacerdote? —preguntó con cautela.
—Como lo que haga falta —solté.
Misha me dio un pequeño golpe con el codo, casi imperceptible. Adrian respiró hondo, mirándome como si intentara descifrar algo.
—Padre… —dijo despacio—. Sé que esto no es parte de su trabajo. Pero si de verdad le preocupa Helena, necesito que no haga nada de lo que pueda arrepentirse después.
«Demasiado tarde. Mi arma arde debajo de la sotana con la necesidad de dejar un perfecto agujero en el cráneo de ese hijo de puta mal nacido»
—Lo dice como si yo no supiera controlarme —ironicé.
Una parte de mí sabía que era una mentira. Lo suficiente grande como para que se pudiera ver desde la estratósfera.
Fue entonces cuando lo sentí.
Como una descarga a través del aire, como un cambio de peso en el ambiente, como si alguien hubiera girado un foco hacia nosotros sin encender ninguna luz.
Mis ojos se movieron hacia la calle principal antes de que mi cabeza lo ordenara.
Helena.
Caminaba desde la parada del bus hacia la plaza, cargando una mochila en un hombro. Nada en ella gritaba “emergencia”, nadie a su alrededor parecía percibir lo que yo veía con la claridad de un disparo.
No era la misma Helena que se movía por los pasillos de la iglesia con falda larga y blusas invisibles.
Llevaba unos jeans ajustados que se aferraban a sus piernas como si las conocieran de memoria y una camiseta negra ceñida al cuerpo, metida por dentro, marcando la cintura y las curvas que yo hasta ahora solo había imaginado.
La chaqueta liviana abierta dejaba a la vista el contorno exacto de su pecho al respirar.
El cabello suelto, desordenado caía sobre sus hombros. Había color en su cara, un brillo diferente en la mirada, una forma nueva en su boca; no sonrisa, pero sí algo que no le había visto antes: determinación.
Adrian se giró hacia donde yo miraba.
—Helena —exhaló, aliviado.
Yo no dije nada. Todo el ruido del pueblo se alejó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero.
Ella nos vio. Primero a él. Luego a Misha.
Y por último… a mí.
Se detuvo medio segundo, lo que demoró en dar un parpadeo. Un desajuste en la respiración casi imperceptible para cualquiera.
Pero para mí, fue un terremoto de escala 7.
Porque, por primera vez desde que la conocí, Helena me miró como si supiera exactamente quién era yo.
No el padre impostor.
Mi verdadero yo: Gavril Markov, uno de los asesinos a sangre fría más temidos de Rusia.
Pero, lo que en verdad era ahora, un imbécil obsesionado rendido a sus pies.
Y el cuerpo me respondió al instante: un latigazo de calor directo hacia la entrepierna. Los dedos tensos, un impulso absurdo de ir hacia ella, tomarla de la nuca y preguntarle qué demonios le habían hecho para devolverla así: más segura, más definida… y en especial jodidamente más provocadora.
—Ahí estás… —murmuré, y mi voz sonó más baja, más ronca, más real de lo que debería para un religioso.
No supe si lo había dicho para ella, para mí o para el fantasma de lo que había entre nosotros.
Lo único que supe con una certeza brutal fue esto: no importaba cuánto intentara negarlo, ni cuántas máscaras siguiera usando… la mujer que venía caminando hacia mí, acababa de convertirse en el punto exacto donde mi misión y mi obsesión se cruzaban.
Y cualquiera que quisiera interponerse en ese cruce, moriría por mis manos.